Hoy es el día de San Sebastián

Hoy es el día de San Sebastián

Hoy celebra el santoral la fiesta de San Sebastián, nombre que adorna y ennoblece a los donostiarras. Acerca de la capital guipuzcoana así responde Wikipedia: «San Sebastián, en euskera (sic)* Donostia, y oficialmente Donostia-San Sebastián… »

Si bien es cierto que Wikipedia suele advertirnos que en muchos casos carece de cátedra, ello se compensa con lo mucho que ayuda a recoger datos para cualquier investigación. En esto de San Sebastián que se nos asegure que la palabra Donostia viene del euskera es lo que recupera este artículo ya colgado hace algún tiempo y que ahora deseo completar.

Cuantas veces he viajado por tierras euscaldunas no me ha chocado que Vitoria sea Gazteiz y Bilbao, Bilbo, pero que a San Sebastián se la llame Donostia dificultaba bastante mis entendederas. Puede, me decía yo en mi ignorancia, que sea el intento de imponer sobre su nombre cristiano la paridad de una denominación de origen… supuestamente más vasco. Por tanto, lo primero que me venía era la pregunta: ¿Por qué a San Sebastián, la capital guipuzcoana, se la llama también Donostia? ¿Es realmente, como dice Wikipedia, o quien en ella lo aportara, una palabra de origen vasco? Pues a mí me parece que va a ser que no. Resulta que es la más latina de las opciones, la menos euscalduna de las tres: Gazteiz, Bilbo y Donostia.

Los “expertos” aseguran que “Donostia” viene de trasladar ‘San Sebastián’ al vascuence. Que ‘done’ es el vocablo vasco para decir “santo”. De ahí, Done Sebastai, Done Sasti, Donasti y finalmente Donostia… Para cualquiera se destaca el acomodo del argumento a la pasión diferenciadora, a la singularidad que aleje de la relación con un santo y, por ahí, también del origen cristiano… Pero, no.

Para desentrañar la historia de muchos nombres son bastante útiles los gentilicios. Así, el gentilicio ‘donostiarra’ designa a los nacidos en la Bella Easo. Por cierto, tampoco Easo es nombre ajeno a la romanidad pues que deriva del nombre ‘Oeason’ que los romanos le habían dado. Siguiendo nuestro método, pongamos como ejemplo a los nacidos en Calatayud, que se llaman bilbilitanos porque a aquella ciudad zaragozana los romanos la llamaron Bilbilis; o a los naturales de Mérida, llamados emeritenses porque Roma, otra vez Roma, llamaron a Mérida ‘Emérita Augusta’ por ser destino de premio y retiro para soldados eméritos de la legiones.

Volvamos a Roma y a la Iglesia naciente y perseguida

En tiempo del Emperador Diocleciano vivió un noble ciudadano llamado Sebastián que se convirtió al cristianismo. Justamente el éxito de la evangelización del Imperio fue que, a más de infinidad de esclavos, se convirtieran también muchos patricios, soldados y magnates. Uno de ellos fue Sebastián, de posición importante en cuanto gobernador de uno de los puertos de mayor tráfico del Imperio y de su ciudad. Lo cual, quiero decir su nombre y su persona, como es obvio realzaba a la religión cristiana. La ciudad portuaria era Ostia, a Sebastián se le conocía como el “Señor – Dominus – de Ostia”. Ventaja proselitista que él no desperdiciaba pues que “la perla de gran valor” (Mt 13, 45- 46) no era entonces, como ahora, falsa moneda de la que avergonzarse.

La persecución de Diocleciano fue la última y la más sanguinaria de todas y la que puso a Sebastián en la disyuntiva de abandonar su fe o morir acribillado con flechas; singular castigo que destaca el reconocimiento de su posición. Pasados los años y tras la total cristianización de Hispania, el ´Dominus Ostiae´ o Señor de Ostia, enalteció la ciudad también portuaria del golfo de Vizcaya. Subrayemos que Sebastián, el Señor de Ostia, no murió a causa de aquellas flechas con que le pintan, sino que se recuperó y se atrevió a visitar al Emperador para recriminarle sus ataques al cristianismo y a los cristianos. Por supuesto, fue de nuevo ajusticiado y, esta vez, muerto de verdad. El mártir alcanzó un renombre inmenso no ya sólo a causa de recuperarse del primer castigo sino por el proceso que se siguió tras insistir en la defensa de la divinidad de Cristo.

Al correr del tiempo, San Sebastián, el mártir y señor de Ostia, fue adoptado como patrón por muchas ciudades de la Cristiandad; por ejemplo, en España hay cinco que yo sepa, y docenas en el mundo que le tienen por patrón. De Milán es su segundo patrón, al lado de San Ambrosio. Muy raro parece que haya de ser Donostia el “único San Sebastián” que no provenga del puerto de Roma. Sebastián, santo y, además, grande entre los grandes de la Iglesia, fue noble patricio, cristiano arrojado, servidor de su ciudad, alto funcionario del Imperio. Con lo que la denominación Donostia viene a ser recuerdo y epítome de su nombre y de su vida.

Es a este Dominus Ostiae, Señor de Ostia, al que da homenaje la capital guipuzcoana porque sus habitantes quisieron unirse a Cristo y a la Cristiandad bajo su protección. Ostia, Don-Ostia… Con sincero asombro se contempla, aun sin examinarlo con detención, la locura general de cómo incluso en los antaño grandes viveros de cristianismo se quiere eliminar su verdadera entidad para inventar nuevos orígenes que rayan en el suicidio teologal, identificador y de debido respeto a los orígenes. Una especie de apostasía histórica consentida, tal vez inadvertida, por cierta clase clerical que se dejó robar la cartera con las mismas intoxicaciones de Judas.

La afición al embrollo todavía guarda novedades. Por ejemplo, asegurar que el santo Sebastián no era de Ostia sino de Narbonne (Francia), porque está más cerca. Fundamento que puede valer en sentido contrario dado que en Francia no se cortan de adjudicar la gabachez supina a San Martín, porque fue obispo de Tours, olvidándose de que les llegó de Hungría para evangelizarlos. En fin, que los que no quieren ser de la Easo, hoy casi en desuso, ni tampoco de San Sebastián, pueden estar seguros y orgullosos de que Donostia es el más latino, romano, católico y señorial de todos los nombres posibles para la joya del norte.

Algo más que decir

Fue con el rey Sancho de Navarra, siglo XII, que la capital guipuzcoana prefirió llamarse San Sebastián. Hubo que esperar tanto porque no ya los romanos apenas se fijaron en las tierras vascas sino que, además, como recuerda el historiador Claudio Sánchez Albornoz, sus naturales adoraron el fuego hasta bien entrado el cristianismo. Con esto quiero señalar que la fundación documentada de San Sebastián y la de Vitoria se remonta a aquel siglo en que el rey navarro extendió a los vascones desde los Pirineos hasta más allá del río Ebro y de Cantabria. Este dato es de amnesia general porque muy poco ayuda a las modernas exigencias anexionistas.

Y ahora es el momento de hablar de la llamada Iglesia Vasca, más cierto la guipuzcoana, y de la interesante circunstancia de tener un obispo “de los que no han habido en España desde la llamada Transición”. (Jiménez Losantos, en “La Mañana”, EsRadio). Las expectativas que despierta su obispo, ministro de Dios y sucesor directo de los Apóstoles, por el Espíritu Santo, pasan por que muchos bautizados donostiarras vuelvan a la religión para desprecio de culturas – casi religiones – ideológicas, o para que la catolicidad se imponga sobre una onfalitis infecciosa. Y que la producción del chacolí no les castigue ignorando el Vega Sicilia, el Rioja o el Jerez. Restaurar y conservar el Evangelio en las almas a él encomendadas bastará para superar muchos años de torcimiento e intoxicación en sus diocesanos. Es honda esperanza que depositamos en la intercesión de San Sebastián, Dominus Ostiae y mártir de Diocleciano.

Autor: Pedro Rizo

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