Torcuato Fernández Miranda

  •  Cuando hablamos de la Transición Española, todos tenemos muy presente la figura de Adolfo Suárez.
  •  En los corrillos populares, casi nunca se tiene presente a un personaje fundamental, sin el cual la Transición Política hubiera sido muy diferente o incluso podría no haberse producido: Torcuato Fernández Miranda

 

Ante la reciente muerte de Suárez se han producido innumerables escritos de alabanza. No es mi intención rebatirles; mi mayor respeto a Suárez como ser humano, pero siempre me llamó la atención que al verdadero artífice, el cerebro que planificó la, tan alabada, Transición, no se le dedicara la atención debida. A Torcuato Fernández Miranda pocos jóvenes le conocen.

Catedrático de Derecho Político en Oviedo, llegó a ser rector. Allí se inició en política, ya que ese cargo de la Universidad de Oviedo llevaba implícito el de Procurador en Cortes. Ocupó diversas Direcciones Generales en los Ministerios de Educación y Trabajo hasta alcanzar el cargo de Secretario General del Movimiento entre 1969 y 1974. Este fue un período de cierta conflictividad social, que llevó a Fernández-Miranda a plantear, como salida desde el propio Régimen, las “Asociaciones Políticas” como vehículos de participación ciudadana., pero este proyecto se vio abortado con el asesinato de Carrero Blanco y el ascenso del grupo más conservador con Arias Navarro.

Torcuato Fernández Miranda

Torcuato Fernández Miranda

Fue uno de los encargados de la tarea de educar políticamente al entonces príncipe de España Juan Carlos, ̶ ya anteriormente nombrado sucesor en la jefatura del Estado con el título de rey, ̶ siendo su profesor de Derecho político, y a partir de ese momento, uno de sus “Consejeros Políticos” más cercanos.

Durante el breve período en el que Carrero Blanco ejerció la presidencia de gobierno, Torcuato Fernández-Miranda fue vicepresidente, e incluso de forma interina presidente tras el asesinato del almirante, el 20 de noviembre de 1973. La sociedad española valoró la actitud serena y sosegada que mostró Fernández-Miranda en un comunicado difundido por televisión. Esto tranquilizó —en tan difícil tesitura— a los españoles, que durmieron tranquilos aquella noche con el convencimiento de que la convulsión, fruto del asesinato, estaba bajo control.

“Majestad, el animal político que llevo dentro me pide la presidencia del gobierno, pero creo que le seré más útil desde la presidencia de las Cortes”.

Al producirse el magnicidio, fue consultado por el rey sobre sus preferencias en cuanto a ser nombrado Presidente del Gobierno o Presidente de las Cortes. Su ejemplar respuesta fue:

“Majestad, el animal político que llevo dentro me pide la presidencia del gobierno, pero creo que le seré más útil desde la presidencia de las Cortes”.

Fue uno de los principales candidatos a suceder a Carrero Blanco en la Presidencia del Gobierno, pero su declarada independencia política (no formaba parte de ninguna de las “familias” del régimen) al contrario que Carlos Arias Navarro muy vinculado a ciertos personajes importantes, hizo que, consecuencia de lo que el propio Torcuato —en el borrador de sus memorias inéditas— llamó “la noche de Walpurgis” , la balanza se inclinara en favor de éste, sin que se tuviera en cuenta la incompetencia que demostró como ministro de Gobernación en el momento del atentado de Carrero.

A la muerte del general Franco, el príncipe Juan Carlos de Borbón es coronado rey de España el 22 de noviembre de 1975 y, a cambio de poder nombrar Presidente de las Cortes a Fernández-Miranda, confirma a Carlos Arias como Presidente del Gobierno, puesto que éste se negó a dimitir, argumentando que su nombramiento por Franco expiraba en 1979. Sin embargo, una serie de acontecimientos (llegó a mostrarse dispuesto a invadir Portugal por la Revolución de los Claveles para agradar a los norteamericanos y, coincidiendo con los últimos días de vida de Franco, cedió ante Marruecos por los Acuerdos de Madrid, la administración de la provincia del Sáhara a Marruecos y Mauritania, dejando a la población saharaui abandonada a su suerte), pusieron en evidencia su incapacidad al frente del gobierno, de modo que el rey le forzó a dimitir en el verano de 1976.

En el estudio de las opciones para sustituirle, coincide con el rey en que el elegido para presidir el Gobierno fuese Adolfo Suárez González, un joven político, que había sido apadrinado dentro del régimen por el Ministro Secretario general del Movimiento en el penúltimo gobierno de Franco y Fiscal del Tribunal Supremo, Fernando Herrero Tejedor, lo que facilitó su inclusión en la preceptiva terna de candidatos tal y como deseaba el monarca. Éste, y no otro, es el significado de las enigmáticas palabras que pronunció Fernández-Miranda cuando, a la salida de la última sesión del Consejo del Reino, y con los tres nombres ya decididos dijo: “Estoy en condiciones de ofrecer al rey lo que me ha pedido”.

Torcuato era partidario de reformar las Leyes Fundamentales del Reino mediante sus propias disposiciones para llegar así a la democracia evitando vacíos legales. En palabras del propio Fernández Miranda, se trataba de ir “de la ley a la ley a través de la ley”. La idea de Torcuato Fernández-Miranda era establecer un sistema algo decimonónico, con dos partidos políticos, uno conservador y otro de tipo más liberal, y que en su opinión podía ser el PSOE histórico que presidía Rodolfo Llopis, más moderado que el PSOE Renovado del interior, encabezado desde 1976 por Felipe González, Alfonso Guerra, Javier Solana y Enrique Múgica, tras la escisión del Congreso de Suresnes.

Torcuato Fernández Miranda con Adolfo Suárez

Torcuato Fernández Miranda con Adolfo Suárez

Cuando el gobierno de Adolfo Suárez no encontraba una salida políticamente viable para resolver el problema legal que suponían las Leyes Fundamentales del Reino, que mantenían el franquismo, Torcuato se retiró un fin de semana a su casa de la sierra madrileña y, fiel a su lealtad al rey, elaboró un sencillo texto que entregó a Suárez con estas palabras: “Aquí te dejo esto que no tiene padre”. Tras leerlo, el presidente del gobierno lo trasladó al Consejo de Ministros comentando que creía tener la solución al problema. Ese texto se convirtió en la Ley para la reforma política, instrumento que permitió desmontar legalmente el régimen franquista con la aprobación de las propias Cortes nombradas por el general Franco y conocida como el “hara-kiri franquista”.

El proceso para la legalización de los partidos políticos había comenzado en febrero de 1977 y el obstáculo seguía siendo el PCE, lo que para el “búnker”, los militares y tanta gente que padeció terriblemente durante el dominio comunista en España, equivalía a tirar por la borda aquello por lo que habían luchado. El mismo día de la matanza de Atocha, 24 de enero de 1977, unos treinta altos oficiales se reunieron en el Casino Militar de Madrid y pidieron la dimisión del gobierno. Esta reunión fue disuelta por el general Miláns del Bosch, por entonces capitán general de Madrid. Se sucedieron hechos de repulsa al gobierno en los que intervinieron importantes militares, Camilo Menéndez Vives, entre otros. Era evidente que la fractura podía ir a más si se legalizaba el PCE, a pesar de lo cual, el 27 de febrero el presidente estaba dispuesto a reunirse con Carrillo, aunque esta relación fue el golpe de gracia para sus ya deterioradas relaciones con Torcuato Fernández Miranda. La acción de seguir adelante con la legalización del partido comunista podía tener consecuencias muy perjudiciales para la Monarquía. Tanto Suárez como Juan Carlos lo sabían, pero el Rey respaldó a su presidente totalmente, así que el 9 de abril, aprovechando que era sábado santo, como con alevosía, porque la gente se encontraba de vacaciones, fue aprobado el partido comunista y aceptada la vuelta de dos insignes personalidades que llevaban a sus espaldas pesadas mochilas llenas de “paseados”.

Torcuato Fernández-Miranda se sintió traicionado, de modo que, tras la aprobación de la Ley y fijadas las normas y condiciones para unas elecciones libres y democráticas en España, considerando que su labor ya estaba cumplida, dimitió de su cargo antes de que se celebraran las primeras elecciones legislativas de la democracia, el 1 de junio de 1977. Fue una manera elegante de mostrar su desacuerdo con alguna de las modificaciones que se hicieron. El rey lo nombró senador por designación real en esas Cortes Constituyentes y, en premio a su inestimable labor, como símbolo de su mayor respeto y consideración a su antiguo profesor, le concedió el título de duque de Fernández-Miranda y caballero de la Orden del Toisón de Oro, máxima condecoración que concede el rey.

Retirado de la política, tras varios desencuentros con Adolfo Suárez, se encontraba en Londres ultimando los detalles para la creación de una empresa de consultoría jurídica cuando sufrió un grave ataque cardíaco. Murió el 19 de junio de 1980 en un hospital de la capital británica.

Pero quizá la grandeza moral de este olvidado personaje se manifieste mejor en su actitud y discurso del 4 de enero de 1974, en el acto de toma de Posesión del nuevo Presidente y su Gobierno, en el antiguo edificio de la Presidencia del Gobierno. En su alocución, Torcuato, a modo de despedida de quienes ya le consideraban acabado, pronunció las siguientes palabras:

«Se ha dicho que soy un hombre sin corazón, frio y sin nervios. No es verdad. Lo que sucede es que soy asturiano. Y los asturianos tenemos cierto miedo al corazón y al sol. Sí, al corazón y al sol.

En las tardes abiertas de cielo raso, cuando el sol luce con toda su fuerza, los asturianos sabemos que a la caída de la tarde las nieblas y las nubes surgirán de las entrañas de la Tierra o desde la invasión de la mar.

En esos atardeceres, los valles, las montañas y senderos se hacen peligrosos.

Hay quien dice que entre la densa niebla cabalgan las brujas. Sólo los altos picachos cubiertos de nieve, erguidos, logran librarse de las nieblas, y no siempre.

Los asturianos sabemos también, es un saber ancestral, que de la olla hirviente del corazón vivo pueden surgir nieblas que turben la cabeza. Por eso se nos enseña a tener embridado el corazón, sujeto, y en su sitio.

Desde mi corazón quiero hoy, en este acto de relevo, reafirmar mis fidelidades esenciales.

He distinguido siempre entre lealtad y fidelidad. La lealtad es aquella virtud social que Impone un comportamiento claro y limpio, basado en la veracidad, que surge de un compromiso de honor.

Hoy hablo de una lealtad más profunda: de aquella que surge de la fidelidad; aquella que determina un comportamiento que nace de la fe en la persona a quien se sirve.

Afirmo de modo rotundo mi lealtad, basada en la fidelidad, al Caudillo Franco.

Nunca agradeceré bastante el honor de estos cuatro años de servicio y aprendizaje a su lado.

Afirmo mi lealtad, basada en la fidelidad, al Príncipe de España, expresión perfecta del limpio y claro futuro de nuestra Patria. Y afirmo esta fidelidad de modo radical e inequívoco.

Afirmo mi lealtad desde la fidelidad al ejemplo vivo del almirante Carrero Blanco. De este ejemplo surge mi talante futuro en el comportamiento político que hoy inicio. No termino, continúo un nuevo caminar político al servicio del pueblo.

Lealtad desde la fidelidad al pueblo español. A este espléndido pueblo español a quien tengo el orgullo de pertenecer. Le he servido y le serviré desde el amor a España. A esta España que amo sobre todas las cosas.

Tengo el orgullo de haber servido al Estado, encarnación de la soberanía del pueblo. Tengo y tendré el orgullo de la ética del Estado.

Pido perdón a todos. Pido perdón, sobre todo, a mis colaboradores. Servir desde la veracidad es duro, por eso pido perdón.

Tengo el honor de hablar también en nombre de mis compañeros que hoy son relevados en su cargo y responsabilidad. En su nombre y en el mío te digo a ti, señor presidente del Gobierno, que te deseo, que te deseamos a ti y a tu Gobierno los mayores éxitos en el servicio a España. Tú sabes que quedo a tus órdenes, señor presidente, desde una sincera estima a tu persona.

Y ahora para terminar quiero, desde mi corazón ardiente y vivo, gritar nuestro entrañable grito:

¡Arriba España!”

 

Su hijo, Jesús Fernández Miranda hace un estupendo comentario a este llamado “Discurso de las nieblas”. Lo divide en tres partes: una primera, reivindicativa de la personalidad de su autor, que tenía fama de hombre frio y distante -sin serlo realmente-, y que se justifica ante la opinión pública frente a esa inmerecida fama.

 

Carrero Blanco jurando su cargo como Jefe de Gobierno

Carrero Blanco jurando su cargo como Jefe de Gobierno

En este primer inciso del discurso vemos, a su vez, tres afirmaciones: la primera, la invocación de no ser frío y sin corazón, sino asturiano, cuyo carácter es reservado y firme; la segunda, la afirmación de la experiencia de los asturianos ante las nieblas que, en los atardeceres, hacen peligrosos los valles, las montañas y los senderos, y de las que a veces no se libran ni los más altos picachos erguidos y nevados, en clara referencia a Franco y lo que Torcuato consideraba un error del Jefe del Estado en el nombramiento de Arias Navarro, pues ante el próximo fin del Franquismo —El propio Franco había dicho a Torcuato “El franquismo se que terminará cuando yo me muera”— no parecía lo más adecuado nombrar a alguien sin visión de futuro y con ánimo restringido al apuntalamiento del Régimen. (Franco no quiso verlo así, y unos días más tarde, le dijo a mi padre: “Y no se preocupe Miranda, los Picachos están despejados”); y la tercera, la expresión del autocontrol que, él mismo, se impone ante las turbaciones que “la olla del corazón vivo” pudiera provocarle, sujetándose a la disciplina de mantener, pese a todo, su corazón, embridado, sujeto y en su sitio.

 

La segunda parte de su discurso, se inicia con la distinción dialéctica entre la lealtad, entendida como aquella virtud social que impone un comportamiento claro y limpio, basado en la veracidad, que surge de un compromiso de honor; y la fidelidad, entendida como una lealtad más profunda: aquella que determina un comportamiento que nace de la fe en la persona a quien se sirve y, que emerge por tanto, del entendimiento de la política como un “servicio a una persona o una causa”.

Y habla de cuatro lealtades:

 

1.- La lealtad, basada en la fidelidad, al Caudillo Franco, a quien agradece el honor de haber servido y aprendido junto a él durante los cuatro últimos años —como Ministro del Gobierno—. Torcuato había sido combatiente en nuestra guerra civil, incluido en las listas de las personas a quienes había que fusilar, en los pasquines de la izquierda, por su calidad de Delegado estudiantil de la CEDA en la Universidad de Oviedo. Huyó campo a través para unirse a las tropas nacionales en Galicia. Fue Alférez Provisional y ganó la medalla militar individual por su valor en la batalla del Ebro. Pese a todo, ¡qué difícil era arrancarle una sola referencia de la guerra! Entre mis recuerdos juveniles, sólo permanece una conversación con él sobre tan dramático episodio de su vida; y a mi pregunta “¿Porqué os alzasteis en Armas?”, su respuesta fue un lacónico: “Porque no podíamos consentir que una pandilla de matones nos asesinase impunemente por el mero hecho de no pensar como ellos”.

 

2.- La lealtad, basada en la fidelidad, al Príncipe de España, a quien considera “expresión perfecta del limpio y claro futuro de nuestra Patria”. Aprovechando para enviar un aviso a navegantes: “Afirmo esta fidelidad de modo radical e inequívoco”. Lealtad que se había iniciado en el año 1960, en el que, como Director General de Enseñanza Media y catedrático de derecho Político, fue designado Profesor del Príncipe Juan Carlos, labor desde la que se convirtió en uno de los más íntimos Consejeros del Sucesor, según la designación de Franco, refrendada, más tarde por los españoles.

 

3.- La lealtad, desde la fidelidad, al ejemplo vivo del asesinado almirante Carrero Blanco, con quien había sido Vicepresidente del Gobierno, y a quien pone como ejemplo de lo que será su talante futuro en el comportamiento político “que hoy inicio. No termino, continúo un nuevo caminar político al servicio del pueblo”. — insiste para avisar de sus intenciones a quienes le daban por amortizado —. Es una lástima, por cierto, que no se haya publicado nada serio acerca del Almirante Carrero, hombre que, encarnando las esencias del “Régimen”, era uno de los más preocupados en encontrar una fórmula real de transición hacia el futuro, en el convencimiento expresado por el mismo Franco, de que el Franquismo moriría con él.

 

4.- Y finalmente, la lealtad, desde la fidelidad, al pueblo español. Y aquí hace varias precisiones:

a.- Su orgullo por pertenecer al “espléndido pueblo español”.

b.- Su vocación de servicio, precisamente, a ese pueblo, desde el amor a España. “A esta España que amo sobre todas las cosas”.

c.- El orgullo y la conciencia de haber servido al Estado, encarnación de la soberanía del pueblo. “Tengo y tendré el orgullo de la ética del Estado”. Rara avis hoy en día.

 

Finalmente el discurso de las nieblas concluye con una petición de perdón, fundamentalmente a sus colaboradores, y ello porque sabe lo duro que es el ejercicio de la política como él la entendía, “desde la veracidad”.

 

Por eso, desembridando su corazón, exclamó:

“…para terminar quiero, desde mi corazón ardiente y vivo, gritar nuestro entrañable grito: ¡Arriba España!”

 

Maravillosa persona ninguneada por los medios de comunicación. Teniendo en cuenta que él fue el verdadero artífice de la tan alabada transición y que, sin embargo le hurtan los méritos, me da por pensar que la causa reside en que los manipuladores de conciencias no le perdonan ni sus lealtades, ni sus fidelidades, ni sus recuerdos de las barbaries causadas por el comunismo en España, no hace tanto tiempo.

Autora: Valentina Orte


 

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