Varios mangantes y un funeral

Varios mangantes y un funeral

En la fotografía el Cardenal Rouco Valera


La homilía que, durante el funeral de Estado en memoria de Adolfo Suárez, pronunció el arzobispo de Madrid, cardenal Rouco Varela, ha desatado un torrente de críticas e insultos contra él, algo que no es nuevo puesto que siempre ha sido el objetivo favorito de la izquierda y todo porque destacó a Suárez como ejemplo de concordia nacional y se preguntó por qué no puede darse ahora tal y como se dio en el pasado, aunque avisó del riesgo de que se repitan las actitudes que llevaron a España a la Guerra Civil.

Quizás esta advertencia pueda parecer exagerada a los habitantes de alguna pequeña y tranquila ciudad, pero a los sufridos madrileños que antes de salir de casa tenemos que mirar el planing de las múltiples y “pacíficas” manifestaciones para no coincidir con ellas, nos ha parecido muy razonable y necesario, quizá porque nos recuerdan situaciones que al final desembocaron en el enfrentamiento cuando algunos no estuvieron dispuestos a olvidarse de sus tradicionales valores cristianos, se negaron a dejarse matar por practicarlos, o porque, simplemente, tenían ideas distintas.

La casta política (por supuesto las izquierdas, pero con la colaboración más o menos dubitativa de las derechas) se han puesto a atacar al cardenal como panteras con las garras extraídas. Claro que, aunque nunca suscitó simpatías entre la gente de izquierda, esto se acrecentó con la llegada del señor Rodríguez al poder porque convirtió su gobierno en el  más anticatólico de la democracia al diseñar, siguiendo su Obediencia, una ingeniería social opuesta a las enseñanzas de la Iglesia. En ese tiempo, la Iglesia Católica encabezada por el arzobispo de Madrid fue uno de los grandes opositores a las políticas del Ejecutivo socialista como Educación para la ciudadanía (malhadada ley que pretende suplantar a los padres en la educación de los hijos y adoctrinarles en prácticas nada beneficiosas para sus mentes infantiles), la propaganda anticatólica promocionada por el PSOE, el matrimonio homosexual o la nueva ley del aborto. Nunca entendí que defiendan con campañas carísimas la protección al huevo del buitre leonado o del lagarto de Canarias, por ejemplo, y renieguen del zigoto que es el primer embrión del ser humano.

Pero lo peor llegó cuando la Conferencia Episcopal, dirigida por él mismo, también afirmaba en varios documentos que la unidad de España representaba un bien moral a preservar; sus críticas al nacionalismo exacerbado, al terrorismo, al laicismo radical y su defensa a ultranza de la vida y de la libertad religiosa le ha granjeado un número más que elevado de enemigos. De modo que la izquierda y los nacionalistas tenían en Rouco un objetivo prioritario. Por ello, las terminales mediáticas creadas por Zapatero en sus años de gobierno se lanzaron sin piedad contra el Cardenal y era común ver todos los días caricaturas del prelado en televisión y publicaciones de la izquierda. Y así hasta hoy. A pesar de lo cual, el arzobispo de Madrid siempre se ha mantenido firme y perseverante en sus convicciones, aunque esto le ha supuesto momentos desagradables. El pasado día 2 de febrero era víctima de la agresión de las feministas de Femen cuando realizaba una visita a una parroquia madrileña. Rodearon al arzobispo de 77 años gritándole, insultándole y lanzándole ropa interior manchada de sangre. Varios grupos que actúan detrás de estas groseras reivindicadoras estaban representados por alguno de los mangantes asistentes al funeral.

El cardenal Rouco atacado por las feminiesta de Femen. "Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia"

El cardenal Rouco atacado por las feminiesta de Femen. “Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia”

Esta actitud hostil contra su Eminencia quedó de manifiesto de manera reciente durante el funeral por el décimo aniversario del 11-M en La Almudena y en las elecciones a la Conferencia Episcopal que se produjeron dos días después. El arzobispo, en aquella homilía afirmó que “hubo alguien, hubo personas, que con una premeditación escalofriante estaban dispuestas a matar inocentes, a fin de conseguir oscuros objetivos del poder”, pero que “por mucho que lo pretendan o imaginen, tampoco podrán adueñarse del futuro de una ciudad, de un pueblo o de una comunidad política y, mucho menos, podrán definir y determinar el destino último de las propias víctimas y de sus familias. No sabemos exactamente cuáles fueron los propósitos e intenciones últimas de los que pensaron, programaron y ejecutaron los atentados de Atocha -afirmó-; lo que sí resulta claro es que no podrán neutralizar y menos anular los frutos de nueva y redimida humanidad”. La Verdad os hará libres, pensó, pero esas palabras, con las que tanta gente coincide, dieron lugar a unas jornadas en las que los medios de comunicación de izquierdas dedicaron agrios artículos contra él y su histórica trayectoria. Iñaki Gabilondo, aquél que estaba de acuerdo cuando el señor Rodríguez declaró en su programa de televisión que había que crear “tensión”, dijo:“¡Váyase en buena hora, el señor Rouco Varela. Su despedida nos deja unas semillas de cicuta!”, (a causa de la frase pronunciada  en la homilía: “Les mataron por oscuros objetivos de poder“).

 

Llegó el funeral de Adolfo Suárez y la sola mención de la contienda en la homilía le ha costado al cardenal Rouco un sinfín de críticas desde el ámbito político hasta el periodístico. Ejemplo de este odio visceral es la revista Mongolia. Esta publicación de izquierdas ha dedicado en twiter uno tan ofensivo contra el cardenal de Madrid que incluso roza lo delictivo. Le recomendamos a Rouco un pronto y placentero fallecimiento”, afirmaba. Lejos de retractarse, desde la revista siguen jactándose sobre su deseo de muerte del prelado.

 

La portavoz parlamentaria del PSOE, Soraya Rodríguez, ha tachado este martes de “indignantes” las palabras del cardenal, añade  que “fueron unas declaraciones claramente inadecuadas, inapropiadas, fuera de lugar y fuera de la realidad”  y ha considerado que “ha llegado el momento” de plantear que los funerales de Estado y otros actos sean laicos. ¿Van a obligar a los católicos a que su funeral de Estado sea laico?, que no asista quien no quiera, así nos privarían de ver a cuantos en vida del difunto le martirizaron con insultos ignominiosos, olvidando que tenían varios tahúres mucho más cerca.

 

Si el funeral fue católico es porque Adolfo Suárez era católico y porque sus hijos son católicos e incluso católicos valientes, que no esconden su fe. Si por la familia fuera, el Estado no tenía que haber intervenido para nada, porque ellos querían un funeral para rezar por el alma de su padre. Y sí, como ex presidente, la clase política quería honrarle con exequias civiles, también tendrían que respetar el derecho de la familia -que es quien manda- para colocar un crucifijo en el ataúd. Vamos, que nos les interesa un funeral civil, que de lo que se trata es censurar a la Iglesia. ¿Y el PP? En su papel habitual: la tibieza cobardona[1].

 

También el portavoz en el Congreso de IU, José Luis Centella, ha asegurado que las alusiones de Rouco a la Guerra Civil durante el funeral no fueron “una aportación a la convivencia”, sino que consistieron en “levantar muros” y retrotraer a la sociedad “a tiempos pasados”, que el cardenal no debería “levantar fantasmas” sobre la Guerra Civil, y que la jerarquía de la Iglesia Católica “no es la apropiada” para pronunciarse sobre ese conflicto. ¿Cómo que no? Como español que es el arzobispo de Madrid podrá opinar sobre su patria y como cardenal de la Iglesia católica tiene la obligación de defender a tantos miles de sacerdotes, religiosos, monjas hasta de clausura, y seglares, aún niños, sacados de conventos y sus casas y asesinados por la única culpa de ser católicos. ¿No será este recuerdo por el que están tan rabiosos? Por cierto, que tanto exigen que se pida perdón, recuerdo que ellos nunca lo han hecho por las barbaridades que cometieron entre españoles no combatientes.

El comentario que no se si induce a risa despectiva o clara indignación, es el pronunciado por  Alfred Bosch de Esquerra Republicana quien ha dicho que invocar “el espectro” de la Guerra Civil, es algo “muy poco cristiano”. Lo dice un destacado miembro de uno de los partidos radicales que contribuyeron a aquellos asesinatos en masa. Y ya en el colmo de la estupidez, están las declaraciones del diputado de Amaiur Sabino Cuadra quien ha calificado de “fascista” al arzobispo de Madrid y ha destacado que “parece sacado de Atapuerca”, palabras que como se ve tienen gran enjundia y profundidad filosófica.

 

La líder de UPyD, Rosa Díez, también ha tachado de “absolutamente impresentable” la homilía del cardenal. En declaraciones a los periodistas en el Congreso, ha insistido en que la homilía le ha parecido “completamente impropia” de un funeral de Estado que, a su juicio, “merecía un rigor, una seriedad y un respeto” que no se cumplió. ¿Dónde estuvo esta señora? La guinda la puso con su queja a que sonara el himno nacional durante el funeral. Debería conocer un poco más el protocolo. En los actos oficiales con presencia del Rey y Cardenales, (que   ̶ recuerdo  ̶  tienen el título de Príncipes de la Iglesia, y tratamiento de Eminencia Reverendísima), se les debe rendir honores de arma presentada e Himno Nacional. No recuerdo la protesta de esta madre de la patria por el funeral de Estado de Mitterrand que fue celebrado en la catedral de Notre Dame por el cardenal-arzobispo de París, Jean Marie Lustiger y en el que, naturalmente, sonó la Marsellesa, por cierto, sin que  ningún diputado francés manifestara su disconformidad. No obstante, tengo la seguridad de que su protesta no es tanto al himno cuanto a que fuera utilizado como homenaje a Cristo en el momento de la Consagración porque esto es lo que realmente hace daño a los anticlericales.

 

Anteriormente, en 1995, cincuenta años después del fin de la II Guerra, ante el Parlamento Europeo, Mitterrand, presidente de Francia, evocó las dos guerras mundiales. Habló de la necesidad de superar nuestra historia (la europea) y advirtió de lo que ocurriría en caso contrario: “Imperará una regla, señoras y señores, ¡el nacionalismo es la guerra! La guerra no es sólo el pasado, puede ser también nuestro futuro”. Sin embargo, no suscitó ninguna crítica de las izquierdas, porque, en función de su distinta vara de medir, el asunto de su ira no reside en el concepto,  ̶ que algunos no alcanzan a entender, ̶  sino en la persona que lo expresa. Por eso las palabras antes referidas fueron consideradas benéficas y positivas, no en balde lo había dicho un socialista, masón grado 33, que algunos encuadran en los Illuminati. Consideraron que no reabría viejas heridas, afortunadamente cerradas, sino que alertaba de que la paz, la seguridad o, en términos coincidentes con las palabras de Suárez  y  de nuestro Cardenal, la concordia; que no son conquistas que puedan darse por sentadas, garantizadas ni eternas. Al contrario, requieren de un esfuerzo constante contra instintos, tendencias, conductas, prejuicios e ideologías que las amenazan.

El gran problema de este país es que los políticos se creen dueños del cotarro y sólo ellos legitimados para hacer lo que quieran e invadir la vida personal de los ciudadanos queriendo que pase por moralmente correcto lo que ellos aprueban en el parlamento, cosa que parece les cuesta conseguir. La única fuerza que realmente ha sabido mantener firmeza especialmente ante la nueva ingeniería social que quiso imponer el gobierno de Zapatero (y que el PP acepta de facto) ha sido la Iglesia. No se lo van a perdonar porque, evidentemente, no les gusta. Mejor obispos mudos, que hablen, sí, pero poquito, que lo digan en su catedral o que escriban una de esas cosas que no lee nadie. Rouco tiene el problema de que, a pesar de su poca voz, se le entiende todo, lo que lleva como consecuencia que una importante masa de católicos cada vez tenga las ideas más claras. Y esto molesta a los políticos. Por eso están así.

Los políticos quieren meter a la iglesia en las sacristías y que nos dediquemos a atender a los pobres, abandonados  y heridos que su política va dejando en las cunetas, mientras ellos se dedican a convertirse en los nuevos dioses del bien y del mal. Ya saben: curas, obispos, religiosos, laicos católicos: ustedes a rezar en sus templos y atender a los pobres, que de lo demás ya nos encargaremos nosotros. Insisto en que no[2].

 

Lo que más me ha dolido ha sido la tibieza en las declaraciones de los obispos que se han limitado a decir que han sido unas declaraciones desafortunadas. Ni en la casa de la Iglesia española ni en las diversas curias diocesanas quieren hacer declaraciones públicas. Y cuando se avienen a comentar lo dicho por Rouco, piden reserva absoluta; pero está claro que nadie se atreve a matizar, y mucho menos a desautorizar, las declaraciones del cardenal. Sigue habiendo una media docena de prelados convencidos, como él, de que España está en peligro y que el único parapeto contra su deriva laicista es el catolicismo. La tesis de Rouco, explicitada en muchas y variadas ocasiones a lo largo de su vida, es que “la causa de la Guerra Civil radicó en que el hombre había pecado mucho y sobre todo, contra Dios, y cuando se vive una etapa de negación de Dios es muy fácil que luego los hombres luchen entre ellos”. Lo decía, en 2008, precisamente en una misa en el Valle de los Caídos.

 

Y añadía: “La negación de Dios asume cada día con más fuerza en algunos países la forma de un laicismo más o menos oficial, radical e ideológico”. A su juicio, es el caso de España y, por lo tanto, de ahí a la Guerra Civil hay sólo un pequeño paso que se franqueó no sólo en nuestra contienda nacional, sino también en la Guerra Mundial.

 

Algunos no creen tanto en un enfrentamiento de izquierdas contra derechas. Más bien es la guerra entre cristianos y cristófobos. No se puede entender España sin sus esencias católicas. Lo que ocurre es que España, (gracias a labor que ocultamente han venido realizando las distintas Obediencias) ahora sí, ha dejado de ser católica. Y no solo la izquierda sino también el progresismo de derechas del Partido Popular. Guerra cruel y que, en efecto, puede pasar de fractura civil a enfrentamiento violento. No olvidemos que la progresía cristófoba sólo obedece a este ideario: abajo los curas y arriba las faldas. Y el que no acepte esto es un ultra[3].

 

“¿Dos Españas fraternas y enemigas?…Nunca he sido optimista en el curso de mi vida, ni lo he sido al meditar sobre la vida de los españoles, pero quizá podamos trasmutar la bipolarización de las dos Españas en una pluralidad, si no fraterna, de posible convivencia. En una lógica pluralidad, de opiniones, de anhelos, de proyectos, de esperanzas. Querer es poder, dice el viejo refrán castellano. Queramos al menos”.

 

Esto dejó escrito don Claudio Sánchez Albornoz en “Mi Testamento histórico-político”, 1975.

 

Me parece muy triste que casi cuarenta años después sigamos persiguiendo el mismo anhelo, como inalcanzable utopía.


 

Notas
[1] Eulogio López en Hispanidad.com
[2] P. Jorge González Guadalix: “De profesión cura” en Infocatólica
[3] Eulogio López: “La guerra civil fría o la España que ha dejado de ser católica” hispanidad.com

 

Autora: Valentina Orte

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