Euroescepticismo: Europa sí, pero no así

Rafael Lopez-Dieguez Gamoneda es candidato de Impulso Social al Parlamento Europeo.

Euroescepticismo: Europa sí, pero no así

Ser escéptico con el actual modelo de Unión Europea, y con la propia realidad institucional de Europa, no es ser, como a veces se trata de afirmar, contrario a Europa. Definirse como euroescéptico significa no compartir el camino que ha recorrido la UE desde los cambios que se introdujeron en el Tratado de Mastrich y que se ha consolidado con el Tratado de Lisboa, artificio creado tras el gran fiasco que supuso la Constitución Europea. Los euroescépticos no somos pues antieuropeos; creemos en una Europa distinta. De ahí que pudiéramos resumir nuestra posición en una frase: “EUROPA SÍ, PERO NO ASÍ”.

El euroescepticismo es hoy una realidad política. No es, como se propaga desde los partidos euroapasionados (PP, PSOE, VOX, Ciudadanos o UPyD), un absurdo o una muestra de oportunismo político. Ahí están los datos que se procuran ocultar o ignorar. El 55% de los europeos no vota en las elecciones europeas, del 45% que vota el 2% lo hace en blanco y del 43% restante el 25% se estima que votarán por opciones calificadas como euroescépticas o eurorrealistas.

Estos números nos llevan a concluir que, aproximadamente, el 67% de la población europea es escéptica con Europa: bien porque no vota, o porque vota en blanco o vota expresamente euroescepticismo. Este porcentaje -entorno al 67%- (más de las dos terceras partes) se corresponde con los índices de voto contrario a la Constitución Europea en los países que la sometieron a referéndum, como fue el caso de Holanda o Francia, la única excepción fue España.

En resumen, la legitimidad de los que hoy nos representan en la UE descansa en un escaso 30% de la población europea, frente a un casi 70% que no les reconoce como tal.

Por todo lo anterior, ser escéptico con la actual Unión Europea es estar en sintonía con la corriente de opinión mayoritaria en Europa; solo los pertenecientes a la eurocasta mantienen aún posiciones apasionadas que van cada día encontrando menos adeptos y que terminara por ser minoritaria.

Al movimiento euroescéptico la eurocasta, intencionadamente, intenta confundirlo con movimientos marginales o radicales, xenófobos o racistas, con posiciones de extrema derecha o extrema izquierda, con la intención evidente de marginar sociológicamente la legitimidad de esta opción.

La realidad es muy distinta de esa imagen pues mantener este discurso supondría asegurar que ese 67% que no vota por esta UE se sitúa en la extrema derecha, la extrema izquierda o es xenófoba o racista. Ejemplo de que esto no es así lo encontramos en Inglaterra donde el movimiento conservador, al que nada se le puede achacar sobre esos tópicos, ya se ha manifestado claramente como escéptico y ha propuesto un referéndum sobre Europa para el próximo 2017. A esta iniciativa se han sumado otros muchos partidos y grupos parlamentarios de Europa.

Resumamos, el euroescepticismo está basado en cuatro razones fundamentales.

1º.- Europa en su manera de funcionar no es democrática. El órgano elegido por sufragio universal directo, el Parlamento, no tiene capacidad legislativa y de control presupuestario por sí solo (“proceso de codecisión”, articulo 289 Tratado de funcionamiento UE); precisa para legislar del Consejo de la Unión Europea, no elegido democráticamente, y ambos dos solo pueden legislar a partir de la iniciativa de la Comisión, que tampoco es elegida de forma democrática.

En resumen las incitativas legislativas y las normas europeas no se adoptan de forma democrática. La conclusión es lógica, para eso no necesitamos una UE con un Parlamento nos bastaría una simple comisión de Estados que, conforme al quórum que se determinara, adoptara las decisiones, que es en realidad lo que hoy sucede.

2º.- Europa, que no solo la UE, y sus instituciones no son transparentes y su estructura, tan desconocida y entrelazada confunde, siendo ajena al ciudadano europeo. Existen en Europa tres instituciones que se solapan y entrelazan originando una gran confusión de competencias que termina por no saberse a qué órgano le corresponde qué actuación en cada momento.

En Europa tenemos: la Unión Europea, que se compone, entre otros órganos, del Parlamento, la Comisión, el Tribunal de la UE y el Consejo de la UE; también existe, pero fuera de las instituciones de la UE, otro Consejo, el Consejo Europeo, y otro más, el Consejo de Europa, que a su vez tiene también Asamblea Parlamentaria y Asamblea de las Regiones y Tribunal de Derechos Humanos, otro Tribunal más (además del Internacional Penal con sede en la Haya). Todos estos órganos conviven en Europa creando una madeja burocrática de actuación imposible de comprender para el ciudadano europeo.

El Consejo Europeo, que no pertenece a la UE, designa al Presidente de la Comisión que sí pertenece a la institución y esta Comisión es la que tiene legalmente la iniciativa legislativa y presupuestaria de de la UE.

El Consejo de Europa, no confundir con el Consejo de la UE ni con el Consejo Europeo, que aglutina a más miembros que la UE, y no pertenece a la UE, pero regula las actuaciones de Europa y que vincula a los estados miembros de la UE, tiene su propia Asamblea legislativa compuesta por 318 miembros y la Asamblea de las Regiones con otros 315 miembros, más un número igual de suplentes en ambos caso.

La representación internacional de Europa está compartida, de una parte a través de la Presidencia de la Comisión, dependiente de la UE, de otra por el Alto Representante de la UE para asuntos Exteriores, nombrado por el Consejo Europeo y por último por el Consejo de Europa como institución internacional.

Algunos dirán que son cosas distintas, sí, pero todas se refieren a cómo organizar, legislar, controlar y representar a Europa y además el dinero sale siempre del mismo sitio, de los Estados miembros, y las decisiones son siempre de los mismos, de la oligarquía europea compuesta por los eurócratas de turno.

3º.- Esta estructura de Europa es inoperativa y extremadamente cara. Solo la UE tiene tres sedes, Bruselas, Estrasburgo y Luxemburgo. A esto debemos sumarle todas las oficinas periféricas, más las 139 delegaciones de la UE fuera de la UE; a las que a su vez debemos sumar las sedes del Consejo Europeo y los órganos que de esta dependan y también las del Consejo de Europa, con sus Asambleas, Tribunales y demás.

Cientos de miles de metros cuadrados, centenas de miles de funcionarios entre las tres instituciones, miles de millones de euros en salarios, viajes, dietas y en coordinación y comunicación entre sedes de la UE e instituciones de Europa. Un despilfarro insostenible que además es desconocido para los europeos, del que no obtienen un resultado más allá de los recortes e inicuas resoluciones judiciales que Europa ha impuesto a España y con ello el cierre de nuestras empresas, el desempleo y la indignidad de nuestras victimas.

4º.- Porque una cosa era lo que pretendíamos y valorábamos favorablemente los europeos, es decir, la puesta en común de nuestros intereses económicos en la conocida y añorada “Comunidad Económica Europea” (CEE), esa que aspiraba a un “Mercado Común”, y otra muy distinta es esta Europa que pretende un solo Estado al que todas nuestras soberanías se plieguen en un intento de homogenización entre distintos, que disponen de medios desiguales muy potentes, como es el caso de la propia moneda o las políticas fiscales y laborales. “Mercado Común, SÍ”, “Estado Común, NO”.

La Europa que queremos los euroescépticos no precisa de la elefantiásica estructura de la UE, ni tampoco de tres instituciones que se solapan entre sí. Lo que necesitaríamos sería un simple regulador del mercado que estableciera los parámetros de intercambio económico.

Los países Europeos como Estados soberanos y democráticos son capaces de administrar sus decisiones políticas, sociales, financieras y económicas como mejor les parezca atendiendo a sus intereses, identidad e idiosincrasia.

Tienen la madurez para no tener que ser controlados por tutores que solo representan a un escaso 30% de los ciudadanos europeos.

Ser escéptico con Europa es estar al lado de ese 67% de la población europea que no cree o no le interesa o está en contra de esta Europa porque nada le da y nada le ofrece y que además, en los últimos años, ha visto como no supone ningún instrumento eficaz contra la crisis.

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