¿Estúpidos? ¡No, gracias!

Por Carlos Aurelio Caldito Aunión

¿Estúpidos? ¡No, gracias!

Contra el consenso y la “igualdad”.

En España, esa nación que los “modernos” de todo pelaje denominan “estepaís” para no molestar a los nacionalistas de las diversas taifas, se oyen (los modernos ya no utilizan el verbo “oír”, ahora se lleva lo de “escuchar”, vocablo que siempre ha significado en la lengua española “prestar atención” y nunca ha sido sinónimo de “oír”)  un  día sí, y el otro también frases que siempre que salen a colación, me dejan perplejo: “mi opinión también es importante, respetable… y quien diga lo contrario es un intolerante, un dogmático, y un reaccionario… tú lo que eres es un machista, estás contra la igualdad, contra la opinión de la mayoría, eres un…” y lindezas por el estilo.

Insisto, no salgo de mi asombro. No dejo de sorprenderme del grado de estupidez al que se ha llegado, y que nadie o casi nadie cuestiona; según parece la sandez, aparte de lo festivo, y la transgresión como complemento de la festividad, son sinónimos de modernidad, aparte de la omnipresente intimidación por parte de una especie de reaccionarismo igualitaro pseudoprogresista, acompañado de un enorme relativismo social, que frenan el esfuerzo y la meritocracia, motores ambos de la evolución individual y colectiva. 

Es absolutamente increíble de qué manera se han ido instalando en nuestra sociedad ideas, corrientes de opinión, tan increíblemente estúpidas (fracaso de la inteligencia lo llama el filósofo José Antonio Marina) sin apenas habernos dado cuenta, hasta que han acabado tomando posesión de nuestras vidas y acabando por ser omnipresentes, abrumadoramente, siempre presentes en todas partes y en todo momento.

Afirma la filósofa Ayn Rand que los seres humanos no somos animales racionales, sino “potencialmente racionales”, es decir que podemos optar, elegir y mover nuestra voluntad para hacer uso de nuestra capacidad intelectiva, pensar y obrar de forma racional, o por el contrario renunciar a ello. Si hacemos uso de nuestro intelecto, podremos comprender el mundo que nos rodea, así como “nuestro mundo interior”. Este proceso está vinculado al conocimiento de la Naturaleza de las cosas y la capacidad de involucrar la Conciencia en los actos que llevamos a cabo en nuestra vida cotidiana, y conduce a crecer como personas, madurar, generar buenos hábitos.

Hay un estudio sobre los tontos y la tontería, de Tomás de Aquino, en el que, entre otras muchas cuestiones menciona que además de la parálisis, el estupor (de ahí la expresión “estúpido”) existe otro factor importante en la caracterización de la tontería: la falta de sensibilidad: y diferencia  entre estulto y fatuo, dice que la estulticia comporta embotamiento del corazón y hace obtusa la inteligencia (“stultitia importat hebetudinem cordis et obtusionem sensuum”).

Por el contrario, la fatuidad es la total ausencia de juicio (el estulto tiene juicio pero lo tiene embotado…). De ahí que la estulticia sea contraria a la sensibilidad de quien sabe: sabio (sapiens) se dice por saber (/sabor): así como el gusto discierne los sabores el sabio discierne y saborea las cosas y sus causas: a lo obtuso se opone la sutileza y la perspicacia de quien sabe, de quien es capaz de saborear.

La metáfora del gusto, de la sensibilidad en el gusto como ejemplo, y referente, para quien sabe saborear la realidad encierra una de las principales tesis de Tomás de Aquino sobre la tontería. Hasta tal punto que llega a considerar que, frente a la creencia general de que la felicidad está en la posesión de dinero y bienes materiales, como afirma la legión de estultos que, saben sólo de bienes corporales, que el dinero puede comprar; el juicio sobre el bien humano no lo debemos tomar de los estultos sino de los sabios, lo mismo que en cosas de sabor preguntamos a quienes tienen paladar sensible.

Prosigue Tomás de Aquino afirmando que se trata siempre de una percepción de la realidad: lo que de hecho es amargo o dulce, parece amargo o dulce para quienes poseen una buena disposición de gusto, pero no para aquéllos que tienen el gusto deformado. Cada cual se deleita en lo que ama: a los que padecen de fiebre se les corrompe el gusto y no encuentran dulces cosas que en verdad lo son…

También es importante otra característica que nos señala Tomás de Aquino acerca del insipiente: creer que todos tienen -y son de- su condición.

Otra cuestión de la que nos advierte Tomás de Aquino es la de que entre las causas morales de la percepción de la realidad, destaca la buena voluntad que es como una luz, mientras la mala voluntad sumerge a uno en las tinieblas del prejuicio.

Por supuesto, en su análisis de los tontos y la tontería, Tomás de Aquino nos habla de que hay grados de tontería y de tontos; igual que hay grados de inteligencia y de personas inteligentes.

En esta misma dirección, Carlo Cipolla (Alegro ma non troppo) nos dice que en la sociedad predominan cuatro tipos de individuos:

  • Inteligentes: benefician a los demás y a sí mismos.
  • Desgraciados o incautos: benefician a los demás y se perjudican a sí mismos.
  •  Bandidos o malvados: perjudican a los demás y se benefician a sí mismos.
  •  Estúpidos: perjudican a los demás y a sí mismos.

También formuló lo que el denominaba leyes fundamentales de la estupidez:

Siempre e inevitablemente cualquiera de nosotros subestima el número de individuos estúpidos en circulación.

La probabilidad de que una persona dada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica propia de dicha persona.

Una persona es estúpida si causa daño a otras personas o grupo de personas sin obtener ella ganancia personal alguna, o, incluso peor, provocándose daño a sí misma en el proceso.

Las personas no-estúpidas siempre subestiman el potencial dañino de la gente estúpida; constantemente olvidan que en cualquier momento, en cualquier lugar y en cualquier circunstancia, asociarse con individuos estúpidos constituye invariablemente un error costoso.

Una persona estúpida es el tipo de persona más peligrosa que puede existir.

Dirán que a cuento de qué hablar tanto de la estupidez y de los “teóricos” de la estupidez, (nada más lejos de mis intenciones que hacer un “elogio/encomio a la estulticia” a la manera de Erasmo de Rótterdam) pues muy sencillo, todo lo que ellos nombran son características definidoras de la triste, tristísima realidad española. La principal causa de la estúpida  situación que nos aqueja, radica en la deserción de las mentes más privilegiadas de nuestra nación, como nos explicaba Joaquín Costa en su “Oligarquía y caciquismo como la actual forma de gobierno en España, urgencia y modo de cambiarla”: El régimen oligárquico-caciquil descrito por Joaquín Costa, referente a la España de hace más de un siglo, y que por desgracia en la actualidad sigue prácticamente intacto, posee una importante característica: un elitismo perverso que, impide “la circulación de las elites”; en el régimen caciquil los más capaces y los mejor preparados son apartados, “es la postergación sistemática, equivalente a eliminación de los elementos superiores de la sociedad, tan completa y absoluta, que la nación ni siquiera sabe que existen; es el gobierno y dirección de los mejores por los peores; violación torpe de la ley natural, que mantiene lejos de la cabeza, fuera de todo estado mayor, confundida y diluida en la masa del rebaño servil, “servum pecus”, la elite intelectual y moral del país, sin la cual los grupos humanos no progresan, sino que se estancan, cuando no retroceden.”

Pero para que triunfe la estupidez, el fracaso de la inteligencia, tanto individualmente como socialmente, para que España haya llegado a ser una meritocracia a la inversa, para que hayan triunfado “los peores” es imprescindible que esté presente lo que los psiquiatras y psicólogos denominan “trastornos de mediocridad”, el defecto, la ausencia, o inhibición de la presión por la excelencia, en sus varios grados de intensidad: la Mediocridad Inoperante Activa…

El individuo Mediocre Inoperante Activo (MIA) que posee algún poder en puestos burocráticos tiende a generar grandes cantidades de trabajo innecesario, que impone a los demás de manera entusiasta, destruyendo así su tiempo, o bien intenta introducir todo tipo de regulaciones y obstáculos destinados a dificultar las actividades realmente creativas/productivas.

Mientras que las formas menores de mediocridad inoperante presentan simplemente incapacidad para valorar la excelencia, el MIA procura además destruirla por todos los medios a su alcance, desarrollando sofisticados sistemas de persecución y entorpecimiento. Ni que decir tiene que entre estas formas de actuación destructiva se encuentra lo que se denomina “mobbing” o acoso laboral o en cualquier otro ámbito…

Cualquier organización gobernada por Mediocres Inoperantes Activos (o sea, “estúpidos”) acaba padeciendo miedo, odio y deseos de venganza…

En una comunidad en la que existe temor (el miedo es siempre absolutamente alienante, por más que algunos digan que “el miedo es libre”) todos sus miembros están procurando siempre proteger sus espaldas… y cuando se les ocurren ideas para mejorar o ayudar a la comunidad, se retraen por temor, y no las suelen expresar… cuando la gente no se siente bien tratada, casi nadie está dispuesto a hacer ningún “esfuerzo extra”, o implicarse de manera especial…

Cuando la gente tiene el convencimiento de que quienes gobiernan son gente estúpida, pocas veces está nadie dispuesto a “dejar lo que en ese instante está haciendo, para ayudar…”

Un factor especialmente importante, fundamental, en lo de idiotizar al personal es la perversión, la degradación del idioma, su adulteración, su degeneración, promovido por los estúpidos y mediocres, al dictado de los malvados; para así hacerlo vacuo, ambiguo, impreciso… pues, no se olvide que pensar es hablar uno consigo mismo, y evidentemente para poder “contarnos algo a nosotros mismos” es imprescindible conocer el idioma, para así poder ponerle nombre a cada cosa, poder explicarnos matices, etc. La perversión del idioma, promovida por los estúpidos y mediocres, al dictado de los malvados/gansters, posibilita la divulgación de supersticiones, prejuicios, dogmas –con una enorme capacidad anestésica- y cuanto vaya en la dirección contraria al pensamiento crítico, la curiosidad intelectual, el librepensamiento, a erradicar las formas de pensar acientíficas, a erradicar las diversas formas de fanatismo

Ninguna Nación medianamente sensata está constantemente poniendo a debate su forma de “jefatura de Estado”, o su forma de organización territorial, o las competencias de su Ejecutivo, o de su Legislativo, o de su Poder Judicial; tampoco hay ningún país de nuestro entorno cultural en el que se esté constantemente cuestionando su política exterior (en España cuando cambia el Gobierno los que hasta entonces eran aliados pasan  a no serlo, y viceversa…) Tampoco en ningún país civilizado se está constantemente cambiando el sistema de sanidad pública, o el sistema público de enseñanza, y tantas y tantas cosas más que conducen a los ciudadanos a pensar que en España las reformas nunca se acaban, con el consiguiente desánimo que produce la constante transitoriedad en la que nos tienen instalados quienes nos “mal-gobiernan” desde hace más de tres décadas.

No me negarán que todas esas formas de conducta son claros síntomas de estupidez; pues, cualquier grupo social que esté en sus cabales, cuyos miembros no estén embrutecidos o encanayados, procura evitar que la gente viva inmersa en continuos sobresaltos, busca la manera de que quienes la integran se sientan miembros de una sociedad estable, perdurable, próspera; y para que eso sea posible es imprescindible que existan “absolutos”, sí, asideros incuestionables.

Si antes afirmaba la necesidad de “absolutos/incuestionables”, es porque si no es “así” tendremos que aceptar que la mayoría puede hacer lo que le dé la gana, y por lo tanto cualquier cosa que hace/decide la mayoría es buena porque “son la mayoría”, siendo pues éste el único criterio de lo bueno o lo malo, de lo correcto y de lo incorrecto, Una democracia con “absolutos/incuestionables” solo debe permitir que la soberanía de la mayoría se aplique sólo, exclusivamente, a detalles menores, como la selección de determinadas personas. Nunca debe consentirse que la mayoría tenga capacidad de decidir sobre los principios básicos sobre los que ya existe un consenso generalizado y que a nada conduce estar constantemente poniéndolos a debate y refrendo… La mayoría no debe poseer capacidad de solicitar, y menos de conseguir, que se infrinjan los derechos individuales, de lo legal y de lo ilegal, de lo ético y de lo antitético…

Asistimos a un caos intelectual de tal magnitud (derivado de la estupidez de la que vengo hablando a lo largo del texto) que a menudo olvidamos que, el gobierno correcto es aquel que protege la libertad de los individuos. Y la única forma es reconociendo y protegiendo sus derechos a la vida, la libertad, la propiedad, y a la búsqueda de la felicidad (que no es lo mismo que “hacerlos felices”). Y como es lógico, debe identificar y castigar a aquellos que violan los derechos de sus ciudadanos, sean criminales nacionales o agresores extranjeros.

Tras ese recorrido un tanto inquietante sobre los tontos y la tontería, terminaré recogiendo brevemente las indicaciones que Tomás de Aquino da acerca de los remedios contra las tonterías (propias o ajenas).

Primero, hay que recordar que entre las obras de misericordia, las más importantes, las siete “limosnas espirituales”, tres guardan relación más o menos directa con el asunto que nos ocupa: soportar a los molestos (“portare onerosos et graves”), enseñar al que no sabe (“docere ignorantem”) y dar buen consejo al que lo ha menester (“consulere dubitanti”).

¡Ah, se me olvidaba! Tomás de Aquino también menciona a un tipo de tonto: el idiota. Siempre atento a los orígenes de los nombres, Tomás de Aquino hace notar que idiota, propiamente significa aquel que sólo conoce su lengua materna… Pues “eso”.

Carlos Aurelio Caldito Aunión.

Badajoz, Taifa del Suroeste junto a “la Raya”.

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