El príncipe que no quería ser santo

El príncipe que no quería ser santo

Hace unos años, pocos para los viejos, muchos para los jóvenes, Don Felipe de Borbón, en su calidad de Príncipe de Viana (para el común de los mortales no legitimistas), título del heredero a la Corona de Navarra, le otorgaba al Profesor Álvaro D’Ors y Pérez-Peix, catedrático emérito de la Universidad de Navarra, un premio que llevaba tal nombre como reconocimiento a su dilatada labor docente e investigadora. En aquella solemne ocasión don Álvaro le dijo a Don Felipe que rezaría por él para que fuera santo. Con la inconsciencia de su edad y de sus genes, el heredero de la Corona constitucional le respondió algo así como que no estaba por la labor de cultivar esa faceta.

En el día de la abdicación de Don Juan Carlos y a la vista de las responsabilidades que recaerán previsiblemente sobre él, deseo de todo corazón que prevalezcan los deseos del ilustre romanista. Que Dios le dé juicio para servir en el puesto que le espera, por la cuenta que nos tiene a los españoles.

Difícil es acceder a la legitimidad de ejercicio sin tener previamente la de origen, según lo entendemos los carlistas. Pero menos difícil es heredar la legitimidad de origen, como es el caso de otro príncipe muy querido, y dejarla reducida al campo de la genealogía y la heráldica, callando y otorgando ante el trance agónico de la Patria.

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