Miguel Ayuso: La amenaza de un nuevo totalitarismo

Nápoles, mayo/junio 2014.- Entrevista que publica en su número 76 (mayo 2014) Lettera Napoletana, periódico de información de la Fundación Il Giglio (traducción de la Agencia Faro)

Miguel Ayuso: La amenaza de un nuevo totalitarismo

El profesor Miguel Ayuso Torres, catedrático de Ciencia Política y Derecho Constitucional en la Universidad Comillas de Madrid y presidente de la Unión Internacional de Juristas Católicos, es uno de los más agudos estudiosos del Estado moderno y de su deriva totalitaria. En nombre del Consejo de Estudios Hispánicos Felipe II ha participado estos últimos días en Nápoles en un congreso sobre “El Derecho natural como criterio“. LN le ha dirigido algunas preguntas sobre el proyecto de construcción de la UE después de las elecciones al parlamento de Estrasburgo.

LN. El proyecto de construcción de la Unión Europea está encontrando una oposición creciente, debida al empobrecimiento de millones de personas en los países del sur de Europa provocado por el euro, pero también a la ingerencia de los tecnócratas de la UE en muchos aspectos de la vida. ¿Cómo valora estas dificultades?

La tecnocracia crea eso que se llama el “déficit de democracia” de las instituciones de la UE. Incluso si pretende adoptar algunas medidas de “buen gobierno” resulta claro el engaño de la democracia totalitaria y contribuye a alejar a los ciudadanos de la participación política, que ya está debilitada en la democracia moderna aunque no anulada. Yo diría que la tecnoburocracia de la UE (en realidad una especie de criptocracia) se aleja cada vez más de la democracia moderna y plantea una serie de problemas, teóricos, prácticos y de orden técnico. Estos últimos –aunque puedan considerarse menos importantes– no pueden descuidarse, porque interfieren en la vida de los pueblos. A partir del año 2004, fecha del fracaso del intento de poner en marcha una Constitución europea, y del sucesivo Tratado de Lisboa (2007) se han hecho más evidentes las dificultades de la UE, que la larga crisis –más financiera que económica– que estamos atravesando ha tornado más dramáticas. Me refiero en particular a la ausencia de una identidad suficientemente homogénea e integral de la UE que sea capaz de conciliar los intereses comunes con los opuestos, sea en política exterior (¿atlantismo británico, “diferencia” francesa, o vía alemana?), sea en economía (¿estabilidad o flexibilidad?) o en los problemas de hacienda (¿hasta cuándo se debe pagar por la UE y quién cobra?). A todo esto añadamos las leyes cada vez más opresoras y esotéricas.

LN. ¿Cuáles considera que son los elementos de totaliarismo en el proyecto de la Unión Europea?

Yo diría que la época del totalitarismo no ha terminado. Algunso de los estados totalitarios desaparecieron con el final de la Segunda Guerra Mundial, pero otros se vieron reforzados, también después del segundo conflicto mundial, en los últimos decenios. Son estados totalizantes (postotalitarios), los del “Estado del bienestar” como las socialdemocracias europeas, que han creado sistemas capitalistas en la producción, socialistas en la distribución y laicistas en la moral. Se trata de un totalitarismo “light”, del tipo que profetizó Tocqueville. El proyecto de construcción de la UE está empapado de este espíritu. Su tendencia totalitaria se refuerza tanto más cuanto que excluye las comunidades naturales. No debe olvidarse que el antídoto contra el totalitarismo consiste en la subordinación del poder político a una ética objetiva y el arraigo de las comunidades naturales.

LN. Los tecnócratas de la UE a menudo se encuentran enfrentados con la tradición católica de diversos países, desde el rechazo a invocar las raíces cristianas de Europa en la Constitución de la UE, a la prohibición impuesta a Andorra de emitir euros con la imagen de Cristo, o a las tentativas de apoyar la introducción o la extensión de las legislaciones abortistas en Hungría y en otras naciones. ¿Considera que para los católicos es difícil convivir con el proyecto de la Unión Europea?

La laicidad y el laicismo (en realidad se trata de dos versiones de la misma ideología) son la marca de fábrica del “proyecto de construcción europea”. Como lo fueron en el pasado en el nacimiento de los estados modernos, después de las revoluciones liberales de fines del siglo XVIII y comienzos del XIX. Pero las naciones antiguas habían nacido cristianas, así que la Revolución tenía que borrar su origen para dejarlas huérfanas. La nueva Europa, por su parte, ya nació huérfana. La Iglesia, hasta hace algún tiempo, oponía al constitucionalismo la “constitución cristiana de los estados” o, mejor, la “res publica christiana”. Ahora, por el contrario –como ya aconteció con las constituciones nacionales, entre ellas con la española– parece contentarse con una referencia a las “raíces cristianas” o a la “herencia cristiana”. Pero esto significa admitir implícitamente la muerte de los propios principios, porque no hay ninguna herencia si no hay un difunto. De hecho equivale a alinearse, tanto en el lenguaje como en la línea de acción, con las democracias cristianas.

LN. La Comisión Europea reemplaza a los gobiernos nacionales y considera interlocutores, por ejemplo para la asignación de fondos, a las regiones de Europa. Se trata de una limitación adicional de la soberanía nacional. ¿Está de acuerdo?

Los estados-nación, brotados de la Europa nacida de la Paz de Westfalia en 1648, fueron los responsables de la primera forma de globalización frente al universo pluralista de la Cristiandad. Sin embargo es preciso admitir que tienen una base moral más sólida que la de la evanescente Unión Europea. Hoy esos mismos estados nacionales son víctimas de una segunda globalización, que está en proceso. Ciertamente la nación ideológica y excluyente se contrapone a la afectiva e inclusiva, pero conserva aún algunos elementos naturales en las relaciones políticas, que el proceso de racionalización y secularización efectuado por los estados modernos va aboliendo progresivamente. Por ejemplo el concepto de ciudadanía como “patriotismo constitucional” puede convivir fácilmente en el contexto de la “construcción europea”, pero menos en el contexto de una “nación”. En cuanto a las regiones, su relación con la UE podría parecer en línea con el principio de subsidiariedad, pero en realidad se trata de lo contrario, es decir, se trata del vaciamiento de funciones de los estados europeos en beneficio de la UE.

LN. Las elecciones al Parlamento Europeo han registrado un fuerte avance de los partidos “eurocríticos”, alguno de los cuales lleva en su programa la salida del euro. ¿Piensa que esté en peligro todo el proyecto de la UE?

Francamente no creo que el avance de los partidos críticos frente a la UE, a pesar de ser notable en las últimas elecciones, consiga bloquear el proyecto de la UE. El proyecto de “construcción europea”, comenzado en la segunda posguerra mundial, se basa en el federalismo funcionalista, en el laicismo, y en el economicismo, elementos todos que se afirman en un contexto de disminución de los estados, que se da en aparente contradicción –como es típico de los períodos de crisis– con la desnacionalización y el avance de la tecnocracia. De todos modos, lo más importante no es la arquitectura institucional con la cual se realiza el “proyecto de construcción europea”, sino el “espíritu europeísta” que es la base y que está dirigido por las autorreferenciales élites pro-UE que dominan a los estados europeos y a las organizaciones internacionales.

LN. Sobre la base de la doctrina social de la Iglesia, ¿sobre qué pilares debe apoyarse un proceso de integración europea?

Los mismos principios sobre los que debe apoyarse un estado. El reconocimiento de los derechos de Dios y de la ley natural como fundamento del orden político, y el principio de subsidiariedad para regular las relaciones entre los grupos sociales y las comunidades naturales. El laicismo niega los derechos de Dios, sea en la forma llamada inclusiva del americanismo, sea en la forma excluyente del modelo francés. La Iglesia, por desgracia, ya no se enfrenta, a no ser de manera ocasional y parcial, a estas dos formas de laicismo, que se refuerzan gracias a las reivindicaciones de los “derechos humanos” y, sobre todo, de la “libertad de conciencia y de religión” que caracterizan la fase débil y de disolución de la modernidad y que anulan el orden político. Por supuesto se trata de un proceso que no se aplica sólo en las instituciones de la Unión Europea, pero en ellas es muy evidente. En cuanto al principio de subsidiariedad –más allá de hipócritas declaraciones de principios– es desnaturalizado y reducido a una versión administrativa y a una norma de derecho público. La pérdida de soberanía nacional y la tecnocracia constituyen su contrafigura. También aquí aparece el carácter progresivamente destructivo de esta fase “débil” de la modernidad respeto de la precedente fase “fuerte”.

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