Del integrismo a la herejía y del progresismo a la apostasía (1/3)

Del integrismo a la herejía y del progresismo a la apostasía (1/3)

He leído de nuevo y con más devoción que la primera vez, la vida de San Ignacio de Antioquía; la escrita por el Doctor y Sacerdote Jesuita, P. Alfredo Sáenz, en su Historia de la Iglesia, por él llamada La Nave y las tempestades. Los católicos recordamos al gran obispo del siglo I en su misa que se celebra el día 17 de octubre, según el Ordo Missae de Pablo VI, y el dia 1º de febrero, por el misal de San Pío V. Aquel amadísimo líder del cristianismo, pastor y educador, testigo gigante de Cristo, fue un defensor fervoroso del Credo hasta el punto de que su pontificado en Asia Menor se igualó con el de San Pedro. Sin embargo, por desgracia la Iglesia actual conoce muy poco de este gran Padre de la Iglesia, no sólo por lo mucho que se perdió a raíz de su muerte sino, hoy mismo, por dejar al arbitrio del celebrante citarle o ignorarle en el Canon de la nueva misa.

Pero la Iglesia le ha recordado siempre por su defensa ante el primer ataque a la divinidad de Cristo al que algunos “teólogos” de entonces no aceptaban como Cordero de Dios ni en la cruz ni en los altares. Este argumento, Jesús no es Dios, es pertinaz leitmotiv que subyace en los mil derivados judaizantes, desde entonces hasta hoy, a los que la Iglesia repudió, siempre también hasta hoy.

Una constante del cristianismo es la dualidad extremista de sus múltiples carismas y devociones, interpretaciones y maneras, ya presente en los primeros años de su historia. Es decir, pasarse por el extremo del espiritualismo integrista o por el del humanismo progresista. Que yo creo que, como todos los extremos, se tocan en dañar la Buena Nueva enraizada en el conocimiento del amor de Dios.

Para empezar muy útil será recordar tantas veces como sea necesario que la Iglesia es una sociedad de origen divino, que en la tierra se gobierna, se organiza y es servida por hombres, es decir, criaturas hijas de Adán y Eva. Por su origen divino se acepta, y se enseña, una doctrina imperecedera revelada por el mismo Dios bajado del cielo. Dogma de fe que sus discípulos, los Doce, predicaron con admirable coherencia y testimonio hasta la muerte. Pero, ¡ay!, ni ellos ni sus sucesores fueron divinos sino humanos. Todos y, como tales, permeables al error, al desvío y al pecado. Los frutos derivados del dogma de la Iglesia son siempre perfectos mientras que sus fieles y servidores son siempre criaturas imperfectas; dicho sea en ambos sentidos, humano y teológico. Susceptibles de llegar por uno u otro exceso al desprecio de Dios. Creo que en verdad la Iglesia, en toda su historia, no ha tenido lucha más ardua que la provenida de esto que digo.

En los siglos segundo y tercero aparecieron perniciosos extremismos en ciertos grupos de fieles que se irrogaban la autoridad de explicar la fe independientes de la sucesión apostólica. Tenían por argumento la integridad de la fe y del culto, cosa laudable, pero con una exageración que les llevaba a la distorsión y la herejía. Copiando de Cicerón su axioma Summum jus summa injuria, digamos que en su propósito de perfección esterilizaban y hacían imperfecta a la Iglesia. Dicho de otra manera, la verdad defendida hasta efectos contraproducentes la volvían mentirosa.

El extremismo de integristas y progresistas radica en estas dos condiciones que les envuelve en nube de la más alta dignidad impidiéndoles incluso la vida que Dios nos regala en infinidad de dones. Por ejemplo, aquellos primeros herejes que a sí mismos se llamaron integristas olvidaban con mucha frecuencia individual y colectivamente esta distinción. Pedían del clero y de la jerarquía un ejército de seres angélicos, teóricamente perfectos. Orgullo que en el progresismo se sufre en tanta o mayor medida en cuanto excrecencia o verruga del integrismo.

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Las primeras desviaciones vinieron ya muy pronto de los sacerdotes o rabinos judíos que se adherían a la Iglesia y que bastantes problemas dieron a San Pablo. (Hch 11, 21) Su integridad era más de afición a las leyes hebreas que de sincero culto cristiano que, en muchos casos, se justificaba en las ricas colectas.

Poco tiempo después, a mediados del s.II, el montanismo se llevó una gran porción de fieles fundando su doctrina en el ascetismo más riguroso, muy parecido al de los talibanes del Islam. Uno de sus sectarios, Taciano, extendió el criterio de que la mujer era una creación pecaminosa, obra de Satanás. Se abstenían de la vida conyugal y tenían prohibido beber vino incluso en las comidas. La virtud no era una elección personal sino una imposición diseñada por otros y violentada por la masa social. En el colmo del masoquismo predicaban que los pecados cometidos después del Bautismo jamás podían ser perdonados.

En los pasados años sesenta se vendió mucho en España un librito Crisol, de la editorial Aguilar, Apología contra los gentiles, porque describía con cierto detalle la vida de los primeros cristianos. Su autor, Tertuliano, fue también montanista. Como tal, nos alaba la extrema rigidez de las penitencias. Pensemos que al pecador no se le liberaba con un padrenuestro y tres avemarías sino que había de pasar años vistiendo túnicas de penitentes, excluidos, además, de la comunión en los actos de culto. Cuando el Papa corrigió esta locura facilitando el perdón, Tertuliano le acusó de innovador asegurando con su sola autoridad que la Iglesia no tenía poder para perdonar los pecados mortales como el del apóstata o el del adúltero. Incluso a los de sincero arrepentimiento y contrición, como se entiende.

Orígenes, otro gran orador cristiano cayó también en el extremismo rigorista. Pero en este caso con una variante de apariencia contraria. Según se sigue de sus homilías los cristianos primitivos comulgaban con asiduidad; incluso dos veces al día. Cosa que siglos después molestaba a los jansenistas que sólo se creían dignos de la comunión mediante una extrema penitencia, más hacia un imposible merecimiento que por ofrecer a Cristo una casa limpia.

Pronto surgieron los antipapas, como Hipólito y Novaciano que fueron considerados así por cuestiones de rigorismo excesivo. Es interesante el argumento tan aparente del primero. Decía que el perdón del pecador de ciertas faltas, como las antedichas, favorecía la liviandad de los fieles, cosa sin duda razonable pero que no es achacable a Cristo que perdona sino al pecador que reincide. Hipólito fue declarado antipapa y deportado a Cerdeña, pero luego se arrepintió y murió reconciliado.

Novaciano, igual que Hipólito, había alcanzado enorme prestigio. La exageración de este sacerdote se produjo por un problema grave de la Iglesia ante la persecución de Decio, la primera realmente universal. Se trataba de la apostasía que tal persecución produjo y que el Papa más tarde perdonó a cuantos arrepentidos volvían a la Iglesia. Pues, bien, Novaciano dijo que ni hablar, que los que habían apostatado ya no podían arrepentirse. Este Novaciano tiene el raro honor de haber provocado el primer cisma importante. Cuando Cornelio fue elegido Papa, Novaciano se lo tomó muy a malas pues que en su alto podio creyó merecerlo más. Se apoyó en su oposición a Cornelio con más fuerza en la acogida de los apóstatas arrepentidos diciéndoles, como antes Montano, que sus penitencias eran inútiles porque el perdón era imposible. Hasta que otro doctor también afamado, San Dionisio, desmontó su argumento diciendo: “Si creemos a Novaciano haremos lo contrario que Jesús; él iba al monte en busca de la oveja perdida y nosotros, en cambio, cuando la vemos volver la echamos a patadas.”

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