¿Qué es el carlismo?- EL CARLISMO COMO CONTINUIDAD DE LAS ESPAÑAS

Tomado de libro ¿Qué es el carlismo? De Francisco Elías de Tejada, Rafael Gambra Ciudad y Francisco Puy Muñoz.

¿Qué es el carlismo?- EL CARLISMO COMO CONTINUIDAD DE LAS ESPAÑAS

CAPÍTULO 3

EL CARLISMO COMO CONTINUIDAD DE LAS ESPAÑAS

  1. Catalizador de continuidad.

 

La tradición de las Españas no nace en 1833. Sin embargo, es ésta la coyuntura histórica en que el Carlismo o tradicionalismo español asume la encamación histórica de la tradición patria. Por su misma fidelidad a la fe y la ejecutoria de nuestros mayores, el Carlismo viene a constituir el eslabón que enlaza las nuevas generaciones con los antepasados en la trayectoria secular que nació en los días de la primera reconquista. La escisión dinástica fue, así, el catalizador que avivó las conciencias evitando la ruptura total entre los españoles de las Españas grandes y sus modernos sucesores.

No entenderá el Carlismo quien no lo considere en función de la perspectiva de toda la historia de España. Porque FELIPE II justifica a CARLOS VII sin necesidad de ser justificado por éste. Mientras que CARLOS VII carecería de razón de ser, si no fuera el heredero de lo que supuso FELIPE II en la universal historia y en la vida política de los diversos pueblos españoles.

Con palabras breves: los carlistas son lo que son por el mero hecho de permanecer los únicos leales al sentido histórico pleno de nuestra patria. Y el Carlismo es lo que es, por ser —más que una cuestión dinástica, más incluso que una ideología de gobierno— un espíritu y una actitud ante la vida: la comunión de fidelidades con los muertos que hicieron las Españas.

Expliquemos todo esto.

  1. LA CRISTIANDAD.

  1. España y Europa.

 

Muchos intérpretes de la historia de España han juzgado que nuestra condición es la de europeos. ¿Motivos? Simples, pero eficaces. Quizá el deseo de eludir problemas acogiéndose a banderas sugestivas en un momento dado. Quizá la pura visión geográfica superficial, que sitúa a la Península Ibérica en el extremo sud-occidental de la Península Europea. No importa mucho. Pero sí importa, y muchísimo, el que quienes así opinaron no cayeron en la cuenta de que cuando se habla de Europa se alude a un concepto cultural que juega al equívoco con el otro concepto, el geográfico, del cual sólo se destaca cuando en vez de decirse “Europa”, se dice “lo europeo”.

El valor cultural “lo europeo”, diferente de la denominación geográfica simple

“Europa”, nació, según una interpretación muy extendida[1], en un momento temporal determinado, toda vez que “lo europeo” es producto de la historia y no delimitación dela geografía. Europa sería así la cultura nórdica del noroeste, cultura de tipo franco, que al expandirse fraguó el sentimiento cultural de “lo europeo”, en contraste con las demás culturas en pugna: con la arábiga de la Península Ibérica, con la bizantina anclada en el Mediterráneo oriental, y con las incipientes maneras de baltos, eslavos y fineses.

“Lo europeo” es, así, un estilo de vivir, un tipo de civilización, una concepción peculiar del mundo, que comprendería —además de las gentes geográficamente europeas— a sus prolongaciones en otros continentes, desde el estadounidense y canadiense en América septentrional, al sudafricano en África o al neozelandés y australiano en Oceanía. En esta opinión, la civilización moderna —sellada con la marca indeleble de “lo europeo”— sería la prolongación histórica del ordenado sistema de pueblos que fue aquella cristiandad medieval que, desde los días de CARLOMAGNO, venía girando alrededor del sol del papado y de la luna del imperio. El Carlismo no acepta literalmente esta interpretación.

  1. “Europa empieza en los Pirineos”.

 

El Carlismo, siguiendo la enseñanza de los clásicos de las Españas áureas, otorga una importancia decisiva a la ruptura del orden de la cristiandad medieval que tuvo lugar al doblar del 1500. Y, en consecuencia, escinde la tesitura cultural de las tierras de occidente en dos modos culturales bien precisos: la moderna civilización europea, hija de tales rupturas; y la pervivencia de la concepción del mundo pertinente a la cristiandad medieval, en cuanto se prolongó en los reinos hispánicos dentro y fuera de la Península Ibérica —desde Manila a Dola, desde Caller a Lima, desde Nápoles a Lisboa—. Porque es imposible unificar en Europa al occidente de los siglos de la cristiandad que los pueblos hispánicos perpetúan, con el occidente del tipo nuevo del “europeo” moderno.

Se ha repetido hasta la saciedad que Europa empieza, o acaba, en los Pirineos. Y ello es cierto, con tal que no se suponga —con el simplismo de un párvulo recién alfabetizado— que después de Europa en los Pirineos comienza África. Pues lo que empieza en los Pirineos es el occidente pre-europeo: una zona en donde aún alientan vestigios tenaces y arraigados de la cristiandad, que allí se refugió después de que fuera suplantada en Francia, Inglaterra o Alemania por la visión “europeizada”, o sea, moderna y secularizada, de las cosas. Pues es lo cierto, que Europa no nace en el círculo de CARLOMAGNO, restaurador del imperio cristiano en jerarquización orgánica de pueblos, luego continuada por los emperadores germánicos. Europa nace, por el contrario, al conjuro de las ideas llamadas por antonomasia “modernas”, en la coyuntura de romperse el orden cerrado del medievo-cristiano. La Edad Media de occidente desconocía el concepto de Europa, culturalmente entendida como “lo europeo”, porque sólo sabía de su antecesor, el concepto de cristiandad.

  1. 25. “El sol y la luna.”

 

La cristiandad concibió al mundo como agrupación jerárquica de pueblos, entrelazados con arreglo a principios orgánicos en la subordinación al emperador y al pontífice, los dos astros de S. BERNARDO DE CLARAVAL. Y esto fue algo muy real, pese a que tuerzan el gesto quienes desconocen lo que discuten.

Numerosas herejías no inquietaron nunca el cielo teológico a donde alzaba los ojos una multitud transida de fe. Enconadas luchas no obstaron a la unidad de los sentires. Por encima de los nubarrones se encendía la claridad de un ansia de hermandad, azuzada cuando el contraste con los enemigos de Cristo enardecía a los pueblos de frontera, como en Hispania, o a los de tierras centrales hechos cruzados en Palestina. Dentro de la cristiandad, la superioridad del imperio era reconocida por los príncipes, reyes y señores. Dentro de cada señorío los hombres se ordenaban también en escala de gremios, estamentos: en sus calidades nombradas de clérigos, caballeros y populares.

La pax christiana nacía de una fe y una moral comunes, esto es, de dentro de los espíritus, y se garantizaba exteriormente con un encadenamiento de instituciones jurídicas y de sistemas políticos jerarquizados: no de los equilibrios inestables de las alianzas.

  1. Las cinco fracturas.

 

La cristiandad muere en tierras de occidente para nacer Europa, cuando ese organismo social se rompe 1517 y 1648 en cinco fracturas sucesivas. Son cinco horas de parto y crianza de Europa, cinco puñales en la carne histórica de la cristiandad. A saber:

  1. a) La ruptura religiosa del luteranismo,
  2. b) La ruptura ética del maquiavelismo.
  3. c) La ruptura política del bodinismo.
  4. d) La ruptura jurídica del hobbesianismo.
  5. e) Y la ruptura sociológica que convierte en realidad palpable la rotura definitiva del cuerpo místico político cristiano la firma de los tratados de Westfalia.

Entre 1517 y 1648 nace y crece Europa. Y en proporción inversa al mismo proceso se da el otro: el del agravamiento y la muerte de la cristiandad.

Paremos mientes, muy someramente en aquel doloroso alumbramiento, recorriendo sus cinco momentos típicos.

  1. “Ningún libro más claro.”

 

El verdadero padre de Europa es Martín LUTERO. No lo es por la novedad de sus herejías, que ya estaban más que razonadas en John WICLEFF y en otros heresiarcas anteriores. Lo es, porque consigue partir en dos definitivamente la unidad de la fe. Sólo él consiguió nublar en occidente el sol de Roma, enfriando así la cristiandad. Es que, después de LUTERO, desaparecida la unidad de la fe, se ha secado el meollo del organismo espiritual de la cristiandad, que viene a ser sustituido por algo esencial a la idea de Europa: el equilibrio entre diversas creencias coexistentes.

Todo eso se sigue de la tesis del “libre examen”, que LUTERO basa en su convicción prejudicial de que “ningún libro es más claro” que la Biblia. Secuela directa de la instauración del libre examen fue, que en vez de una fe única hubiera parigual consideración de todas las creencias; y que en lugar de la misma visión de los textos sagrados, hubiere tantas interpretaciones cuantos lectores.

El libre examen fue el mecanismo formal de la armonía externa entre las fes diversas de cada uno de los creyentes, suplantando el cuerpo orgánico de la Iglesia, que había servido de columna vertebral a la cristiandad medieval.

  1. “Virtud y fortuna.”

 

Completa la obra Nicolás MAQUIAVELO, desgajando su ética neopagana — fundada en la virtù que es sólo “imperiosa fuerza de voluntad”— de la ética cristiana — centrada en la virtus que es el ascético autodominio sobre los impulsos y apetitos—.

Porque, al ser la virtù aquella fortaleza que rinde los sucesos a la voluntad del hombre en un juego de fuerzas estrictamente mecánico, la sociedad resultará constituida en torno a la constelación de energías que predomine cuando este pagano renacido que es l’uomo virtuoso venza la inconstancia de la adversa fortuna.

Porque desde ahí, ya no hay más que una Providencia divina personal que premia o castiga, sino una pagana fortuna, propicia o adversa según la geometría de las estrellas y los mecanismos de los astros.

  1. “Soberanía.”

 

Juan BODINO trasladó el mecanicismo a la política, al establecer como nudo social primero la posibilidad de la obediencia a un príncipe como una neutra relación entre el súbdito y el soberano.

La soberanía —que es válida por sí misma, porque se justifica en la efectividad de un poder neutralizado de todo contenido religioso— acabará en el absolutismo destructor del cuerpo social, en aras de fortalecer el poderío del gobernante. Y de este modo, el orden orgánico de los pueblos de la cristiandad se sustituyó por un nuevo equilibrio de fuerzas sociales, sin otro apoyo que el juego mecánico que en él establezca el cetro todopoderoso de los reyes del despotismo ilustrado, o sea, del absolutismo ejemplar del borbonismo francés.

  1. “Leviatán.”

 

La ruptura jurídica la consagra parcialmente Hugo GROCIO secularizando el intelectualismo tomista. Pero de un modo absoluto quien lo hace es Tomás HOBBES, secularizando el voluntarismo escotista. El derecho es en adelante el sistema mecánico natural de un monstruo, el Leviatán.

 

El derecho, objetiva o subjetivamente considerado, no será ya más que la regla de los equilibrios humanos, puramente humanos, en los que nada cuenta aquel orden reglado de las proporciones ordenadas, que la escolástica de la cristiandad refería necesariamente a Dios, única fuente agustiniana del orden verdaderamente proporcionado de los seres.

  1. “Corpus mysticum, corpus mechanicum.”

 

En fin, desde los tratados de Westfalia es asimismo mecanicista la marcha de las instituciones políticas europeas. Las relaciones internacionales se configuran como las de un corpus mechanicum, contrariamente a la organización armónica del corpus mysticum que había sido la cristiandad, en la cual propiamente no había tales relaciones inter nationes, porque sólo las había inter gentes.

 

En adelante ya no habrá una política universal orgánicamente entrelazada de un modo jerárquico, sino que habrá dos políticas, mecánicamente intercurrentes: la “política interior” y la “política exterior”. En la política interior, al absolutismo demoledor de los reyes sucederá: o el absolutismo expreso de las democracias rusonianas, o el absolutismo tácito del sistema de frenos y contrapesos mecánicos montesqueiano. Y en la política internacional, desde 1648, el juego de las relaciones entre las potencias será un sistema de equilibrios de alianzas y contraalianzas, nunca lealmente observadas, antes mil veces traicionadas.

  1. Europa contra la cristiandad.

 

Sumariamente descritas estas cinco rupturas que fracturan la ingenuamente supuesta continuidad entre la cristiandad y Europa, que ya hemos criticado, podremos comprender por qué Europa no es otra cosa que la negación de la cristiandad. Basta con describir el contenido de ambos conceptos culturales, para dirimir la cuestión sin lugar a la menor sombra de duda.

Europa es mecanicismo; neutralización de poderes; coexistencia formal de credos; moral pagana; absolutismos; democracias; liberalismos; guerras nacionalistas familiares; concepción abstracta del hombre; sociedades de naciones y organizaciones de naciones unidas; parlamentarismos; constitucionalismos; aburguesamientos; socialismos; protestantismos; republicanismos; soberanías; reyes que no gobiernan; indiferentismo y ateísmo y antiteísmo: revolución en suma.

Cristiandad es, en cambio, organicismo social; visión cristiana del poder; unidad de fe católica; poderes templados; cruzadas misioneras; concepción del hombro como ser concreto; cortes auténticamente representativas de la realidad social entendida por cuerpo místico; sistemas de libertades concretas; continuidad histórica por fidelidad a los muertos: tradición en suma.

Son, pues, dos civilizaciones, dos culturas polarmente contrarias. Europa es “lo europeo”: la civilización antropocéntrica de la revolución. Cristiandad es “lo cristiano”: la civilización teocéntrica de la tradición.

Europa ha nacido para liquidar la cristiandad. Muchos creen que lo ha conseguido. Y así fuera cierto, de no haber sido por un obstáculo inopinado, naturalmente imprevisible, y por eso razonablemente calificable de providencial, que surgió. Ese obstáculo se llamó y se llama así: Las Españas.

 

  1. LAS ESPAÑAS.

  1. España contra Europa.

 

La cristiandad agonizante, en efecto, encontró por gracia de Dios un paladín frente a la Europa creciente entre 1517 y 1648 en las Españas. Era un puñado de pueblos, capitaneados por Castilla, como soldados del orden de ideas de la cristiandad mayor, y constituidos en una cierta cristiandad menor y de reserva, retaguardia fronteriza, arisca e indomable.

Eran pueblos varios dispersos, extraordinariamente diversos y esparcidos, mas unidos férreamente en dos solas cosas: la lealtad en el servicio al mismo rey, y la misión al servicio del mismo Dios. Difícil es enumerarlos. Baste recordar algunos ejemplos. Los cuatro reinos andaluces aportaron el caudal milenario de sus individualidades portentosamente adaptables a todo lo accidental. Las tribus vascas del Pirineo regalaron a la empresa su sentido de la pequeña comunidad. El solar de los pueblos astures, celtas y leoneses aportaron su vieja herencia goda y su fabulosa vocación organizativa de imperio, pasión de unidades demostrada por la egregia cabeza del máximo pensador portugués Jerónimo OSORIO. La federación catalano-aragonesa, cuna altísima de las libertades políticas, acopió su sentido práctico para la organización económica y jurídica de tradición romana. Nápoles y Sicilia acudieron con los más agudos pensadores que las Españas han tenido. Cerdeña se ganó con justeza los títulos de la lealtad más esclarecida entre todos los pueblos españoles. El Franco-Condado supo ser la trinchera avanzada donde alientan los españoles más españoles de que haya recuerdo…

En el siglo XVI, merced al entrenamiento ocho veces secular de la reconquista, estos pueblos fueron el bastión de la cristiandad frente a la Europa enemiga, y los solos en encontrarse diestros para la excelsa empresa de mantener la tradición cristiana.

  1. Los que no somos europeos.

 

Aquellos pueblos son nuestros pueblos. Por eso dimos el ejemplo de que por las aulas de Trento o por las cátedras de Salamanca, por las llanuras lombardas o por los pantanos flamencos, por las tierras nuevamente sabidas de la India arcaica o por pedazos del planeta ignorados casi por los geógrafos, hombres de varias lenguas, razas y talantes, teólogos o rudos, sabios o violentos, fuimos soldados de Cristo. Por humanos, capaces de caer en los pecados de la debilidad. Por hispanos, incapaces de pecar contra el primero de los mandamientos de la Ley de Dios. Y por ambas cosas, autores e intérpretes de una de las más grandes gestas de que guarda recuerdo la memoria de los hombres.

Cerrando filas, combatieron los españoles contra la Europa laicista que venía, en defensa de la cristiandad que agonizaba. Con una fe que movió montañas, luchamos en defensa del sentido cristiano de la vida y en defensa de una ordenación social basada en libertades concretas. Porque no luchamos a tontas y a locas, sino dando testimonio sangriento del compromiso temporal que comportaba, como programa político, nuestra fe:

“Nosotros tuvimos un programa político con validez para el mundo entero. Nosotros, los que no somos europeos, los que vivimos aislados detrás de los Pirineos. Y no solamente lo tuvimos, sino que hicimos más: lo sostuvimos.

Queríamos un mundo cuyas relaciones internacionales estuvieran asentadas, no sobre los débiles pactos surgidos de la conveniencia del momento, de los atropellos unilaterales de los poderosos, sino que las bases del orden internacional se cavaran en la idea de la universitas christiana”[2].

  1. Reivindicación de la herencia hispánica

 

Tales son los hechos. La consecuencia se adivina ya. El Carlismo reivindica la herencia total, en la actitud como en la doctrina, de la España que realmente ha sido. No ignora la necesidad de separar lo permanente de los ideales, de lo que se llevó consigo el viento de cada coyuntura histórica. No ignora tampoco los fallos de aquel sistema, ni los errores en la gobernación pretérita, ni cierra los ojos ante las sombras de entonces: que en todo cuadro humano ha de haber sombras, y aquél no es una excepción.

Pero el Carlismo sabe muy bien que su razón de ser está en sentirse el heredero de las viejas Españas, el continuador de la contrarreforma, el postrer enamorado del ideal de una cristiandad católica. Y, en la medida en que sus fuerzas se lo permitan, sueña —no dormido, antes bien despierto, como sueña el auténtico genio—, con dar carne de historia viva a los ideales que hicieron a nuestros pueblos los primogénitos de la humanidad entera, por dejación de los demás. Y sabe el Carlismo que, frente a lo que cantan las sirenas europeas, este ideal es realizable, porque sólo son irrealizables los ideales que se logra tildar de tales. Eso, conste, no es luchar contra los vientos de la historia. Es saber que en la historia no hay otros vientos que los que permite soplen la omnipotencia divina y los que logra crear el libre esfuerzo humano.

La razón de ser del Carlismo radica, por eso, en esta españolía auténtica de continuador de las Españas de los Carlos y los Felipes, haciéndolas progresar según cada nueva circunstancia externa. Porque la marcha de los pueblos no se detiene nunca: pero esa marcha puede ser moralmente progresiva o regresiva. Y el progreso moral consiste en mejorar, actualizándolo, el legado de los mayores recibido, no en traicionarlo. Si el Carlismo es garantía de auténtico progreso moral y social para España, lo es precisamente por eso: por constituirse en la manera de ser que corresponde al sentido español de la existencia, que se sigue de su firme decisión de vivir el hoy, para el mañana, en comunidad con el ayer de las Españas.

La empresa es tanto más sugestiva, cuanto que los acontecimientos posteriores a 1700, han trasladado el campo de batalla, desde fuera al corazón mismo de los solares españoles.

  1. El enemigo europeo, en casa

 

Desde 1700 para acá, en efecto, las Españas han sido objeto de sucesivos intentos de europeización, al giro de las varias modas europeas: el absolutismo en el siglo XVIII, el liberalismo en el XIX, los totalitarismos, los socialismos y las democracias cristianas en el XX. Pero lo importante no son los intentos en sí, sino el hecho de que las agresiones exteriores hayan podido contar con traidores dentro mismo de la fortaleza.

Porque en estos tres siglos ha cambiado el campo de batalla: ya se combate en el interior mismo del alcázar español. Ha sido un nauseabundo proceso de repliegue continuado, teñido de desconciertos, en el cual se ha discutido: primero, las libertades forales; luego, la institución de la monarquía tradicional; finalmente, la unidad católica.

Cada generación de españoles ha sido testigo del avance continuo de las huestes enemigas, en una complicada trama de tensiones, en la que se han ido entremezclando la forja de la artificial burguesía mediante las leyes desamortizadoras de los patrimonios de las comunidades básicas todas, la pérdida del sentimiento de la unidad española en las regiones pisoteadas con las leyes fomentadoras de los separatismos, y la creciente marea del proletariado ganado por la dinámica marxista de la lucha entre las clases sociales, provocada por una insensata legislación económica y laboral.

  1. De los Austrias a los Borbones.

 

La diferencia sustancial que existe entre la lucha sostenida frente a la europeización por los españoles antiguos y los modernos, entre la lucha en el exterior y la lucha en el interior, se ejemplifica paladinamente en el cambio dinástico de los Austrias a los Borbones.

La Casa de Austria perdió muchas batallas. Pero acabó sin arriar la bandera, por más que anduviera hecha jirones, del empeño heroico de mantener la cristiandad hispánica. Las distintas rupturas del mosaico de la federación hispánica de reinos —en especial, las separaciones de las provincias lusitanas y del Franco- Condado— no afectaron a modificar el afán de la dinastía, ni siquiera en los melancólicos años que presidió la sombra triste y conmovedora de CARLOS II.

La voluntad de respetar las libertades forales permaneció intangible, paralela al esfuerzo por seguir siendo los paladines del ideal político de la continuación de la cristiandad mayor. Ni siquiera provocaron las rebeliones venganzas ni castigo. Ninguna adversidad fue bastante para alterar las líneas interiores de las libertades forales, ni las líneas exteriores de la misión católica.

Enjuiciados desde el prisma de la doctrina política, hay que decir que los reyes españoles de la Casa de Austria fueron españolísimos hasta el postrer instante, ya que mantuvieron enhiesto el estandarte de los ideales de las Españas, aun en los momentos en que los cañones enemigos iban desmantelando muros de su fortaleza.

  1. Afrancesamiento, no castellanización.

 

Con la venida de los Borbones, el deslumbramiento promovido por los logros de la entonces eficaz administración del absolutismo francés, engendra el afán de ordenar las instituciones hispanas sobre el modelo de las de Francia.

Perdiéronse Cerdeña y Nápoles: mientras Cerdeña continuaba bajo la tiránica opresión saboyana soñando con las leyes ejemplares que le diera FELIPE II; mientras en Nápoles Giambattista VICO era el postrer nombre universal del pensamiento hispánico, cara a las novedades del iusnaturalismo europeo, abstraccionista, racionalista, naturalista y protestante…

FELIPE V, ignorante de nuestras tradiciones y sólo conocedor de las fórmulas políticas y jurídicas de su patria francesa, hubo de juzgar por engendros contrahechos los fueros tradicionales de los pueblos españoles que el azar había puesto bajo su cetro.

Era un europeo sentado en el trono de Madrid. No en balde, las postreras representaciones de las Cortes Catalanas le rechazaban, en 5 de julio de 1713, por francés: temerosas —temores en efecto luego cumplidos— de que con él

“est lamentable Principat quedaría exposat a la discreció de la experimentada contraria propensió francesa”.

En su anhelo de unificar una España, que para su mentalidad de absolutista francés no estaba todavía (!) bastante unida, soñó con transformarla en un jardín político al gusto de Versalles o de La Granja. Por eso rechazó la propuesta que en 1701 le hiciera el Marqués de VILLENA de restaurar las libertades castellanas, y aun extenderlas a los virreinatos americanos. Y por eso pisoteó los fueros vascongados con continuos atropellos y suprimió las instituciones forales de Aragón y Cataluña y de Valencia, usando de la mentira artera de afirmar que las “castellanizaba”: cuando de veras lo que obraba era introducir en aquellos pueblos el absolutismo de su abuelo LUIS XIV.

Los sucesores de FELIPE V siguieron en el camino de imponer el absolutismo a la europea, aplastando las libertades forales: y siempre —para así enfrentar a Castilla con los demás solares hispánicos, de un modo que contradice palmariamente la entera historia real de España— alegando el pretexto de una supuesta castellanización, pabellón falso que encubría la realidad de la centralización afrancesante, o lo que es igual, europeizadora.

  1. Contra el absolutismo ilustrado.

 

La reacción contra esta actitud, que se compaginaba con una política exterior en la que los ideales de la cruzada tridentina venían sustituidos por los intereses franceses de los “pactos de familia” —sacrificando a las Españas a los intereses de la Casa de Borbón, y no a lo único por lo que ellas se sacrificaron siempre gustosas, que fue por la defensa de la catolicidad—: tal reacción es lo que da lugar al nacimiento del tradicionalismo del siglo XVIII. Y este tradicionalismo dieciochesco es exactamente el nudo que enlaza al Carlismo dinástico de la siguiente centuria, con las Españas de los siglos XVI y XVII.

Por eso, son, por ejemplo, Feliú DE LA PEÑA o Manuel DE LARRAMENDI unos tradicionalistas reivindicados por el Carlismo en gloria de predecesores, tocante a la defensa de las libertades forales. Tal como reivindica a Femando DE ZEVALLOS en la apología del sentir cristiano de lo político, o a Juan Pablo FORNER en la trinchera de las polémicas históricas, etc., etcétera[3]. Es que, atándose con este hilo conductor, el Carlismo reafirma la perennidad de la tradición política de las Españas.

  1. Contra el liberalismo, romántico.

 

La enemiga, después, del Carlismo contra el liberalismo, es una mera secuela: es seguir siempre contra Europa, antes absolutista, ahora, en el siglo XIX, liberal o demócrata-liberal. Pues, aunque tantos se nieguen a verlo, el liberalismo no es lo opuesto al absolutismo, sino tan sólo una transformación de la revolución absolutista en revolución liberal. Los efectos sociológicos en España lo prueban de sobra.

Basta recorrer un mapa histórico, para comprender cómo el absolutismo es el padre del liberalismo, cuyos pasos abrió y cuyos caminos allanó. En las regiones en que la barbarie absolutista aplastó las libertades concretas, el Carlismo antiliberal fue débil.

Donde el absolutismo dejó las libertades forales disminuidas, recortadas al derecho privado, el Carlismo ya tuvo amplios ecos. Donde a pesar de su acoso el absolutismo no logró dañar el sistema foral de libertades, el Carlismo dominó por entero. Galicia, León, las Andalucías, cifran el primer caso. Castilla, Cataluña, Valencia, el segundo. Navarra y Vascongadas, el tercero.

La pugna del Carlismo contra el liberalismo es, por tanto, simple prolongación de la lucha de los tradicionalistas dieciochescos contra el absolutismo europeo-francés traído a estos lares por la Casa de Borbón.

  1. La pequeña cristiandad hispánica.

 

Es que absolutismo y liberalismo —no temamos la repetición, porque es problema fundamental que debe ser dilucidado de una vez por todas— eran dos fórmulas de europeización. Mientras que el tradicionalismo encarna la continuidad de los ideales de la pequeña cristiandad hispánica, vivida por los pueblos de las Españas en los días áureos o argénteos de los Carlos y los Felipes.

Lo que la dinastía que va de CARLOS V a ALFONSO CARLOS I, aporta al tradicionalismo hispano es la posibilidad de un enganche manifiesto, es la oportunidad de enarbolar al aire de la historia unas banderas, es la transformación de las guerrillas ideológicas del siglo XVIII en el ejército disciplinado del siglo XIX. La cuestión dinástica sirvió así para que los tradicionalistas españoles cerraran filas al amparo de la legitimidad, y pudieran continuar la historia auténtica de las Españas, dando testimonio perenne de su inmarchitable españolía.

Por eso, hoy como ayer, frente a los nuevos europeizadores —democratacristianos, neoliberales, socialistas, comunistas, tecnócratas, socialdemócratas, y toda laya de cofrades— el Carlismo reivindica la gloria de encarnar en el siglo XX las doctrinas y el estilo humano de los hombres de las Españas de siempre. Lo que expresa la novena afirmación del Primer Congreso de Estudios Tradicionalistas antes citado[4]  en estos términos:

“La Comunión Tradicionalista proclama su solidaridad con cuantos en los pueblos hispánicos abanderaron nuestra tradición peculiar frente a la Europa de la moderna civilización antropocéntrica, absolutista o revolucionaria. La

Comunión Tradicionalista, siéntese heredera de quienes en los días áureos de las Españas clásicas mantuvieron la cristiandad, ayuntados en el haz de la

Confederación de las España, que fue misión de Dios sobre la tierra entera.”


[1]  Cfr. por ejemplo, Christopher DAWSON, The Making of Europe. An Introduction to the Hlistory of European Unity, Sheed & Ward, London, 1939.

[2] Vicente PALACIO ATARD, Derrota, agotamiento, decadencia en la España del siglo XVII, Rialp,

Madrid, 1949, pp. 194-195.

[3] Cfr, Francisco PUY, El pensamiento tradicional en la España del siglo XVIII (1700-1760), Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1966

[4] Cfr. Primer Congreso…, cit., pág. 40.

 

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