Acerca de la masonería y su implicación en la historia de España (III)

La restauración borbónica

El golpe de Pavía, en enero de 1874, liquidó, sin apenas oposición, una República, (la Primera), que había nacido once meses antes entre el entusiasmo y el alivio por la marcha del rey Amadeo. La Constitución de 1876, inspirada parcialmente en las constituciones de 1845 y 1869, escrita por Manuel Alonso Martínez, refleja íntegramente el espíritu de Cánovas. Compuesta por todas las tendencias de opinión monárquicas, se situaba en un punto equidistante entre la teoría política de los moderados y la práctica parlamentaria británica, que gozaba entonces del mayor prestigio. Tras los debates parlamentarios, finalmente se impuso el reconocimiento de un Estado confesional católico, aunque aceptando la libertad religiosa.

El Italiano Amadeo de Saboya

El Italiano Amadeo de Saboya

El sistema diseñado por Cánovas se fundaba en la alternancia en el poder, de forma pacífica y pactada, de dos partidos: el conservador y el liberal. El turno pacífico permitía la evolución política dentro del régimen: se pretendía que el ejército abandonase el protagonismo político que había tenido en todo el siglo XIX. Ambos se comprometían a respetar la Monarquía y los principios constitucionales y a atraer hacia el centro a los extremos del arco político (carlistas y republicanos) para evitar que se hicieran con el poder. En tercer lugar, se perseguía también mantener el orden socioeconómico en manos de las élites conservadoras dominantes. La Constitución definía, asimismo, la capacidad legislativa de un Monarca que gobernaba conjuntamente con las Cortes, designaba a los ministros -los cuales eran responsables ante las Cortes- y tenía derecho a veto.  Ese turnismo fue en la práctica el rasgo más esencial de la Restauración al alternarse pacíficamente en el ejercicio del gobierno. Los componentes del pacto fueron:

*El Partido Liberal Fusionista creado en 1880, agrupó diversas tendencias dispersas del liberalismo democrático, liderado por Práxedes Mateo Sagasta[1], que aceptaba el retorno de los Borbones. Fue un partido heterogéneo, una jaula de grillos, formado por diversos sectores encabezados por figuras relevantes, algunos eminentes miembros de la masonería. Destacan como integrantes del PLF, Gamazo, Alonso Martínez, Martínez Campos, Posada Herrera, Segismundo Moret y Montero Ríos, entre otros, aunque ninguno de ellos estuvo en condiciones de disputar la jefatura del partido a Sagasta y el

*Partido Conservador, dirigido por Antonio Cánovas del Castillo que aunque contaba con mayor cohesión, también fueron surgiendo tendencias dentro de él, sobre todo tras la muerte de su fundador; Francisco Silvela, Romero Robledo y Alejandro Pidal encabezaron las más acusadas. Se trataba, como se ha indicado, de partidos de notables, conglomerados compuestos de varias tendencias formadas alrededor de los líderes importantes. El transfuguismo fue muy habitual: Posada Herrera, Romero Robledo y Martínez Campos, por ejemplo, bailaron de un partido a otro.

El nuevo panorama permitirá una relativa mayor estabilidad, pero el encorsetamiento del sistema a la larga, con una alternancia política ficticia, causará graves problemas que desembocarán en la corrupción política cuya base estaba en el denominado caciquismo, pero lo cierto es que consiguió reparar las luchas internas de los años del llamado Sexenio Revolucionario. La transición política se va a ver acompañada y condicionada por las vicisitudes de la guerra carlista. Una guerra cuya liquidación urgía al nuevo régimen, pero que no se hizo sin importantes desgastes financieros y humanos. La resistencia carlista en tres focos geográficos de desigual importancia: el Centro (La Mancha, Aragón), Cataluña, el Norte (País Vasco y Navarra), mientras que en el Centro no había propiamente un ejército, sino partidas de guerrilleros atrincheradas en alguna plaza fuerte, en Cataluña la ocupación carlista del espacio era mucho mayor, y en el Norte había un Estado organizado y un ejército regular y numeroso. Las fases finales de la guerra coinciden con la sucesiva liquidación de la resistencia en esos tres focos.

En la liquidación de la resistencia del Centro jugó un papel importante la declaración del viejo general Cabrera (en París el 11 de marzo del 75) reconociendo la legitimidad de Alfonso XII. Cuando en enero del 75 Martínez Campos tomó el mando de la campaña de Cataluña, los carlistas ocupaban las tres cuartas partes del territorio. Aquí la clave de la resistencia militar se localizaba en las plazas de Olot y Seo de Urgell. Por tanto, la toma de Olot (19 de mayo) y la de Seo de Urgell, tras más de un mes de sitio, en agosto del 75, marcó el fin de la guerra en Cataluña. La campaña del Norte fue la más larga. Aquí había dos ejércitos regulares frente a frente, si bien el desequilibrio de fuerzas llegó a ser de cuatro a uno, a favor del ejército liberal, cuando la liquidación de la resistencia en Cataluña permitió concentrar todo el esfuerzo en el Norte. En diciembre del 75, con Jovellar ministro de la Guerra, tras el breve paréntesis de su presidencia del Consejo, se reorganizaron las fuerzas en dos grandes cuerpos de ejército. Se concedía el mando supremo de los dos cuerpos de ejército al rey, que se presentó en el teatro de operaciones en la fase final de la guerra (febrero del 76), como lo había hecho también hacía un año en el momento inicial de su reinado. La guerra carlista sirvió así para prestigiar y afianzar la figura del joven Alfonso XII, entre el pueblo, como pacificador del país, y entre los militares, como rey-soldado, supremo jefe del Ejército.

Los fueros vascos y navarros fueron reducidos y se logró que cesaran, de forma transitoria, las hostilidades en Cuba con la firma de la Paz de Zanjón. Por todo ello al rey se le llamó “el Pacificador”.

Surgen además las teorías revolucionarias el anarquismo español se había organizado –aunque este concepto repugnase a los anarquistas– a partir de 1868, cuando vino a nuestro país el notorio revolucionario italiano Giuseppe Fanelli[2], enviado de Mijail Bakunin[3]. Aprovechando el clima de libertad que había tras la revolución que derrocó a Isabel II, Fanelli mantuvo reuniones con militantes de la lucha obrera como Anselmo de Lorenzo Asperilla[4], que condujeron a constituir en Madrid el 24 de enero de 1869, la primera sección española de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT) o, simplemente, la Internacional.

Grupo de fundadores de la Primera Internacional, en Madrid, en octubre de 1868. Fanelli aparece en el centro arriba del todo con una larga barba.

Grupo de fundadores de la Primera Internacional, en Madrid, en octubre de 1868. Fanelli aparece en el centro arriba del todo con una larga barba.

Entre las fuerzas que aspiraban a transformar al individuo y la sociedad, la masonería y el anarquismo fueron las que más claramente encarnaron un rol de alternativa totalizadora, por el hecho de que ambas estaban constituidas  ̶ por su naturaleza y sus principios ̶  como sendas teorías generales de salvación y transformación de la sociedad, llegando a creerse que eran dos mesianismos secularizados. En realidad, se complementaban. El anarquismo llevaba a efecto la acción que la masonería pensaba. Quizás por ello muchos pudieron pertenecer a ambas al mismo tiempo. Esta estrecha relación entre anarquismo y masonería no fue un fenómeno circunscrito a nuestro país, sino que abarcó toda la Europa latina (incluido Portugal), donde ambos movimientos experimentaron especial desarrollo.

Desde 1874 la Federación Regional Española de la Asociación Internacional de Trabajadores (FRE-AIT)  estaba prohibida y como consecuencia de ello estaba siendo objeto de una dura represión —unos dos mil internacionalistas fueron deportados a las islas Filipinas y a las islas Marianas; y a mediados de 1877 más de cien seguían en prisión—. El “obligado abandono de la lucha societaria, cotidiana y laboralista”, según Josep Termes, contribuyó a la radicalización de la FRE-AIT, que subsistía en la clandestinidad. El uso de la violencia por influencia del populismo y del nihilismo rusos, se concretó en el Congreso de Verviers de 1877[5] con la aprobación de la política de los anarquistas italianos Enrico Malatesta[6] y Carlo Cafiero[7] quienes formularon el concepto de “propaganda por el hecho”, la cual afirmaba que una acción es más eficaz que mil panfletos como forma de propaganda ideológica. También fue apoyada por el delegado de la FRE Tomás González Morago. Aunque inicialmente la teoría se refería sobre todo a la acción insurreccional, comenzó a aplicarse a los atentados individuales y pronto se vio que, de todas las acciones, la de mayor repercusión era el magnicidio.

Así en febrero de 1878 se produjo uno contra el coronel Trepov, jefe de policía de San Petersburgo, que causó un enorme impacto en Rusia y fuera de ella. A los pocos meses, el emperador Guillermo sufrió dos agresiones fallidas perpetradas por los anarquistas alemanes Emil Hoedel y Carl Nobiling. En noviembre, el anarquista italiano Giovanni Passannante intentó acabar con la vida del rey de Italia Humberto I y un mes antes se había producido el primer atentado contra el rey de España Alfonso XII, también obra de un anarquista.

En realidad, Alfonso XII sufrió dos atentados en breve tiempo. El primero lo causó un joven catalán de carácter errático llamado Joan Oliva Moncasi, hijo de unos agricultores propietarios de Cabra del Camp, Tarragona, en buena situación económica. Este joven, mal estudiante, andaba sin centrarse en nada, por lo que sus padres lo pusieron de aprendiz de tonelero. Así entró en el ambiente proletario, frecuentó una asociación obrera, la Cooperadora, y se politizó hasta el punto de afiliarse a la Internacional; de modo que impregnado de las filosofías bakuninistas, intenta asesinar a Alfonso XII el 25 de octubre de 1878 cuando cabalgaba por la calle Mayor hacia Palacio. No lo consigue y es detenido, La familia pide gracia al Rey. El jefe del Gobierno y del Partido Conservador, Cánovas, auténtico artífice de la Restauración, aunque el atentado anarquista fuese toda una novedad, veía el peligro que se avecinaba y se negó a conceder el indulto.

Cánovas tenía razón. Apenas se cumplía un mes del  matrimonio del rey con María Cristina de Habsburgo-Lorena; el propio Alfonso XII conducía el faetón en el que había salido a pasear con su segunda esposa aquella tarde del 30 de diciembre de 1879. Iban casi sin escolta y, a las cinco de la tarde, tras cruzar la Plaza de Oriente, cuando el carruaje iba a entrar en Palacio por la puerta del Príncipe, dos disparos de pistola  estuvieron a punto de costarles la vida. Detenido de inmediato el agresor, pronto se conoció su identidad, se trataba del anarquista Francisco Otero González,  nacido en 1860 en la parroquia de Santiago de Lindín (Mondoñedo, Lugo) y que trabajaba en la capital como pastelero. Examinado en los prolegómenos del juicio al que fue sometido, se le consideró en su sano juicio cuando intentaba cometer el crimen, de modo que fue condenado a muerte. A pesar de que el propio rey solicitó el indulto, el Consejo de Ministros presidido por Antonio Cánovas del Castillo volvió a negarse a concederlo y Otero también fue ejecutado a garrote vil en el Campo de Guardias de Chamberí el 14 de abril de 1880.

 

El terrorismo anarquista, por justificada que estuviese la desesperación de una clase obrera explotada a niveles que hoy no podemos ni imaginar, iba a ser un flagelo para la sociedad española: dos atentados contra Alfonso XII, que, aunque resultaron fallidos, como decía una publicación anarquista, “la acción, abriría la veda en España para los magnicidios a manos de anarquistas”. Efectivamente, contra Alfonso XIII se produjeron cinco, todos frustrados aunque dejando un reguero de víctimas colaterales; y tres contra jefes de gobierno que resultaron asesinados, entre ellos el propio Cánovas, por no hablar de las bombas indiscriminadas en teatros, procesiones y lugares de gran afluencia de público, o de la ejecución de muchas autoridades, empresarios o agentes de la ley.

Antonio Cánovas del Castillo [8]

 

Llegó a la política a través del periodismo, trabajando desde 1849 en el diario de Joaquín Francisco Pacheco, líder del grupo “puritano” que representaba el ala más conciliadora del Partido Moderado. Esa vocación centrista quedó confirmada al integrarse en la Unión Liberal, partido creado por O’Donnell para interponerse entre moderados y progresistas. Su primera responsabilidad política fue la redacción del Manifiesto de Manzanares[9], que hizo públicas las posiciones de los militares participantes en la llamada “Revolución de 1854” (O’Donnell, Serrano y Dulce). Luego fue ocupando puestos políticos de importancia creciente, como los de diputado en las Cortes constituyentes de 1854-56, agente de preces en Roma, gobernador civil de Cádiz, director general de Administración Local, subsecretario de Gobernación, ministro del mismo ramo (1864) y de Ultramar (1865-66).

Canovas del Castillo

Canovas del Castillo

Su actitud ante la insurrección de los sargentos del Cuartel de San Gil (1866) le costó el destierro a Palencia, permaneciendo apartado de todo protagonismo político hasta que estalló la Revolución de 1868, que destronó a Isabel II. Durante el Sexenio Revolucionario de 1868-74, Cánovas asumió el liderazgo de una minoría conservadora en las Cortes, destacando en los debates contra el sufragio universal y la libertad de cultos. Atacó tanto al régimen democrático de Amadeo de Saboya como a la Primera República que le sucedió, aprovechando los fracasos de ambos ensayos para consolidar su opción de restaurar la monarquía de los Borbones, pero no en la persona de la ex reina Isabel II cuyo descrédito había provocado la revolución, sino, como hemos visto, en la de su hijo, a quien haría reponer como rey con el nombre de Alfonso XII.

Una vez que abdicó la reina madre en el exilio (1870), Cánovas consiguió plenos poderes para dirigir la causa monárquica (1873); mientras orientaba la educación del príncipe en Inglaterra y le hacía proclamar el llamado Manifiesto de Sandhurst[10], en el que trazaba las líneas directrices de una futura monarquía parlamentaria, liberal y moderada, llamando en su apoyo a todos los católicos y descontentos con la situación revolucionaria desvinculados del carlismo (1874).

Fue fortaleciendo paulatinamente la causa alfonsina en medios políticos y acrecentando la viabilidad de la restauración monárquica a medida que quedaba desacreditada la opción republicana; pero, en contra de su voluntad, el general Martínez Campos se le adelantó, proclamando al rey mediante un pronunciamiento militar en Sagunto (1874). Sin embargo, por primera vez en la historia de los pronunciamientos españoles, los militares no quisieron ocupar el poder, sino poner en él a Cánovas, como líder de los partidarios de la Monarquía: el último día de aquel año, Cánovas formó un gobierno que ejercería la regencia hasta la llegada de Alfonso XII, el cual confirmó al gabinete en 1875.

Dueño de un poder prácticamente incontestado, Cánovas realizó en los dos años siguientes una obra ingente, que puso las bases del régimen de la Restauración, el cual habría de perdurar hasta el golpe de Estado de Primo de Rivera (1923). Preparó e hizo aprobar la Constitución de 1876, estableciendo una monarquía liberal inspirada en las prácticas parlamentarias europeas. La clave era acabar con la violencia política y los pronunciamientos militares que habían marcado el reinado de Isabel II, asentando la primacía del poder civil. Pero para ello había que garantizar la alternancia pacífica en el poder; Cánovas diseñó un modelo bipartidista al estilo británico, formando él mismo un gran Partido Conservador a partir de la extinta Unión Liberal; y buscó una figura que aglutinara la opción política alternativa, encontrándola en Sagasta, que asumiría el liderazgo del Partido Liberal, con el cual se turnarían los conservadores en el poder.

Tras gobernar casi sin interrupciones hasta 1881, Cánovas dejó el poder a Sagasta en aquel año, recuperándolo en 1884. En ese mismo año de 1881 se desató una epidemia de cólera en Valencia  que se fue extendiendo hacia el interior del país. Cuando la enfermedad llegó a Aranjuez, el monarca expresó su deseo de visitar a los afectados, a lo que el Gobierno de Cánovas del Castillo se negó por el peligro que ello entrañaba. El rey partió entonces sin previo aviso hacia la ciudad y ordenó que se abriera el Palacio Real para alojar a las tropas de la guarnición. Una vez allí, consoló a los enfermos y les repartió ayudas. Cuando el Gobierno conoció el viaje del soberano, envió al ministro de Gracia y Justicia, al capitán general y al gobernador civil para que le condujeran de vuelta a Madrid. Cuando llegó, el pueblo, enterado del gesto del rey, le recibió con vítores y, retirando a los caballos, condujo al carruaje tirando de él,  hasta el Palacio de Oriente. Poco tiempo después, el 25 de noviembre de 1885, Alfonso XII murió de  tuberculosis  en el Palacio Real  de Madrid, dejando dos niñas y un nasciturus que será rey nada más ver la luz: Alfonso XIII.

Al morir Alfonso XII para consolidar la regencia de María Cristina de Habsburgo, selló con Sagasta el llamado “Pacto de El Pardo[11], por el cual ambos partidos se sucederían sin enfrentarse en la gobernación del país. Y es que, efectivamente, la peculiaridad del régimen canovista era que las elecciones constituían una farsa manejada por las redes oligárquicas del caciquismo, mientras que el Parlamento y el gobierno se formaban de espaldas a la opinión pública, en función de pactos entre los líderes de los dos partidos dinásticos y con una intervención decisiva de la Corona.

Cánovas volvió a presidir el Consejo de Ministros en 1890-92 y en 1895-97. En su haber como gobernante hay que anotar la pacificación del país, poniendo fin a la sublevación cantonal (1874), la Tercera Guerra Carlista (1875) y la Guerra de los Diez Años en Cuba (1878). Inspirado por la «lección» histórica de la decadencia española, trató de impulsar un resurgimiento nacional, fomentando un nuevo patriotismo español con actos como los que conmemoraron el cuarto centenario del descubrimiento de América (1892). Declaró ante las Cortes que su Gobierno se proponía ajustarse en todo a las enseñanzas contenidas en la encíclica Rerum Novarum del papa León XIII sobre la situación de los obreros, lo que motivó una prolija contestación por parte de la masonería.

Pero se mostró impotente ante los nuevos conflictos que suscitaban el nacionalismo catalán, el movimiento obrero, el anarquismo, las disidencias internas de su partido y la reaparición del movimiento independentista en Cuba (1895). Incapaz de abrir cauces para la participación política de nuevos grupos y aspiraciones, cuando murió asesinado por un anarquista italiano durante su estancia veraniega en un balneario, dejó al régimen ante una situación de crisis que se prolongaría desde la derrota en la Guerra de Cuba 1898 hasta 1923.

¿Quién podía estar interesado en matar a un político que encaraba el final de su carrera? Demasiados candidatos, seguía siendo la respuesta.

El bipartidismo daba reducido margen de actuación a grupos políticos como los socialistas o los anarquistas, excluidos por un sistema electoral vertebrado por el caciquismo. Las violentas reivindicaciones de estos partidos, en muchos casos a través de atentados, fueron respondidas con la misma contundencia por parte del Estado. En este sentido, la bomba en el Liceo de Barcelona  y, sobre todo, el proceso de Montjuic[12] significó la herida anarquista que motivó al anarquista Michele Angiolillo ( 1871-1897) a atentar contra Cánovas.

Por ejemplo, se desconoce de quien partió la asistencia financiera que facilitó su huida de Barcelona por las detenciones masivas que se produjeron como consecuencia del atentado de la Procesión del Corpus de junio de 1896. Hay quien afirma que los hermanos masones le ayudaron para huir primero a Londres  y después a Madrid pocos meses antes del atentado a Cánovas, donde encontró la ayuda del periodista republicano, masón y anticlerical José Nakens Pérez para desplazarse y alojarse en el mismo balneario que el político español al que, mientras leía el periódico, Angiolillo le disparó una bala a la cabeza, otra en la yugular y la tercera en un costado.

Otra línea de investigación sobre las ayudas recibidas por Angiolillo, lleva a los movimientos independentistas de las Antillas en las que destaca la labor del masón puertorriqueño Ramón Emeterio Betances y Alacán[13], con quien se había reunido en París, además de con una delegación de los insurrectos cubanos que luchaban contra España para lograr la independencia. Según el periodista español Luis Bonafoux –amigo de Betances–, la primera intención del anarquista era atentar directamente contra la madre de Alfonso XIII. Fueron los insurrectos cubanos quienes le persuadieron y financiaron para cambiar su objetivo a Cánovas, una dura espina para las aspiraciones independentistas de la isla. Como en algún otro magnicidio posterior, el cambio de planes que conllevó, supuso una gran ventaja para los planes de la masonería. De hecho, una de las primeras decisiones del nuevo presidente de España, Sagasta, fue retirar a Valeriano Weyler[14], capitán general de Cuba y responsable de una durísima estrategia militar contra los insurrectos[15]. No parece creíble que el asesinato  fuera obra de un solo hombre por muy anarquista y masón que fuera. Sin embargo, la Justicia española no quiso ir más allá de la autoría material del crimen. No quiso entrar en los peligrosos pliegues internacionales que habían financiado al italiano. La reunión con Ramón Emeterio Betances fue descubierta años después cuando el país centraba todos sus esfuerzos en digerir el Desastre del 98.  Pocos se pararon a pensar a esas alturas en la posible relación de Betances, que había residido en EE.UU. y mantenía allí importantes relaciones, con representantes del gobierno norteamericano.

Y sea cierto o no que hubo dinero estadounidense respaldando al anarquista, paradójicamente, el mismo presidente que metió a EE.UU. en la Guerra de Cuba, William Mc Kinley[16], en 1901 fue asesinado por otro anarquista, Leon Frank Czolgosz  de origen polaco seguidor de la escritora y activista rusa Emma Goldman, a su vez muy influida por las ideas de Koprotkin. Si bien es evidente que al principio Mc Kinley se oponía a la guerra frente a la presión empresarial y mediática de personajes como el magnate de la prensa William Randolph Hearst, al final, a pesar de las mentiras[17], intervino en contra de España.

Práxedes Mateo Sagasta:

El otro participante del turnismo, oponente de Cánovas, miembro del  Partido Liberal Fusionista (ampliamente trufado de masones), fue Práxedes Mateo Sagasta, nacido en Torrecilla en Cameros (Logroño) el 21 de julio de 1825- A los 17 años comenzó sus estudios en la Escuela de Ingenieros de Caminos de Madrid. Debido al ejercicio de su profesión, llegó a Zamora como director de obras públicas y allí se convirtió en jefe local del Partido Progresista y en el principal dirigente de la Junta Revolucionaria de 1854, creada con motivo de la Vicalvarada.

Práxedes Mateo Sagasta

Práxedes Mateo Sagasta

En noviembre de ese año, iniciado el Bienio Progresista, fue elegido diputado a las Cortes Constituyentes. Finalizado dicho periodo, hubo de exiliarse en Francia en 1856, de donde regresó pronto para volver en diciembre de 1858 al Congreso de los Diputados, y ejercer un mandato representativo durante cinco años. Acabados éstos, lideró la postura progresista civil contraria a la participación en el sistema político y de repudio al régimen de la reina Isabel II. En 1866, tras colaborar en varias conspiraciones militares fracasadas encabezadas por el general Juan Prim y ser condenado a muerte por ello, se exilió de nuevo en Francia. Regresó para participar en la victoriosa revolución de 1868 que derrocó a Isabel II y significó el comienzo del Sexenio Democrático. Y de su larga carrera gubernamental. Formó parte, como ministro de Gobernación, del gobierno provisional encabezado desde el 8 de octubre de ese año por el general Francisco Serrano, duque de la Torre. Simultaneó dicho cargo desde febrero de 1869 con el de presidente de las Cortes Constituyentes que habrían de aprobar la Constitución de 1869. En el gobierno de Juan Prim desempeñó sucesivamente las carteras de Gobernación y de Estado (desde junio de 1869 y a partir de enero de 1870, respectivamente).

Durante el reinado de Amadeo I, cuya candidatura defendió y votó, presidió por vez primera un gobierno, si bien de carácter provisional, desde diciembre de 1870 hasta enero del año siguiente. Tras desempeñar el cargo de ministro de Gobernación (enero-julio de 1871), volvió a encabezar un gabinete (en el cual ejerció simultáneamente su anterior cartera ministerial) entre diciembre de 1871 y mayo de 1872. Su último gobierno durante el Sexenio Democrático lo formó, ya bajo la denominada ‘fase pretoriana republicana’ presidida por el duque de la Torre, en los últimos seis meses de 1874.

A finales de dicho año, aceptó el regreso a España de la Casa de Borbón para ejercer la monarquía, restablecida en la persona de Alfonso XII, después de haber encabezado el mencionado gobierno de transición hacia el periodo que habría de llamarse Restauración. Constituyó el Partido Liberal Fusionista (1880), conocido como Partido Liberal, que accedió por vez primera al poder en 1881. Esta formación intervino, junto con el Partido Conservador, en el sistema de turno ideado por el líder de este último, Antonio Cánovas del Castillo.

Durante la primera etapa de gobierno liberal (febrero de 1881-enero de 1884), que él mismo presidió hasta octubre de 1883, se asentaron las bases de la reforma legislativa que se pondría en práctica a lo largo de su segundo mandato (noviembre de 1885-julio de 1890), ya fallecido Alfonso XII e iniciada la regencia de la viuda de éste, María Cristina de Habsburgo-Lorena. Durante ese periodo, el Partido Liberal, siempre liderado por Sagasta, llevó a cabo lo principal de su programa político modificador de la esencia conservadora de la propia Restauración: instituyó el sufragio universal masculino y las libertades de asociación, pensamiento, reunión y expresión. Esos cinco años de gobierno fueron el resultado del acuerdo a que llegaron las dos principales organizaciones políticas del régimen, el Partido Liberal de Sagasta y el Conservador de Cánovas, durante la convalecencia del moribundo monarca, a finales de 1885, convenio que pasó a ser conocido como Pacto de El Pardo y cuyo objetivo fue perfilar definitivamente la estabilidad del sistema político.

En octubre de 1897, tras el asesinato de Cánovas, Sagasta volvió a hacerse cargo del gobierno. Aunque concedió la autonomía a Cuba y Puerto  Rico, Estados Unidos exigió la independencia total de Cuba y declaró la guerra a España en 1898, con lo que se desencadenó la llamada Guerra Hispano-estadounidense. El resultado del enfrentamiento bélico fue desastroso para los intereses españoles y la responsabilidad del fracaso recayó íntegramente sobre Sagasta y su partido, a causa de lo cual dimitió en marzo de 1899, tras la pérdida de las dos citadas islas antillanas, así como de las Filipinas y Guam. No obstante, volverá al poder en marzo de 1901, y, durante este su último gobierno (finalizado en diciembre de 1902), el rey Alfonso XIII, que había accedido a la mayoría de edad, presidió su primer Consejo de Ministros. Sagasta falleció el 5 de enero de 1903, en Madrid.

Respecto a su labor dentro de la masonería, reseñar que fue el segundo jefe de Gobierno que alcanzó el supremo cargo de la masonería española, el de Gran Maestre y Soberano Comendador del Supremo Consejo en la versión del Gran Oriente de España. La figura de Sagasta, según Ferrer Binimeli, es una de las más ricas del panorama político español decimonónico. Supo combinar la actividad política con la masónica, fue diputado a Cortes, director de La Iberia,[18] comandante del Batallón de ingenieros de la Milicia Nacional y organizador de barricadas en el Madrid de 1856, miembro de la Junta Suprema revolucionaria y condenado a muerte por los sucesos del 66, exiliado en París, protagonista destacado en la Revolución de septiembre de 1868, Ministro de Gobernación en el Gobierno provisional de Serrano, Ministro de Estado con Prim, votó la candidatura de D. Amadeo de Saboya y, tras el asesinato de Prim, líder natural del progresismo político, jefe del partido liberal tras la ruptura con Ruiz Zorrilla, dos veces presidente del Congreso (en 1871 y 1883) y, al menos siete veces, presidente del Consejo de Ministros.

Aunque abundan las opiniones, interesadas la mayoría, de que la masonería sólo se preocupa del progreso especialmente del de sus miembros, y no de la política, las discrepancias entre Sagasta y Ruiz Zorrilla escindieron peligrosamente el progresismo y acabaron marcando la evolución de la vida política española a lo largo del Sexenio. Fueron enemigos políticos irreconciliables y jefes de diferentes y enfrentados partidos, a pesar de lo cual, ambos fueron Grandes Maestres de la misma obediencia masónica con escaso margen de tiempo.

La situación que presentaba la Masonería en nuestro país a la llegada de la revolución de septiembre, era realmente compleja, y esta complejidad subió de punto durante el Sexenio Revolucionario el cual constituyó una ocasión muy favorable para reorganizarse. Las distintas ramas masónicas se organizaron en dos agrupaciones: el Gran Oriente Nacional de España y el Gran Oriente de España distinguidos entre sí fundamentalmente por el apoyo que a las fuerzas filosóficas prestaba el primero, mucho más autoritario y selectivo y a funciones “simbólicas”, mucho más democrático el segundo. Las tensiones entre ambos dio lugar al movimiento de miembros y aún de logias, de uno a otro pasando del Gran Oriente Nacional de España al Gran Oriente de España. Frente al radicalismo republicano y anticlerical de la masonería española dirigida por Miguel Morayta, es de sobra conocido el monarquismo inquebrantable de Sagasta y su deseo de que la Iglesia Católica y los gobiernos liberales vivieran en la mejor armonía posible[19].

De 1876 a 1881, Sagasta fue el Gran Maestre y Soberano Comendador del Gran Oriente de España, una de las obediencias masónicas más importantes. Está bien documentada su trayectoria como Gran Maestre desde el día de su elección y nombramiento (7 de marzo de 1876) hasta el 10 de mayo de 1881, fecha en que fue relevado como Gran Comendador y Gran Maestre del Gran Oriente de España por Antonio Romero Ortiz, hermano Fraternidad, ministro de Ultramar durante los gabinetes de Zabala y de Sagasta, ex Ministro de Gracia y Justicia y Presidente de la Asociación de Escritores y Artistas, quien acababa de ingresar en la Real Academia de la Historia con un discurso dedicado al Justicia de Aragón que fue contestado por el también masón Víctor Balaguer, (como se ve, la imbricación de la masonería en el gobierno y en las demás instituciones, no era un caso aislado). Le sustituyó hasta 1886 el ministro de Ultramar con Sagasta, Manuel Becerra, también masón grado 33, de nombre simbólico Fortaleza, quien presentó la dimisión por la crisis interna provocada por el desmesurado poder que tradicionalmente ostentaban los  Secretarios en los Grandes Orientes españoles muy a menudo por encima de los Grandes Maestres. En este caso, al Gran Secretario Juan Utor Fernández que había desempeñado su cargo despóticamente sin permitir el control de las cuentas de la orden, se le descubrió su participación en una malversación de fondos; Becerra, su superior, se vio obligado a dimitir. Se ve que esto de quedarse con dinero que no es suyo, es una práctica habitual en todas las épocas y lo curioso es que lo realizan hasta las sectas que pregonan la fraternidad entre sus miembros. Lo que no parece tan habitual es que un superior admita su responsabilidad por haber incumplido su deber de “in vigilando”.

En el próximo capítulo se especificarán las reformas políticas y jurídicas que se aprobaron en este período de la Restauración borbónica.


[1] Gran Maestre del Gran Oriente y Gran Comendador del Supremo Consejo del grado 33 desde 1876 a 1881

[2] Giusseppe Fanelli (1827 – 1877, Nápoles), fue un anarquista italiano que visitó España en octubre de 1868 con el fin de crear federaciones de la Asociación Internacional de Trabajadores durante la primera internacional obrera. Mandado por Bakunin mientras éste estaba en Ginebra, Fanelli se entrevistaba con obreros en España, entre ellos el madrileño Anselmo Lorenzo. Este grupo, adoptó los ideales traídos por Fanelli a los cuales denominaron “La idea”.

[3]Bakunin (1814- 1876) fue un anarquista ruso, posiblemente el más conocido de la primera generación de filósofos anarquistas, considerado uno de los padres de este pensamiento, dentro del cual defendió la tesis colectivista y el ateísmo. Extremadamente crítico con la religión, abogaba por el ateísmo. Un ateísmo muy intenso e incluso una admiración declarada por la figura de Lucifer, que considera un revolucionario en el cielo contra el poder autócrata de Dios. Miembro destacado de la francmasonería (grado 32); se conoce que una de sus razones para hacerse masón fue la de tratar de hacer de la masonería un instrumento de las luchas sociales y de las ideas anarquistas. Apasionado de las sociedades clandestinas y radicales, bien en las barricadas, bien apoyándolas de una u otra manera, Bakunin participó en todas las insurrecciones de las que tuvo noticia.

[4] Anselmo de Lorenzo (1841-1914). Humanista, pensador anarquista y activista sindical español, nacido en Toledo en 1841 y fallecido en Barcelona en 1914. De formación autodidáctica, se relacionó con algunas de las principales figuras del anarcosindicalismo mundial y desplegó una intensa actividad militante que, tanto en la acción directa como en la fijación por escrito de una base ideológica, le convirtió en una de las voces más lúcidas del pensamiento ácrata hispano. Aunque el pensamiento de Anselmo de Lorenzo carece de grandes aportaciones originales respecto a la ideología anarquista, su obra ensayística y periodística contribuyó decisivamente a divulgar por España algunas de las ideas centradas de los tres grandes teóricos del anarquismo internacional: el francés Proudhon y los rusos Kropotkin y Bakunin. Fue grado 18º, orador de la Respetable Logia Hijos del Trabajo, y primer inspector del capítulo del mismo nombre.http://www.mcnbiografias.com/app-bio/do/show?key=lorenzo-anselmo

[5] En este Congreso desapareció la Internacional antiautoritaria. Además de aprobar la “propaganda por el hecho”  aceptó el uso revolucionario de los explosivos, que tuvo eco en atentados realizados en diversos países en años sucesivos

[6] Errico Malatesta (1853 Campania, Italia – 1932 Roma),  es uno de los grandes teóricos del anarquismo moderno y con él se cierra la etapa de los clásicos anarquistas, junto a Pierre-Joseph Proudhon, Mijail Bakunin, Benjamín Tucker y Piotr Kropotkin. Su pensamiento post- materalista abre una nueva corriente en la teoría anarquista, hecho que le llevará a un conflicto ideológico con el mismo Kropotkin al que considerará cercano al positivismo. Sus teorías influirán en las nuevas corrientes filosóficas que surgen a fines del siglo XIX y comienzos del XX en torno al  neokantismo y neoidealismo..

[7] Carlo Cafiero (1846 Barletta, Italia – 1892 Campania, Italia),  fue un anarquista italiano, amigo cercano de Mijail Bakunin y Enrico Malatesta durante la segunda mitad del siglo XIX. Su padre perteneció a los Carbonarios en 1821, En Londres establece contacto con Marx y Engels. Se une a la AIT y es enviado a Italia para difundir el marxismo, donde, en cambio, había una fuerte influencia del colectivismo bakuninista y el republicanismo de Giuseppe Mazzini. Es considerado padre del comunismo libertario, que según afirma el foro comunista, no proviene de la síntesis, sino de la oposición, denominado a menudo el marxismo por los anarquistas como “Comunismo Autoritario”.

[8] Cánovas:(Málaga, 1828 – Santa Águeda, Guipúzcoa, 1897). Licenciado en Derecho por la Universidad de Madrid. Se inclinó primero hacia la literatura por influencia de su tío, el escritor Serafín Estébanez Calderón y sobre todo hacia la historia, dedicación esta última que no abandonó ni en los momentos álgidos de su vida política; escribió notables trabajos sobre los Austrias y la decadencia española, que le valieron el ingreso en la Academia de la Historia (1860). También fue miembro de la Real Academia Española (1867), la de Ciencias Morales y Políticas (1871) y de la de Bellas Artes de San Fernando (1867).

[9] El 7 de julio de 1854 el General en Jefe del Ejército Constitucional Leopoldo O’Donnell, conde de Lucena, se pronuncia contra el Gobierno en las cercanías de Madrid (Vicalvarada). La politización del levantamiento se logra a través de un Manifiesto, redactado desde Manzanares por el joven Antonio Cánovas del Castillo, futuro artífice de la restauración borbónica. El Manifiesto es una llamada a los españoles, en el cual se pide la continuidad del Trono, pero sin camarillas que lo deshonren, al mismo tiempo que se habla de cosas muy caras a los progresistas: mejorar la ley electoral y la de imprenta, y rebajar los impuestos.

[10] Se redactó formalmente con el pretexto de contestar a las felicitaciones recibidas al cumplir diecisiete años, que significaba la mayoría de edad. El documento fue ideado y elaborado por Antonio Cánovas del Castillo; en el mismo se daba a conocer el nuevo sistema político que se quería implantar, una monarquía constitucional, es decir un nuevo régimen monárquico de tipo conservador y católico que defendía el orden social pero que garantizaba el funcionamiento del sistema político liberal.

[11] Acuerdo que supuestamente habría tenido lugar el 24 de noviembre de 1885,  en vísperas de la muerte del rey Alfonso XII entre Cánovas del Castillo y Práxedes Mateo Sagasta, , líderes respectivos de los dos partidos más importantes de la Restauración monárquica, el Partido Conservador y el Partido Liberal,  con el propósito de proporcionar estabilidad al régimen, que consideraban amenazada por el entonces más que probable fallecimiento del monarca. En este pacto se concretó un cambio futuro, o alternancia, de gobierno sin sobresaltos entre ambas formaciones. Sin embargo existen otras fuentes que afirman que no existió un pacto como tal —en el sentido de fraguar de entonces en adelante un pacífico “turno de partidos”— sino como una simple entrevista entre ambos líderes en la que acordarían la necesidad de cierta voluntad de consenso en un período crítico para el devenir político del país. La reunión entre Cánovas y Sagasta fue acordada a través del general Martínez Campos.

[12] El 7 de junio de 1896, tuvo lugar un atentado en la calle Canvis Nous de Barcelona al paso de la procesión del Corpus. Un artefacto explosivo fue lanzado por un anarquista contra el público congregado, puesto que la zona de autoridades estaba lejos de su alcance. La bomba mató a 12 personas y dejó a 40 heridas. La represión policial que se desató tras el atentado fue brutal e indiscriminada y dio lugar al famoso proceso de Montjuic, durante el cual 400 sospechosos fueron encarcelados en el castillo de Montjuic  para ser brutalmente torturados. Varios consejos de guerra condenaron a muerte a 28 personas –cinco de las cuales fueron ejecutadas– y a otras 59 a cadena perpetua –63 fueran declaradas inocentes pero fueron deportadas a Río de Oro, en el Sáhara español–.

[13] Médico, escritor y político independentista antillano, perteneció a la Logia masónica Unión Germana y posteriormente a la Logia Yaguez.

[14] Valeriano Weyler y Nicolau fue un noble, político y militar español, marqués de Tenerife y duque de Rubí, grande de España,. Sustituyó a Martínez Campos a quien los rebeldes le habían ganado la partida, al negarse a combatir a los insurrectos con sus mismos métodos. Weyler, organizó una columna de voluntarios en un tiempo récord reclutando a los fanáticos proespañoles de La Habana bajo el nombre de los Cazadores de Valmaseda, contraguerrilleros que no respetaba ninguna doctrina ni ley militar internacional o nacional. A medida que avanzaba en sus objetivos, Weyler iba creando nuevas reglas amoldándose a la situación. La más polémica de todas, ordenar a los lugareños abandonar las zonas en conflicto. Si no lo hacían dejaban de ser considerados civiles, quedando a merced de sus “cazadores”.

[15] La dureza de los métodos de Weyler fue debida, principalmente, por haber actuado los independentistas sin ningún escrúpulo siguiendo las órdenes de  José Martí y Máximo Gómez dentro de lo que ellos calificaron la guerra total y que incluía la quema de cuanta cosecha, tierra o vivienda hallaban en su paso, sin importar si pertenecían a cubanos o a españoles. Los animales eran robados o sacrificados, los hombres eran reclutados en sus filas o asesinados si oponían resistencia y las mujeres y los niños abandonados a su suerte. Todo para despojar a los cubanos de cualquier propiedad y obligarles a luchar junto a ellos y no buscar el amparo de los soldados españoles.

[16] Iniciado en  Mayo de 1865 en la Logia  Hiram N ° 21, de Winchester, Virginia. Posteriormente afiliado a la Logia Cantón N ° 60, de Ohio, en 1867; y más tarde en un miembro de la Logia Carta de Eagle Nº 431, nombre que cambiaría a Mac Kinley después de la muerte del presidente.

[17]“ El Sr. Hearst en su larga y no loable carrera ha inflamado los estadounidenses contra los españoles, los estadounidenses contra japoneses, los estadounidenses contra los filipinos, los estadounidenses contra los rusos, y en la búsqueda de su campaña incendiaria que ha impreso francamente mentiras, forjado documentos, historias, falsas atrocidades, editoriales inflamatorios, dibujos animados y sensacionales fotografías y otros dispositivos mediante el cual  lograr la complicidad de sus extremos patrioteros”. Ernest L. Meyer, Capítulo 17: Despedida: Señor de San Simón, Señores de la Prensa, Georges Seldes.  .

[18] Periódico fundado por su amigo Pedro Calvo Asensio como órgano de liberales y muy específicamente masones dedicado a mejorar la oratoria de sus miembros porque la consideraba capital para la promoción del diputado en la sociedad política. Calvo Asensio, al igual que Ángel Fernández de los Ríos perteneció a la logia “Doce hombres de corazón”.

[19] J. A. Ferrer Benimeli (Universidad de Zaragoza), “Práxedes Mateo-Sagasta, Gran Maestre de la masonería”, en J. A. Ferrer Benimeli, (coord.), La masonería española en la época de Sagasta, XI Symposium Internacional de Historia de la Masonería Española, Logroño, 2007, vol. I, pp. 3-40

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