Tres jueces del Supremo de EEUU advierten: la nueva sentencia se usará contra la libertad religiosa

Massimo Introvigne | Cortesía La Bussola Quotidiana

Tres jueces del Supremo de EEUU advierten: la nueva sentencia se usará contra la libertad religiosa

El día después de la sentencia del Tribunal Supremo que ha impuesto a todos los estados de los Estados Unidos la introducción en sus leyes del «matrimonio» homosexual, América se pregunta: «¿Está en peligro la libertad religiosa?, ¿se podrá seguir hablando mal de las “bodas” entre homosexuales sin ser arrestados en base a las leyes sobre la homofobia? ¿Se obligará a los sacerdotes y a los pastores a “casar” a personas del mismo sexo?».

La sentencia es una continuación de otra, totalmente análoga, del Tribunal Supremo mexicano del pasado 19 de junio, contra la que han protestado con una carta durísima los obispos católicos de México y cuyos argumentos son tan similares a los de la decisión de Washington que hace que se levante la fuerte sospecha de que ambos tribunales se han inspirado en las mismas fuentes y lobby.

A medida que van pasando las horas emerge la seriedad de la cuestión. El juez Kennedy, el magistrado católico que con su voto ha hecho que se incline la aguja de la balanza – cinco jueces han votado a favor, cuatro (todos ellos católicos) en contra – de la parte del “matrimonio” homosexual, enseguida se ha preocupado por ello.

De hecho, en la sentencia se lee que «las religiones y quienes sostienen con sincera convicción las doctrinas religiosas podrán seguir defendiendo que, por precepto divino, el matrimonio entre personas del mismo sexo no puede ser admitido».

Esta frase, que tiene toda la fuerza de una sentencia del Tribunal Supremo, ya ha empezado a ser objeto de estudio por parte de los juristas, sobre todo teniendo en cuenta que en muchos Estados americanos están vigentes leyes contra la homofobia.

La sentencia, por lo tanto, afirma que tesis contrarias al «matrimonio» homosexual podrán seguir siendo apoyadas por las «religiones» y por «quienes sostienen con sincera convicción las doctrinas religiosas». Y la tesis que se podrá apoyar sin ir a la cárcel es que el «matrimonio» gay no puede ser admitido «por precepto divino». Estas afirmaciones hay que leerlas con atención.

La Constitución americana prevé una enorme protección de la libertad religiosa, que no es fácil atacar ni siquiera por parte del Tribunal Supremo. Esta protección tutela, efectivamente, las religiones. Y las tutela cuando se comportan como tales.

Pero si un no creyente quisiera sostener que el «matrimonio» homosexual es inadmisible sobre la base de argumentos puramente laicos, correría el riesgo de caer bajo las leyes de la homofobia.

Del mismo modo, tampoco un sacerdote, un pastor o un laico cristiano que invocan argumentos de sentido común y de bien común en lugar de «preceptos divinos» estarían ejerciendo la libertad religiosa, por lo que estarían fuera de la excepción.

En su opinión disidente que acompaña la sentencia contra la cual ha votado, el juez John Roberts – que precisamente no es un neo licenciado, sino el presidente del Tribunal Supremo de los Estados Unidos – desvela el truco.

Insiste en el hecho de que mientras la Constitución tutela dos cosas, la libre expresión y el «libre ejercicio» de la religión, aquí, con un juego de prestidigitación, el «libre ejercicio» desaparece.

«La mayoría de mis colegas –escribe Roberts– afirma que las personas religiosas podrán seguir “pensando” y “enseñando” su doctrina sobre el matrimonio. Pero la Primera Enmienda de la Constitución Americana prevé el libre “ejercicio” de la religión. De un modo que no hace esperar nada positivo en el futuro, la mayoría se abstiene escrupulosamente de usar esta palabra».

Dicho con otras palabras, los sacerdotes y los pastores podrán predicar desde el púlpito que el «matrimonio» homosexual es algo equivocado, teniendo mucho cuidado en usar como argumento los «preceptos divinos» y no argumentaciones naturales, porque si no caerían fuera del discurso netamente religioso y dentro de las leyes sobre la homofobia.

Pero, ¿podrán negarse a «casar» a dos personas del mismo sexo? ¿O a acogerlos como padrinos o madrinas de bautismo? No hay nada cierto en este aspecto y en America no hay un Concordato que regule las relaciones entre Estado e Iglesia.

En nuestro periódico ya hemos publicado la causa pendiente en Coeur d´Alene, en Idaho, la capital americana de los matrimonios, donde el alcalde intenta obligar a los pastores de una comunidad pentecostal a celebrar «matrimonios» homosexuales porque su iglesia sobre el lago es un lugar ideal para las fotografías y porque, dice, excluir a los gays de las bodas daña el turismo.

Antes de llegar a esto, como ya sucede en Canadá – y como el caso de la Trinity Western University, del que hemos hablado en nuestras columnas, enseña –, se intentará retirar el reconocimiento legal y las exenciones fiscales a las universidades donde se enseñen tesis hostiles al «matrimonio» homosexual o donde los estudiantes del mismo sexo, aunque «casados», no puedan dormir en la misma habitación.

También aquí no se trata de especulaciones, sino de palabras del presidente del Tribunal Supremo Roberts, el cual teme que tras la sentencia del 26 de junio las universidades cristianas estadounidenses, por un lado, ya no podrán adoptar reglas de comportamiento que conlleven un juicio negativo sobre la homosexualidad y, por otro, las agencias de adopción, muchas de las cuales son católicas, no podrán negarse a entregar niños a parejas homosexuales.

Por su parte, en sus opiniones disidentes el juez Scalia ha escrito que «la sentencia amenaza la libertad religiosa que nuestra nación ha buscado proteger durante tanto tiempo» y el juez Thomas que hay «consecuencias potencialmente ruinosas para la libertad religiosa».

Thomas prevé que se iniciará retirando los beneficios fiscales a las instituciones religiosas que rechacen el «matrimonio» homosexual – el abogado general del Estado, por encargo del presidente Obama, ya ha anunciado que procederá en este sentido – y que pronto los jueces pasarán a ocuparse de las «iglesias que se niegan a aceptar y a celebrar matrimonios homosexuales».

«La mayoría de mis colegas – escribe Thomas – no parece turbada por esta consecuencia inevitable. Se hace sólo una débil mención a la libertad religiosa en un único párrafo, que además indica un equívoco sobre qué es la libertad religiosa en nuestra tradición nacional. La libertad religiosa es más que la protección de la posibilidad para las organizaciones y personas religiosas de “hablar y enseñar” (…). Es libertad de “actuar” en las materias que de modo muy general tienen que ver con la religión».

Por esto, concluye Thomas, la materia del «matrimonio» homosexual tendría que haber sido dejada a los parlamentos federales y estatales, donde al menos los parlamentarios habrían podido incluir cláusulas de salvaguardia específica para la libertad religiosa. Pero esto no ha sucedido.

Los jueces americanos ya han decidido que los fotógrafos están obligados a fotografiar un «matrimonio» homosexual, que los pasteleros están obligados a preparar tortas para «John y Jim, esposos» y que una florista no puede negarse a preparar una composición con un festón que ensalce la «boda» entre dos lesbianas.

Los jueces disidentes del Tribunal Supremo – que no son «fundamentalistas» alarmistas, sino algunas de las mentes jurídicas más célebres de los Estados Unidos – no parecen equivocarse cuando concluyen que el próximo paso será obligar también a las universidades cristianas, a las agencias de adopción, a los sacerdotes y a los pastores a obedecer la nueva dictadura del homosexualismo. O a acabar en la cárcel.

¡Y se dice que los derechos reconocidos a los homosexuales no amenazan ni hacen daño a nadie!

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