Desmontando mentiras sobre el 18 de julio

La masacre empezó a gestarse cuando en 1922 se creó el grupo "Solidarios"

Los requetés defendieron España bajo el símbolo de la cruz

Los requetés defendieron España bajo el símbolo de la cruz

A pocos días de la conmemoración del día en que un grupo de militares españoles decidió dar un golpe sobre la mesa y decir ¡Basta ya! al feroz ataque que sobre bienes y haciendas y lo que es más importante, la vida de todas aquellas personas que no participando de las ideas comunistas y anarquistas se convirtieron en víctimas propiciatorias de la gran barbarie izquierdista, decidimos desmontar las reiteradas mentiras propaladas por las izquierdas.  Lo cierto es que sacaron de sus casas y conventos para, ̶̶  a veces después de ser llevados a las checas donde eran torturados  ̶ , asesinarlos en cunetas, tapias de cementerio, pozos de mina, ríos, lagunas e incluso en el mar, no solo a religiosos y sacerdotes de ambos sexos, sino también a seglares, hombres, mujeres y niños, porque participaban en los oficios religiosos o se les descubría estampas, rosarios o misales.

Pero empecemos por recordar las causas que dieron lugar a que los militares se levantaran para defender a la España que estaba siendo sojuzgada y aniquilada por aquellos que se dejaron dominar por las ideas de masones y comunistas.

Para el historiador Jordi Albertí Oriol, la masacre empezó a gestarse cuando en 1922 se creó el grupo “Solidarios” (formado por los masones Durruti, Ascaso, García Oliver…) del que surgiría la FAI en 1927 y que para 1933 tendría el control total del sindicato CNT. En este año 1933 por la misma influencia crean “la Legión Roja“, un grupo de acción preparado para aprovechar “los impulsos espontáneos o provocados en el pueblo” y conducirlos no a una República democrática sino a la revolución.

Sin embargo y en contra de cuanto afirman, la República Española fue acogida con alegría y esperanza por mucha gente, también por bastantes católicos. La Iglesia actuó desde el primer momento con lealtad al nuevo orden legal, a pesar de lo cual desde la proclamación de la Segunda República Española, a la Iglesia Católica se la identificó con el viejo régimen aun cuando ésta se esforzó desde el primer momento en aceptar el cambio. De hecho, los obispos pidieron a los católicos que aceptaran el nuevo orden constituido y que no intervinieran en cuestiones políticas, evitaran las alusiones directas o indirectas al estado actual de cosas y que guardaran con las autoridades seculares todos los respetos debidos y colaboraran con ellas, por los medios que les eran propios.

Sin embargo, menos de un mes después de la proclamación de la Segunda República Española existieron episodios de anticlericalismo, como la quema de conventos e iglesias ocurrida el 11 de mayo de 1931[1]. En este lamentable episodio se acusó al gobierno republicano de connivencia[2] por la impunidad con que actuaban. Hasta tal punto, era así que el general Gómez García Caminero, gobernador militar de Málaga, llegó a enviar un telegrama a Madrid que indicaba escuetamente:

 

También en Jerez de la Frontera hubo disturbios. A las 8 de la mañana empiezan los asaltos: arden el convento de San Francisco, el Carmen, San Ignacio… Al llegar a Santo Domingo, los dos jefes al mando de la tropa no aguantan más y ordenan lanzar los caballos contra los revoltosos. Fue una decisión acertada. Los alborotadores se dispersaron y desaparecieron por entre las calles, terminando así los disturbios sin ningún daño personal. A pesar de lo cual y de que el Gobierno negó reiteradamente la connivencia con los revolucionarios, a los dos jefes la decisión de cumplir con su obligación, les costó la carrera.

Otros expulsados fueron los jesuitas. A raíz de la Constitución de 1931, que preveía la disolución de «aquellas órdenes religiosas que estatutariamente impongan, además de los tres votos canónicos, otro especial de obediencia a autoridad distinta de la legítima del Estado» (artículo 26, párr. 3). La disolución se llevó a cabo el 24 de enero de 1932. Los jesuitas optaron en su inmensa mayoría por el exilio de su país.[4]

La situación a 6 se abril de 1932 era tan preocupante a causa del laicismo radical y anticlericalismo hostil por parte de la segunda Republica Española contra la Iglesia católica, que los obispos portugueses dirigieron el siguiente mensaje a los obispos españoles: “hemos seguido paso a paso con el corazón angustiado, pero al mismo tiempo lleno de esperanza, los caminos de amargura y de cruz a donde os han lanzado la impía persecución que se ha desencadenado contra la Iglesia en vuestro país, de tan nobles tradiciones católicas. Tened la certeza de que estaremos unidos con vosotros hasta el fin del conflicto en una inalterable comunicación de lágrimas, de oraciones, de acciones de gracias”.[5]

Los teóricos del grupo radical afirmaban que la revolución se enfrentaba a “la hidra de las tres cabezas”: capital, ejército e Iglesia. De éstas, la más fácil de cortar era la Iglesia: consistía en denigrar y luego matar a gente desarmada, bien localizada, muy repartida. El efecto ideológico era muy rentable: cada parroquia en llamas era un aviso de que una nueva era y una nueva moral habían llegado. ¡La revolución!

Durante la llamada Revolución de Asturias de 1934, (ésa que ayudó a sofocar el capitán Lozano, abuelo masón de Zapatero), uno de los objetivos de los sublevados fueron los religiosos. En esta ocasión la saña anticlerical llegó a las consecuencias más graves, que estremecieron a la opinión pública como el asesinato indiscriminado de 34 miembros del clero; un hecho que no se producía en España desde hacía cien años. La infiltración, desde 1917, de las teorías comunistas, magnificando el beneficio que su seguimiento supondría para los trabajadores, radicalizó aún más las posturas alcanzando niveles que si no fuera por lo que tienen de profanación y falta de respeto, podríamos denominar de ridículos, como por ejemplo lo que sucedió en Bembibre (León) donde un crucifijo fue salvado del incendio de la iglesia y exhibido con un cartel que decía: “Cristo rojo, a ti no te quemamos porque eres de los nuestros”.

Quema de iglesias y conventos en Barcelona

Quema de iglesias y conventos en Barcelona

Las acciones revolucionarias y subversivas se suceden:

El 5 de octubre de 1934 en Rebollada, durante las revueltas muere asesinado a culatazos de un arma el párroco Luciano Fernández Martínez. En Valdecuna se asesina al ecónomo párroco Manuel Muñiz Lobato y se quema la iglesia, el retablo, imágenes y archivos parroquiales. En Oviedo los revolucionarios queman el convento de las benedictinas de San Pelayo. El mismo día en Mieres son asesinados y arrojados al río los novicios pasionistas Baudilio Alonso Tejedo (Salvador María de la Virgen) y Amadeo Andrés Celada (Alberto de la Inmaculada). En Sama de Langreo, el párroco regente Venancio Prada Morán es asesinado de un tiro después de colocarle una bomba en la iglesia. En Moreda es asesinado su párroco ecónomo Tomás Suero Covielles. El 6 de octubre, en Mieres, se incendió la residencia de los Padres Pasionistas y en La Felguera el Convento de Los Dominicos y la Iglesia de Santa Eulalia.

El 7 de octubre los revolucionarios socialistas incendian el convento de Santo Domingo y el Palacio Arzobispal de Oviedo, quedando ambos destruidos. En la carretera se fusila a los seminaristas que habían conseguido huir del convento: César Gonzalo Zurro (21 años, 2º de Teología), Ángel Cuartas Cristóbal (Subdiácono, 24 años), Mariano Suárez Fernández (24 años, ordenado de menores), José María Fernández Martínez (19 años, 1º de Teología), Juan José Castaño Fernández (18 años, 3º de Teología) y Jesús Prieto López (22 años; 2º de Teología). En la localidad de San Esteban de Cruces es asesinado el ecónomo Graciliano González Blanco. En Santullano son asesinados los jesuitas Emilio Álvarez y Martínez y Juan Bautista Arconada.  El 8 de octubre es asesinado el padre paúl Vicente Pastor Vicente en el matadero de San Lázaro. También es asesinado en Oviedo su vicario general Juan Puertes Ramón y Aurelio Gago, secretario del Obispado.

El 9 de octubre son fusilados varios sacerdotes de La Salle junto al cementerio. Los llamados Mártires de Turón, dedicados a la enseñanza de los hijos de los mineros: José Sanz Tejedor (San Cirilo Beltrán), Filomeno López López (San Marciano José), Claudio Bernabé Cano (San Victoriano Pío)), Vilfrido Fernández Zapico (San Julián Alfredo), Vicente Alonso Andrés (San Benjamín Julián), Román Martínez Fernández (San Augusto Andrés), Manuel Seco Gutiérrez (San Aniceto Adolfo) y Manuel Barbal Cosín (San Jaime Hilario). También son asesinados el sacerdote argentino Héctor Valdivieso Sáez (San Benito de Jesús) y el pasionista de Mieres Manuel Canoura Arnau (San Inocencio de la Inmaculada).

El 10 de octubre en Olloniego es asesinado el párroco Joaquín del Valle Villa. El 11 de octubre los revolucionarios socialistas colocan una bomba y la explosionan en la Cámara Santa de la Catedral de Oviedo. En este atentado se destruyen numerosas obras de arte y reliquias del cristianismo; también sufre daños la catedral.

El 12 de octubre es asesinado en Oviedo el carmelita Eufrasio Barredo Fernández (Eufrasio del Niño Jesús), superior del convento carmelita. El 13 de octubre los revolucionarios incendian el colegio religioso de las Recoletas de Oviedo. En la misma ciudad dinamitan el antiguo edificio de la antigua Universidad de Oviedo perdiéndose importantes obras de gran valor y quemándose toda su biblioteca, inaugurada en el año 1765 y cuyos orígenes remontaban al 1608. Esta biblioteca de la universidad se había convertido en uno de los primeros centros bibliográficos universitarios de la nación. También fue destruida la pinacoteca de la universidad. El mismo día son asesinados los padres paúles Tomás Pallarés Ibáñez y el hermano coadjutor Salustiano González Crespo, anteriormente apresados. En Santa María la Real de la Corte es asesinado su párroco Román Cossío Gómez.

Este sistema de destrucción y asesinatos se llevó a cabo del 5 al 19 de octubre de 1934. El gobierno radical-cedista de Alejandro Lerroux de esta II República consideró que no debía seguir consintiendo semejante sangría  provocada por una insurrección que protestaba por haber dado entrada en el gobierno a tres ministros del partido no republicano, CEDA. El ministro de la Guerra, el radical Diego Hidalgo encarga a los generales Goded y Franco que capitanearan la represión desde el Estado Mayor en Madrid. Ambos militares recomiendan que se traigan tropas de la Legión y de Regulares desde Marruecos. El gobierno acepta su propuesta y el ministro de la Guerra, justifica formalmente el empleo de estas fuerzas mercenarias, en el hecho de que le preocupaba la alternativa de que jóvenes reclutas peninsulares murieran en el enfrentamiento, por lo que la solución adoptada le parece muy aceptable. Es decir, no fue Franco quien por su cuenta salió a sofocar la rebelión como un espadón del XIX, sino que fue un acto de obediencia a su superior jerárquico, puesto que Franco como militar que era, estaba al servicio de la República.

Milicianos fusilando al "Sagrado Corazón de Jesús" (Cerro de los Angeles)

Milicianos fusilando al “Sagrado Corazón de Jesús” (Cerro de los Angeles)

Especialmente agitado fue el periodo entre febrero y julio de 1936, en el que  ̶  en medio de grandes desórdenes de todo tipo que el gobierno no zanjó ̶ se destruyeron o profanaron 411 iglesias y hubo más de 3000 atentados graves de carácter político y social. El propio Manuel Azaña, presidente de la República, describía así la situación en una carta privada:

“Creo que van más de 200 muertos y heridos desde que se formó el gobierno, y he perdido la cuenta de las poblaciones en que han quemado iglesias y conventos (…) Ahora vamos cuesta abajo, por la anarquía persistente en algunas provincias, por la taimada deslealtad de la política socialista en muchas partes, por las brutalidades de unos y otros, por la incapacidad de las autoridades, por los disparates que el «Frente Popular» está haciendo en casi todos los pueblos, por los despropósitos que empiezan a decir algunos diputados republicanos de la mayoría. No sé, en esta fecha, cómo vamos a dominar esto”.[6]

Como ejemplo del grave deterioro de la libertad religiosa en este periodo, he aquí un testimonio de primera mano del asalto a un colegio de religiosos, el colegio de los marianistas de Cádiz el 8 de marzo de 1936:

“A la una y media irrumpió una turba de unas sesenta fieras, capitaneada por un pistolero. Atraviesan el patio en tromba, llegan al comedor de los chicos y cada cual se arma con un cuchillo de mesa… un interno pequeñín esperaba impaciente a sus padrinos. Al oír el timbre de la entrada, don Isidoro se levantó y al percatarse de lo que pasaba, arrastró a los internos más pequeños hasta la puerta… Requerí al jefe de la banda, presentándome como el director del colegio e invocando mi responsabilidad con los chicos. Abrevio los improperios, empellones y barbaridades. Entre tanto muchos pudieron huir… Arrancaron el teléfono y lo estrellaron contra el suelo; la misma suerte corrió el crucifijo de mi despacho y algunos cuadros.

El jefe de la banda y algunos otros hicieron objeto de amenazas especiales, pistola en la sien, a tres de nosotros. Simplemente creí que el padre Constantino [Fernández], que iba de sotana, moriría asesinado. Fue un momento atroz. En esto entró en el patio un teniente de asalto con unos números… El efecto fue mágico… Los asaltantes bajaron mansamente; otros, entre ellos el jefe, se escaparon disimuladamente. Rogué que atendieran a los chicos, que de este modo pudieron irse. Otro de los pistoleros se separó de las filas y, cogiéndome del brazo, me dijo: ‘no delates a nadie porque te asesino después, que te tengo fichado’. En esto el jefe volvió a entrar tranquilamente por la puerta principal como ajeno a todo (…).

La gente seguía entrando y con ellos varios dirigentes socialistas y comunistas, ante los cuales los grupos pedían a gritos comenzar el registro para buscar las armas. El saqueo comenzado no habría de terminar sino cinco o seis horas después. Se presentó un delegado del gobernador y más dirigentes y nos dijeron que venían con orden de calmar y encauzar. Lo cierto es que no sirvieron más que para autorizar un saqueo más a fondo… No dejaron rincón, puerta o colchón sin abrir o registrar. Excusado es decir que las cosas volaban por balcones y ventanas; imágenes dentro del colegio quedaron pocas intactas… La Iglesia no la tocaron: es monumento nacional y cuna de la Constitución de 1812”.[7]

Ni qué decir tiene que no se encontró ningún arma.

Coincidiendo con la opinión del historiador Pío Moa, considero la insurrección de octubre de 1934 el verdadero comienzo de la guerra civil, que, añadido al triunfo del Frente Popular en febrero del 36, dio lugar a que volvieran los incendios de templos y comenzara la matanza de clérigos, la agitación soliviantando a las masas con el cuento de que las monjas distribuían caramelos envenenados a los niños, provocando así motines con muertos y heridos. La propaganda anticatólica cobró mayor virulencia. Es decir, la sangrienta persecución lanzada al reanudarse la guerra civil en julio de 1936 solo culminó una actuación que venía de años atrás.

A esa campaña “agitprop”, a difundir sus mentiras  y a soliviantar grandemente, contribuyeron, no poco, los periódicos satíricos. Entre ellos “La traca” que poco después de la victoria del Frente Popular publicó esta encuesta: “¿Qué haría usted con la gente de sotana?”. Vale la pena citarla como botón de muestra, pues incluye 345 respuestas del siguiente tenor: “Cocerlos como se cuecen los capachos; los prensaba y luego el jugo que soltaran lo quemaba, y con las cenizas y pólvora cañoneaba el palacio del Papa”. “Pelarlos, cocerlos, ponerlos en latas de conserva y mandarlos como alimento a las tropas italianas fascistas de Abisinia”. “Darles una buena paliza de quinientos palos a la salida del sol de cada día”. “Lo que se hace con las uvas: a los buenos colgarlos, y a los malos pisotearlos hasta que no les quedara una gota de sangre”[8]. “Castrarlos, hacerles tirar de un carretón, hacerlos en salsa y darlos a comer a Gil Robles y al ex ministro Salmón”. “Hacerles sufrir pasión y muerte, como Cristo, a ver si, como dignos representantes suyos, lo sufrían con aquella resignación del Nazareno. Si le imitaban en todo, entonces, después de muertos, sería cuando creería en ellos”. “¡Pobrecitos curas! Es tanto lo que les quiero, que uno a uno los haría colgar de la torre de mi pueblo para que no hicieran más crímenes, que bastantes han hecho ¡Canallas!”. “Ponerlos en los cables de luz eléctrica, rociarlos con gasolina, pegarles fuego y después hacer morcillas de ellos para alimento de las bestias”. “Castrarlos. Molerlos. Hervirlos. Hacerlos zurrapas. Echarlos a la estercolera[9].

No fueron frases huecas, sino que llevaron a la práctica repetidamente lo que aquí solo parece deseos de gente maligna. Y así sucesivamente. Las respuestas venían de todo el país, con sus correspondientes firmas, lo que revela dos cosas: el profundo “envenenamiento de la conciencia de los trabajadores”, denunciado por el mismísimo socialista Besteiro, y la sensación de impunidad que se iba adueñando de aquella gente. De ningún modo se trataba de desahogos grotescos y bravucones, pues actos muy similares se pondrían en práctica pocos meses después. Aquella propaganda incesante creó el ambiente para la gran matanza.

Cuando se juzgue el proceso histórico de la izquierda española, dice César Vidal, se llegará a la conclusión de que nadie ha hecho tanto daño a España, nadie la ha traicionado ni difamado tanto como la izquierda que padecemos. En cualquier ámbito que se mire: Moral y social, institucional, cultural, educacional, económico…todo lo han preñado de mentira y corrupción.

*Primera mentira: No salieron los militares a combatir un gobierno democrático, pues no puede considerarse así un régimen que, desde el primer momento de su proclamación, facilitó atropellos, destrucción de patrimonio y asesinatos de gente cuya única culpa era no participar de sus ideas. Los militares salieron a defender la vida de esos seres inocentes, a defender la libertad  de practicar sus creencias y tradiciones, y el rechazo a la imposición de las ideas comunistas sin que los asesinaran. Y esta defensa concitó que muchas organizaciones como falangistas, carlistas y simples civiles que no estaban dispuestos a ser sojuzgados, colaboraran en la defensa de la Patria.

*Segunda mentira: Repiten como un mantra que “el pueblo, indignado por el alzamiento militar del 18 de julio, con las armas que tenía a mano, se fue a matar curas”. Es mentira porque los asesinatos, como queda dicho anteriormente, se venían produciendo desde mucho antes. Mataban inocentes a los que además acusaban de tener armas para que así pareciera menor su culpa.

*Tercera mentira: Dicen “Fueron sobre todo elementos incontrolados, o criminales salidos de la cárcel quienes hicieron algunos crímenes. Saben que no eran incontrolados sino gente a la que no se quería controlar (que no es lo mismo), a veces, relacionados directamente con mandos del poder ejecutivo, como en el asesinato de D. José Calvo Sotelo. En dos meses mataron unos 3.400 clérigos, entre curas y frailes, demasiados para decir “algunos” como si fueran tres o cuatro, y  demasiados, también para ser considerados producto de acciones incontroladas, que por otra parte, está perfectamente demostrado que eran grupos perfectamente organizados con un plan definido y listas nominales de aquellos a quienes querían eliminar.

*Cuarta mentira: Afirman la connivencia de la Iglesia con los militares. Ya hemos visto que las directrices de la Iglesia fue la de respetar la República y así hicieron. Las respetaron tanto que sus miembros que fueron asesinados “In odium fidei”, murieron, no empuñando armas  para defenderse del mal que recibían, sino perdonando a sus asesinos. Como el reconocimiento de sus beatificaciones lleva implícito la denuncia de sus barbaries, quizás esa haya sido la causa del intento de las izquierdas de boicotear el último acto que se celebró en Tarragona.

En 1997, con gobierno del PP y bastante antes de la infame ley de memoria histórica, escribía el filósofo Julián Marías el artículo “¿Por qué mienten?” en el que decía: “En personas y grupos ha adquirido la mentira un carácter que se podría llamar “profesional”. La historia es objeto preferente de esa operación, lo que (…) encierra quizá los peligros más graves que nos amenazan. Todo lo que se haga para establecer –o restablecer—la Verdad Histórica me parece tan precioso como necesario”. Siguiendo su recomendación, en ello estamos.


[1] En Madrid se quemaron 10 iglesias o centros de religiosos, y hubo asaltos frustrados a otros 16. Hubo quemas también en Valencia, Sevilla, Málaga, Córdoba, Cádiz, Murcia y Alicante. Además de las pérdidas materiales en los edificios, hay que lamentar la destrucción de valiosas obras de arte: solo en Madrid se perdió una urna de plata repujada que contenía los restos de san Francisco de Borja; un Lignum Crucis procedente de la casa ducal de Pastrana regalo del Papa; el sepulcro del siglo XVI del teólogo Diego Laínez, primer discípulo de San Ignacio de Loyola; un retrato del fundador de la compañía de Jesús pintado por Sánchez Coello y un Zurbarán. Se perdió la biblioteca de la residencia de los jesuitas, con más de 80.000 volúmenes, entre ellos incunables irremplazables y primeras ediciones de las obras de Lope de Vega, Quevedo, Calderón o Saavedra Fajardo. También se quemó, en el Instituto Católico de Arte e Industrias, la biblioteca del centro, formada por más de 20.000 volúmenes, entre los que se encontraban ejemplares únicos de la Germaniae Historica y el Corpus Inscriptorum Latinarum, además de toda la obra del paleógrafo García Villada, formada por más de 40.000 fichas y sus correspondientes fotografías de archivos de todo el mundo. La suma de ambas bibliotecas representaban el mayor patrimonio bibliográfico en España después de la Biblioteca Nacional. En otras ciudades también se quemaron importantes obras artísticas e históricas.

[2] Miguel Maura, ministro de la Gobernación en el momento de suceder estos hechos, reconoció la pasividad del gobierno: discurso en el Cine de la ópera el 10 de enero de 1932. Citado por J. Tusquets, Orígenes de la Revolución española, Barcelona 1932, pág. 105 y ss.

[3] Citado por Francisco Narbona, La quema de conventos. Publicaciones Españolas, Madrid 1954, p. 17. Este mismo ordenó personalmente a los bomberos que habían acudido a sofocar el incendio de la casa de los jesuitas en Málaga que se retiraran, y luego dio la misma orden a los guardias civiles que acudieron. Los bomberos asistieron impotentes al incendio del edificio y la iglesia aneja. Fue tal el escándalo al conocerse estos hechos que el general Gómez García Caminero y el gobernador civil, ausente durante esos hechos, fueron destituidos.

[4] Sin embargo, a lo largo de los cinco años de régimen republicano pudieron volver gracias a cierta tolerancia. Sus actividades no pudieron realizarse sino en privado. Hay 114 jesuitas entre los mártires de la guerra.

[5] José Barros Guede: Revista Ecclesia, enero de 2008

[6] Carta de Manuel Azaña, jefe del gobierno, a su cuñado Cipriano de Rivas Cherif ,de 17 de marzo de 1936. Cita tomada de José María Salaverri, Madrid, verano de 1936. Miguel Léibar y compañeros mártires. Ed. PPC, Madrid 2007, p. 118-119.

[7] Carta de don José Maeztu, director del colegio San Felipe Neri de Cádiz al Inspector de los marianistas, escrita unos días después de los sucesos. Citada en José María Salaverri, Madrid, verano de 1936. Miguel Léibar y compañeros mártires. Ed PPC, Madrid 2007, pp. 119-120. NOTA: posteriormente , en 1936 vimos muchos templos catalogados como monumentos nacionales absolutamente destrozados.

[8] Es necesario señalar la similitud con las consignas lanzadas por algunos podemitas que recientemente han tomado el Ayuntamiento, especialmente las del concejal filonazi de Madrid.

[9] En esta línea se ha manifestado recientemente “a pecho descubierto” la concejal que dicen es la verdadera alcaldesa de Madrid en la sombra.

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