El “Ukase estalinista”: “Destruir Barcelona”. PSUC y PCE acatan órdenes.

Barcelona durante la ocupación roja en 1937

Barcelona durante la ocupación roja en 1937

A mediados de enero de 1939 la Vanguardia publicaba El enemigo ha sido enérgicamente contenido en el Norte y mantiene la presión en el Sur” pero aquellos que sabían leer entre líneas, entendían perfectamente que las tropas del Ejército Popular se mantenían en sus posiciones de milagro. La República agonizaba herida de muerte y Barcelona exhausta, estaba aterrorizada por las bombas y martirizada por un hambre perenne y el sufrimiento de tantos horrores causados por las hordas rojas, SIM y NKVD incluidos.

El XII Cuerpo de Ejército, mandado por el comunista Etelvino Vega Martínez retrocedía ante las tropas de los generales Gastone Gambara y José Solchaga Zala, de modo que el frente en el río Segre a 20 kilómetros al norte de la confluencia con el Ebro, en Mequinenza quedó roto al primer enfrentamiento, lo que hizo escribir al general Vicente Rojo Lluch: “Parte del Cuerpo XII flaquea de una manera absoluta en la primera jornada, abriendo la puerta por la que irrumpirá francamente el enemigo”. Otro desastre similar fue protagonizado por el V Cuerpo mandado por el también comunista Enrique Líster Forján, dejando abierta la penetración hacia Vinaixa (Lérida en el límite con Tarragona).

El 14 de enero Valls cae cae en poder de los rebeldes, con lo que estos ya pueden concentrar sus fuerzas sobre Tarragona. Las líneas de defensa formadas por Rojo son prontamente batidas, mientras que alrededor de Barcelona ni siquiera habían establecido posiciones defensivas en condiciones de operar. El general nacionalista Juan Yagüe dirige sus divisiones marroquíes por la costa mediterránea sin hallar gran resistencia, en tanto la mayor parte de las tropas republicanas estaban absortas en la defensa del flanco occidental. El ataque franquista desde el sur no puede ser detenido por los pocos batallones republicanos adscritos a Tarragona y las tropas de Yagüe acaban entrando en Tarragona el 14 de enero, presionando así por el sur a la propia Barcelona.

En 1936 (fecha de la imagen) en Barcelona los rojos hacían alarde de fuerza, en 1939 abandonarían la ciudad tras miles de inocentes represaliados.

En 1936 (fecha de la imagen) en Barcelona los rojos hacían alarde de fuerza, en 1939 abandonarían la ciudad tras miles de inocentes represaliados.

Al difundirse la noticia de la caída de Tarragona, quedó expuesto nuevamente el frente republicano, y la retirada se convirtió en una huida caótica de refugiados republicanos de toda clase: autoridades políticas, funcionarios, civiles comunes, e incluso soldados, que marcharon apresuradamente hacia la frontera francesa, a veces inclusive sin pasar antes por Barcelona. Las autoridades civiles al igual que las militares no se preocuparon de organizar la desbandada que se convirtió en un ¡sálvese quien pueda!

El día 16 el gobierno de la República ordenó la movilización general de ciudadanos de ambos sexos entre 17 y 55 años de edad, así como la militarización de todas las industrias, pero esta medida llegaba demasiado tarde para ser implementada eficazmente. En efecto, a la urgencia de movilizar tropas hacia un frente cada día más cercano a Barcelona, el gobierno republicano se enfrentaba a la crisis causada por miles de refugiados republicanos que se dirigían en masa hacia Barcelona. En esas circunstancias, se promueve una reunión entre algunos miembros del PSUC en el gobierno de la Generalitat, dos enlaces con los comunistas españoles y uno de los asesores soviéticos que todavía quedaban en Barcelona.

La reunión se celebraba en uno de los mejores edificios de la ciudad que había sido ocupado por los comunistas: La antigua y magnífica sede del Círculo Ecuestre construida por el empresario Albert Russinyol en 1920 y requisada en 1936 para el partido que se dice proletario pero le gusta apropiarse del lujo de los demás. Allí instalaron el Casal Karl Marx donde se reunían habitualmente miembros del PCE, de la Internacional Comunista, con el maquiavélico Ercoli al frente y los asesores comunistas.  Dicho día 16 de enero de 1939 participaban en la mencionada junta Joan Comorera, secretario general del partido y artífice del reconocimiento del PSUC por parte de Moscú, Rafael Vidiella, masón, fundador en Madrid de la logia “Primero de Mayo” y en Barcelona la llamada “Karl Marx” y del Partido Comunista Catalán (PSUC)[1]; un militar con galones de capitán, al que llaman camarada Julián, otros dos camaradas, habituales enlaces con el SIM,[2] Luis y Cipriano y el conseller de Obras Públicas de la Generalitat, Miquel Serra Pamiés, también del PSUC.

El camarada Cipriano se encarga de hacer la exposición:”Las órdenes de Moscú son tajantes: si Barcelona no está dispuesta a resistir, es imperativo que no caiga intacta en manos fascistas. Hay que practicar la táctica de tierra quemada. Si la ciudad no aguanta, no hay que dejarle nada a Franco que pueda aprovechar. Me refiero a producción de electricidad y energía, instalaciones portuarias, transportes y comunicaciones, alcantarillado y agua potable e incluso, servicios hospitalarios y de sanidad”. Para llevar a cabo la hazaña presenta al camarada Julián, capitán de ingenieros, bajo el mando directo del teniente coronel Líster quien en seguida argumenta:”No nos sobra tiempo ni material. De forma que nos centraremos en la voladura de grandes complejos como La Canadiense[3] (lo que conllevaba, además de los daños materiales, la destrucción del símbolo de un triunfo obrero)  y la estación térmica de San Adrián, lo que dejará la ciudad prácticamente sin fuerza eléctrica. Haremos saltar también los principales depósitos de agua potable, así como zonas estratégicas del alcantarillado. Pero el elemento crucial del plan son los túneles del metro. Hay estudios que demuestran que si las cargas se colocan correctamente, puede conseguirse una reacción en cadena que destruya las líneas completas y provoque grandes derrumbes en determinadas zonas estructuralmente débiles”.

Nadie protesta ni plantea ninguna objeción, solo Serra Pamiés se atreve a preguntar por el coste en vidas de ciudadanos de Barcelona. “Entre cien y doscientas mil bajas civiles”, dice el capitán de ingenieros. El camarada Luis corta la posible deriva de la conversación, “Hay que hacerlo y basta. Son órdenes”. Todos callan. A los comunistas no parecen importarles semejante barbaridad, no defienden la ciudad, ni tampoco, ellos, tan a favor del pueblo, a los ciudadanos. Serra se da cuenta de que ahora que atisban la derrota procuran buscar el cobijo de la Unión Soviética, para lo cual es obligatorio no contradecir las órdenes del Kremlin. Según aseguraban las malas lenguas, allí, los cargos por alta traición corrían más que el vodka.

El camarada Stalin no era precisamente famoso por su indulgencia con quien no acataba sus órdenes y ante eso, no importa quien caiga, mientras no sean ellos, los heroicos adláteres del dictador ruso. Y de repente, Miquel Serra se encuentra ofreciéndose como conseller de Obras Públicas para ayudar a la unidad del capitán Julián, a lo que éste se muestra encantado porque su asesoramiento les puede resultar valioso, puesto que ni él ni sus hombres tienen conocimiento alguno del terreno. Los del SIM se muestran recelosos; no se fían porque conocen el amor de Serra por la ciudad y su procedencia de la USC[4], pero aceptan y les conminan al capitán y a él, a que se pongan rápidamente manos a la tarea de destrucción.

En ese momento, al dar por terminada la reunión, del fondo de la habitación surge la figura temible de uno de los asesores soviéticos, Yuri Lazarev, oficialmente asesor de la embajada soviética y miembro del Socorro Rojo Internacional, una versión de la Cruz Roja organizada por la Internacional Comunista, pero sobre todo, era un agente del NKVD, la principal organización de policía secreta de la Unión Soviética. Un tipo muy peligroso que, además, compartía abiertamente con Ercoli[5] los recelos sobre el PSUC al que no consideraba suficientemente comunista, de modo que, desconfiando del conseller, le exige informes diarios de sus progresos.

Lazarev debe de ser el último agente de la inteligencia soviética que sigue en Barcelona. Quizá incluso en Cataluña. Hasta Erno Gerö, conocido como “Pedro”, jefe de la NKVD en la zona, está ilocalizable. El señorial edificio situado en el número 70 de Pi i Margall, (expropiado al médico Salvador Andreu que se había hecho rico y famoso por sus famosas pastillas para la tos, para que el gobierno soviético instalara en él los servicios de Prensa y Secretariado General del Consulado Soviético en Barcelona, es decir, el NKVD en el corazón de la ciudad), estaba vacío, sólo Yuri andaba por allí reflexionando sobre las “desapariciones” de prestigiosos camaradas, muchos, héroes soviéticos y se reafirma en el convencimiento de que por encima de todo y de todos, tiene que cumplir la orden de dejar Barcelona, como en el Medievo hacían las razzias musulmanas, como un territorio de “tierra quemada”, totalmente arrasada. Pero la gran desconfianza que sentía hacia los miembros del PSUC en general y, especialmente hacia el conseller de Obras Públicas al que consideraba un personaje hipócrita, le hace recurrir a Lorenzo Fadrique su enlace en el SIM para que le coloque una “sombra”, es decir, un espía que vigilara sus pasos. La estampida que se está produciendo en la ciudad permite a Fadrique ser renuente, hasta que el ruso le recuerda lo que puede esperar de los nacionales cuando descubran lo que les hizo a los quintacolumnistas del Círculo Azul y de las Cruces de Fuego[6] y que sólo él, Lazarev, podrá ayudarle a salvarse.

Ante la petición del presidente del Consejo, Negrín, y a pesar de saber ya que la guerra estaba perdida, el 20 de enero Companys dirigió un mensaje radiofónico al pueblo catalán pidiendo una postrera resistencia ante las tropas franquistas que avanzaban sobre Barcelona. El día siguiente, Negrín convocó a Companys a una reunión urgente. En ella, le comunicaba que Barcelona era indefendible y que en pocas jornadas sería ocupada irremisiblemente por el ejército franquista; por ello, le comunicaba que la Generalidad debía evacuar Barcelona.

Serra Pamiés se encuentra solo ante la bárbara decisión rusa de acabar con la ciudad condal. En situación similar, los dirigentes vascos se negaron a destrozar la industria a la entrada de los nacionales y es muy conocido que los generales Von Choltitz y Speidel, jefe del Estado Mayor del Grupo de ejércitos B, salvaron la capital francesa de la destrucción ordenada por Hitler: “Los puentes del Sena deben ser preparados para su destrucción. París no debe caer en manos del enemigo, a no ser como un montón de ruinas”. Hitler, como Stalin, no daba órdenes en vano y dispuso que varias rampas de bombas volantes apuntaran contra París y que se preparara y se dotase de munición al gigantesco mortero Karl, que lanzaba proyectiles de 2.200 kilos. Pero ni las bombas volantes, ni las granadas del Karl destruyeron París, porque Choltitz y Speidel, aunque temieran por sus vidas y por las de sus familiares, no cursaron esas órdenes. En Barcelona, Serra Pamiés no encontraba en quien apoyarse: ni Companys, ni Comorera, ni Vidiella…. O lo que es lo mismo, ni los miembros de la República, ni los de la Generalitat, ni, por supuesto, los comunistas, movieron un dedo para salvar la ciudad.

Empezó recurriendo a la estrategia del despiste con el capitán Julián encargado de las demoliciones. Así ganó un par de días, pero, ante el enfado de este capitán que amenazó con denunciarle, se da cuenta de que no puede permitirse más dilaciones y se decide a jugar su última y arriesgada baza. Llama al general Pozas, defenestrado en Gerona después de la desastrosa ofensiva de Zaragoza, para que, como “hermano” y compañero masón le ayude a confirmar las sospechas que le ha infundido Julián por su actitud y sus conversaciones, de su pertenencia a la secta. Las gestiones de Pozas derivan a otro masón, Federico Escofet i Alsina, jefe de los Mossos d’Esquadra y hombre de confianza de Companys, quien, para alivio de Serra le confirmó la valía personal y la pertenencia del capitán Julián a la Masonería. De modo que cuando aparece en su despacho pidiéndole explicaciones por la última dilación, Serra le expone francamente su preocupación y su zozobra a llevar a cabo lo encomendado. Sabe la dificultad de que su actitud de obstrucción a cumplir las órdenes del Kremlin puedan ser disimuladas y también que, de lo contrario, suponga su fusilamiento, pero los miles de víctimas que ocasionaría la destrucción de la ciudad, le atormenta. Consigue el apoyo del capitán de ingenieros, siempre que no se ponga en peligro la vida de sus hombres, recuerda la peligrosidad de Lazarev y se admira de que haya llegado a saber su secreto de pertenencia a la Orden, un secreto tradicionalmente muy bien guardado por los masones.

Ante la petición del presidente del Consejo, Negrín, y a pesar de saber ya que la guerra estaba perdida, el 20 de enero Companys se pliega a las órdenes comunistas y dirige un mensaje radiofónico al pueblo catalán pidiendo una postrera resistencia ante las tropas franquistas que avanzaban sobre Barcelona, sin importarles, ni a Negrín, ni al ahora considerado heroico presidente de la Generalitat, las vidas que caían en el frente sin munición con qué defenderse, manteniendo la peregrina consigna que si Madrid había resistido, Barcelona no podía ser menos. No querían tener en cuenta la desmoralización, desilusión y cansancio de tres años de lucha; a los comunistas solo les interesaba, siguiendo las órdenes de Moscú, prolongar la guerra para enlazarla con la próxima que ya se vislumbraba.

Mientras, el conseller y el capitán de ingenieros se ponen de acuerdo en cómo hacer para burlar al astuto asesor soviético. Colocan cargas en los sitios estratégicos para causar el mayor daño, tal como había exigido Lazarev. En varias ocasiones éste que vigila de cerca su actuación, visita los trabajos de los hombres del capitán Julián sin llegar a sospechar que las cargas que le enseñaban, estaban preparadas para no explotar de ninguna manera.

En la mañana del 22 de enero, el general Rojo informa a Negrín y a su consejo de ministros que el frente de combate nuevamente se ha roto entre Manresa y Sitges, apenas a 20 kilómetros de Barcelona, por lo cual las tropas del Ejército Popular Republicano han abandonado sus posiciones de campaña para salvarse dentro de la propia capital catalana. Tras la exposición de Rojo, Negrín ordena la evacuación de todas las entidades gubernativas hacia Gerona y Figueras, mucho más cerca de la frontera francesa, lo cual es conocido esa misma tarde por los civiles y refugiados que aún se hallan en Barcelona. En estos momentos de gran descontrol en la ciudad, Lazarev vuelve a inspeccionar la labor de los artificieros de Julián y éste se da cuenta de que aunque no desconfía de su labor, Serra i Pamiés está en el centro de su diana y que después irán él y sus hombres. Pensando en protegerles, tal como, desde el primer momento había asegurado a Serra que haría, en cuanto desaparece el ruso, manda recoger a sus artificieros, intenta ponerse en contacto con el conseller sin conseguirlo, y sale disparado a reintegrarse a las tropas de Líster. Aún en aquella situación de debacle y derrota era preferible el frente a las iras del soviético.

El 25 de enero de 1939, Yagüe cruzó el Llobregat, seguido por Solchaga y Gambara, encontrando resistencia aislada y mal coordinada. Las primeras divisiones que penetraron en Barcelona fueron la 105 del coronel López Bravo y la 13 del general Fernando Barrón Ortiz, adscritas al Cuerpo de Ejército Marroquí, así como la 4 y la 5, del Cuerpo de Ejército de Navarra, a las órdenes respectivas de los generales Camilo Alonso Vega y Juan Bautista Sánchez González. Al alba, las tropas de Solchaga ocupan Vallvidrera sin lucha y descienden sobre Pedralbes casi pisándole los talones al teniente coronel Manuel Tagüeña Lacorte, jefe del XV Cuerpo de Ejército del Ebro, que huía bajando hasta la Bonanova donde tenía instalado su puesto de mando, por cierto que un teniente, creyendo que Tagüeña era un soldado más en cobarde retirada, le apuntó con una pistola, hasta que se deshizo el enredo. La posición en que se encuentra es absolutamente insostenible.

A partir de entonces, la marcha de las tropas Nacionales fue casi un paseo militar. Algunos aseguran que la lentitud con que avanzaron era una actitud calculada para que consiguieran escapar todos aquellos  (muchos) que pudieran temer represalias por sus crueles actos en retaguardia republicana. Mientras, Líster evacua Tarrasa, no sin antes destruir las fábricas de la Tarrasa Industrial, SANO y una nave del vapor Gibert en la carretera de Montcada, más parte de la fábrica de Materias Industriales y al llegar a Sabadell ordena, al ya conocido capitán de ingenieros Julián Alcaraz Aracil[7] que prepare las voladuras de todas las industrias sabadellenses que pueda. Y también los puentes de las Arenas y la Batzuca con el fin de retrasar un poco el avance de los blindados enemigos. A pesar de ello, a partir de entonces, la marcha de las tropas nacionales fue casi un paseo militar. Algunos aseguran que la lentitud con que avanzaron era una actitud calculada para que consiguieran escapar todos aquellos  (muchos) que pudieran temer represalias por sus crueles actos en retaguardia. Miles de simpatizantes republicanos de toda clase huyen de Barcelona, llevándose consigo a sus familias y enseres, después de tomar por asalto los almacenes de alimentos para tener con qué sobrevivir durante la marcha hacia Francia. Republicanos de todo tipo abandonan desordenadamente la ciudad en automóviles, camiones, bicicletas o simplemente a pie, obstruyendo pronto la carretera hacia el norte.

Pero en estos momentos finales de la guerra civil, 25 de enero de 1939, el general Juan Guilloto León, conocido popularmente como Modesto o Juan Modesto, jefe del Ejército del Ebro, desde su cuartel general en Vallvidrera, baja a Barcelona para dirigirse a la sede del Estado Mayor central, conocida como la Casa Roja, donde tuvo su despacho el general Vicente Rojo. Ya se había marchado hacia Gerona, y allí no quedaba casi nadie. Se encontró con el general Hernández Saravia jefe del Grupo de Ejércitos de la Región Oriental, pendiente de la llegada del coronel de artillería José Brandaris de la Cuesta, jefe hasta el momento de las tropas de Menorca, al que le habían endosado la defensa de Barcelona. Siguiendo las directrices de Moscú, los altos mandos políticos y militares hablaban de resistir, especialmente los comunistas Vicente Uribe, Antonio Mije y Santiago Carrillo. Desde Radio Asociación de Cataluña, Santiago Carrillo y Serafín Aliaga, secretario general de las JSU comunistas y el líder de la FIJL (Federación Ibérica de Juventudes Libertarias) lanzan proclamas llamando a los barceloneses a la resistencia, para  defender barrio a barrio y casa a casa, cuerpo a cuerpo, pero sus esfuerzos chocaron contra el desánimo de los civiles y los pocos que concurrieron a su llamada,  jóvenes del JSU, solo esperaban instrucciones concretas para empezar a levantar barricadas. Barcelona no podía ser menos que Madrid, ni el Llobregat menos que el humilde Manzanares.

No tienen en cuenta el estado del pueblo del que dicen preocuparse, solo les acucia cumplir las órdenes de Moscú y salir ellos trotando. Ninguno de los cargos de la Generalitat, ni, por supuesto, ningún comunista, se preocuparon de organizar la evacuación de todos aquellos que habiéndose sentido arrastrados por sus ideales y  combatido por ellos, ahora se veían abandonados a su suerte. Solo Tagüeña se interesó por los muchos miles de refugiados que se hacinaban en los túneles del metro de la plaza de Cataluña. Les proporcionó camiones y todo tipo de vehículos para que, los que quisieran pudieran salir de la ciudad y procuró asistencia en hospitales a los enfermos y heridos. Ni Pasionaria, ni Carrillo, ni demás gerifaltes que decían vivir para mejorar las condiciones del pueblo,  se tomaron la menor molestia por ayudarles. Tampoco Companys (ese héroe cuyo comportamiento ocultan los nacionalistas), ni los demás miembros de la Generalitat adoptaron medidas para evacuar a la población que quisiera abandonar Barcelona. De ellos mismos sí que se ocuparon, fueron los primeros en salir corriendo.

Al amanecer del 26 de enero las tropas nacionales alcanzaban las cumbres del Tibidabo y de Montjuic, y al mediodía entraron al centro de Barcelona y ocuparon toda la urbe semidesierta, sin hallar resistencia. Algunos tiros aislados de vez en cuando. Uno de ellos acabó con Lazarev sin que viera cumplida la orden que había recibido. Barcelona se había salvado, pero ¿Qué fue del conseller que tanto había luchado porque no fuera destruida? Al tiempo que entraban las tropas nacionales él y su esposa, por distintos caminos, llegaron a Gerona. De allí salieron de España y parece que gracias a la ayuda de sus “hermanos” no fueron internados en el campo de refugiados de Argelés -sur –Mer y les facilitaron un pequeño piso en Burdeos.

El general Yagüe, jefe del Cuerpo de Ejército marroquí, el coronel Barrón y Dioniso Ridruejo, jefe nacional de Propaganda, entre otros mandos militares, en la plaza Catalunya.

El general Yagüe, jefe del Cuerpo de Ejército marroquí, el coronel Barrón y Dioniso Ridruejo, jefe nacional de Propaganda, entre otros mandos militares, en la plaza Catalunya.

Empezaban a pensar que podrían rehacer su vida con cierta normalidad cuando después de muchos registros por parte de la policía, recibieron la llamada de Moscú reclamando la presencia allí de más altos cargos del PSUC que se añadieran a Comorera, quien había sido el primero en llegar. Querían hablar con Miquel y con José del Barrio, el antiguo metalúrgico de Valladolid que había sido uno de los fundadores del partido y organizador de la Columna Carlos Marx. Y que más tarde, ya como teniente coronel del ejército, había tenido ciertos enfrentamientos con militares como Modesto y Líster, o con el sibilino Ercoli, el delegado del Komintern en España. Y como se temían Miquel y su mujer, él no regresó. La URSS envió una carta al poco tiempo informando que el camarada Miquel Serra Pamiés había muerto como consecuencia de un desgraciado accidente, que lo sentían mucho y le hacían llegar el pésame del país y del partido por su pérdida.

Teresa, la esposa de Serra, nunca lo creyó. Sola en una Francia invadida por los alemanes y con una niñita recién nacida, quedó en una situación dramática. Un día se presentó en su casa un caballero desconocido que dijo llamarse Germain Lefèbvre y ser enviado de Estanislao Ruiz Ponseti quien le había pedido que velase por ella en recuerdo de su antiguo compañero de partido y hermano de Fraternidad. Y Lefèbvre cumplió, prestándole una ayuda discreta pero constante en aquellos duros momentos. Y un buen día se presentó con el mejor regalo para Teresa: Una carta de Miquel desde México. Ella siempre pensó, sentía en su interior, que su marido no había muerto y ahora, en aquella breve carta le pedía desde el otro lado del mar que en cuanto pudiera se reuniera con él. Aquel “en cuanto pudiera” había acabado convirtiéndose en casi dos interminables años de gestiones absurdas, pegas incomprensibles, burocracia desesperante, en la que en algún momento, Teresa creyó ver la mano negra de los antiguos camaradas comunistas.

No contaba mucho más, pero Teresa sabía que siempre había sido hombre de pocas palabras y comprendía que, dada la situación por la que atravesaba Francia convertida en campo de batalla y los miembros del PCE boicoteando a los que quedaban del PSUC, tampoco era prudente contarle más detalles por carta. Lo importante es que estaba vivo, lo demás ya se lo contaría personalmente.

En un próximo artículo trataremos de las torturas y del juicio al que fue sometido en Moscú (tan parecido a lo que tan profusamente pusieron en práctica en la España comunista), así como las vicisitudes que pasó hasta que pudo llegar a México.


[1] El Partit Socialista Unificat de Catalunya (PSUC), denominación propuesta por Rafael Vidiella, es el resultado de la unión del Partido Comunista de Catalunya, la Federació Catalana del PSOE, el Partit Català Proletari y la Unió Socialista de Catalunya, la agrupación con más militantes y mayor presencia territorial. A diferencia, de la gran mayoría de partidos comunistas, el PSUC no es una escisión a la izquierda de los socialistas, como había sido tradicional en los años veinte. Este origen plural, su carácter nacional y su estructura organizativa, diferenciada de la del PCE, son las señas significativas del PSUC en la mayor parte de su historia –exceptuando los años de su sometimiento al PCE en la década de los 40 y primeros años 50.

[2] El Servicio de Información Militar (SIM) fue el nombre de la agencia de inteligencia  y del servicio de seguridad de la Segunda República Española durante la Guerra Civil Española. El objetivo de este organismo, que siempre tuvo mala fama entre la población, era limitar las actividades de quintacolumnistas, anarquistas, y los que consideraban incontrolados y desestabilizadores. Fue creado el 9 de agosto de 1937 por Indalecio Prieto, Ministro de Defensa Nacional, quien por presión de los técnicos soviéticos, accedió a concederle un estatus especial al SIM a la hora de actuar. En los primeros tiempos el SIM actuó lealmente con Prieto y denunciando incluso las intromisiones y arbitrariedades de agentes soviéticos en el organismo, pero siendo director el coronel Uribarri, quedó dominado por los comunistas que lo utilizaron como policía política del Partido Comunista de España. En la primavera de 1938 obtuvo la lista de todos los falangistas que actuaban en Cataluña y detuvieron a 3.500 personas, a las que, tras los interrogatorios y torturas, hallaron culpables de espionaje.

Influido por Alexander Orlov, el SIM llegó a utilizar los mismos métodos de tortura que la NKVD: Celdas en las que no cabía una persona ruidos y luces fuertes, baños helados, etc. La mayoría de sus jefes locales se mostraban brutales. Fue el responsable del asesinato de varios reclutas republicanos y, en Barcelona, de más de 40 personas (sobre todo anarquistas) que habían criticado la política gubernamental y la influencia del PSUC.

[3] La Canadiense, llamada así porque el principal accionista de la compañía era el Canadian Bank of Commerce of Toronto, era una importante empresa eléctrica de Barcelona. Se convirtió en icono de los trabajadores por el éxito de la huelga de la que fueron los iniciadores el 5 de febrero de 1919 en Barcelona y que se prolongó por 44 días convirtiéndose en huelga general paralizando Barcelona y el 70% de toda la industria catalana. La huelga constituyó un gran triunfo para el movimiento obrero español, destacando la fracción anarcosindicalista, pues tras el fin de la huelga se consiguieron mejoras salariales, la readmisión de obreros despedidos, la liberación de miles de obreros detenidos durante la huelga y el Decreto de la jornada de ocho horas de trabajo, convirtiendo a España en el primer país que promulgaba esta reivindicación obrera.

[4] La Unió Socialista de Catalunya (USC, Unión Socialista de Cataluña en castellano) fue un partido político catalán de izquierdas fundado en julio de 1923 a partir de una escisión de la federación catalana del PSOE. Los escindidos defendían una mayor atención a la cuestión nacional catalana, defendiendo el derecho de autodeterminación. En cuanto a la cuestión social, no se diferenciaban apenas de los dirigentes reformistas y socialistas del PSOE. Uno de sus principales dirigentes fue Joan Comorera y su periódico se denominó Justícia Social

[5] Palmiro Togliatti (1893 –  1964) fue un político italiano, Secretario General del Partido Comunista italiano desde 1927 hasta su muerte en 1964. Nacido en Génova en el seno de una familia de clase media, Togliatti comenzó su vida política en el Partido Socialista Italiano poco antes de la Primera Guerra Mundial. En ella combatió como oficial voluntario, fue herido en combate y enviado a casa por enfermedad. Regresó al final del conflicto y fue parte del grupo liderado por Antonio Gramsci,  fundador del Partido Comunista Italiano PCI. En 1921 se convirtió en el líder del mismo tras el encarcelamiento de Gramsci por el régimen  de Benito Mussolini y en director de su órgano Il Comunista. En 1935, bajo el nombre de guerra de Ercoli, fue elegido miembro del Secretariado de la Internacional Comunista y  participó en la Guerra Civil Española en 1937 como máximo responsable en España de la Internacional, encargado de asegurar que el Partido Comunista de España ejecutara fielmente la línea política fijada desde Moscú de lograr  toda la unidad en el bando republicano y primar el objetivo de ganar la guerra sobre el de hacer la revolución. En esa medida, diversos sectores le atribuyen una responsabilidad cuando menos política, si no directa y personal, en episodios oscuros del bando republicano.

[6] Unos 300 franceses de “La Croix de Feu” formaron el Batallón Jean d´Arc que luchó con  el ejército nacional.

[7] En las listas de combatientes condecorados con la medalla del Deber, figura un Alcaraz Aracil, pero Josè y no Julián, también capitán de ingenieros que fue premiado el 22/06/1938 por su distinguida actuación en la campaña de 1938. No obstante, su curriculum parece coincidir con lo expresado por Escofet.

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