De la brujería (1ª Parte)

De la brujería (1ª Parte)

Series televisivas, novelas, películas, estudios universitarios… La brujería está de moda. Aunque ya han transcurrido más de cuatro siglos desde la quema de las hechiceras de Zugarramurdi (noviembre de 1610), las brujas siguen produciendo miedo. Por eso el común de la sociedad prefiere fingir que no existen. Aunque haberlas, haylas.

Es difícil distinguir claramente entre brujería, hechicería y magia….Estas prácticas utilizan medios ocultos  para producir efectos mas allá de los poderes naturales del hombre. La brujería se adapta a los tiempos modernos y abunda aún en los libros populares para niños. La rama más extendida, con todo, es la de la brujería contemporánea, a la que muchos, para esquivar las connotaciones peyorativas del término, prefieren llamar wicca, del anglosajón wic (sabio) o del gaélico wick (flexible). No hay acuerdo en la etimología.

Generalidades

 

¿Qué es la wicca? «Una amalgama de magia ceremonial, misticismo, teosofía, prácticas masónicas, religiones orientales e incluso cuentos de hadas, mitologías y adivinación», según la define Martha Clover Jones, estudiosa del fenómeno. Ciertamente, la palabra “Wicca” es menos evocadora y emotiva que “Brujería”, pero independientemente de las diferencias percibidas, ambas comparten las mismas cosas en común en cuanto a sus creencias y prácticas.

Es una de las tradiciones más influyentes del Paganismo moderno. También conocida por el nombre de Brujería, comenzó a emerger públicamente en su forma moderna a finales de los años 40. Es un camino iniciático, una tradición mistérica que guía a sus iniciados a una profunda comunión con los poderes de la Naturaleza y con la psique humana. La Wicca es una religión natural, una religión de la fertilidad que reconoce un principio masculino y femenino. El Dios y la Diosa personifican estos dos principios y mistérica, porque las experiencias y el contacto con los dioses son un misterio que sólo puede ser experimentado directamente, sin la intervención de un sacerdote o cualquier otra persona. Está compuesta por iniciados, no se da laicado o congregación alguna. Las brujas trabajan en covens o círculos que son pequeños grupos autónomos”.[1]

A continuación seguimos la explicación que el Padre Jordi Rivero  expresa sobre Brujería, Naturaleza e Historia en la página de las  Siervas de los Corazones Traspasados de Jesús y María[2]:

La ayuda que ofrece la brujería se busca por diferentes razones. Las principales son: Para hacer daño a quien se odia; para atraer la pasión amorosa de alguien; para invocar a los muertos; para suscitar calamidades o impotencia contra enemigos, rivales u opresores reales o imaginarios; para resolver un problema que se ha convertido en obsesión y ya no importa por qué medio se resuelve.

Las prácticas que siguen son diferentes según los brujos, pero no es extraño que haga un pacto con espíritus, abjure a Cristo y los Sacramentos, haga rituales como parodias de la Santa Misa o de los oficios de la Iglesia, y, como está relacionada con el satanismo, adoren al Príncipe de las Tinieblas y participen en aquelarres (reuniones de brujos donde hacen sus maledicencias).  En brujería y en la magia hay elementos comunes:

1-La realización de rituales o de gestos simbólicos para hacer sus hechizos, ejercer un maleficio o atadura sobre alguien.

2- El uso de hierbas u otras sustancias y objetos materiales que tienen significado simbólico.

3-Pronunciamiento de un hechizo con palabras de conjuro o hechizo que pueden ser escritas para obtener un mayor poder.

4- Quién lo realiza debe desear su propósito con todas sus fuerzas para obtener mayores efectos y algunas veces debe ayunar por 24 horas antes de realizar el rito para purificar el cuerpo.

Aunque es cierto que en la brujería hay acción diabólica, la gente ignorante y supersticiosa ha creado muchísimas fábulas y supersticiones: Brujas que vuelan sobre una escoba, encantaciones que transforman a la víctima en un sapo…  Estas fantasías no son causadas por la religión, sino al contrario, ocurren por faltar la auténtica fe.

En el trabajo “De ecclesiasticis disciplinis” atribuido a Regino de Prum (906 d.C.), en la sección 364, critica a “ciertas mujeres” que “seducidas por ilusiones y fantasmas de demonios, creen y abiertamente profesan, que en plena noche ellas viajan sobre ciertas bestias junto con la diosa pagana Diana y una cantidad innumerable de mujeres, y que en estas horas de silencio vuelan sobre vastas expansiones de terreno y la obedecen como señora…”

Lamentablemente no siempre se siguió el consejo de Regino de Prum. La brujería se convirtió en escape para culpar de cualquier cosa, hasta desastres naturales y epidemias. Pero existieron otras razones, entre ellas el poder y el interés de crear causa contra enemigos.  El resultado fue la persecución y “caza de brujas” en que se enjuiciaron y condenaron a muerte injustamente a muchas personas, casi siempre las más indefensas. Quizás el caso más famoso es el de Santa Juana de Arco quién, acusada de bruja, murió quemada. O quizás el de la Venerable María de Jesús de Ágreda, quien no sufrió ese tormento, pero cuyo proceso de beatificación se vió interrumpido por la incomprensión de  la Inquisición a sus fenómenos de bilocación. Ambos casos nos sirven para elucidar los intereses de poder, venganza y maldad que daban lugar a las persecuciones de brujas.

Apuntes sobre su historia

 

La brujería data desde los tiempos de la antigua Mesopotamia y Egipto. Así se demuestra en la Biblia al igual que en otros antiguos escritos como el Código de Hammurabi (2000 a.C.).

La persecución de las brujas comienza con el poder secular.  El Imperio Romano, en el siglo III, castigaba con la pena de hoguera a quienes causaran la muerte de alguien con sus encantamientos. En el siglo IV, la legislación eclesiástica quiso atenuar la severidad del estado. El Concilio de Elvira (306), Canon 6, rehusó el Viáticum a aquellos que matasen con una encantación (per maleficium) y añade que tal crimen no podía efectuarse “sin idolatría”,  ya que el culto al demonio es idolatría. El canon 24 del Concilio de Ancyra (314) impuso cinco años de penitencia a los que consulten magos. Penas similares fueron establecidas por el concilio oriental en Trullo (692).

En los primeros trece siglos de la era cristiana no se dieron por lo general las crueles persecuciones y cazas de hechiceros que aparecieron más tarde.  Mientras el estado permitía la tortura contra los hechiceros, el Papa Nicolás I (d.C. 866) la prohibió. Una ordenanza similar aparece en los Decretos Pseudo-Isidoros. Pero la Iglesia no pudo eliminar la tortura y otros abusos que están arraigados en el corazón del hombre.

En muchas ocasiones el clero habló con autoridad para evitar las acusaciones fanáticas y abusivas. Entre ellos San Agobardo, arzobispo de Lyon (m. 841) quien escribió “Contra insulsam vulgi opinionem de grandine et tonitruis” (contra las necias creencias de la gente sobre el granizo y el rayo). El Papa Gregorio VII en 1080 escribió al Rey Harold de Dinamarca prohibiendo que las brujas fueran sentenciadas a muerte. En De ecclesiasticis disciplinis atribuido a Regino de Prum (906 d.C.), Regio se lamenta que ellas llevan a esas fantasías y por lo tanto al paganismo a mucha gente (innumera multitudo). Concluye que es el deber de los sacerdotes enseñar a la gente que estas cosas son absolutamente falsas… implantadas por el maligno“.

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El dominico catalán Nicholas Eymeric incluyó la brujería en su famoso manual para inquisidores Directorium inquisitorum de 1376. En él establece tres tipos de brujería:

1) la magia efectiva : magia que protegía a las brujas de quienes las perseguían o se volvían contra ellas; magia que sólo existía en la imaginación de las brujas. Este primer tipo de magia, consistía en artes curativas, fueran estas con fines beneficiosos o no.

2) La magia de la imagen: posesión diabólica, mal de ojo, conjuros, hechizos, encantamientos filtros amorosos, amuletos… Esta magia se sostenía gracias a la capacidad de la bruja para persuadir al sujeto. En cuanto a la primera acepción, es decir la posesión del cuerpo y mente de un sujeto por el demonio, dependia del poder de la bruja para sugestionar al individuo de tal forma que este se lo creyera, y presentara los síntomas debidos a tal posesión, como la de vomitar objetos extraños, hablar con una voz más grave, retorcerse de forma extraña, blasfemar….. Estos ataques de posesión no eran contínuos sino que seguían un extraño ritmo. Casi siempre los individuos afectados eran las niñas y vírgenes, monjas y niños, lo que hizo que proliferaran los exorcistas, que solían formar parte del clero. Posteriormente la medicina ha demostrado la semejanza de estos síntomas con las de los ataques histéricos, de pánico y de epilepsia.

3) La transvección(Volar), metamorfosis (dar al sujeto una figura animal), provocar la lluvia, tempestades….una magia relacionada con la capacidad de tener dominio sobre las fuerzas de la naturaleza. Volar era una práctica que se atribuía mucho a las brujas, que eran ayudadas por el demonio a tal fin; la figura de la escoba es algo posterior y se debe a que las brujas acudían a los aquelarres (o reuniones de éstas) llevando el palo de una escoba para ayudarse en el camino, aunque en confesiones realizadas en la época de la Inquisición, hay alusiones acerca de determinados ungüentos (estramonio, la grasa de un niño lactante, la belladona ,la cicuta) o sustancias para llevar a cabo la transvección.

La persecución

 

En la segunda mitad del siglo XIII, la recién instituida Inquisición Papal comenzó a imponer cargos por hechicería. Alejandro IV, ordenó (1258) que los inquisidores debían limitar sus intervenciones a casos con alguna clara presunción de creencias heréticas (manifeste haeresim saparent). Pero como la brujería, con sus prácticas diabólicas, está muy ligada a la herejía, la persecución de brujas no se evitó.

En Toulouse, sede de la herejía de los Cátaros, fue donde en 1275 se dio el primer caso conocido de una bruja llevada a la hoguera por la sentencia jurídica de un inquisidor (Hugues de Baniol Cauzons, “La Magic”, II, 217).  La mujer “confesó” haber dado a luz a un monstruo, producto de su relación carnal con espíritus malignos, y haberlo alimentado con carne de infantes que se procuraba en expediciones nocturnas. La posibilidad de relaciones carnales entre seres humanos y demonios era aceptada por algunos grandes teólogos como Santo Tomás y San Buenaventura, sin embargo, en general,  en la Iglesia prevalecía el sentir contrario. Un testigo poco amistoso con la Iglesia, Riezler, reconoce que “entre los representantes oficiales de la Iglesia, esta tendencia más saludable prevaleció hasta los umbrales de la epidemia del juicio de brujas, o sea, hasta avanzado el siglo XVI”.  En el Sínodo Provincial de Salzburgo de 1569  hubo una fuerte tendencia a prevenir la  imposición de la pena de muerte en acusaciones de brujería, insistiendo que estas son ilusiones diabólicas.

Pero no hay duda de que en el siglo XIV algunas constituciones papales de Juan XXII y Benedicto XII impulsaron a los inquisidores a realizar enjuiciamientos por brujería y otras prácticas mágicas,  especialmente en el sur de Francia. En un juicio a gran escala en Toulouse en 1334, en el que se procesaron a 63 personas por ofensas de este tipo, 8 fueron entregadas al poder secular para ser quemadas. El resto  fueron a prisión de por vida o con largas sentencias. Dos de las condenadas,  ambas mujeres mayores, después de ser torturadas, confesaron haber asistido a un aquelarre de brujas, haber allí adorado al demonio y ser culpables de indecencias con él y otras personas presentes, y haber comido carne de infantes. En 1324 Petronilla de Midia fue quemada en Irlanda por recomendación de Richard, Obispo de Ossory.  Durante este período, las cortes seculares acusaban y enjuiciaban por brujería con igual o mayor severidad que los tribunales eclesiásticos. Se usaba la tortura y la hoguera.

No se conoce qué enjuiciamientos de este tipo se llevaron a cabo en Alemania por inquisidores papales durante los siglos XIII y XIV.  Alrededor del año 1400 encontramos muchos enjuiciamientos de brujas en Berna, Suiza, a  manos de Pedro de Gruyères, que, a pesar de lo que dice Riezler, era sin lugar a dudas un juez secular). También jueces seculares en Valais (1428-1434) mataron 200 brujas; y en Briançon en 1437 más de 150. Las víctimas de los inquisidores en Heidelberg en 1447 o Saboya en 1462 parecen no haber sido tan numerosas. Especialmente en el centro de Europa y en las Islas Británicas, los siglos XVI y XVII constituyen el período culminante de la caza de brujas. En el sur de Alemania, de 1560 a 1670, son quemadas 3229 brujas; en Escocia 4400 entre 1590 y 1680; en Lorena, de 1576 a 1606, más de 2000. Además, las matanzas fueron acompañadas de una extraordinaria proliferación de libros sobre brujería, con Alemania a la cabeza.

Algunos escritores han pensado que la bula “Summis desiderantes affectibus, del Papa Inocencio VIII (1484), fue responsable de la fiebre contra las brujas. Esto no es cierto ya que las campañas anti-brujas preceden a esta bula, la cual no contiene nada nuevo. Su efecto fue más bien el de ratificar el poder ya conferido a los inquisidores Enrique Institoris y Santiago Sprenger, para tratar con crímenes de brujería y herejía y pedir al Obispo de Estrasburgo que apoyara a los inquisidores. Esta bula papal, sin embargo, no pronuncia ninguna decisión dogmática. Quizás el libro “Malleus Maleficarum” (el martillo de las brujas), publicado unos dos años después por los mismos inquisidores, fue el que más incitó al enjuiciamiento de brujas. Pero los enjuiciamientos de brujas en  los siglos XVI y XVII fueron en su mayoría hechos por el poder secular.

La Reforma Protestante ante la caza de brujas.

 

Lucero,  Calvino y sus seguidores acentuaron la creencia popular en el poder del demonio en la brujería y otras prácticas mágicas. Lutero, basado en su interpretación del mandamiento bíblico, abogó por la exterminación de las brujas. “La Historia del Pueblo Alemán” de Janssen, argumenta con muchas pruebas que una gran responsabilidad por la caza de brujas recae en los Reformadores.

El código penal conocido como “Carolina” (1532), decretó que la hechicería debe ser tratada como una ofensa criminal en el imperio Alemán, y si causó daño a alguna persona, la bruja debía ser quemada. Hubo mayor actividad de cacería de brujas en los distritos protestantes de Alemania que en las provincias católicas. Ejemplos de ello son Osnabruck y Wolfenbuttenl.  En Osnabruck, en 1583, se quemaron 121 personas en tres meses. En Wolfenbuttenl en 1593 se llegaron a quemar hasta diez brujas en un día. Pero hasta el 1563 no se hizo una resistencia eficaz a la persecución, y fue a través de un protestante de Cleves, Juan Weyer al que se unieron las protestas de Ewich y Witekind. En el debate sobre las brujas había católicos y protestantes en ambos lados. Quizás la protesta más efectiva contra la caza de brujas fue la del jesuita Friedrich von Spee, quién en 1631 publicó “Cautio criminalis“.

La persecución de brujas se extendió por muchos países. En el siglo XVI los tribunales seculares en Roma llevaron a cabo enjuiciamientos. En Inglaterra y Escocia también hubo persecuciones pero no hay cifras precisas sobre las ejecuciones. Según escribió Howell en 1648, sólo en Essex y Suffolk hubo cerca de 300 brujas procesadas en dos años, la mayoría ejecutadas.

El Papa Gregorio XV, en su constitución “Omnipotentis” (1623), recomendó un procedimiento más clemente y en 1657 una instrucción de la Inquisición amonestó con eficacia la crueldad de las persecuciones.  Al final del siglo XVII la persecución comenzó a reducirse en casi en todo el mundo y al principio de  XVIII  prácticamente cesaron. El último juicio por brujería en Alemania fue en 1749 en Wurzburg, pero en Suiza una niña fue ejecutada como bruja en el cantón protestante de Glarus en 1783.

En los Estados Unidos, Cotton Mather, en su Maravillas del Mundo Invisible (1693), cuenta que 9 ejecuciones de brujas ocurrieron en Nueva Inglaterra. Quizás los juicios más conocidos sean los celebrados en enero de 1692 en Salem, cercana a Boston por cuyas sentencias fueron colgadas o torturadas diecinueve personas. En la actualidad, Estados Unidos celebra Halloween el 31 de octubre (la víspera del día de Todos los Santos), en que se recuerdan las historias de brujas de una forma fantasiosa. Se acostumbra a disfrazarse, preferiblemente de brujas, duendes, monstruos o cualquier cosa que de miedo, y se reviven los cuentos de brujas.  En el ambiente materialista de la actualidad se hace de todo ello una broma, pero en el fondo opera también un deseo pagano de llenar un vacío espiritual.

No hay pruebas sobre las alegaciones de algunas mujeres que fueron enjuiciadas formalmente en México a finales del siglo XIX .Un gran número de ellas confesaron espontáneamente, aparentemente sin amenazas, haber participado, en prácticas satánicas. Además, el pleno reconocimiento de culpa parece constantemente haber sido confirmado justo antes de la ejecución, cuando el acusado no tenía nada que ganar o perder con la confesión. Esto puede atribuirse en muchos casos a razones psicológicas pero, claro está, no justifica la práctica de pena de muerte.

En la Alta Edad Media española numerosos testimonios de eclesiásticos denuncian como ilusiones las creencias sobre las brujas, condenándolas como cultos paganos. Esta percepción cambió en la segunda mitad del siglo XIII, pasándose de la visión de la brujería como una superstición o como el resultado de ilusiones demoníacas, a pensar que los que la practicaban lo que pretendían era establecer pactos con el diablo, lo que suponía equiparar la brujería a la herejía.

Francisco de Goya “Las Brujas”. Detalle del cuadro del Museo Lázaro Galdiano

Francisco de Goya “Las Brujas”. Detalle del cuadro del Museo Lázaro Galdiano

Precisamente la palabra bruxa aparece por primera vez en la segunda mitad del siglo XIII en un vocabulario latino-arábigo reproducido en un códice catalán,  como término equivalente al de súcubo o demonio femenino. En la Corona de Castilla el cambio de visión de la brujería aparece reflejado en las Partidas de Alfonso X el Sabio —quien por otro lado era muy aficionado a las prácticas hechiceras—, aunque pone bajo la jurisdicción real a la magia y a la adivinación, y no de la eclesiástica, porque no son consideradas herejías.

 

En España la brujería y la persecución a la que fueron sometidos brujos y brujas, que, en contra de lo que suele creerse, corrió a cargo fundamentalmente de las autoridades y tribunales civiles, que veían en ellos un atentado contra el orden público y se mostraban sensibles, según Joseph Pérez[3], “a la presión social que ve en las brujas criminales y acólitos de Satán”. La Inquisición española, por su parte, desempeñó un papel secundario y, a decir del hispanista, “se mostró más bien indulgente con las brujas” pues raramente aplicó la pena de muerte —al considerarlas más víctimas que criminales—, a diferencia del durísimo trato que recibieron judeoconversos y protestantes. Según Henry Kamen, la razón de la benevolencia de la Inquisición estribó en que no consideraba a brujos y brujas cristianos verdaderos, sino personas “cuya ignorancia era explotada por el diablo“.

La consecuencia de todo ello, según Pérez, es que “en España (en contra de lo que les gusta propalar a los “odiadores” de la nación), no encontramos nada parecido a la fobia que se apoderó de Europa en los siglos XVI y XVII, y que llevó a la hoguera a cientos, y hasta a miles de desgraciadas”. Lo mismo afirma Henry Kamen —”España se salvó de los furores de la histeria popular contra las brujas, y de la quema de éstas en una época en que esto prevalecía en Europa”— pero recuerda que los tribunales civiles ordenaron la ejecución de muchas brujas, aunque se desconoce su número exacto, “ya que la represión de la superstición era aceptada como una función normal del Estado” —como lo demuestra que “la mayor parte de las persecuciones por brujería en Navarra y el País Vasco se iniciaron en tribunales seglares”—.

Sin embargo, hubo eclesiásticos, especialmente en las coronas de Castilla y de la Corona de Aragón, que continuaron sin creer en lo que decían las brujas, como el obispo de Ávila, Alfonso de Madrigal, quien en 1436 afirmó que los aquelarres eran fantasías producto de drogas. La Monarquía Hispánica constituye un caso absolutamente único en toda Europa pues frente a la “locura brujeril imperante” el Consejo de la Suprema y General Inquisición se convirtió en un “bastión de sensatez, prudencia y racionalidad” y no permitió que se quemara una sola bruja en las nueve “complicidades de brujas” en las que intervino entre 1526 y 1596, según Joseph Pérez. Del análisis de los procesos inquisitoriales se deduce que la Inquisición se ocupó relativamente poco de los asuntos de brujería y que aplicó sentencias benignas.

 

En 1595, del caso de los brujos del valle de Araiz, se encargó el Consejo Real de Navarra, pues como informó un licenciado “en los negocios de los bruxos y bruxas… a parescido no tratar por ahora destas causas en el Santo Oficio“. El proceso inquisitorial más grave y de mayor trascendencia contra la brujería fue el que instruyó el tribunal de la Inquisición de Logroño y que culminó en un auto de fe celebrado el domingo 7 de noviembre de 1610 en el que se aplicaron penas muy duras: de los 29 acusados de brujería seis fueron quemados vivos y cinco en efigie porque habían muerto en prisión. Según Joseph Pérez, si lo comparamos con los centenares de ejecuciones que se producen al mismo tiempo en territorio francés, al otro lado de los Pirineos, este veredicto puede parecer clemente. En España resulta escandaloso”.

 

Con la Ilustración desaparece la obsesión por la brujería y en el siglo XVIII tienen lugar las últimas sentencias en las que alguna mujer es condenada por bruja. En Inglaterra y en Escocia en 1722, en Francia en 1746, en Alemania en 1775, en Suiza en 1782 y en Polonia en 1793. El ilustrado español Benito Feijóo se ocupó de desacreditar la brujería con argumentos racionales, aunque por ello fue objeto de críticas por parte de personas que seguían creyendo en ellas—”Hay brujas, las ha habido y las habrá“, como le dijo en Cuenca a Antonio Ponz una persona que presumía de instruida—.   Feijoo quería lograr el “desengaño de errores comunes” para lo que, apoyándose en “la experiencia y la razón“, se dedicó a vapulear sin descanso a las trasnochadas creencias vulgares que medran en la brujería, hechicería, astrología, posesión diabólica, magia y ridículas milagrerías. Su obra tuvo una enorme difusión como lo demuestra que antes de 1800 se habían hecho, al menos, 214 ediciones de sus libros. Los ilustrados de la siguiente generación también se ocuparon del tema, como Jovellanos, convencido del “efecto infalible de la propagación de las luces” para alcanzar la felicidad y el progreso de los pueblos. Francisco de Goya compartió completamente las nuevas ideas y se relacionó con el grupo de ilustrados de la “villa y corte” a donde llegó en 1774 desde su Aragón natal. Entabló una gran amistad, por ejemplo, con Leandro Fernández de Moratín quien en la última década del siglo XVIII empezó a preparar la edición crítica de la relación del proceso de las brujas de Zugarramurdi editada en Logroño en 1611.

 

Julio Caro Baroja también ha destacado la influencia que seguramente tuvo en Goya la edición crítica que hizo su amigo  Moratín de la relación del este proceso sobre las brujas de Zugarramurdi, pero según el historiador y antropólogo vasco, “Goya dio un paso más adelante que Moratín” ya que “intuyó algo que hoy día vemos claro, a saber: que el problema de la Brujería no se aclara a la luz de puros análisis racionalistas… sino que hay que analizar seriamente los oscuros estados de conciencia de brujos y embrujados para llegar más allá”. Así Goya “nos dejó unas imágenes de tal fuerza que en vez de producir risa nos producen terror, pánico”.

 

Caro Baroja señala el parentesco entre las brujas “canónicas” de nuestra tradición y las hechiceras de la Antigüedad. En Grecia y Roma la magia, utilizada con fines benéficos, se consideraba lícita y estaba incluso institucionalizada. Resalta que formaba un todo integrado con la religión: ambas pertenecían a una esfera numinosa paralela a la del mundo natural, y que podía operar sobre él. Pero había también una magia maléfica, amparada por divinidades asociadas a la noche, como Diana, Selene o Hécate. En la literatura clásica aparece, con caracteres muy bien definidos, la figura de la hechicera, aunque era una figura, de todos modos, más parecida a la Celestina que a la bruja adoradora del diablo. Aunque el cristianismo asimiló los antiguos dioses a demonios, tardó mucho en cuajar esa imagen.

En toda la primera Edad Media, la doctrina sostenida generalmente por la Iglesia era la de la tesis de San Agustín: que los hechos que se atribuían a las brujas no eran reales, sino resultado de un “ensueño imaginativo” (que, eso sí, pudiera estar inspirado por el diablo). Hacia el siglo XIII, sin embargo, se produce un giro. La autoridad de Santo Tomás sucede a la de San Agustín; se consideran reales las actividades de brujería, y es ahora cuando comienzan en serio las persecuciones. Esta época dura hasta principios del siglo XVII cuando en las clases cultas de Europa se produce un nuevo cambio en el sistema de pensamiento que acaba de raíz con las concepciones mágicas.

De modo que en contra de lo que suele creerse, las brujas y su persecución no son un fenómeno característico de la “tenebrosa edad media”, sino de periodos en teoría más luminosos: su apogeo se da en pleno Renacimiento. Otro tópico que desmontan Joseph Pérez y  Caro Baroja es el de la crueldad de la Inquisición. En realidad, cuando los tribunales civiles actuaron por su cuenta, fueron casi siempre más fanáticos y menos escrupulosos con las declaraciones y las pruebas. Esto no significa, claro está, que los tribunales de la Inquisición pudieran compararse a los actuales, pero hubo casos modélicos, como el del inquisidor D. Alonso de Salazar y Frías. Miembro del tribunal que condenó en 1610 a las brujas de Zugarramurdi (con su voto en contra) se pasó luego mucho tiempo revisando el caso, entrevistando a más de mil personas, y llegó a la conclusión de que todo habían sido embustes, perjurios y fantasías: “tengo por muy más que cierto que no ha pasado real y corporalmente ninguno de los actos deducidos o testificados en este negocio”.[4]

 

En un próximo capítulo se tratará de la brujería en la actualidad que tan extendida está por todo el mundo y naturalmente en España, lo que no deja de producir cierto escalofrío de temor, ante lo cual debemos recordar el consejo de un religioso avezado en estas lides:

 

El único temor que debes tener es el de ofender a Dios

 


 

[1] Morgana Sythove, “Más Allá de la Escoba”. WhyteTracks, España, 2011.    

[2] http://www.corazones.org/apologetica/practicas/brujeria.htm

[3] Joseph Pérez (Laroque-dÓlmes, Ariège, Francia 14 de enero de 1931), es un historiador e hispanista francés. Es hijo de emigrantes españoles de la localidad valenciana de Bocairente (localidad de la que es hijo adoptivo). En 1955 fue nombrado profesor agregado de español (1955) por la Escuela Superior de Saint Cloud. Entre 1989 y 1996 dirigió la Casa de Velázquez (Madrid). Se doctoró en historia en 1970 con una tesis sobre “La Revolución de las Comunidades de Castilla (1520-1521)”, traducida al español en 1977. Fundador del centro hispanista La Maison des Pays Iberiques. Catedrático de civilización española e hispanoamericana y presidente honorario de la Universidad de Burdeos; miembro del Directorio delCentre National de la Recherche Scientifique. Miembro correspondiente de la Real Academia de la Historia y doctor honoris causa de la Universidad de Valladolid. Cuenta además entre otros honores con la gran cruz de la Orden de Alfonso X el Sabio, es Comendador de la Orden de Isabel la Católica y también oficial de la Legión de Honor.

El 25 de enero de 2007 el pleno del Ayuntamiento de Bocairente, por unanimidad de sus miembros, acordó concederle el título de Hijo Adoptivo de Bocairente, lugar de nacimiento de sus padres y sus tres hermanos. El acto institucional se celebró el  30 de marzo de 2007 en el salón de Plenos de esa localidad.Ha sido galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 2014.

Ha escrito numerosos artículos, en especial en Bulletin Hispanique; hizo una edición de El caballero de Olmedo de Lope de Vega y está especializado en la formación y nacimiento del estado español moderno y en los de las naciones latinoamericanas. Entre sus libros destacan La emancipación de HispanoaméricaIsabel y Fernando, los Reyes CatólicosLa España de Felipe II y Carlos V.

[4] Julio Caro Baroja: “Las brujas y su mundo”

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