El Concilio de Trento, la confesión y la misericordia.

Por Fernando Pascual | fpa@arcol.org

El Concilio de Trento, la confesión y la misericordia.

El tema de la misericordia ocupa un lugar clave en nuestra fe católica. Brilla en las páginas del Antiguo y del Nuevo Testamento. Es el centro de la predicación de Cristo y de los primeros cristianos. Recorre la historia de la Iglesia desde sus inicios hasta nuestros días.

 

El Concilio de Trento, el penúltimo concilio dogmático de la Iglesia, también habló de la misericordia. Podemos ahora fijarnos solamente en lo que se dice sobre el tema en el decreto dedicado al sacramento de la penitencia, aprobado el 25 de noviembre de 1551.

 

El capítulo 1 de este documento recoge los motivos por los que Dios instituyó este sacramento. El inicio del texto es especialmente hermoso:

 

“Si tuviesen todos los reengendrados tanto agradecimiento a Dios, que constantemente conservasen la santidad que por su beneficio y gracia recibieron en el Bautismo, no habría sido necesario que se hubiese instituido otro sacramento distinto de este, para lograr el perdón de los pecados”.

 

Sí: la gratitud bien vivida es capaz de ayudar a cualquier cristiano a no pecar tras el sacramento que nos une a Cristo, el bautismo. Pero Dios conocía nuestra flaqueza, por lo que nos ofreció un sacramento como segunda oportunidad. Así sigue el capítulo 1, donde ya aparece la palabra misericordia.

 

“Mas como Dios, abundante en su misericordia, conoció nuestra debilidad, estableció también remedio para la vida de aquellos que después [del bautismo] se entregasen a la servidumbre del pecado, y al poder o esclavitud del demonio; es a saber, el sacramento de la Penitencia, por cuyo medio se aplica a los que pecan después del Bautismo el beneficio de la muerte de Cristo”.

 

El motivo está en el deseo que tiene Dios de ofrecer a todos los hombres la “gracia y la justificación”. A través de la conversión y la penitencia, se obtiene el perdón con el bautismo a quien todavía no ha recibido el primer sacramento. Luego, si algún bautizado vuelve a pecar, la penitencia lo acerca y prepara para la confesión sacramental.

 

La Penitencia como sacramento fue instituida por Cristo, como se explica en el texto, “cuando resucitado de entre los muertos sopló sobre sus discípulos, y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo: los pecados de aquellos que perdonáreis, les quedan perdonados; y quedan ligados los de aquellos que no perdonáreis» (Jn 20,22-23)”.

 

El capítulo 2 explica las diferencias entre el Bautismo y la Penitencia. Al final, subraya la importancia de ambos sacramentos y sus aspectos diferentes: “es tan necesario este sacramento de la Penitencia a los que han pecado después del Bautismo, para conseguir la salvación, como lo es el mismo Bautismo a los que no han sido reengendrados”.

 

Después de un breve capítulo 3, que enumera las partes del sacramento de la Penitencia, el capítulo 4 trata de la contrición, un dolor por los pecados que resulta fundamental, pues prepara al pecador “hasta lograr la remisión de sus culpas, si se agrega a la contrición la confianza en la divina misericordia, y el propósito de hacer cuantas cosas se requieren para recibir bien este Sacramento”.

 

Como se nota, en las líneas anteriores aparece nuevamente la idea de la misericordia divina, que ocupa un lugar central en la Penitencia y que permite la confianza necesaria para acercarse a un Dios que desea perdonarnos.

 

El capítulo 4, además, explica la diferencia entre el dolor perfecto (contrición) y el dolor imperfecto (atrición), e indica cómo el segundo también es fruto de la acción de Dios en el alma, prepara a recibir el sacramento, y abre los corazones para acoger la misericordia divina, como se ve en el famoso texto (citado aquí) de la conversión de los habitantes de Nínive ante la predicación de Jonás (cf. Jon 3).

 

En el siguiente capítulo encontramos la petición explícita de confesar (declarar) todos los pecados al confesor, para que así pueda juzgar adecuadamente y dar una penitencia que se adapte al penitente, además de ofrecer lo más importante: la “sentencia de perdón” (que es, en el fondo, el núcleo de la misericordia). En este capítulo vuelve a aparece la palabra “misericordia”:

 

“En consecuencia, cuando los fieles cristianos se esmeran en confesar todos los pecados de que se acuerdan, los proponen sin duda todos a la divina misericordia con el fin de que se los perdone”.

 

Los capítulos 6 y 7 hablan del ministro de este sacramento (el sacerdote ordenado) y de algunas situaciones particulares, mientras que el capítulo 8 presenta el sentido y los beneficios de la satisfacción (“cumplir la penitencia”, según una expresión usada frecuentemente). El último capítulo explica cómo a través de otras obras podemos también satisfacer por nuestros pecados.

 

El Concilio de Trento nos ha dejado un hermoso mensaje de misericordia, que nace del mismo corazón de Cristo: si vino al mundo es para anunciar un bautismo que perdona los pecados, y para inaugurar el tiempo de la misericordia, que se ofrece también, con el sacramento de la confesión, a cuantos hemos pecado después del bautismo.

 

Por eso, como nos enseña la Palabra de Dios, debemos continuamente dar gracias al Padre de las misericordias por sus dones, porque su Amor es eterno; y porque ha dejado a la Iglesia el hermoso encargo de anunciar el perdón de los pecados y de acoger a los pecadores como Cristo mismo los acogía con una bondad y ternura infinitas

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