Martirio del joven sacerdote menorquín Juan Huguet

Artículo publicado en el número 134 de El Babazorro.

Martirio del joven sacerdote menorquín Juan Huguet

“Cerca de mil mártires de la Fe durante la persecución religiosa en la España de los años 30 del siglo XX, han sido ya Beatificados.”

 

Así dice Alfa y Omega del 10 de Mayo de 2012.

(Aclaremos. Mártires de la persecución religiosa en la “Zona Roja” durante la Cruzada de 1936 a 1939. No seamos timoratos.)

 

Pero hay muchos más, en Octubre de 2013, se celebró una nueva gran ceremonia de beatificación. Al término de la última Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal, el Secretario General. Monseñor Martínez Camino aludió al testimonio del joven sacerdote menorquín Don Juan Huguet. La mañana del 23 de Julio de 1936 (no era “una mañana de los años 30, sino de la guerra de 1936), el día que lo fueron a matar, el joven sacerdote Juan Huguet se apresuró a poner a salvo la Eucaristía reservada en el Sagrario. Y por la tarde, después de exclamar: ¡Viva Cristo Rey! y recibir dos tiros en la cabeza, fue el mismo Señor el que lo acogería a él y le guardaría para la vida eterna. (Seamos correctos. Todo esto ocurría a manos de los “rojos”. No tengamos miedo de decirlo como el periodismo en general oculta esta faceta. Era la guerra. El enemigo -al que yo personalmente no guardo ningún rencor pues creo como buen cristiano- asesinó a miles y miles de sacerdotes, frailes y monjas…).

 

A Juan Huguet, ya se lo había anunciado Monseñor Manuel Irurita, Obispo navarro, en Barcelona, y también Mártir de “los rojos”.

 

“Estáis destinados al sacrificio y a la muerte”. Fueron palabras de Monseñor Irurita el día de la Ordenación del Padre Huguet, el 5 de Junio de 1936. Estas palabras proféticas, se cumplirían apenas un mes después. Pero ser Mártir, igual que ser Santo, no se improvisa. Durante los últimos años en el Seminario, el Señor fue dando al joven Huguet un corazón bien dispuesto, como cuando fue a Roma en peregrinación y visitó el lugar del martirio de los primeros cristianos; o cuando tuvo ocasión de tratar a varios seminaristas mexicanos que habían huido a España después de la violenta persecución anticlerical desatada en su país y que fueron acogidos generosamente por el Obispo de Menoría en su Seminario, vocación de Mártir. Durante unos ejercicios espirituales, el joven seminarista escribió: “Señor, soldado tuyo soy, alistado en tu ejército y si he de entregar mi vida, ahí la tienes, a tus pies Señor”.

 

Su padre comenta: varias veces le oí decir: “Si un día he de dar la vida por Cristo… con gusto la daré”.

El 23 de Julio de 1936 el Padre Juan celebró su última Misa.

Por la tarde, varios milicianos se presentaron en su casa y le obligaron a ir con ellos al Ayuntamiento. Le registraron y le despojaron de la sotana y al encontrarle un rosario le conminaron a que lo profanara. El comandante Pedro Marqués le amenazó con una pistola gritándole: “Escupe ahí… escupe o te mato”. Juan negó con la cabeza y seguidamente extendiendo los brazos en Cruz exclamó con voz fuerte: “¡Viva Cristo Rey!”, a lo que el comandante respondió pegándole dos tiros en la cabeza. El mártir tardó en morir.

El obispo Monseñor Juan Torres pidió a la familia que conservara la ropa con que fue asesinado sin lavar, pues sabía que se trataba de los vestidos de un mártir y eran verdaderas reliquias.

Su madre, a cambio, lo vistió para su entierro con las vestiduras con las que ofició su primera Misa. Pero no hay mártir sin asesino.

 

El Señor hizo el milagro. El comandante Pedro Marqués tras la guerra fue detenido y condenado a muerte por los crímenes cometidos… pero antes, mostró su profundo arrepentimiento y recibió los Santos Sacramentos antes de ser ajusticiado.

Tras recibir la Eucaristía, Marqués se acercó al sacerdote y se despidió de este mundo así: “Abrazo a este sacerdote en reparación del crimen que cometí matando a aquel sacerdote en Ferrerías”.

Así, de este modo, la Iglesia perdió a un sacerdote, pero puede contar entre sus filas con un mártir y a un confeso.

La conversión de Marqués fue la gracia de Dios.

 

Por Félix Urrizburu Cabodevilla

 

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