¿Sustituirá  la   tribu    a  la  familia? 

¿Sustituirá  la   tribu    a  la  familia? 

 

Si de algo pueden presumir las distintas variantes de izquierda es de reunir en sus filas un ramillete de donas que nos han obsequiado con declaraciones asombrosas por su estulticia, pero en este momento, la que se lleva la palma es la diputada de la Candidatura de Unidad Popular (CUP)  Anna Gabriel al plantear  “tener hijos en  colectivo  y que los eduque  «la tribu»”.

Defiende que la bondad de este modelo es que “son tan hijos tuyos los hijos o hijas que has tenido tú como los que ha tenido el resto”, por lo que no hay un sentimiento de pertenencia hacia el hijo biológico que, a su juicio, empobrece el actual modelo. “Me satisfaría tener hijos en grupo, en colectivo” asegura  la diputada[1] de la CUP, (el conglomerado de grupos de izquierda independentista radical, es decir, según La Vanguardia, “la escoba contra el sistema”), porque ve “muy pobre” el modelo de familia nuclear. “La concepción de la maternidad o de la patenidad no está tan individualizada, no se centra con un núcleo tan pequeño como aquí, la concepción es que quién educa es la tribu”, ha argumentado. Sobra decir que esta señora no tiene hijos, una de las razones por las que pontifica de manera tan difícil de asumir por las que sí han experimentado el doloroso placer de ser madres.

Esta teoría que algunos consideran “moderna”, la expuso en 1921 Alexandra Kollontai[2]. Su contribución más original, que iba a suscitar un amplio debate en la historia de la emancipación femenina, incluso fuera de Europa, tiene que ver con la idea de la libertad sexual. En la línea tradicional de Marx y Engels, Kollontai afirmaba que en la sociedad comunista, la igualdad, el reconocimiento recíproco de los derechos y la comprensión fraternal debían constituirse en principios rectores de las relaciones entre hombres y mujeres. Sostuvo, pues, el derecho de la mujer a una total paridad con el hombre en la vida social, familiar y sexual. Escribió acerca de temas sociales, de la mujer y promovió el amor libre. Posiblemente de estas teorías bebió Dolores Ibarruri cuando ante el paciente Julián Ruiz puso en práctica lo de: “Hijos sí, maridos no”.

 

En El origen de la familia, la propiedad privada y el estado, Federico Engels profundiza el análisis marxista de la familia y el matrimonio. Postula que el aspecto fundamental de la vida y la sociedad de los seres humanos es la producción y la reproducción de la vida: es decir, la producción de los medios para satisfacer las necesidades básicas (comida, ropa, techo y las herramientas necesarias para su producción); y la reproducción de los seres humanos (la procreación y la crianza de los niños). No es casualidad que Engels haga referencia al antagonismo entre el hombre y la mujer en el matrimonio monógamo, como el primer contraste de clase que aparece en la historia e identifica la opresión del sexo femenino por el masculino, como el primer episodio de la opresión de clase. En este texto podemos leer: “en la familia él (el hombre) es el burgués, la mujer representa al proletario”.

 

Estas ideas fueron recogidas y expuestas por Kollontai en El Comunismo y la familia”, en el que plantea claramente la misma organización familiar, porque según afirma, la familia, en su forma actual, no es más que una de tantas herencias del pasado. Sólidamente unida, compacta en sí misma en sus comienzos, e indisoluble –tal era el carácter del matrimonio santificado por el cura, la familia era igualmente necesaria para cada uno de sus miembros. Porque ¿quién se hubiera ocupado de criar, vestir y educar a los hijos de no ser la familia? ¿Quién se hubiera ocupado de guiarlos en la vida? Pero, desde hace un siglo, esta forma corriente de familia ha experimentado una destrucción progresiva en todos los países del mundo, en los que domina el capitalismo; y como el salario del hombre, sostén de la familia, resultaba insuficiente para cubrir las necesidades de la misma, la mujer se vio obligada a su vez a buscar trabajo. El capitalismo ha cargado sobre los hombros de la mujer trabajadora un peso que aplasta; la ha convertido en obrera, sin aliviarla de sus cuidados de ama de casa y madre.

 

Entonces se muestra muy preocupada por la vida familiar que pueden ofrecer un padre y una madre que pasan fuera de casa la mayor parte de las veinticuatro horas del día, entregados a un duro trabajo, que les impide dedicar unos cuantos minutos a sus hijos. Y pasa a ofrecer la solución al problema:

“En una Sociedad Comunista la mujer trabajadora no tendrá que pasar sus escasas horas de descanso en la cocina, porque en la Sociedad Comunista existirán restaurantes públicos y cocinas centrales en los que podrá ir a comer todo el mundo. Lo mismo se puede decir del lavado de la ropa y demás trabajos caseros. No tendrá más que llevarla cada semana a los lavaderos centrales para ir a buscarla después lavada y planchada. De este modo tendrá la mujer trabajadora una preocupación menos. La organización de talleres especiales para repasar y remendar la ropa ofrecerá a la mujer trabajadora la oportunidad de dedicarse por las noches a lecturas instructivas, a distracciones saludables, Todavía tendremos que luchar con el problema de los hijos. Pero en lo que se refiere a esta cuestión, el Estado de los Trabajadores acudirá en auxilio de la familia, sustituyéndola; gradualmente, la Sociedad se hará cargo de todas aquellas obligaciones que antes recaían sobre los padres. Bajo el régimen capitalista la instrucción del niño ha cesado de una obligación de los padres. El niño aprende en la escuela. En cuanto el niño entra en la edad escolar, los padres respiran más libremente. Cuando llega este momento, el desarrollo intelectual del hijo deja de ser un asunto de su incumbencia. Sin embargo, con ellos no terminaban todas las obligaciones de la familia con respecto al niño. Todavía subsistía la obligación de alimentar al niño, de calzarle, vestirle, convertirlo en obrero diestro y honesto A medida que van desapareciendo uno a uno los trabajos domésticos de la familia, todas las obligaciones de sostén y crianza de los hijos son desempeñadas por la sociedad en lugar de por los padres. Bajo el sistema capitalista, los hijos eran con demasiada frecuencia, en la familia proletaria, una carga pesada e insostenible”.El hombre nuevo, de nuestra nueva sociedad, será moldeado por las organizaciones socialistas, jardines infantiles, residencias, guarderías de niños, etc., y muchas otras instituciones de este tipo, en las que el niño pasará la mayor parte del día y en las que educadores inteligentes le convertirán en un comunista consciente de la magnitud de esta inviolable divisa: solidaridad, camaradería, ayuda mutua y devoción a la vida colectiva”.

La Sociedad Comunista se acercará al hombre y a la mujer proletarios para decirles: «Sois jóvenes y os amáis». Todo el mundo tiene derecho a la felicidad. Por eso debéis vivir vuestra vida. No tengáis miedo al matrimonio, aun cuando el matrimonio no fuera más que una cadena para el hombre y la mujer de la clase trabajadora en la sociedad capitalista. Y, sobre todo, no temáis, siendo jóvenes y saludables, dar a vuestro país nuevos obreros, nuevos ciudadanos niños. La sociedad de los trabajadores necesita de nuevas fuerzas de trabajo; saluda la llegada de cada recién venido al mundo…. Una vez haya desparecido el matrimonio tal y como lo consagraba la Iglesia –esto es, el llamado matrimonio indisoluble, que no era en el fondo más que un mero fraude–, una vez este matrimonio sea sustituido por la unión libre y honesta de hombres y mujeres que se aman y son camaradas habrá comenzado a desaparecer otro vergonzoso azote, otra calamidad horrorosa que mancilla a la humanidad y cuyo peso recae por entero sobre el hambre de la mujer trabajadora: la prostitución.

El desenfreno de dar rienda suelta a las pasiones, el niño “moldeado” por las organizaciones socialistas, haciéndole un lavado de cerebro para convertirle en comunista, la falta de libertad para poder escoger entre un sistema y otro, es la sociedad que proponen a cambio de la destrucción de la familia tradicional. Sin embargo, hay que decir que esto que la diputada Gabriel propone como una “ideica” novedosa, además de en la URSS, fue puesta en práctica y más cerca a nosotros en el tiempo, por los jemeres rojos camboyanos quienes entre 1975 y 1979 llevaron a cabo un plan de sustitución sistemática de la familia por el Partido en el que ser padres y querer formar un hogar con los propios hijos en él, ya era considerado «contrarrevolucionario».

Así lo relata Pin Yathay en un libro que en castellano se titula: La Utopía asesina: el testimonio del genocidio camboyano” (Bruselas, 1989): “Pol Pot[3], desaparecido en la guerrilla desde 1963, no hizo nada para reanudar el contacto con su familia, ni siquiera con posterioridad al 17 de abril de 1975 y la caída de Nom Pen ante sus jemeres rojos.  Así pues, sus dos hermanos y su cuñada fueron deportados con el resto, y uno de ellos murió enseguida. Los dos supervivientes, al descubrir más tarde, gracias a un retrato oficial, la identidad real del dictador, pensaron (sin duda con motivo) que lo mejor era no hacer públicas sus relaciones con él.”El régimen hizo todo lo posible para aflojar o romper los lazos familiares. Comprendió que constituían una escollera de resistencia espontánea frente al proyecto totalitario de una dependencia exclusiva de cada individuo en relación con el Angkar[4]. La unidad de trabajo disponía con frecuencia de sus propios «locales» (a menudo simples esteras, o hamacas), incluso a poca distancia del pueblo. Era muy difícil conseguir autorización para dejarla: debido a ello, los maridos se veían muchas veces alejados de sus esposas durante varias semanas; los niños eran apartados de sus padres y hermanos mayores; los adolescentes podían pasar seis meses sin autorización para ver a su familia, sin noticias, para terminar encontrándose en ocasiones, cuando volvían, con que todos habían muerto.

En un contexto muy poco humanista, es preciso ver que la voluntad del poder se arrogó el monopolio de la violencia legítima, y disolvió todas las relaciones de autoridad que escapaban a su control. El mayor desprecio era el dispensado a los sentimientos familiares: podían encontrarse separados unos de otros, con frecuencia definitivamente, por no haber conseguido embarcar en el mismo camión, o porque dos carretas que iban en un convoy tenían orden de no tomar la misma ruta de deportación. Poco les importaba a los mandos que viejos o niños se encontrasen entonces aislados: «No os preocupéis. El Angkar cuidará [de ellos]. ¿O es que no tenéis confianza en el Angkar?» Cualquiera era el valiente que se atrevía a ponerlo en duda.

“Estaban atentos a cualquier signo externo de una buena vida, educación, riqueza y poder, tales como buena ropa, manos suaves y aspecto de estar bien alimentado, lo que era motivo para ser separado e interrogado en los rudimentarios puntos de control en las encrucijadas de las rutas. Todo el que admitía ingenuamente en esas primeras fechas que era un burócrata, empresario, profesor, médico o ingeniero era fusilado. Comenzaba la «venganza de clases». El usar gafas con cristales gruesos se volvió peligroso, porque se le consideraba un símbolo de intelectualidad, amor por leer, pensar y, por tanto, criticar. Deshacerse de ellas, como de los libros, era exigido por los polpotistas para ser perdonado. Para dicha de muchos, los Jemeres Rojos decidieron destruir los documentos de identidad, permitiéndoles inventarse una nueva identidad”.

Actitudes similares se sufrieron en España en la zona republicana durante la guerra civil, pero en Camboya la degradación humana también fue terrible: “¿El hombre vale únicamente lo que vale la bestia? Se podía perder la vida por haber extraviado un buey, y ser torturado hasta la muerte por haberlo golpeado. Hubo hombres que fueron uncidos al arado y azotados sin piedad por no haberse mostrado a la altura de la vaca que iba delante de ellos. La vida humana tiene poco valor… “Tienes inclinaciones individualistas. (…) Debes (…) liberarte de tus sentimientos“, replica un soldado jemer rojo a Pin Yathay, que pretendía conservar a su lado a su hijo herido. Cuando pocos días más tarde, muerto el niño, quiso ir a verle, Pin Yathay hubo de justificarse, para conseguir, a duras penas, la autorización de ir a ver el cuerpo de su hijo, porque, enfermo, podía “derrochar [sus] fuerzas en detrimento del Angkar”. No tiene derecho a ver a su mujer en el hospital, so pretexto de que “el Angkar se ocupa de eso”. Por ir a ayudar a una vecina gravemente enferma y a sus dos niños pequeños, se ganó este comentario de un jemer rojo: “No es su deber ayudarla, al contrario, esto demuestra que todavía tiene usted piedad y sentimientos de amistad. Hay que renunciar a esos sentimientos y extirpar de su mente las inclinaciones individualistas. Y ahora, vuelva a su casa”.

La aversión comunista a la institución familiar en cuanto “alienante” y “burguesa” y las acusaciones de individualismo, las ha copiado Anna Gabriel de estos maléficos sistemas políticos.

Ante la peligrosa situación que atraviesa la familia, el cardenal Carlo Caffarra, arzobispo de Bolonia y miembro del Pontificio Consejo para la Familia y la Pontificia Academia para la Vida, ha manifestado que  la ideología de género y las políticas anti-familia parecen tan fuertes que ha llegado a la siguiente respuesta: todo esto es una obra diabólica,” (literalmente). Asegura que” se produce una grave injusticia hacia los niños, al ser transformados de sujetos de derecho como cada persona humana, en objetos de deseo de las personas adultas. Hemos vuelto al paganismo, donde el niño no tenía ningún derecho. Era sólo un objeto “a disposición de”. Por lo tanto, insiste, “en mi opinión es una iniciativa (la de las manifestaciones en pro de la familia) positiva que hay que sostener”, con ello cumple con el objetivo de San Juan Pablo II al instituir el Pontificio Consejo para ayudar a las familias cristianas a cumplir la misión educativa, evangelizadora y apostólica a que están llamadas. Afirma también la necesidad de no permitir la irrelevancia cultural de los católicos en la sociedad.

El cardenal africano Robert Sarah en Washington ante numerosos líderes católicos reunidos el martes en el 12º Desayuno Católico de Oración afirmó que la ideología de género es “demoníaca” y un “impulso mortal” que ataca a las familias. En su ponencia, el Cardenal dijo que en ningún lugar la persecución religiosa es “más clara que en la amenaza de las sociedades contra las familias a través de la una demoniaca ideología de género, un impulso mortal que se experimenta en un mundo que extirpa cada vez más a Dios a través de la colonización ideológica”.

El Prefecto dijo también que defender a la familia es una tarea fundamental en la sociedad de hoy: No es una guerra ideológica. Se trata en realidad de defendernos a nosotros mismos, a nuestros hijos y a las generaciones futuras ante una ideología demoniaca (la ideología de género) que dice que los niños no necesitan madres y padres. Niega la naturaleza humana y quiere extirpar a Dios de generaciones enteras”. “La ruptura de las relaciones fundamentales en la vida de la persona –a través de la separación, el divorcio o las imposiciones distorsionadas de la familia como la convivencia y las uniones del mismo sexo– es una herida profunda que cierra el corazón al amor que se dona hasta la muerte y que lleva al cinismo y a la desesperanza”. Estas situaciones, continuó el Cardenal, “dañan a los niños pequeños al infligirles una duda existencial profunda sobre el amor. Son un escándalo y un obstáculo que hace que los más vulnerables no crean en tal amor, y un peso que aplasta y que puede impedir que se abran al poder sanador del Evangelio”.

Defendamos pues, con valentía nuestros principios morales, porque cada vez es más imprescindible. Tratemos así de colaborar en la medida de nuestras fuerzas en la lucha que Sor Lucía de Fátima profetizó tanto en la entrevista con el propio Santo Padre como en la carta al cardenal Caraffa, en la que afirma que la familia y la vida serían el campo de batalla final con el Mal.

Dios contra Satanás:

la última batalla, “el enfrentamiento final”, será sobre la familia y sobre la vida.

(Sor Lucía de Fátima)


 

[1] Anna Gabriel Sabaté (Sallent de Llobregat, 1975) es una educadora social, profesora de derecho y política española. Desde octubre de 2015 es diputada al Parlamento de Cataluña por la Candidatura d’Unitat Popular. Milita en esta formación desde 2002. Es miembro de Endavant y pertenece al equipo fundador del colectivo Terra i Llibertat. Afiliada a la Confederación General del Trabajo, de 2003 a 2011 fue concejala del Ayuntamiento de Sallent. De 2013 a 2015 fue coordinadora técnica del Grupo CUP-EA en el Parlamento de Cataluña. Tras estudiar Educación Social, se licenció posteriormente en la Universidad Autónoma de Barcelona, donde es profesora asociada de Historia del Derecho. Pertenece a una familia minera. Su madre militó en el PSUC, su abuelo era de la CN, al igual que su bisabuelo. Anna Gabriel y su hermano fueron los primeros independentistas de la familia.

[2] Alexandra Domontovic: (San Petersburgo, 1872 – Moscú, 1952) Política soviética. Hija de un general ayudante del Zar, al terminar sus estudios en Suiza se adhirió al movimiento socialista e ingresó en el Partido Obrero Socialdemócrata Ruso, dentro del cual militó, en primer lugar, en la corriente bolchevique, para pasar en seguida a la tendencia menchevique. Al estallar la Primera Guerra Mundial se hizo colaboradora de la revista de Trotski, Nase Slovo: fueron los años de la teorización sobre una alianza con los bolcheviques. En 1915 abrazó de nuevo la ideología de estos últimos y, dos años más tarde, después de la revolución de febrero, expresó su coincidencia con las “tesis de abril” de Lenin, y formó parte del grupo de dirigentes de la insurrección armada.

Tras el VIII Congreso del Partido, se alineó con la izquierda de Bujarin, que se negaba a aceptar las condiciones de paz impuestas por Alemania. A partir de los años veinte, se convirtió en uno de los representantes más convencidos de la llamada “oposición obrera”, una corriente muy destacada de la izquierda obrerista, que expresaba claras discrepancias ante la dirección del Partido, al que acusaba de excesivo centralismo y de limitar la libertad de discusión. En el programa y en la línea que inspiraba la tendencia obrerista se encontraba el nuevo papel que iba a asumir el sindicato: el control y la gestión de la industria.

En 1921, las diferentes tendencias que caracterizaban el debate interno del Partido fueron disueltas. Kollontai se adhirió a la “Declaración del 22”, que retomaba algunas ideas de la “oposición obrera”. Fue acusada de sectarismo y amenazada con la expulsión del partido. Kollontai, que criticaba explícitamente la línea política de Stalin, fue alejada del país y enviada en misión diplomática a Noruega, México y Suecia. Fue la primera mujer que ocupó el cargo de embajadora.

El conjunto de su obra, sus numerosos artículos y discursos, con su lucidez y coherencia, representa aún hoy en día un manifiesto original para una historia de la liberación femenina. Entre sus trabajos destacan: La mujer ante el desarrollo social(1909); Sociedad y maternidad, de 1916; La nueva moral y la clase obrera, de 1918; y Autobiografía de una comunista sexualmente emancipada (1926),”El comunismo y la familia”(1921).

[3] Saloth Sar era su nombre real. Revolucionario y dictador comunista de Camboya (Kompong Thom, 1928 – Sa Ngaam, 1998), procedente de una familia campesina, fue monje durante algún tiempo en un monasterio budista. Durante la Segunda Guerra Mundial (1939-45) se unió a las fuerzas de Ho Chi Minh que luchaban contra la dominación colonial francesa en Indochina y contra la ocupación japonesa. Al acabar la guerra, ingresó en el Partido Comunista de Camboya (1946) y realizó una estancia en París (1949-53), durante la cual se dedicó a la agitación política y no sacó adelante sus estudios de electrónica. Luego fue maestro en Phnom Penh (1954-63), hasta que decidió consagrarse por entero a la reorganización del partido y a la lucha clandestina, primero contra el régimen del príncipe Norodom Sihanuk y luego contra la dictadura militar de Lon Nol. Creó el movimiento guerrillero de los jemeres (o khmer) rojos, inspirados por la doctrina de Mao Zedong, con el cual acabó derrocando a los militares y tomando el poder en 1976.

Durante los tres años de régimen jemer, Pol Pot ejerció una dictadura maoísta a ultranza, dispuesta a exterminar todo rastro de burguesía, clases medias, intelectuales, disidentes, vida urbana e influencia occidental. Impuso trabajos forzados, campos de concentración, torturas y asesinatos en masa, que provocaron más de un millón de muertos (casi dos millones si se cuentan los efectos del hambre que también causó su régimen). En 1979 fue derrocado por una intervención militar del vecino Vietnam (prosoviético). Pol Pot se refugió en la jungla, encabezando nuevamente la guerrilla jemer e imponiéndose de manera sangrienta a cuantos le disputaban el mando. En 1985 se anunció oficialmente su sustitución y en 1997 fue juzgado por un tribunal de la guerrilla, en el marco de las luchas internas entre las distintas facciones de los jemeres. Acorralado por la presión militar del gobierno camboyano, de las facciones jemeres disidentes y del ejército tailandés que le impedía la retirada, murió de un ataque al corazón. La realidad es que oficialmente era prisionero del grupo que había fundado cuatro décadas atrás, los Jemeres Rojos. En esta situación, aunque los informes oficiales establecen que su muerte se debió a un ataque cardíaco, surgieron  rumores de un posible atentado a su vida. Su cuerpo fue incinerado en una hoguera de coches viejos, lugar que posteriormente fue rodeado por una barrera de láminas de hierro al norte del país, cerca del lugar de su muerte.

[4] Aproximadamente dos años después de que el PCK asumió el poder, se refirió a sí mismo como el “Angkar” (‘La Organización’). Sin embargo, el 29 de septiembre de 1977 Pol Pot declaró públicamente la existencia del PCK en un largo discurso de 5 horas de duración. Reveló el verdadero carácter de la autoridad suprema en Camboya, un oscuro cuerpo gobernante que se había mantenido excluido.

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