La dama rusa que los radicales no quieren recordar: Marina Tsvietáieva

La dama rusa que los radicales no quieren recordar: Marina Tsvietáieva

 

“La vida es un lugar donde no se puede vivir”! decía la irrepetible, compleja, sensible y desdichada escritora y no le faltaban razones para tan lapidaria afirmación. Su vida fue una continua tragedia, luchando siempre por salir adelante en un ambiente opresor y terrible y su obra no solo no recibió la aprobación del régimen bolchevique, sino que fue perseguida por Lenin y Stalin por defender su libertad de escribir sin sujeción a cortapisas e imposiciones políticas. Podríamos decir que los continuadores en España de aquél sistema, casi cien años después, la llamarían despectivamente facha por lo que, como veremos, le negaron hasta el pan y la sal.

Nació el 26 de septiembre de 1892 en Moscú. Su padre, el profesor de historia Ivan Tsvetaiev fundó el Museo Alexander III, hoy conocido como el Museo de arte Pushkin. Su madre, María Alexandrovna Meyn, cuyo deseo frustrado había sido siempre ser concertista de piano, era una mujer culta de abolengo polaco. Siendo su madre la segunda esposa de Ivan, Marina tenía dos medio hermanos. Más tarde también tendría una hermana. La tensión entre los niños era frecuente. Mientras, Ivan se mantenía ocupado en sus estudios y distante de la familia, porque, al parecer, nunca se recuperó de la temprana muerte de su primera esposa. Tampoco la madre fue más afectiva, quizás porque en su corazón seguían los rescoldos por un amor trágico antes de su matrimonio. En 1902 María contrajo tuberculosis y creyendo que un cambio de aires le haría bien, la familia realizó un viaje a Italia poco tiempo antes de su muerte en 1906. Allí, Marina por primera vez se sintió libre en la naturaleza, hasta que fue enviada a una escuela en Lausana.

En este ambiente familiar, la sensible niña Marina se encontrará con la incomprensión de su madre por su poesía y el interés porque estudiara piano, para compensar su propia ilusión frustrada, de ser pianista. Y esta incomprensión, desamor y desamparo emocional, perdurará a lo largo de su vida y la llevará a refugiarse en amistades  íntimas de ambos sexos, lo que ha sido valorado con mucha superficialidad.

En 1908 Tsvietáieva estudió historia literaria en la Sorbona, mientras cambios profundos se producían dentro de la poesía rusa, el florecimiento del movimiento simbolista[1], que luego tanto influiría en su trabajo poético a través de los llamados “poetas malditos“: el poeta estadounidense Edgar Allan Poe, que tanto repercutió sobre Charles Baudelaire y los franceses Arthur Rimbaud y Paul Verlaine.

El primer libro de poesía de Marina, Evening Album, fue auto-publicado en 1910 y  atrajo rápidamente la atención de un famoso poeta y crítico ruso que  formaba parte  de ese grupo que  surgió entre 1890 y 1917, considerado uno de los más brillantes  e interesantes de la historia intelectual rusa. Filósofos como Vladimir Soloviov, poetas y escritores encabezados por Alexander Blok, por nombrar sólo a unos pocos, constituyen una pléyade inigualable en el pensamiento y las letras europeos. Ese período extraordinario, en contraste con la “Edad de oro” de Pushkin, varias décadas antes, coincidió con un relajamiento de la censura después de la revolución de 1905, cuando el zar Nicolás II se vio obligado a conceder un parlamento o “duma” con diputados elegidos a través de elecciones libres, lo que permitió el florecimiento de las artes, la filosofía y la cultura en general. Este periodo se llamó “Edad de plata”[2] de la cultura y literatura rusa.  A este grupo pertenecía Maximilian Voloshin[3] quien por la admiración que Marina suscitó en él, se convertiría en su amigo y mentor, bajo cuya ayuda, el talento de Tsvietáieva se desarrolló rápidamente, si bien ella consiguió no adscribirse a ninguna corriente y mantenerse independiente, con un estilo propio.

En 1912, a los 19 años, Marina conoció al cadete Yakovlevich Efron de 18 años con quien se casó ese mismo año y del que tuvo dos hijas, Irina y Ariadna (Alia) y doce años después, en 1924 nacería su hijo Georguei. En  ese intervalo estalló la Revolución bolchevique y para entonces, Marina  llevaba ya acumulados en su interior algunos infiernos. En ese momento se encontraba en Crimea con su hermana Anastasia, por lo que  regresó  a Moscú con urgencia en un viaje penoso. Las noticias sobre el levantamiento bolchevique eran cada vez más alarmantes. Lo escribe: “Dos días y medio ni un bocado, ni un trago. (La garganta cerrada.) Los soldados traen los periódicos -en papel rosado. El Kremlin y todos los monumentos han sido volados. (…) 16.000 muertos. En la siguiente estación ya eran 25.000. Callo. Fumo. Mis compañeros de viaje, toman los trenes que van de regreso”.

Sergey Efron Marina Tsvieta y Sergey Efron el día de su boda en 1912.

Sergey Efron Marina Tsvieta y Sergey Efron el día de su boda en 1912.

Atrás quedaron los internados burgueses en Friburgo y Lausana, los viajes de placer a París y el confort que hasta entonces permitía a Marina pensar sin más en sí misma mientras apostaba su talento y su entusiasmo a la escritura. Pero aquel octubre de 1917, en Rusia, la vida comenzó a girar en sentido opuesto al de los intereses de millones de seres entre los que estaba, con sitio propio en las tertulias literarias de la ciudad. Tsvietáieva estaba marcada por su pasado burgués y por un marido adscrito al ejército del zar. Hasta entonces su vida había sido compleja, pero no difícil. Ahora comenzaba lo terrible. Los bolcheviques confiscaron la herencia que le había dejado su madre. Y a compás de tanto traspiés, en la biografía de esta mujer inagotable, asomó su zarpa el hambre. Y también el frío, el desconcierto, la necesidad…

En Moscú los días son feroces. Ella escribe en el diario, con algo de pulso sonámbulo, buscando razones para tanta violencia, pero sin ocultar esa singular pasión que acumulaba. Aún tiene, a sus 25 años y pese a todo, la vida por delante. Por la ciudad galopan mil rumores y otros mil desastres: el fusilamiento del zar Nicolás II, el complot para asesinar a Lenin (que desencadena una siniestra oleada de represiones por parte de la Checa en la que fueron asesinados centenares de inocentes), la epidemia de sarna, la hambruna… Se retrata en esos meses sobreviviendo desde el centro mismo de la miseria. Sin dinero. Buscando en la caridad alimentos para las hijas, hurgando en los despojos de los otros para rescatar algo que subir a casa, a la buhardilla de la calle Boris y Gleb. Detalla con dolor la visita a un almacén insalubre para conseguir un puñado de basura: “Las patatas están en el suelo: ocupan tres corredores. Las del final, las más protegidas, están menos podridas. Pero no hay otro camino para llegar que caminar por encima de ellas. Y entonces caminas: con los pies descalzos o con botas. Es como andar sobre una montaña de medusas. Congeladas se pegan unas a otras en racimos monstruosos. No tengo cuchillo y, desesperada (no siento las manos), tomo las que sean: aplastadas, congeladas, blandas…”.

En los primeros compases de la Revolución deja el último de los trabajos como archivera en el Comisariado Popular. Una iniciativa desafortunada que tendrá una consecuencia letal: la necesidad de ingresar a su hija Irina en un orfanato estatal de Kúntsevo, a las afueras de Moscú. No podía asumir la manutención de las dos niñas. Alia contrajo malaria y durante los dos meses de su convalecencia no pasó por el orfanato a preguntar por Irina. Cuando al final la vida parecía normalizarse y va a rescatar a la otra hija le dieron el peor golpe: había muerto días antes de hambre…  La muerte de su hija le provocó gran pesar y remordimiento “Tengo una pena muy grande: murió en el albergue Irina, el 3 de febrero, hace cuatro días. Y la culpa es mía. Estaba tan ocupada con la enfermedad de Alia (malaria con ataques recurrentes) y tenía tanto miedo de ir al albergue (tenía miedo de que sucediera lo que finalmente acaba de suceder), que deposité mi confianza en el destino. (…) Vivo con un nudo en la garganta, al filo del abismo. Ahora entiendo muchas cosas: la culpa de todo la tiene mi espíritu de aventura, mi manera superficial de encarar las dificultades, en última instancia la salud, mi monstruosa resistencia. Cuando para ti es fácil no ves que para el otro es difícil. Todo el mundo tiene a alguien: un marido, un padre, un hermano. Dios me castigó”. Esto lo escribe en una carta a Anna  Zvyagínsteva.

Marina Tsvietáieva no volverá a ver a su marido, perteneciente al ejército blanco, hasta seis años más tarde. Su necesidad de cariño, afecto y comprensión, hizo que su amor por Efron no pudiera evitar que tuviera otros amoríos. Especial fue su relación con Sofia Parnok,  por la que escribiría el ciclo de poemas “Amiga”, dedicado a la torturada pasión que la unió por más de un año con ella, una suerte de Don Juan femenino. En él consignó su propio acme, su pasión, sufrimiento y gozo sin disimulo ni pudor. En su diario de 1920, al recordar la cercanía de Sofía anota: “Ella podía rechazarme, volverse de piedra, aplastarme bajo sus pies, pero me amaba” (siempre su necesidad de ser querida). Alguna vez describió su ruptura con Parnok como “la primera catástrofe” de su vida. Pero ese dolor otorgó madurez a su escritura. En 1919 Marina se enamoraría de una actriz, Sonia Halliday. A ella le dedicó ese año un ciclo de poemas y más tarde, en 1937, después de la muerte de Halliday y también de Parnok, el estupendo “Relato de Soniechka“. En esta segunda relación se invirtieron los papeles: Sofía Parnok había sido la mayor y más experimentada, y Marina escribía: “Antaño para mí eras una madre”. Por el contrario, Soniechka era menor y Marina se sentía la figura maternal y protectora. Continuamente en busca de la seguridad, el apoyo y abrigo que da el amor y  que le faltó desde la infancia.

 

Los amantes se suceden, los daños, las conspiraciones. Osip Mandelshtam la odia. Vladimir Mayakovski la odia. Boris Pasternak la ama. Y como él, otros tantos hombres que se suceden en su alcoba con algo de frenesí, de cobijo, de antídoto contra la desesperación. En una de las anotaciones del diario apunta: “Moscú. Negrura. A la ciudad se puede entrar con un salvoconducto. Yo tengo uno, del todo distinto, pero es igual. (…) Las calles desiertas, desertadas. No reconozco el camino, no lo conozco. Algo atravesamos y por algo huele a heno. Suenan disparos en los puestos de guardia: alguien no se rinde”.

Compuso seis obras de teatro y poemas narrativos, incluidos The Tsar Maiden(1920), y su épica sobre la guerra civil, The Swans Encampment, que glorificaba a aquellos que lucharon contra los comunistas, no en balde, entre ellos estaba su marido. En mayo de 1922, Tsvietáieva y Ariadna dejaron la Unión Soviética para reunirse con Efron en Berlín. Allí publicó las colecciones SeparationPoems to Blok, y el poema The Tsar Maiden. En agosto de 1922, la familia se mudó a Praga, donde Efron estudio política y sociología. Allí Marina tuvo un apasionado romance con un ex oficial, causando gran dolor a Efron. El romance duró apenas un año y fue gran inspiración para su gran poema The poem of the End.

En el verano de 1924, la familia Efron dejó Praga para vivir en los suburbios donde Marina tuvo a su hijo Georguei, un niño difícil, que con los años se volvió cada vez más problemático. En 1925, la familia se mudó a París, donde permanecerían 14 años. Para sumarse a las dificultades de la familia, Marina contrajo tuberculosis. Además de una ayuda mínima del gobierno checoslovaco a artistas y escritores, Marina intentaba ganar lo que podía con lecturas y ventas de su trabajo. Se volcó más en la narrativa, sabiendo que la pagaban mejor que la poesía, su pasión.

En París, Marina no se sentía acogida por el círculo de escritores exiliados políticos rusos. Aunque Marina había escrito poemas a favor del Ejército Blanco al principio de la revolución, sus colegas escritores consideraban su crítica demasiado ambigua y, para terminar de cerrársele el grupo, tuvo la inoportuna ocurrencia de escribir una carta de admiración a Vladimir Mayakovsky, quizás, como siempre, tratando de buscar ayuda para salir de la marginalidad. Pero al poeta soviético, el exilio ruso le tenía considerado como colaboracionista de los bolcheviques porque, aunque luego evolucionó, al consumarse la victoria de la Revolución rusa, apoyó con entusiasmo la política cultural de su administración para lo cual empleó una gran diversidad de procedimientos con el fin de cautivar a las multitudes, abarcando desde la aplicación de un lenguaje coloquial, a veces prosaico, hasta los más refinados estilos épicos. De modo que el grupo ruso, bastante bien asentado en París, no tuvo conmiseración de Marina, censuraron su carta de admiración al poeta y le hicieron el vacío más ostensible. Como consecuencia de la influencia del grupo ruso, el periódico The Latest News dejó de publicar sus frecuentes colaboraciones. Tsvietáieva encontró consuelo en su correspondencia con otros escritores como Pasternak, Rainer Maria Rilke, Anna Teskova.

Por aquel tiempo, el marido de Tsvietáieva comenzó a simpatizar con la causa soviética y añoraba volver a su país. En 1937 Efron y su hija regresaron a la Unión Soviética y poco después, empujado, bien por el miedo a ser rechazado por el comunismo debido a su pasado como Soldado Blanco, o por puro idealismo, comenzó a espiar para el servicio secreto, precursor de la KGB. Sin embargo, en aquel ambiente difícil, Efron fue implicado en el asesinato de un desertor soviético. La policía interrogó a Marina quien, confundida con la pregunta, terminó leyendo traducciones francesas de su poesía. La policía, que quizás la tomó por trastornada, concluyó que no tenía conocimiento de las actividades de su marido, de quien se dice que posiblemente también estuvo implicado en el asesinato del hijo de Trotsky.

A pesar de su inocencia en estos asuntos, Marina, fue, de nuevo, condenada al vacío en París, no tuvo más remedio que regresar con su hijo a la Unión Soviética en 1939. No imaginó los horrores a los que, de nuevo, sería sometida. Sospechosa, por el simple hecho de vivir en el extranjero, encontró todas las puertas cerradas. Su hermana había sido arrestada antes de su regreso y nunca más volvería a verla, aunque Anastasia sobrevivió al dictador Stalin.

Marina subsistió malamente haciendo pequeñas traducciones de poesía, pero volvió a encontrar el desafecto y frialdad, esta vez de los principales autores soviéticos que le dieron la espalda temerosos de dañar su propia posición ante la peligrosa dictadura soviética que consideraba crímenes de estado” los versos que no estaban al servicio de la Revolución. Este comportamiento represivo era consecuencia de la tesis de Lenin de que la literatura, y el arte en general, tenía que defender las ideas de la Revolución proletaria. Y fue precisamente el poeta Mayakovski, antes de descubrir los horrores de la Revolución, el que defendió con entusiasmo esta postura en sus versos. La llegada de Stalin al poder, radicalizó la situación con asesinatos, deportaciones y aniquilación de cualquier signo de disidencia. En los años del poder soviético –afirmó Shentalinski – fueron reprimidos alrededor de 2.000 escritores, de ellos 1.500 fusilados directamente y muertos en cárceles y campos de concentración o inducidos al suicidio, como Mayakovsky o la propia Marina.

En su obra “Diarios de la Revolución de 1917”, Tsvietáieva refleja la convulsa Rusia revolucionaria vista desde otro ángulo. Desde 1917 la vida no le fue ni buena, ni noble, ni sagrada. Todo es deambular y enterrar a amigos. Allí fusilaron a casi todos los suyos .Y llega a desfondarse. Su marido  y su hija fueron arrestados por espionaje; el primero ejecutado en 1941 y su hija padeció durante ocho años en prisión. Como tantos otros, ambos fueron exonerados a  la muerte de Stalin, doce años después.

Para Marina fue el fin. Padeció la reprobación oficial y no pudo encontrar vivienda ni trabajo. Fue purgada y expulsada de la ciudad junto a otros escritores. En 1941, a sus 49 años, con su hijo de 17, fueron evacuados a Yelábuga donde, desesperadamente, buscaron trabajo sin éxito. Sin medios para sobrevivir, en agosto de ese año salieron para Chistopol donde enviaban a la mayoría de las familias de escritores. Su solicitud de residencia fue denegada y tuvo que regresar a Yelábuga. Había mendigado un puesto de fregaplatos en una cantina. También la rechazaron. Hasta el derecho a la miseria le negaban.

Ese diabólico contexto histórico y social influyó hasta quebrar la vida, no solo de Marina, sino de muchos escritores rusos en esa etapa de gobierno comunista: Mandelshtam, quien, deportado a Kolymá, murió en un campo de tránsito cercano a Vladivostock el 27 de diciembre de 1938, Mayakovski, o Yesenin,  suicidados. Otros más, fueron fusilados, como el marido de Ana Akjmátova  Nikolay Gumilev; Borís Kornílov o Vladímir Narbut, por ejemplo.

Dolorida, al límite de su resistencia, Marina escribió: “A veces me parece que la vida es demasiado larga y cuando pienso que toda esa infinitud está compuesta de minutos… Por qué todo el mundo piensa que soy fuerte y plena, cuando sólo estoy plena de inspiración, igual que el pecho –de respiración. La inspiración (la respiración -¿será un contenido? En mí, siento el vacío y el fuego”….“Y además -hace mucho tiempo que no amo a nadie, que no me alegro de nadie, ¡que no espero –nada- de nadie! Oh, poco me importa: hombre, mujer, niño, anciano –lo esencial es amar. Amar, amarse”.

 Siempre su imperiosa necesidad de cariño. El amor es un requisito básico porque la exigencia de afecto es muy poderosa. Dicen los psicólogos que es tan necesario como el comer o el dormir. La pobre Marina nunca encontró un ambiente de amor y afecto ni en su infancia ni en sus relaciones personales y profesionales y, a todo ello, hay que añadir el oprobioso ambiente político y social que tampoco le era favorable para desarrollar su amor por la literatura: los “padrecitos” Lenin y Stalin no demostraron amor ni con Marina ni con cualquier otro NO partidario de su “ideario político”.

Se desconoce la fosa común en la que fue sepultada, pero, con cierta ironía, esa casa de Yelábuga  que la cobijó por tan poco tiempo, ha sido convertida en museo tratando de darle ahora la consideración que, como gran poetisa le negaron en vida.

Como pequeño homenaje y recuerdo a esta gran poetisa, consignamos aquí unos versos suyos que han resultado premonitorios:

En las librerías, cubiertos de polvo y tiempo,
Sin ser vistos, buscados, abiertos, vendidos,
Mis poemas serán saboreados como raros vinos
Cuando sean viejos


 

BIBLIOGRAFIA

‘Diarios de la Revolución de 1917’ de Marina Tsvietáieva

“La inquilina del infierno” , Antonio Lucas

Anna Ajmátova y Marina Tsvetáieva (I). La Edad de Plata diciembre 1, 2013 de Ana Isabel Alvea Sánchez


 

[1] Simbolismo literario: Aunque el Simbolismo, en general, es de todas las épocas, se conoce con ese nombre a una corriente poética francesa del siglo XIX, que se opone a la representación exacta del mundo, concibe la poesía como algo misterioso y antepone el poder de evocación de los objetos sobre sus características propias. Juan Ramón Jiménez lo define como: «la precisión de lo impreciso, eso es lo que quiere decir  simbolismo, precisar en una imagen muy bella lo impreciso, por medio de símbolos, de relaciones, de correspondencias entre unas cosas y otras».  

[2]  Las corrientes literarias más conocidas de este período son: el Simbolismo (representado por el Simbolismo místico tradicional y el Simbolismo joven). El Realismo, los Acmeístas, la corriente llamada “nuevos campesinos”. Los simbolistas rusos empleaban las ideas de Schopenhauer, Friedrich Wilhelm Nietzsche y Oswald Spengler, manifestaban interés por el misticismo, las disputas religiosas y las sectas populares de Rusia. y  por el ocultismo, especialmente por Helena Blavatsky (Yekaterinoslav 1831-Londres 1891) Masón grado 32, escritora, ocultista y teósofa rusa, devota adoradora de Satanás y una acérrima enemiga de Jesucristo, pionera del culto de la Nueva Era.

[3] Maksimilián Voloshin (Kiev, 16 de mayo de 1877– Koktebel, 11 de agosto de 1932) fue un notable poeta ruso, considerado uno de los principales exponentes de la Edad de Plata de la cultura y la literatura rusas. Se hizo famoso como poeta y crítico literario y artístico. Sus artículos se publicaron en muchas revistas de principios del siglo XX, entre ellas  “Vellocino de oro” y Apolo. También fue conocido por sus brillantes traducciones de una serie de francés y de la prosa poética de obras en ruso. Cuando en Rusia resurgía el movimiento estudiantil radical se cree que participó de forma activa en dicho movimiento, lo que tuvo como consecuencia su expulsión de la universidad, en 1899.Sin desanimarse, Voloshin “continuó sus viajes a lo largo y ancho de Rusia, con frecuencia a pie”. En 1900 formó parte de una expedición de peritaje para la ruta de ferrocarril Oremburgo-Tashkent.

Aunque durante esta época existían en Rusia varios grupos y tendencias literarias, en lo que se conoció como la Edad de Plata, Voloshin permaneció al margen, a pesar de ser amigo íntimo de muchas destacadas figuras culturales de la época. En unos versos dirigidos a Valeri Briúsov  escribió: “En vuestro mundo yo soy un transeúnte, cercano a todos y sin embargo extraño a todos“.  Al estallar la Primera guerra mundial aunque vivía en Suiza, demostró ser un autor de poemas con un profundo sentido, embarcándose en una exploración, basada en la filosofía y en la historia, de los trágicos acontecimientos que se desarrollaban contemporáneamente en Rusia. Fue conocido por su humanismo, ya que hizo un llamamiento a, “en los días de las revoluciones, ser un humano, y no un ciudadano” y a “en los disturbios de la guerra, comprender la unidad. No ser una parte, sino el todo: no de un partido, sino de los dos“. Regresó a Francia, donde permaneció hasta 1916. Un año antes de la Revolución de Febrero en Rusia, regresó a su país natal y se instaló en Koktebel. Allí viviría hasta su muerte.

La guerra civil lo impulsó a escribir largos poemas relacionando lo que estaba ocurriendo en Rusia con el remoto pasado legendario del país. La poesía de Voloshin” contiene profundas intuiciones filosóficas y nos dice más acerca de la historia de Rusia que los textos de cualquier otro poeta.  Más tarde, fue acusado del peor pecado en el libro ideológico soviético: mantenerse al margen de las luchas políticas entre rojos y blancos. En realidad no fue así, ya que protegió a los blancos de los rojos y a los rojos de los blancos. Su casa, hoy museo, fue un escondite clandestino para muchas personas cuyas vidas estaban en peligro. Muchos de los comentarios de Voloshin parecen casi proféticos. “En un estado normal, escribió, hay dos clases fuera de la ley: la clase criminal y la clase dirigente.

La integridad de Voloshin y la profundidad de sus ideas hicieron que fuese ignorado en la Rusia soviética, y no se publicó ni un solo poema suyo en el país entre 1928 y 1961. Se ha especulado con la idea de que si no hubiera muerto en 1932, con seguridad se habría convertido en una víctima más del Gran Terror “No es la primera vez que, soñando con la libertad, construimos una nueva cárcel, reza el primer verso de uno de sus mejores poemas.

 

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