Asalto  al  Cuartel  de  la  Montaña  (Madrid)

Asalto  al  Cuartel  de  la  Montaña  (Madrid)

El Cuartel de la Montaña fue una edificación militar construida durante el siglo XIX en la Montaña del Príncipe Pío, la colina donde se levanta el actual Templo de Debod (regalo de Egipto a España en 1968 en compensación por la ayuda española tras el llamamiento internacional realizado por la Unesco para salvar los templos de Nubia, principalmente el de Abu Simbel, en peligro de desaparición debido a la construcción de la presa de Asuán). En origen el lugar fue conocido como altos de San Bernardino y después como Montaña del Príncipe Pío por uno de sus propietarios, el príncipe Pío de Saboya[1].

Ocupa parte de la antigua posesión del Real Sitio de la Florida. Fue el lugar donde Francisco de Goya situó los Fusilamientos del tres de mayo de 1808. En 1860 fue construido en lo alto el cuartel de la Montaña por Ángel Pozas, terminando en 1863 una obra que fue financiada en buena medida con los fondos obtenidos por el Estado tras la desamortización civil y eclesiástica de 1858–1863 (conocida como desamortización de Madoz) y resultará destruida el 19 de julio de 1936 por las hordas no contenidas, curiosamente por  otro Pozas, el general  jefe de la Guardia Civil, participante de la defensa de Madrid quien finalmente se negó a secundar la intentona militar, al igual que también hizo el jefe de la policía, el general Miguel Núñez de Prado. Algunos aseguran que su fidelidad permitió una transferencia de poder pacífica del gobierno Portela Valladares al Frente Popular. (Otros historiadores, más objetivos en el desarrollo de su trabajo y conocedores de los múltiples asesinatos que causaron los simpatizantes de la República, se niegan a considerar dicho traspaso de poderes con el eufemismo de “pacífico”).

En julio de 1936 el cuartel era sede del Regimiento de Infantería “Covadonga” nº 4,  bajo el mando del coronel  de infantería Moisés Serra Bartolomé, quien había participado en la Guerra de Marruecos. En julio de 1936 Serra formaba parte de la conspiración militar que desembocó en la Guerra Civil. La noche del 18 de julio, cuando el Ministro de la guerra ordenó a Serra la entrega de 45.000 cerrojos de fusil al teniente coronel Gil Ruiz[2], quien coordinaba las milicias socialistas y las MAOC (milicias Antifascistas Obreras y Campesinas, que tuvieron gran importancia en la sofocación del levantamiento en Campamento y Carabanchel). Serra desobedeció la orden de entregar los cerrojos. A partir esa acción dio comienzo  la sublevación militar en Madrid. A la mañana siguiente se unieron a los sublevados varios centenares de militares y falangistas.

Por la tarde del mismo día 18, Dolores Ibarruri, diputada del Partido Comunista por Asturias, desde un despacho del Ministerio de la Gobernación donde se instaló un improvisado estudio radiofónico, se dirige al pueblo de Madrid y al de toda España en nombre del Partido Comunista:

“Trabajadores, antifascistas, pueblo laborioso: todos en pie, dispuestos a defender la República, las libertades populares y las conquistas democráticas del pueblo…”

En el centro de la imagen el General Fanjul

En el centro de la imagen el General Fanjul

 El 19 de julio de 1936, el general Fanjul, militar sin mando de tropas en Madrid, pero encargado de la sublevación de la ciudad, entró, vestido de civil, en el cuartel de la Montaña. Tras la victoria del Frente Popular en febrero de 1936, Fanjul se convierte en uno de los defensores más activos y concienciados de la sublevación y se ofrece abiertamente para dirigirla bajo cualquier circunstancia. Cualquier puesto me parecerá bueno para servir a España contra esta tiranía insufrible”, asegura. Sin embargo, llegado el momento, en lugar de salir del cuartel con las tropas para tomar los puntos vitales de la capital, proclamó simplemente el estado de guerra y se hizo fuerte junto con 1500 de sus hombres (de los cuales, unos 140 eran solo cadetes de permiso en la capital) y unos 180 falangistas en el Cuartel de la Montaña como si de una asonada decimonónica se tratara. Redacta de su puño y letra un bando en el que declara el estado de guerra “para salvar de la ignominia a España” y se nombra a sí mismo “autoridad” sobre “todas las Fuerzas Armadas y todos los organismos políticos y administrativos del Estado” y arenga a sus tropas, confiado en la pronta llegada de refuerzos desde las guarniciones de Campamento, Getafe y Cuatro Vientos,( lugares todos ellos en donde la rebelión sería sofocada poco después) y en el auxilio de las columnas de Burgos, Valladolid y Andalucía, que ya habían partido en dirección a la capital. Sin embargo, los refuerzos nunca llegan, y la división interna que existe entre sus propios colegas y el sitio al que poco a poco van sometiendo ciudadanos armados y guardias de asalto al cuartel van minando paulatinamente la moral de los allí atrincherados. Expertos militares consideran que fue un error fatal encerrarse en el Cuartel  y pensar que con una simple cuartelada cumplía con su compromiso de conjurado. Error que costó muchas vidas entre presos políticos y militares y la suya propia.

Manuel Azaña, presidente de la República, encargó al masón Giral[3] la formación de un nuevo gabinete. Como primera medida (a pesar del repetido lema del que tanto alardean los de su secta), decidió armar a las masas obreras y a los sindicatos, con el objetivo de evitar que la sublevación se propagase sin resistencia, para lo cual necesitaba las varias decenas de miles de cerrojos de fusiles que se guardaban en el Cuartel de la Montaña, cuya falta hacía inútiles los correspondientes fusiles en manos del gobierno.  Esta medida resultó impopular entre la casta política, incluso entre los miembros de su propio gabinete. Otra de sus disposiciones del todo infructuosa, fue ordenar la disolución inmediata del ejército sublevado. Giral se apresuró a solicitar la ayuda de Francia contra el avance del fascismo. Más tarde hizo la misma petición a la Unión Soviética. Sus siguientes actuaciones estuvieron encaminadas a normalizar la revolución libertaria que se estaba produciendo en muchos lugares de la zona republicana, mediante la incautación y expropiación de tierras e industrias. Destituyó a todos los funcionarios públicos sospechosos de apoyar el alzamiento y sustituyó a la Guardia Civil por la Guardia Nacional Republicana.

Los nacionales intentaron lanzarse a las calles de la capital, pero para entonces ya se había reunido ante las puertas del cuartel una inmensa multitud organizada por los sindicatos UGT, CNT y otros partidos políticos. La mayoría iban armados con los 5 000 fusiles que les habían repartido y con armas propias de los sindicatos. Por otro lado estaban presentes numerosos miembros de la Guardia de Asalto y de la Guardia Civil. En total unas 8 000 personas asediaban el cuartel.

La noche del 19 al 20 de julio, los partidos obreros tenían el control efectivo de la capital mientras los republicanos leales consolidaban su posición en los ministerios, particularmente en el Ministerio de la Guerra. Poco a poco se fue calentando el ambiente. Al Cuartel de la Montaña se le puso un cerco por la Guardia Civil y de Asalto, seguido del batallón de socialistas y detrás los nuevos grupos armados del pueblo de Madrid. Los republicanos emplazaron en la plaza de España dos piezas de artillería del 105 y una más del 155, único calibre capaz de atravesar los muros del acantonamiento. El teniente Urbano Orad de la Torre, en conjunción con el teniente Vidal, fueron disparando contra los muros del Cuartel con esas tres piezas de artillería que llegaron al lugar arrastradas por un camión de cerveza; más tarde contaron con la aviación de Getafe, que se había mantenido fiel al gobierno bajo la acción de Ignacio Hidalgo de Cisneros. Surge así en el aire el avión de Antonio Rexach, un capitán muy revolucionario y muy bragado que dio una vuelta por encima de la fortaleza sitiada y lanzó sobre los patios octavillas que pedían el cese de la actitud sediciosa. Su segunda aparición, en vuelo rasante, resultó más dañina pues en vez de octavillas, lanzó dos bombas, una en cada patio, que causaron algunos heridos más pero, sobre todo, influyó en la moral de los sitiados que cayó en picado ante el empeoramiento de la situación. La artillería estaba siendo eficaz.

A las siete menos cuarto del día 20, los sitiadores decidieron enviar un parlamentario al Cuartel. El emisario avanza hacia él llevando al hombro, en un garrote, un pañuelo blanco; salen al paso varios Oficiales y lo conducen a presencia del Coronel Serra. Éste, con afable indiferencia,  le pregunta: Vamos a ver. ¿Qué quiere usted de mí? – Responde el sindicalista, mi Coronel, de parte de los Comandantes, que si dentro de cinco minutos, usted y sus Fuerzas no se rinden al Gobierno legítimo, serán bombardeados con tiro de cañón y aéreo. ¿Nada más? – preguntó el CoronelNada más, respondió el emisarioPues diga usted a los que mandan –contestó el Coronel- que yo no sé si son Comandantes, y si lo son, los desconozco, que las Fuerzas a mi mando no obedecen las órdenes de un Gobierno de asesinos. Estamos al lado del General Franco, que acaudilla el Movimiento, y la Guarnición que en toda España se ha sublevado para terminar con el deshonor y la ruina en que la República nos ha sumido. Diga usted a los que le envían que pueden empezar a bombardear cuando quieran. Nosotros no nos rendimos.

Una rociada de tiros hacia el Cuartel, contestó a semejante arenga. La primera granada que entró en él  perforó el muro de los pabellones donde se encontraba la Oficialidad. Al sentir la explosión, varios jóvenes falangistas se lanzaron a tierra. El Caballero Cadete Luis Barberán, que más tarde había de ser asesinado, les gritó: ¡Arriba todos! ¡Arriba España! ¡Los Cadetes no se tiran al suelo! Reaccionan y la agresión fue bravamente repelida. Se generalizó la lucha. Un grupo de Falangistas y Caballeros Cadetes, con el Teniente Grifoll a la cabeza, hizo una salida por el gimnasio hasta la explanada del Cuartel y logró que se replegaran los milicianos que les hostigaban desde la arboleda de la plaza de España.

Durante horas es incesantemente bombardeado desde el aire y desde tierra y asediado por la presión de las hordas rojas. En el interior, Fanjul, no tenía ningún medio de comunicarse con las demás guarniciones de la capital. En aquellos momentos, las guarniciones solo podían comunicarse entre ellas por medio de señales hechas por encima de los tejados. A pesar de todo, de esta forma Fanjul imploró al general García de la Herrán (que se encontraba en Carabanchel) que le enviase refuerzos. No sabía que los milicianos de las MAOC se habían adueñado de las instalaciones.

A primeras horas de la tarde, una compañía de la Guardia Civil consigue penetrar en el patio principal desde el parque del Oeste, al tiempo que se abrieron las puertas que daban a la plaza de España. Algunos miembros de las fuerzas del cuartel consiguen escapar mimetizándose con los propios milicianos. El asalto popular sí fue, entonces, masivo: la carnicería que se produce en su interior, tras la rendición de los nacionales, es una de las más crudas y salvajes de toda la contienda, bala, bayoneta, hacha… todo vale. La masacre se inició en el patio central del cuartel, donde los defensores, que ya se habían rendido, empezaron a ser asesinados cuando se entregaban a los sitiadores, muchos inmolados con disparos a quemarropa. Otros no tuvieron tanta suerte y murieron a manos de una parte de la turba que, no habiendo llegado a tiempo al reparto de armas, entraron con hachas, cuchillos y mazos.

La matanza del Cuartel de la Montaña (la realidad que algunos quieren ocultar)

La matanza del Cuartel de la Montaña (la realidad que algunos quieren ocultar)

A otros prisioneros los agrupan y, tras unas horas de encierro en el nº 7 de la Plaza de España, acaban en la cárcel Modelo, de donde serán “sacados” para ser asesinados[4]. Hoy reposan en el Cementerio de los Mártires de Paracuellos del Jarama. La izquierda siempre ha justificado la matanza arguyendo que se trató de un movimiento espontáneo llevado a cabo por una población indignada… pero nadie ha explicado quien azuzaba su indignación, ni por qué, quien detentaba el poder del gobierno de España, no hizo nada por detenerlos. Se vivieron escenas de especial crueldad, como cuando varios de los oficiales que se habían rendido fueron arrojados desde las ventanas del tercer piso al patio y luego rematados a patadas por la turba. O la subasta de algunos prisioneros para decidir quién de los asaltantes le rajaba el vientre con una bayoneta.

Cuando las fuerzas del Gobierno toman el cuartel, hacia el mediodía del 20 de julio, algunos militares sublevados se suicidan, otros son asesinados y varios son detenidos, entre ellos Fanjul. El teniente Moreno, de la Guardia de Asalto, capturó al general, a su hijo, teniente médico, y a otros oficiales, enviándolos a prisión. Tras ser juzgados el 15 de agosto en juicio sumarísimo por rebelión militar, se les condenó a muerte y al alba del 18 de agosto de 1936, Joaquín Fanjul es ejecutado por un pelotón de fusilamiento. Los mandos de los otros cuarteles conocieron por teléfono lo que pasaba en la Montaña y capitularon incondicionalmente. Al fin acabaron los tiros y los asesinatos en el Cuartel (quizás ya habían satisfecho con la orgía de sangre, su odio y su rencor). Aunque tarde, los de Asalto tratan de dominar la situación, pero se ven desbordados y tienen que pedir refuerzos. Llegó un comandante con una compañía, y desplegando un gran valor pudieron echar a los incontrolados de todo el edificio, y quitarles el armamento que se querían llevar para hacer la revolución por su cuenta.

Después del asalto, el cuartel quedó abandonado, como aislado fortín, lleno de cadáveres que comenzaban a pudrirse. Había soldados de la guarnición, unos cuarenta sobrevivientes, que no tenían familia en Madrid y no sabían a dónde ir, a pesar de haberles eximido de lo que les restaba de servicio el Ministerio de la Guerra. Un capitán que pusieron al frente del cuartel, utilizó a aquellos muchachos con licencia y sin destino, para que pusieran los muertos en hilera, por si alguien venía a reclamar alguno. La temperatura de julio era extremada y aquellos patios cada momento olían peor e impresionaban más, de modo que el Ministerio de la Guerra dispuso que llevaran los cadáveres al cementerio, en las camionetas del servicio municipal de limpieza.

Sobre el carácter extremadamente cruento de aquella salvaje acción, quedó el testimonio de uno de sus protagonistas: el comunista Enrique Castro Delgado, creador del 5º Regimiento de Milicias y miembro del Comité Central del Partido Comunista de España. Así lo explicó en un célebre pasaje de su libro “Hombres made in Moscú”:

Ya dentro del Cuartel, alguien dice: “Allí están los que no han escapado, serios, lívidos, rígidos… Castro sonríe al recordar la “fórmula”. “Matar…, matar, seguir matando hasta que el cansancio impida matar más… Después… Después construir el socialismo.” […] Que salgan en filas y se vayan colocando a aquella pared de enfrente, y que se queden allí de cara a la pared… ¡Daros prisa! La fórmula se convirtió en síntesis de aquella hora…, luego un disparo…, luego muchos disparos… La fórmula se había aplicado con una exactitud casi maravillosa.” Y, efectivamente, así fue:

Los dirigentes del cuartel, además de Fanjul, acabaron hechos prisioneros o muertos, como fue el caso de los coroneles Tomás Fernández de la Quintana (Regimiento de Zapadores-Minadores), Pedro Ramírez Ramírez (Regimiento de artillería de Getafe) y Enrique Cañedo Argüelles (Regimiento de Artillería a Caballo). En total, los caídos fueron:

DEL REGIMIENTO DE INFANTERÍA DE COVADONGA NÚMERO 4:

Un coronel muerto, un comandante muerto, tres capitanes muertos, tres capitanes heridos, un capitán prisionero, once tenientes muertos y cinco alféreces muertos, un brigada muerto y otro herido; cinco sargentos muertos, veintitrés cabos muertos, dos cabos heridos y prisioneros durante toda la guerra y un soldado muerto y dos heridos.

REGIMIENTO DE ZAPADORES MINADORES:

Muertos: un coronel, un teniente coronel, un comandante, seis capitanes, ocho tenientes, siete alféreces, un profesor primero de Equitación, dos brigadas y tres sargentos. Heridos: un capitán, un teniente y un cabo.

GRUPO DE ALUMBRADO E ILUMINACIÓN

Dos capitanes muertos, siete tenientes muertos, dos alféreces muertos, un capitán herido, un comandante prisionero, un capitán prisionero, dos tenientes prisioneros, un maestro armero muerto, un brigada herido, un sargento muerto, un cabo prisionero y un soldado muerto.

GENERALES, JEFES, OFICIALES, CADETES, SUBOFICIALES, CABOS Y SOLDADOS QUE VOLUNTARIAMENTE SE PRESENTARON EN EL CUARTEL Y TOMARON PARTE EN SU DEFENSA:

INFANTERÍA:

Un comandante muerto, tres capitanes muertos, un teniente muerto, veinticuatro cadetes muertos, cuatro cadetes heridos, y de ellos, dos heridos y prisioneros y un cadete prisionero.

CABALLERÍA:

Un comandante

ARTILLERÍA:

Un comandante, un capitán y un cadete, muertos, y dos capitanes heridos.

INGENIEROS:

Un comandante herido, un capitán muerto, un capitán herido, un teniente de complemento muerto, un teniente de complemento prisionero de guerra, un alférez de complemento muerto, tres cadetes muertos, un cadete prisionero de guerra, cinco brigadas muertos, tres brigadas heridos, dos soldados heridos y dos soldados muertos.

SANIDAD:

Un capitán médico muerto

FALANGE ESPAÑOLA:

Cincuenta y cinco falangistas muertos y once heridos.

Conviene recordar que, aunque el III Convenio de Ginebra sobre el trato debido a los prisioneros, se firmó en 1949, seguía en vigor, por haber sido asumidos en el III, los términos expresados  en 1899, 1907 y 1929 por el que los países firmantes se comprometían a que: “Todas las personas que no participen en las hostilidades, incluidos los miembros de las fuerzas armadas que hayan depuesto las armas y las personas puestas fuera de combate, serán tratadas con humanidad, sin distinción alguna. Se prohíben los atentados contra la vida y la integridad corporal, la toma de rehenes, los atentados contra la dignidad personal, las condenas dictadas y las ejecuciones sin previo juicio ante tribunal legítimo y con garantías judiciales. Los heridos y los enfermos serán recogidos y asistidos”. Ni caso, claro. Las hordas supongo que desconocían estos extremos tan humanitarios y el gobierno de la República fue incapaz de controlar la situación. Ante esta afirmación conviene aclarar que el gobierno de la República sí que contaba con gente preparada, no eran, podríamos decir, podemitas incultos, de modo que cabe la duda de si esa incapacidad para hacer cumplir los Acuerdos internacionales firmados, fue intencionada. Lo del respeto a  los Derechos Humanos les quedaba, evidentemente, muy lejano a pesar de la cantidad de miembros del gobierno vinculados a esa secta que tanto dice defenderlos en virtud de su fraternidad.

La derrota del Cuartel de la Montaña fue el icono de la victoria gubernamental y de las masas obreras frente a la rebelión nacional. Contrariamente a lo que se piensa, los milicianos no se hicieron con un gran número de armas y municiones porque las preciosas reservas de municiones y armas que había presentes en el cuartel pudieron ser llevadas al ministerio de la Guerra por los guardias de Asalto. Las demás guarniciones de Madrid no corrieron mejor suerte: un intento de sublevación en la base aérea de Getafe fue aplastado por los militares leales a la República. Los cuarteles de Carabanchel se mantuvieron fieles tras la muerte del general García de la Herrán a manos de sus propios soldados cuando intentaba sublevar los cuarteles. La excepción fue el Regimiento de Transmisiones de El Pardo que, siguiendo las instrucciones dadas por Mola, se embarcó en camiones y se dirigió al Puerto de Navacerrada (llevando prisionero a un hijo de Largo que prestaba servicio en dicho Regimiento), y allí convencieron a las tropas de Asalto que se dirigían a La Granja para cortar el avance de una columna nacional procedente de Valladolid, para que se les uniera.

La victoria republicana al aplastar la sublevación militar en Madrid fue decisiva para poder reorganizar las fuerzas de la capital y trasladarlas a la sierra, donde frenarían a las tropas de Mola, o para aplastar a las guarniciones de Guadalajara y Toledo que se habían sublevado también.

Monumento en recuerdo a los asesinados en el Cuartel de la Montaña

Monumento en recuerdo a los asesinados en el Cuartel de la Montaña

Esto es un resumen fiel en recuerdo de lo que el Gobierno en manos del Frente Popular llamó, lacónica y fríamente, “el episodio del Cuartel de la Montaña”. Lo cierto es que fue una epopeya y el martirio de un puñado de héroes. Por ello, en su honor, el 20 de julio de 1972 fue inaugurado el  parque del Cuartel de la Montaña y en él una placa en la que se recuerda que allí estuvo el cuartel de la Montaña, sin más explicación. También inauguraron un sencillo  monumento realizado por Joaquín Vaquero Turcios que se compone de una figura de bronce que representa el cuerpo de un hombre mutilado, colocada en el centro de un paredón construido en forma de sacos terreros. Personalmente considero que es un monumento representativo siempre que se conozca lo que significa, pero dudo mucho que los visitantes del parque, autóctonos o no, conozcan la historia y puedan comprenderlo, si es que se fijan en él, porque la mayoría solo tiene interés por el Templo de Debod. Claro que todavía tendremos que dar gracias que no lo arranquen, dado lo “cumplidores” que son los concejales podemitas madrileños con la malhadada Ley de Memoria Histórica.


 

[1] Se refiere a Francisco Pío de Saboya y Moura Nacido en 1672, falleció el 18 de Septiembre de 1723 en Madrid. De linaje italiano originario de Padua, lleva además el título de Príncipes de San Gregorio Ostentaba los siguientes títulos: VI Marqués de Castel-Rodrigo, G.E. (12-XI-1720), III Marqués de Almonacid de los Oteros, V Conde de Lumiares, IV Duque de Nochera, Señor de las Islas Terceras, III; Mariscal de Campo y Lugarteniente General del Ejército Español (1703), Caballero de la Insigne Orden del Toisón de Oro (1707), Capitán General y Gobernador de Cataluña (1715), Gran Escudero de la Princesa de Asturias (1721). Parece ser que el tal príncipe Pío, como Capitán General de Felipe V en Cataluña, dictó las normas fundamentales del Decreto de Nueva Planta con el objetivo de unificar las costumbres del principado de Cataluña a las del resto de los dominios de Felipe V una vez el rey abolió los últimos rastros de las leyes propias de la Corona de Aragón en el principado. Así mismo se cree que fue el creador del cuerpo de los mossos d’esquadra.

[2] Nació en Madrid en 1878. Ingresó en el Ejército y se convirtió en oficial de artillería. Fue miembro de la masonería. De ideología socialista, durante la Dictadura de Primo de Rivera estuvo implicado en las conspiraciones contra el régimen, en el marco del conflicto que el dictador tuvo con el cuerpo de artilleros. Tras la proclamación de la República, se afilió a la Unión Militar Republicana Antifascista (UMRA). En julio de 1936 ostentaba el rango de teniente coronel y estaba al frente del Parque de Artillería de Madrid. Cuando se produjo el estallido de la Guerra Civil, Gil Ruiz repartió armas entre la población para hacer frente a la sublevación militar. En septiembre de 1936 fue nombrado Subsecretario de Guerra en el gobierno de Francisco Largo Caballero, dimitiendo poco después del puesto. Durante la contienda ascendió a coronel. En marzo de 1939 apoyó la sublevación de Casado y al final de la guerra embarcó en el Galatea junto a otros militares republicanos, viviendo durante algún tiempo exiliado en el Reino Unido.

[3] José Giral Pereira (1879-1962) Catedrático, Rector de la Universidad Central, Diputado en Cortes, Ministro y Presidente del Gobierno. Iniciado el 5 de diciembre de 1926 en la logia Danton nº 7 de Madrid, con el nombre simbólico de Nobel.

Giral, que llegó a ser amigo íntimo de Manuel Azaña, participó junto con éste en la creación del partido Acción Republicana. Tras la proclamación de la Segunda República el 14 de abril de 1931, ocupó los puestos de consejero de Estado y de rector de la Universidad de Madrid. Fue ministro de Marina en todos los gobiernos presididos por Azaña, tanto en el que fue de octubre de 1931 hasta septiembre de 1933, como en el que salió de la victoria del Frente Popular en febrero de 1936. Como diputado por Cáceres, representó en el Parlamento a Acción Republicana primero y posteriormente a Izquierda Republicana. Siguió ocupando la cartera de Marina cuando, en mayo de 1936, formó gobierno Casares Quiroga. Conociéndose la preparación de una sublevación militar contra la República,  Giral, como ministro de Marina, fue responsable, en los días anteriores al levantamiento de julio de 1936, de la prohibición de las maniobras navales previstas en las costas marroquíes y Canarias. Colocó en las estaciones radiotelegráficas, especialmente en la madrileña de Ciudad Lineal, a operarios de su absoluta confianza, con el fin de seguir de cerca cualquier movimiento de los militares rebeldes.

El 18 de julio de 1936, tras el alzamiento de las guarniciones del Protectorado de Marruecos, ordenó a los destructores Lepanto, Sánchez Barcaiztegui y Almirante Valdés, atracados en Melilla, así como al destructor Churruca y al cañonero Dato, próximos a la costa de Ceuta, abrir fuego sobre campamentos, destacamentos regulares, centros militares o cualquier agrupación de fuerzas sospechosa de secundar la rebelión. Los comandantes de los navíos no cumplieron la orden. La situación crítica de la guerra provocó finalmente la dimisión de Giral como presidente del gobierno el 5 septiembre de 1936. El encargado de sustituirle fue el dirigente socialista Largo Caballero. En los dos gabinetes que formó este último, Giral participó como ministro sin cartera. Durante el gobierno de Juan Negrín (1937-1938), Giral dirigió el ministerio de Estado y más tarde participó en los consejos de ministros sin cartera definida. En 1939, Giral acompañó a Manuel Azaña al exilio francés. Ambos se refugiaron en la embajada española en París. Poco tiempo después, Giral se trasladó a México, país en el que residió hasta su muerte. Allí enseñó bioquímica en el Colegio de México, en el Instituto Politécnico y en la Universidad Nacional Autónoma. El 18 de septiembre de 1945 ocupó la presidencia del gobierno republicano en el exilio, con el reconocimiento único del gobierno mejicano. No dio entrada en este gabinete a los exiliados comunistas, apoyándose sobre todo en republicanos, socialistas moderados y algunos representantes del sindicato anarquista CNT. Ello hizo que el movimiento de los exiliados españoles se dividiera y enfrentara. Giral no pretendía reanudar una nueva lucha intestina, pero, pensando en el apoyo de los estados aliados para derrocar al franquismo, dejó fuera a los comunistas totalitarios. En 1947 abandonó la presidencia del gobierno republicano. La muerte le llegó en su destierro mejicano en 1962.

 

[4]    Memoria histórica: EL CUARTEL DE LA MONTAÑA; http://www.viejaguardia.es/cuartelhist.html

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