Saliendo de la UE

Amparo Tortajada Navarro (Analista política)- Reino de Valencia nº 100

Saliendo de la UE

No es la primera vez que la Unión Europea se enfrenta a un referéndum popular que puede tener serias consecuencias. Ya le sucedió con motivo de la frustrada entrada de Noruega, que votó que prefería no entrar; ya le sucedió con motivo del referéndum de 1975 en el propio Reino Unido, que en aquella ocasión resultó muy favorable a la UE; le sucedió nuevamente con la negativa francesa y holandesa a aceptar la llamada Constitución europea. Y, bien mirado, incluso ha habido ya una salida de la UE de un territorio que estaba dentro: Groenlandia, que entró con Dinamarca en 1973, pero salió unos años más tarde.

 

Naturalmente, este caso es mucho más serio, por la importancia de la decisión para todas las partes implicadas. El Reino Unido es la segunda economía de la Unión Europea, por lo que la decisión que tome, después del referéndum en que la opción de abandonar la UE ha ganado, tendría consecuencias de mucho fondo y con efectos inmediatos.

 

Estos días se han estado leyendo muchas opiniones sobre el ‘Brexit’, pero en ningún sitio he visto que hayan tratado un asunto que a mí me parece que debería ser destacado, y por el que todos los medios pasan discretamente, como posando el dedo índice sobre los labios.

 

Lo que más me sorprende de todo el alboroto que se está formando en torno a la salida del Reino Unido de la Unión Europea no es el grado de integración que tenga o deje de tener, ni siquiera el escalofriante asesinato de una diputada laborista, con todas las implicaciones que ha tenido en la campaña. No. Lo más sorprendente es la tremenda indiferencia que despierta entre los demás países la salida del Reino Unido, en comparación a las no menos tremendas consecuencias que tendrá. Unas consecuencias que pueden ser favorables o no, eso es otra cuestión, pero que indudablemente van a ser importantes; sin embargo, los líderes políticos de los demás países, básicamente, están callados. Es más, terminado el referéndum, insisten en que la salida se produzca lo antes posible, como si tuvieran ganas de verse libres de británicos mejor mañana que pasado.

 

Hace unos meses, el primer ministro Cameron consiguió lo que él llamó un acuerdo especial con la Unión Europea. De vuelta en su país, Cameron esgrimió el acuerdo como la garantía de que la especificidad del Reino Unido sería respetada dentro de la Unión, y que ése sería el motivo de votar a favor de la permanencia en la UE. No estoy muy seguro de que le creyeran, más allá de quienes, de por sí, querían quedarse en cualquier caso, pero, por lo que revelan los resultados, a mucha gente le ha debido parecer que se la quieren dar con queso. Unos y otros.

 

En realidad, con ese acuerdo Cameron no consiguió prácticamente nada. Las medidas que aparecían en el mismo, o son meramente simbólicas, o se estaban aplicando ya, o eran opciones que de por sí ya tenía el Reino Unido. Lo único que logró, el acuerdo sobre la limitación de las prestaciones sociales en el Reino Unido a los ciudadanos comunitarios con menos de cuatro años de estancia, ni siquiera está claro que hubiera podido llevarse a cabo. En el momento en que el Tribunal de Justicia de la UE o el Tribunal Europeo de Derechos Humanos tuviera que pronunciarse sobre el particular, las medidas serían de muy difícil encaje.

 

Es cierto que el sistema de protección social británico es generoso y carísimo, y que por allí no hay ninguna gana de compartirlo con recién llegados. Pero también es verdad que el sistema es necesario en un país que presenta una economía enormemente terciarizada, especializada en actividades financieras y educativas, y con amplias capas de la población completamente fuera de juego (y que han votado en consecuencia). Reducirlo sería exponerse a un desastre social que los gobiernos, conservadores o laboristas, tienen un enorme interés en evitar.

 

En estas circunstancias, está bastante claro que al resto de los estados miembros les importa relativamente poco que el Reino Unido salga de la Unión; desde luego, no lo bastante como para hacerles más concesiones de las que ya tienen. Aparte del hecho, un tanto anormal, de que el Reino Unido sea un negociador difícil y que el trabajo diario puro y duro va a resultar más sencillo sin un socio sistemáticamente opuesto a todo tipo de propuestas de integración, está el hecho de que cada estado huele la posibilidad de sacar tajada de la ausencia del Reino Unido: a los franceses, por ejemplo, les resulta molesta la preponderancia del inglés en el día a día de la Unión Europea. El inglés seguirá siendo una lengua oficial de la UE, pues es oficial en Irlanda y Malta, pero su peso caerá sobremanera, con toda seguridad en favor del francés. Los alemanes serían la incontrovertible economía número uno de la UE, aumentando su peso y su distancia con los demás; los españoles podríamos mirar a Gibraltar y frotarnos las manos como hace tiempo que no nos es posible hacerlo; los italianos verían como el Sur de Europa ganaría peso con respecto al Norte. Quien más, quien menos, tendrá con qué consolarse cuando el Reino Unido inicie unas negociaciones que se anticipan muy difíciles para romper los lazos con el resto de Europa, lazos que son más fuertes, seguramente, de lo que ellos mismos creen.

 

A la hora de la verdad, cuando a uno le tocan el bolsillo, como a los británicos, o puede sacar réditos de algo, como franceses, alemanes o españoles, o se le meten refugiados indeseados en casa, como está sucediendo en varios países de Europa Central, no hay solidaridad ni buenismo que valga: cada uno cuida de lo suyo, y tonto el último.

 

La enseñanza de todo este proceso es que, en realidad, y por mucho que la Unión Europa alardee de lo contrario, los estados miembros siguen siendo quienes tienen la sartén por el mango y deciden, incluso, si quieren decir basta y despedirse. El resto es vanidad y, cuanto antes lo comprenda la UE, mejor para ella.

 

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