Los vascos en la edad antigua y el euskera

2016-09-26-vascos

Los nacionalismos suelen ser por definición,  excluyentes y xenófobos las más de las veces. La pertenencia a una raza diferente necesita de una cultura, una lengua  y una historia también diferente.

Sabido es que los independentistas vascos, como todos los nacionalistas son expansionistas. Reivindican como suyo lo que llaman País Vasco Francés, es decir, parte de la antigua Aquitania y, por supuesto, Navarra, donde ya han conseguido dominar sus instituciones con la pretensión de subsumirla dentro del País Vasco bajo la idea unificadora de la lengua.

Sin embargo, en Navarra se hablan dos lenguas en la actualidad, el castellano y el vascuence (euskera),  lengua indígena europea que ha sido capaz de supervivir a las invasiones indoeuropeas. La llegada de otros pueblos no acabó con esta lengua, aunque al tener que convivir desde ese momento con infinidad de otras, se vio influida en su evolución y desarrollo. Ambas, castellano y euskera, son definidas como lenguas propias de Navarra según la Ley foral 18/1986, de 15 de diciembre, del Vascuence. De acuerdo con esta ley, Navarra está lingüísticamente dividida en tres zonas, vascófona (uso mayoritario del euskera, en la zona centro y norte del territorio, siendo la lengua materna de una mayoría de la población en el norte y extremo noroeste. Abarca 61 pequeños municipios ̶  ninguno de los cuales mayor de 10.000 habitantes ̶   de los valles atlánticos y pirenaicos en el noroeste de Navarra), mixta, la intermedia, entre la primera y la no vascófona con uso mayoritario del castellano.   

Históricamente se han hablado también otras lenguas, desaparecidas en la actualidad, como el romance navarro o navarroaragonés, surgido en los cursos medio y bajo de los ríos Ega, Arga, Aragón y Ebro a su paso por el reino navarro, que se convirtió en el siglo XIII en la lengua de expresión escrita de la Corte y la administración reales, alcanzando en 1329 el estatus de lengua oficial del reino, aunque fue posteriormente absorbida por el castellano durante el siglo XVI, si bien su retroceso comienza hacia el siglo X coincidiendo con la creación de los reinos francos, aragoneses, castellanos, leoneses…; 

Respecto al País Vasco, tal como se aprecia en el cuadro adjunto,  “La botella del euskera no se ha llenado tanto como nos hubiera gustado en estas tres décadas. En el ámbito del hogar incluso tiende a vaciarse”, confiesa el viceconsejero de Política Lingüística del Gobierno vasco, Patxi Baztarrika, quien destacó lo que considera uno de los puntos negros en el largo camino de la euskaldunización: que sólo en el 13% de los hogares vascos se habla euskera, una cifra que se eleva al 20% si contamos aquellos en los que se escuchan los dos idiomas oficiales. El uso general del euskera ha crecido en siete puntos desde 1991, “pero ese aumento se ha producido sobre todo en ámbitos de uso obligatorio: ayuntamientos, servicios de salud, mundo laboral, entidades financieras… no en el seno de las familias o los grupos de amigos o en las actividades sociales”, reconoce el informe.

De modo que esta uniformidad del territorio (País Vasco y Navarra) por la lengua utilizada, no es admisible por ser una falacia; más bien parece que los sucesores ideológicos del Sr. Arana procuran forzar un “anchluss”. Si repasamos la cuestión socio-histórica veremos que la uniformidad del pueblo tampoco es real.

Para ser nación hay que cumplir en el ideario una serie de requisitos que pasan por tener una Historia diferente de la de los pueblos de alrededor que potencie e identifique a ese pueblo como nación aparte de sus vecinas. La Historia que fue no interesa que así fuera porque las más de las veces molesta a los intereses de los nacionalistas, de modo que hay que transformarla, olvidarla, o excluirla. País Vasco etimológicamente deriva  de los vascones, pueblo prerromano que le aporta su nombre. Es evidente por ser cierto que así fue, si bien esta zona también estuvo ocupada por otras tribus, por lo que pretender históricamente que los actuales vascos y los antiguos vascones son el mismo pueblo, diferente de todos los demás, es un enorme atrevimiento histórico.

La depresión vasca estaba ocupada en la prehistoria por varias tribus cuyo idioma y filiación son desconocidos. Su distribución territorial varía de una crónica a otra. De acuerdo con la de Ptolomeo, los Bárdulos, Caristios y Autrigones (los parientes pobres en la versión nacionalista de la historia) se situarían en el País Vasco; gentes igualmente de habla y cultura celtas. Sólo al Este de Leizarán, casi en la frontera entre Guipúzcoa y Navarra, se extenderían los Vascones que ocuparían también la Jacetania.

Los caristios llamados caristii por las fuentes romanas habitaban un territorio enclavado en las actuales Vizcaya y Álava. Se discute si estaban emparentados con los cántabros, con los celtíberos, o con los vascones. La falta de datos hace complicado determinar sus parentescos. Limitaban al oeste y al sur con los autrigones y al este con los bárdulos. Son citados por Plinio que los llama carietes y por Ptolomeo. Sus ciudades fueron Tullica (¿Tuyo? cerca del Zadorra), Suessatio (¿Arcaya?), y Veleia (¿Iruña-Veleia?). En la Alta Edad Media desaparecieron de la Historia eliminados o absorbidos por los vascones.

Los autrigones ya fueron citados en el 76 a. C. por Tito Livio en el episodio sertoriano. Ptolomeo los sitúa entre los ríos Asón y Nervión. Limitaban con los caristios al este y con los cántabros al oeste. Su origen celta aunque no celtíbero parece lo más real, ya que ciudades como Uxama Barca y topónimos acabados en -briga son de este origen. Como los anteriores, desaparecieron en la Alta Edad Media aunque hay teorías que los incluyen dentro de los bárdulos.

Los bárdulos citados por Estrabón como bardyétai estaban situados entre los cántabros y los vascones. También los citan Pomponio Mela, Plinio, y Ptolomeo, que los localiza en los territorios de la actual Guipúzcoa. Julio Caro Baroja apostilló que el término bárdulo no es vasco y de hecho no se han hallado topónimos que contengan -berri, -egi, y otros. Al igual que los dos anteriores desaparecen en la Alta Edad Media, pero algunas fuentes históricas los situan en el origen de Castilla por el término Bardulia que en el siglo VIII este término geográfico se movió hacia el interior,(norte de la provincia de Burgos y sur de Santander), diferenciándose del territorio de Álava. La causa de este desplazamiento puede haber sido la emigración del pueblo bárdulo hacia estas tierras tras el poblamiento y conquista del actual País Vasco por los vascones durante el siglo VI, mientras la zona no estuvo sometida por los visigodos.

Algunos autores defienden que estas tres tribus eran de filiación vascona, mientras otros opinan que eran de filiación indoeuropea o celta. un conjunto de hipótesis en las que se expone que los vascones  ocuparon la actual comunidad autónoma del País Vasco y otras áreas cercanas en la antigüedad tardía o al principio de la Edad Media. Esta teoría la defienden autores tan relevantes como Schulten, Gómez-Moreno, Ulrich Schmoll, Sánchez Albornoz, Stanley G. Payne, Vaca de Osma, Amagro Gorbea, etc. Autores  como Sayas, Azkarate o  Cepeda, creen, basándose en los recientes descubrimientos arqueológicos,  que, pese a su carácter polémico, merece volver a ser discutida la hipótesis que parece indicar una expansión francoaquitana sobre el territorio de la actual comunidad autónoma del País Vasco. Esta teoría ayuda a la quimérica ensoñación de algunos al reivindicar por ese supuesto parentesco, la parte del territorio que consideran vasco-francés.

 

La verdadera cuestión histórica es por qué estos tres pueblos de la prehistoria de la zona, son obviados por el planteamiento histórico nacionalista vasco. Si se sigue la cronología histórica, estos pueblos vivían en la península mucho antes que los propios celtíberos de lengua euskérica.Olvidarlos o apartarlos del origen de los actuales vascos es cuando menos eliminar un pedazo de historia que se dio en ese territorio durante algún tiempo. Si se hicieran valoraciones exclusivamente históricas decir que estos pueblos prerromanos son parte del sustrato de los actuales vascos no sería ninguna barbaridad, pues es un hecho objetivo y contrastado por fuentes antiguas que los citaron aunque se sepa poco de ellos. La ocupación de estos territorios por los vascones en la Alta Edad Media supuso su definitiva desaparición de las páginas históricas. No se sabe si por eliminación o por absorción, pero lo que fue real es su existencia histórica y su indiscutible ocupación del territorio que era en su totalidad el actual País Vasco. El por qué de su no inclusión como antepasados de los vascos actuales sólo deriva del afán nacionalista por ser “especiales”.

 

No existe legado histórico alguno que ponga de manifiesto el cultivo de arte u oficio antiguo por los vascos. De su religión tampoco existe el más mínimo legado y en cuanto a la adopción del cristianismo, se sabe que fué muy tardía. En la zona habitada por vascones no se ha hallado vestigio arquitectónico ni monumento cristiano ni otro que acuse la práctica de alguna religión. En cuanto a los sepulcros de Elorrio (Arguiñeta), del S VIII, que los nacionalistas atribuyen a los vascones, pertenecen a los moradores de la España central, que se refugiaron allí de los musulmanes. Las crónicas de la historia tan sólo señalan que en el S IX San León fué martirizado hasta la muerte en los territorios vascones (Bayona), mientras que en la localidad guipuzcoana de Lezo, en esas mismas fechas la población era de cultura castellana y cristiana y atribuyen a ese mismo santo la traída de su venerado Santo Cristo. Alguna de las ciudades celtas como Ilurcis, sobre la que Tiberio Sempronio Graco fundó Gracurris en el 179 a.C., había estado poblada por los celtas desde antes del Siglo V a.C. como atestiguan los restos encontrados de la primera edad del Hierro. Por Gracurris pasaría más tarde el árabe Musa, aliado de los vascones, quien arrasaría la ciudad y cambiaría su nombre por el de Alfaro.

 

De los escasos objetos, fundamentalmente mobiliario que pueden considerarse vascos (arcas o kutxa y útiles de pastor), los adornos y figuras indican la cultura magrebi en la utilización de los mismos símbolos geométricos, fundamentalmente el eguzkilore y la estela. El lauburu, convertido en el símbolo de la nación vasca propugnada por Arana, no tiene la antigüedad milenaria que se le quiere atribuir, es un símbolo moderno (S XVI). 

 

Desde los primeros indicios de la presencia de ese grupo humano, el comportamiento salvaje de los vascones es su descripción constante en todas las crónicas existentes. La desenfrenada actividad de saqueo, matanzas y ocupación de haciendas y solares celtas desde que fueron localizados por primera vez el año 189 a.C. es un claro indicio de que su presencia en la zona no tenía su origen en el crecimiento vegetativo de una población autóctona con solar propio, sino en la llegada masiva y simultánea de visitantes extranjeros de esas concretas costumbres a la zona y de ahí su imperiosa necesidad de saquear para sobrevivir y de emparejarse con las mujeres de los poblados saqueados. La lógica explosión demografica sobrevenida como consecuencia de las circunstancias de su instalación en el “saltus vasconum” (la montaña navarra), les llevó a ocupar, tras saqueos y matanzas el “vasconum ager” (el valle navarro), los solares de los celtas suesetanos en el 184 a.C., (que a partir de esa fecha ya no volvieron a ser citados en su solar de origen). Los solares iacetanos, situados en la zona de Jaca en las fuentes de Timágenes (época de Augusto) citadas por Estrabón, y en las posteriores ya no mencionan a los suesetanos, apareciendo en su lugar los vascones, quienes tambien fueron localizados posteriormente en Calagurris (Calahorra- Logroño) en la época de Sertorio (77 y 74 a. C.), y finalmente en los solares del Cantábrico y la Aquitania. 

 

Roma, a  pesar de haberse impuesto sobre Cartago, su potencia rival en el Mediterráneo, todavía tardaría dos siglos en dominar por completo la península ibérica, ganándose con su política expansionista la enemistad de la práctica totalidad de los pueblos del interior.Se considera que los abusos a los que estos pueblos se vieron sometidos desde el principio, fueron en gran parte culpables del fuerte sentimiento antirromano de estas naciones. Tras años de cruentas guerras, los pueblos autóctonos de Hispania resultaron finalmente aplastados por el rodillo militar y cultural romano, desapareciendo en este proceso de choque cultural, aunque no sin antes dejar el indeleble ejemplo de la resistencia feroz ante un enemigo muy superior. Desde el 197 a.C. la parte de la península ibérica sometida a Roma quedó dividida en dos provincias: la Citerior, al Norte (la futura Tarraconense, con Tarraco por capital), y la  Ulterior (al Sur), con capital en Córdoba. Ya en ese mismo año de 197 a.C., la provincia Citerior fue escenario de la rebelión de los pueblos íberos e ilergetes, que el procónsul Quinto Minucio Termo  tuvo dificultades para controlar.

La conquista de la zona central, la región llamada Celtiberia, fue acometida en 181 a.C. por  Quinto Fulvio Flaco. Éste venció a los celtíberos y sometió algunos territorios. Pero la empresa fue obra principalmente de Tiberio Sempronio Graco (179 a 178 a.C.) que conquistó treinta ciudades y aldeas, algunas mediante pactos y otras valiéndose de la rivalidad de los celtíberos con los vascones situados más al Norte, con los cuales probablemente concertó las alianzas necesarias para facilitar la dominación romana en dicha región. En general los pactos establecían para las ciudades o aldeas un tributo pagadero en plata o productos naturales. Cada ciudad o aldea debía aportar un contingente prefijado para el ejército. Graco fundó Graccuris, con la finalidad, según se cree, de contribuir a la  civilización de la zona celtibérica y a la difusión de la cultura romana.

En el 133 a.C. fue destruida la ciudad celtíbera de Numancia, último bastión de los celtíberos. Éste sería el punto culminante de la guerra entre celtíberos y romanos que se desarrolló entre el 143 y el 133 a.C.; la ciudad celtíbera acabó siendo tomada por Publio Cornelio Escipión Emiliano, cuando ya el hambre hacía imposible la resistencia. Los jefes celtíberos se suicidaron con sus familias y el resto de la población fue vendida como esclavos. La ciudad fue arrasada.

Durante más de un siglo los vascones y celtíberos se disputaron las ricas tierras del Valle del Ebro. Probablemente la celtíbera Calagurris, hoy Calahorra, llevó el peso de la lucha, auxiliada por alianzas tribales. Por parte vascona debía existir algún asentamiento medianamente importante situado al otro lado del Ebro, más o menos frente a Calagurris, que obtenía también el apoyo de los vascones de otros puntos. Seguramente los celtíberos llevaron la mejor parte en la lucha, y destruyeron la ciudad vascona, ocupando tierras al otro lado del Ebro. Pero los llamados «celtíberos» eran enemigos de Roma, y los vascones eran (estratégicamente es lo más razonable) sus aliados. Cuando fue destruida Calagurris por los romanos, fue repoblada con vascones.

Posteriormente el territorio vascón se vio profundamente implicado en las Guerras Sertorianas. Sertorio se traslada en el año 77 a.C. al valle del Ebro e instala su cuartel en Osca, la actual Huesca, y ese mismo año, atravesando el paso de Perthús, llega Cneo Pompeyo, enviado por Roma para combatirle, que consigue la simpatía de muchos vascones, especialmente en la zona del Ebro. Esto provoca que ciudades próximas tomen partidos diferentes: mientras Calagurris se mantiene fiel a Sertorio, Gracurris apuesta por Roma, siendo la zona del Ebro la más convulsionada por los enfrentamientos entre los dos bandos.

En el invierno del año 75 a.C., Pompeyo funda la ciudad de Pompaelo (actual Pamplona). Sertorio es asesinado a traición en Osca el año 72 a. C., quedando como última plaza fiel al ideal de Sertorio. Este asedio, realizado por Afriano, general de Pompeyo, duró hasta el año 67 a.C., llevando a sus habitantes hasta el extremo de tener que recurrir a comerse los cadáveres.

Los vascones no solo no se enfrentaron a los romanos sino que proporcionaron material humano al ejército invasor a lo largo de mucho tiempo. Hay bastantes testimonios de la presencia de individuos de origen vascón en las legiones en las que militaron,  al menos desde el siglo I a.C. En los muros de la iglesia de Sta. Eulalia en Muez (Navarra) está empotrada la lápida sepulcral de un tal Aemilio Ordunetsi, veterano de la legión II Augusta. En Roma se encontró la lápida de Cayo Mario Emiliano, calagurritano que sirvió en la VIII cohorte pretoriana. Otro calagurritano llamado Cayo Flavio Emiliano sirvió también en la capital imperial en la IX cohorte urbana. Conocemos las lápidas de otros dos calagurritanos que sirvieron en el ejército romano: el jinete Cayo Valerio Próculo de la turma[1] adscrita a la legión XI Claudia y Cayo Sempronio Fido, tribuno augusticlavius en varias legiones. Octavio contó durante las guerras civiles con una guardia de calagurritanos y Galba reclutó un par de cohortes auxiliares vasconas (de las que se conoce la cohors II Vasconum Civium Romanorum) que se destacaron luchando contra las fuerzas de Civilis durante la revuelta de los batavos. Destinada posteriormente a Britania, en el año 156 se le envió a la Mauritania Tingitana. La costumbre de guardias personales formadas por hispanos fue muy común entre los generales, debido a que aquéllos, los hispanos en general, mantenían su fides (la fidelidad) y devotio[2] hacia su jefe.

En el 245 a.C. comienza un largo periodo de anarquía militar. Las luchas entre los caudillos acaban por romper la pax romana de Augusto y sus sucesores. El Bajo Imperio entra en crisis, apareciendo nuevas relaciones sociales que avanzan hacia una ruralización de la sociedad y a la polarización social: los honestiores (clase alta terrateniente) tienden a una progresiva concentración de la tierra; el trabajo esclavo va siendo sustituido por el trabajo de pequeños propietarios arruinados, de colonos y de siervos, bajo la forma del patrocinio y del encomendamiento. Estos grupos sociales ejecutores del trabajo van conformando la clase de los humiliores. Se agudizan por ello las tensiones sociales, que darán lugar  al movimiento bagauda, aunque bajo el aparente equilibrio de la pax romana encontramos precedentes de estas revueltas en la de los esclavos de Espartaco, la de los desertores de Materno y la de Bulla, primeros practicantes del bandolerismo social, cercano a dicho fenómeno bagáudico. En la zona gala salen a relucir nombres de líderes como Tibatón o Eudoxio, en Hispania el nombre de Basilio. 

Las acciones antirromanas de los bagaudas fueron el saqueo de campos, tentativas y conquistas de ciudades (el saqueo de Lérida con apoyo de los suevos), y apropiarse del botín. Fueron fácilmente reprimidos por las tropas romanas o aliadas. Los bagaudas promovían la rebelión armada contra el poder romano; su objetivo fundamental fue el separatismo social del orden imperial, llegando a dominar territorios autónomamente. Sus principales zonas de influencia eran las zonas boscosas, montañosas y aisladas de Vasconia y Armórica[3]. En sus territorios regentarían hábitos tradicionales de justicia, formas religiosas prerromanas y tendencias igualitarias. Otros objetivos sociales de los rebeldes constituían las actuaciones contra la clase dirigente armoricana y tarraconense: la probable esclavización y muerte de propietarios y la eliminación de algún obispo, como el de Tarazona. En la Hispania del 454 sufren una definitiva derrota ante Federico, hermano del rey visigodo Teodorico II, aunque el fenómeno continuará hasta el siglo VIII.

Con el desmoronamiento del imperio romano, se produjo la invasión de los godos.Toda Hispania, incluídas la actuales Navarra y provincias vascas de Guipúzcoa, Vizcaya y Alava quedaron bajo dominio VISIGODO, que sustituyó al romano. No hay casi noticias históricas del territorio vascón (ni de casi toda la costa cantábrica) a partir de este momento. El hecho es que de ser un área aislada dentro de un gran imperio, los vascones pasan a encontrarse en la zona fronteriza entre dos belicosos vecinos: los reinos franco y visigodo. Esta zona se convierte en un territorio de alto valor estratégico deseado por ambos contendientes. El accidentado territorio vasco es ideal para el bandidaje y la guerrilla, por lo que es posible que los vascos sobrevivieran a pesar de sus opresivos vecinos. Simplemente se fueron a las montañas y esperaron ahí hasta que la amenaza desapareciese.

Un aspecto tampoco explicado es este de la tribalización en la que cayó el pueblo vascón y la degradación, pobreza y desorden a la que arrastraban también a los pueblos ocupados, que previamente eran sociedades muy ricas y organizadas según la cultura celta, fenómeno del que las crónicas han dejado testimonio abundante. Tal fué el caso de Tulonio ciudad de la llanada de Alava. Lo mismo ocurrió en pleno año 548 en el valle del Ebro (542-548), y en el año 587 en Aquitania (San Gregorio de Tours en su “Historia de los Francos” quien refiriéndose a ese año dice: “los vascones se precipitaron desde las montañas a las llanuras, talando viñas y campos, quemando casas y llevándose prisioneros a muchos habitantes con sus rebaños). En ese año en España ya se había celebrado el III Concilio de Toledo por el que católicos y arrianos se integraron en la Iglesia Católica. Por lo que respecta a los vascos, las crónicas siguen dando cuenta de sus saqueos por todo el norte en el año 652, en el que dejaron la región sembrada de cadáveres, sin respetar clérigos, Iglesias ni altares. Las crónicas posteriores siguen relatando los saqueos de los vascones a las poblaciones de Autrigonia o Nueva Bardulia y Cantabria en el año 672. Hacia el año 700 comenzaba a adquirir cierta importancia entre los vascones el oficio de carbonero y de pastor, pero todavía en el año 1140, el viajero Aimeric Picaud que escribió el Códice Calixtino dejó escrita una descripción muy poco halagüeña sobre los vascos, acerca de su salvajismo. En esa misma crónica Picaud dejó una extensa lista de palabras en vasco, tales como Urtzi (Dios) y belaterra (cura). 

Después de esa fecha la monarquía visigoda vivirá un periodo de debilidad bajo la tutela ostrogoda seguido de una época de anarquía y disgregación política que no culminará hasta que Leovigildo ocupe el trono en torno al año 569. Durante los 100 años que median entre la sustitución de la administración romana en Hispania y la ascensión de Leovigildo la presencia visigoda en muchas zonas de la Península fue testimonial o directamente inexistente. Muchas regiones hispanas habrían alcanzado una autonomía “de facto” como consecuencia del vacío de poder generado por la desaparición de la administración imperial y la incapacidad de la monarquía visigoda para sustituirla plenamente.

Entre el 550 y el 577 ningún soberano tuvo posibilidad de ocuparse de los vascones porque estaba dedicado a otros asuntos militares. Coincidió el momento con una gran inestabilidad en el Reino Visigodo. El 578 Leovigildo había pacificado el Reino y conquistado las partes de la Península que se le oponían o no le pertenecían. Solo el territorio vascón del saltus escapaba a su control. Sin duda los visigodos consideraban a los vascones como meros rebeldes. No eran peligrosos políticamente pues no tenían capacidad militar para derrotar al ejercito visigodo ni para imponer un candidato al trono, ni siquiera para tomar ciudades amuralladas, pero sus depredaciones en las grandes y medianas haciendas de una zona muy extensa eran onerosas. Los caminos eran inseguros y ello dificultaba el comercio, y las pérdidas que se producían eran importantes, de modo que  provocaban descensos de la recaudación y presiones de los afectados a la corte.

Leovigildo dirigirá una serie de campañas militares encaminadas a obtener la sumisión de las entidades políticas que se mantenían independientes del poder visigodo. Entre los años 570 y 577 el monarca visigodo, además de guerrear contra suevos y bizantinos, reducirá a la obediencia a la ciudad de Córdoba y a las regiones de Orospeda, Sabaria y Cantabria. Vasconia, que habría obtenido una independencia similar, será el objetivo de la campaña del año 579. Según la Crónica de Juan Biclarense: “El rey Leovigildo ocupa parte de las Vasconias y funda la ciudad llamada Victoriaco”. Leovigildo no fue capaz de lograr en una sola campaña la sumisión de los vascones. La peligrosa rebelión de su hijo Hermenegildo, iniciada el año anterior, y las complicaciones internacionales derivadas, le impedirán completarla.

De modo que aprovechando las luchas entre Leovigildo y sus hijos, se produjo una gran coalición nacional militar vascona que llevo a efecto la gran expedición del 581. Consecuencia de ella, fue que Leovigildo, en vez de combatir a su hijo, como seguramente se esperaba en Vasconia, marchó contra las partidas que salieron de este territorio, destrozó a algunas y obligó a otras a refugiarse en las montañas, y pudo ocupar fácilmente buena parte del territorio vascón, concretamente la parte llana, las ciudades, la Navarra Media y los pasos pirenáicos, dejando a los vascones las montañas del Oeste y Norte de Navarra, donde el ejército visigodo no podía operar y donde los vascones, conocedores del terreno podían ocultarse. También la zona del actual País Vasco (Guipúzcoa, Vizcaya y Alava), territorio de extrema pobreza, la ocupación total y permanente de los cuales hubiera requerido el uso de muchos miles de soldados. Funda después Victoriacum también en el año 581.

Con el establecimiento de guarniciones godas en Victoriacum (Vitoria), Oligico (Olite) y otras poblaciones se consolidará (ahora sí) una frontera que separará definitivamente el saltus del ager y acabará de dislocar la economía de los montañeses vascones. El tradicional intercambio de productos entre la montaña y el llano quedará entorpecido o interrumpido. Ya antes el temprano establecimiento de una guarnición en la Pamplona romana habría privado a los montañeses de un mercado natural para sus productos. A esto se unirían las consecuencias derivadas del establecimiento a uno y otro lado de los Pirineos occidentales de dos reinos germanos (franco y visigodo) enfrentados casi de continuo, lo que tendrá repercusiones negativas en el tráfico de personas y mercancías por los pasos. Todas las actividades económicas ligadas al comercio transpirenaico se verán afectadas y las gentes del saltus que ofrecían servicios de guía, comida, alojamiento y protección a los viajeros (incluso a los latrones que los asaltaban) dejarán de percibir unos ingresos complementarios muy importantes. Los montañeses vascones se verán abocados ahora a una economía de subsistencia y el saqueo de las regiones circundantes se convertirá en un sustitutivo de las fuentes de ingresos tradicionales ahora vedadas.

La historiografía nacionalista ha insistido en que todos los reyes godos en sus crónicas, inscribian la frase latina Domuit vascones (dominó a los vascones) lo que, según ellos, significa que en verdad no lograron dominar a los vascones. En realidad esta interpretación es otro invento del nacionalismo, por lo que ha sido puesto en duda por diversos historiadores que esa expresión proceda de crónicas antiguas ya que no ha sido encontrada en ninguna. Según el historiador Armando Besga, la frase podría datar de 1931, cuando fray Bernardino de Estella escribe en uno de los clásicos de la historiografía nacionalista, la “Historia Vasca“:

“En las Crónicas de los reyes visigodos se encuentra una frase constantemente repetida: Domuit vascones (subyugó a los vascones). Vencer a los vascos fue la idea que abrigaron casi todos los reyes visigodos. Pero esa frase, siempre repetida hablando del mismo pueblo, indica claramente que jamás lograron dominar a las tribus vascas. Lucharon contra Recciario, Eurico, Leovigildo, Recaredo, Gundemaro, Sisebuto, Suintila, Wamba, todos los cuales atentaron contra la independencia de Euzkadi“.

Sin embargo, nunca existieron esos cronicones de los reyes godos ni nunca escribió esas palabras Isidoro de Sevilla, a quien también se las atribuyen. Como resume Armando Besga, doctor de la Universidad de Deusto, “aunque parezca increíble, lo cierto es que la dichosa expresión domuit vascones no aparece ni una sola vez en las fuentes de la época de los reinos germánicos, lo que demuestra cómo se ha hecho una parte de la historia de los vascones que, además, ha trascendido mucho” [4].

A partir de este momento las trayectorias históricas del País Vasco y Navarra divergen. Esta última se configurará en reino y en un reino importante de cuyo tronco se nutren otros reinos hispánicos, o incluso nacen de él, mientras que las tres provincias vascas se constituirán en señoríos, condados, etc, dependientes de Castilla. Los matrimonios entre nobles y la afinidad cultural fueron las principales armas castellanas para anexionar, de forma pacífica, las tres provincias vascas a Castilla hace más de siete siglos.

Hecho que, naturalmente, el nacionalismo vasco se cuida en esconder, pero que nosotros trataremos en un próximo artículo.

 


 

 

[1] Escuadrón de caballería del ejército romano. Estaba formada por 30 jinetes a las órdenes de un decurio en las unidades auxiliares y por un centurio en las legiones.

[2] Una institución consolidada a mediados del s. II a.C. es la devotio: “en torno a un personaje distinguido por sus dotes militares, se agrupaban sectores de la población marginada que establecían con él un juramento de protección; para estos devoti  la defensa de su jefe resultaba vital ya que de él dependían para su subsistencia. Esta forma de patronato-clientela armada servía para nutrir las tropas de mercenarios y, en ocasiones como en el cerco de Numancia, para defender a su propia ciudad” (Mangas, 1995, p.138). Retógenes, uno de los jefes de estos devoti, aparece mencionado en los textos como uno de los defensores de Numancia.

[3] En su Historia Natural, Plinio el Viejo afirma que Armórica es el antiguo nombre de Aquitania y menciona que los Pirineos son como el borde austral de la región.Se trata de la región costera del noroeste francés, comprendida entre Pornic (cerca deNantes) a Dieppe. Comprendía la actual Bretaña, el noroeste del país del Loira y la totalidad del litoral de Normandía.

[4] A. Besga Marroquín, Domuit vascones: el País Vasco durante la época de los reinos germánicos: la era de la independencia (siglos V-VIII), Librería Anticuaria Astarloa, Bilbao, 2001, p. 517

 

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