El beato “León de Münster”

El beato “León de Münster”

 

Pocos seres humanos fueron capaces de enfrentarse directamente a los terribles dictadores (de uno y otro signo, tanto que da),  que asolaron Europa durante el siglo XX. No fueron como los innumerables mártires a los que les fue arrebatada su vida en tantos campos de trabajo por defender la Verdad y que lo hicieron generosamente con humildad, paciencia y mansedumbre franciscanas y por ello, dignos de figurar en el santoral. Estos personajes a quienes me refiero, se enfrentaron abierta y directamente con el poder: Una mujer, de la que ya hablé anteriormente, Mariya Yúdina, plantó cara a Stalin; un hombre de iglesia, el obispo von Gallen y el juez Lothar Kreyssing, supieron desafiar a Hitler. 

Traigo a colación a estos dos personajes porque, aunque España no está bajo la misma situación política, sí que aparecen ciertos aspectos preocupantes. Uno de ellos es el intento de hacer callar a los miembros de la Iglesia que se atreven (tristemente no todos) a denunciar situaciones maléficas y destructivas para la juventud y aún la niñez a través de los malhadados planes de enseñanza y otro es la negligencia de la Justicia ante el abuso o la indiferencia con la que actúan, en vez de defender la Verdad y la Ley.

 Clemens August von Galen nació el 16 de marzo de 1878 en la ciudad de Dinklage en Oldenburg. Pertenecía a una de las más antiguas y distinguidas familias nobles de Westfalia. Era hijo del Conde Ferdinand Heribert von Galen, miembro del Parlamento del Imperio Alemán (Reichstag) por el Zentrum (Partido de Centro Católico) y de Elisabeth von Spee. Undécimo de 13 hijos, creció bajo la protección de una familia creyente. Recibió su educación básica en la exclusiva escuela jesuita Stella Matutina en Austria, donde solo podían platicar en latín. Al parecer defendía sus ideas a capa y espada, hasta el punto que su superior jesuita,  escribió a sus padres: “La infalibilidad  es el principal problema de Clemens, quien bajo ninguna circunstancia admitirá que pueda estar equivocado. Están mal siempre sus profesores y educadores”. Asisitió después al Colegio de los jesuitas en Feldkirch y se graduó en 1896 en la ciudad de Vechta. En 1899 conoció al papa León XIII en audiencia privada quien le impresionó tanto, que decidió ser sacerdote. Después de estudiar en Friburgo (Suiza), Innsbruck y Münster, fue ordenado sacerdote el 28 de mayo de 1904 en Münster.

Luego de un breve tiempo en que actuó como vicario de la catedral en Münster, en 1906 fue nombrado capellán de San Matías, en Berlín, donde comenzó un ministerio sacerdotal de 23 años en esa ciudad. Tras algunos años como cura en San Clemens, fue nombrado párroco de San Matías en Berlin-Schöneberg. En esta ciudad es donde vivió la difícil época de la primera Guerra mundial, la confusión de la post-guerra y una buena parte de la era de la República de Weimar. La situación de diáspora de la ciudad de Berlín exigió un gran esfuerzo pastoral de su parte. En 1929, fue nombrado Párroco de la Iglesia San Lamberto[1] en Münster y a la muerte del Obispo Johannes Poggenburg fue nombrado Obispo de Münster, y cuando el 5 de septiembre del 33 Pío XI lo nombra sucesor en la cátedra de san Ludgerio, los cascos de acero con las cruces gamadas del Tercer Reich presentes en la solemne ceremonia de toma de posesión de su cargo, no imaginaban todavía la que se les venía encima con este prelado de nobles orígenes y profundos sentimientos patrióticos. Como lema escogió ”Ni por alabanza ni por temor, me alejaré del camino de Dios” lo que parece fiel reflejo de su determinación demostrada desde niño, con la del propio San Lamberto, aún siendo decapitado. Esa determinación de no alejarse del camino de Dios fue la que le llevó a enfrentarse  con el todopoderoso Hitler.

Fue el primer obispo elegido después del Concordato del Reich, firmado con la Santa Sede el 20 de julio de 1933, y uno de los primeros obispos alemanes no solo en intuir y desenmascarar con extrema lucidez y firmeza el peligro de la ideología neopagana del nazismo, sino también en denunciar con fuerza y públicamente las violencias y barbaries del terror nazi.

Ya dos meses después de su consagración, en noviembre del 33, se da cuenta de que los pactos recién firmados con el gobierno no se respetan y protesta enérgicamente contra las violaciones del Concordato.  Consciente de la responsabilidad en el período de la subversión política, adoptó ya en la primavera de 1934 por primera vez una posición crítica contra las afirmaciones de la ideología nacionalsocialista de Alfred Rosenberg, el principal teórico del nacionalsocialismo, nombrado sustituto del Führer para la dirección espiritual e ideológica del partido, que difunde masivamente su Mito del siglo XX. Von Galen clama:

 «Ataca los fundamentos de la religión y toda la cultura, quien disgrega y destruye la fe en Dios en la humani­dad. Ataca los fundamentos de la religión y toda la cultura, quien destruye la ley moral en el hombre. Con todo, hacen esto quienes declaran que la moralidad tan sólo es válida en cuanto promueve la raza para un pueblo. Evidentemente, de este modo se sitúa la raza por encima de la moralidad y la sangre por encima de la ley (…). Ellos transforman los sacramentos en usos de una religión nacional, hablando del misterio del sacramento de la sangre (…). Los nuevos paganos aspiran a una iglesia nacional, que no se apoya en el fundamento de la fe colectiva en la Revelación, sino en la enseñanza de la sangre y la raza. Por este motivo, en cali­dad de obispo alemán, levanto mi voz de advertencia y os digo: Mantengámonos firmes en la fe de la Iglesia una, santa, católica y apostólica, como vuestros padres la conocieron y permanecieron fieles a ella”. “Es un engaño religioso. A veces ocurre que este nuevo paganismo se esconde incluso bajo nombres cristianos […]. Este ataque anticristiano que estamos viviendo en nuestros días supera, en violencia destructiva, a todos los demás de los que tenemos conocimiento desde los tiempos más lejanos» La carta termina con una admonición a los fieles a no dejarse seducir por tal «veneno de las conciencias» e invita a los padres cristianos a vigilar a sus hijos. El mensaje cayó como una bomba y tuvo un efecto liberador en el clero y en el pueblo, teniendo eco no sólo en Alemania, sino también en el extranjero.

Con la subida al poder de Hitler la Iglesia alemana tuvo que hacer frente a un régimen que cada vez más insidiosa y descaradamente se atribuía el dominio total en el campo religioso y eclesiástico, aniquilando los derechos civiles y humanos. En los años siguientes, Von Galen luchó con ahínco por el man­tenimiento de las escuelas católicas y contra la totalidad de la pretensión educativa de los nacionalsocialistas. Debió reconocer muy pronto la arbitrariedad del estado nacionalsocialista. Sus protestas contra la «desconfesionalización de la vida pública» y el aumento gradual de la «Kirchenkampf» no parecen coronadas por el éxito, al igual que en las demás diócesis católicas. Sin em­bargo, él tuvo el estímulo del apoyo y la lealtad de su diócesis. El 6 de septiembre de 1936, el «Viktorstracht» de Xanten, en el cual participaron más de 25 mil personas, dio ocasión al Obispo de hablar sobre los límites de la obediencia a la autoridad humana: « ¡Es preferible morir que pecar! Y si la autoridad de la Iglesia y el Estado, de la comunidad y la familia, abusando de su posición, nos pide actuar contra la ley de Dios y contra la conciencia formada de acuerdo con la ley de Dios, queremos sacrificar el cuerpo y la vida, pero mantener nuestra conciencia pura». 

El obispo Galen formó parte muy pronto de los obispos alema­nes que apoyaron y favorecieron una protesta pública de toda la Iglesia contra el nacionalsocialismo. En muchas cartas, él mismo invitó al entonces Papa Pío XI a «una protesta pública». A comienzos de 1937, poco tiempo después de que en la zona de Oldenburg, en Münsterland, se había encendido una violenta disputa entre la Iglesia y el Estado, porque el gobernador del distrito promulgó el retiro de los crucifijos de las oficinas públicas, revocado, con todo, a causa de la amplia protesta de la población católica, Von Galen fue llamado a Roma por el Papa. Junto con los cardenales Bertram, Faulhaber y Schulte, así como el obispo Preysing de Berlín, colaboró en la adopción de una posición papal, muy atenta a la situación de la iglesia en Alemania, con la encíclica Mit brennender Sorge, que en marzo de 1937 se publicó en la versión hasta ahora única en idioma alemán y fue objeto de gran atención en el interior y el exterior. 

Esta encíclica, «una de las condenas más severas de un régimen nacional que pronunciara el Vaticano», fue declarada por las autoridades nazis «un acto de alta traición contra el Estado». Detenciones y secuestros siguieron a su difusión. Von Galen, en su diócesis, hizo imprimir 120 mil ejemplares. Las acciones intimidatorias dirigidas contra su persona aumentaron, creciendo al mismo tiempo su prestigio y la gran autoridad moral, que hacía de él un punto de referencia reconocido por todos, incluso por los judíos.

Por cierto que después de la noche del pogrom de 1938, en la que destruyeron la mayoría de sinagogas y negocios judíos, el obispo Galen ofreció ayuda mediante un mensajero a la familia del detenido rabino Steinthal, pero una delegación dirigida por el rabino renunció a la intervención pública del Obispo anteriormente solicitada y por él aceptada de inmediato, porque se temía una intensificación de la persecución. El obispo Galen sufrió más tarde por esto: se dijo que no protestó de inmediato contra lo que el purpurado definió como «crimen sacrílego”, pero el rabino dejó documentada en sus memorias la gratificación al obispo y a otros sacerdotes cristianos que aún arriesgando sus vidas salvaron judíos[2].

Los días que precedieron al comienzo de la guerra, el obispo de Münster, por haber «atacado fuertemente las bases y los efectos del nacionalsocialismo» era indicado por la Cancillería del Reich como uno de los adversarios más peligroso del régimen.

Pero fue con los sermones del 41 con los que el obispo se hizo famoso en todo el mundo. Se ganó de este modo el apelativo de “León de Münster”. Galen aprendió, ciertamente de niño en su casa paterna, a no divulgar «una palabra de crítica hacia las disposiciones de la autoridad católica», pero cada vez le resultaba más difícil callar en público. Veía que ya no tenían sentido los métodos empleados por el Cardenal Adolf Bertram de Breslau, presidente de la Con­ferencia Episcopal, para oponerse a las violaciones al Derecho y a los crímenes del nacionalsocialismo con peticiones a la autoridad y protestas escritas, réplicas y protestas jurídicas. El 26 de mayo de 1941, Von Galen escribió al obispo Berning de Osnabrück: «Si el Cardenal Bertram y del mismo modo muchos otros obispos, superiores a mí en ancianidad, experiencia y virtud, permanecen tranquilos con todo esto y se contentan con protestas de papel y sin efecto del presidente de la Conferencia Episcopal de Fulda, desconocidas para el público, entonces sería arrogante, y para los demás reverendísimos señores una ofensa al honor, tal vez además tonto y equivocado, que yo me adelantase mediante una ‘fuga en el público’ y se provocasen quizás también contra la Iglesia disposiciones más brutales; pero ya no puedo tranquilizar mi conciencia con semejantes argumentaciones ex auctoritate. Siempre me vienen a la mente los ‘canes mudos, incapaces de ladrar’, de los cuales habla Isaías».

El sábado 12 de julio de 1941 el obispo recibe la comunicación de que han sido ocupadas las casas de los jesuitas de la Königstrasse y de Haus Sentmaring. Con el avance de la guerra los jefes supremos del partido intensificaron el secuestro de bienes de las confesiones cristianas, y precisamente en los días en que Münster sufría graves daños por los bombardeos, la Gestapo comenzó sistemáticamente a deportar a religiosos y a ocupar y confiscar los conventos. También fueron secuestrados los conventos de las monjas de clausura. Los religiosos y religiosas fueron insultados y expulsados.[3] El obispo se puso en movimiento inmediatamente. Afrontó personalmente a los hombres de la Gestapo, diciéndoles que estaban realizando «un acto infame y vergonzoso», y los llamó con mucha claridad y franqueza «ladrones y bandoleros». Consideró que había llegado el momento de intervenir públicamente. Estaba listo para cargar con todo por Dios y por la Iglesia, aunque esto pudiera costarle la vida. Al día siguiente, tras prepararse bien el sermón, subió al púlpito decidido a llamar a las cosas por su nombre. «Ninguno de nosotros está seguro, ni siquiera el que en conciencia se considera el ciudadano más honesto, el que está seguro de que nunca llegará el día en que vengan a arrestarle a su propia casa, le quiten la libertad, le encierren en los campos de concentración de la policía secreta de Estado. Soy consciente de que esto puede sucederme hoy también a mí…» Y no duda en desenmascarar frente a todos las viles intenciones de la Gestapo, considerándola responsable de todas las violaciones de la más elemental justicia social: «El comportamiento de la Gestapo daña gravemente a amplísimos estratos de la población alemana… En nombre del pueblo germánico honesto, en nombre de la majestad de la justicia, en el interés de la paz… yo levanto mi voz como hombre alemán, como ciudadano honrado, como ministro de la religión católica, como obispo católico, yo grito: ¡exijamos justicia!». Con fuerza y seguridad le salían las frases de la boca, como truenos. Con indómito ardor denunció uno a uno los «hechos infames» y los atropellos de que había tenido noticia. «Los hombres y las mujeres», recuerda un testigo, «se pusieron en pie, se oyeron voces de consenso y también de terror e indignación, cosa que generalmente es impensable aquí, en la iglesia. Vi cómo algunos rompían a llorar».

El efecto de este primer sermón fue devastador. Durante el segundo sermón del 20 de julio la iglesia estaba abarrotada. La gente venía de lejos para escucharlo. Von Galen volvió a abrirles los ojos sobre la locura del proyecto que perseguía el poder, que llevaría al país a la miseria y a la ruina, y volvió a embestir «contra la inicua, intolerable acción que encarcela a sacerdotes, caza como si fueran animales a nuestros religiosos y a nuestras queridas hermanas… que persigue a hombres y mujeres inocentes…». Declara vanos todos los intentos y las súplicas a favor de tantos ciudadanos injustamente perseguidos. «Ahora vemos y experimentamos claramente qué hay detrás de la nueva doctrina que desde hace años se nos está imponiendo: ¡Odio! Odio profundo, como un abismo, contra el cristianismo, contra el género humano…». Pero fue el tercer sermón del 3 de agosto, sobre el V mandamiento, el que, por la virulencia de sus palabras, fue considerado por el Ministerio de Propaganda «el ataque frontal más fuerte desencadenado contra el nazismo en todos los años de su existencia».

 

El obispo se había enterado directamente del plan de exterminio de minusválidos, de viejos, de enfermos mentales y de niños con deficiencias de los hospitales de Westfalia. El plan, el tristemente famoso Aktion T4[4], lo mantenían secreto los nazis, pero el 3 de agosto de 1941 von Galen denunció: «Desde hace algunos me­ses escuchamos decir que por orden de Berlín, en los manicomios y hospitales para enfermos mentales se llevan de allí por fuerza a quienes ya están desde hace mucho tiempo enfermos y parecen tal vez incurables (…). Señala el artículo 139 del Código Penal: «Quien tiene noticia digna de consideración (…) del propósito (…) de un crimen contra la vida (…) y omite hacer una denuncia tempestiva a la autoridad o al amenazado será (…) castigado». Cuando me enteré del propósito de sacar a los enfermos del Marienthal para darles muerte, el 28 de julio presenté una denuncia al ministerio público, en el tribunal provincial de Münster, al jefe de la policía de Münster (…). No me ha llegado noticia alguna sobre el procedi­miento del ministerio público o la policía (…). Si luego se reconoce que los individuos tienen derecho a matar a sus semejantes «no productivos» (…), entonces esto está permitido como máxima con todas las personas improductivas, incluidos los enfermos incura­bles y los inválidos a causa del trabajo y la guerra; entonces está permitido el asesinato de todos nosotros cuando llegamos a ser viejos y débiles y por lo tanto improductivos (…). No es concebible el grado de barbarie en las costumbres y la desconfianza general que habrá dentro de las familias si esta espantosa enseñanza es tolerada, aceptada y seguida». 

 

Un primo del papa emérito Benedicto XVI fue asesinado en virtud de ese diabólico plan.”Tenía catorce años y era un poco menor que yo” decía el papa “Era fuerte y mostraba los típicos síntomas del síndrome de Down. Despertaba simpatía por la sencillez de su inteligencia y su madre, que ya había perdido una hija de muerte prematura, le tenía un gran cariño. Pero en 1941 se ordenó, por parte de las autoridades del III Reich, que debía ser internado para recibir una mejor asistencia (…)”.No se volvió a saber de él.

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Comenta un testigo: «Solo quien ha vivido la dictadura nazi puede medir el significado de las siguientes palabras que un obispo se atrevió a pronunciar: «Ahora se mata, bárbaramente se mata a inocentes indefensos; incluso personas de otras razas, de otras procedencias son suprimidas… Estamos frente a una locura homicida sin igual… Con gente como esta, con estos asesinos que pisotean orgullosos nuestras vidas, no puedo sentirme en comunión de pueblo”.

Sin admitir disputa, el obispo Galen habló en sus tres famo­sas prédicas de 1941 del derecho de todos los hombres a la vida y la protección de parte de un Estado de derecho. Los sermones tuvieron una difusión enorme, en poco tiempo dieron la vuelta al mundo. Se imprimieron y se leyeron en todas partes. Llegaron incluso a los soldados del frente. No hay más que decir que la gente se afanaba tanto por conseguirlos que incluso se intercambiaban por mercancías. Galen no llamó, con todo, a la resistencia abierta, si bien esperó de los creyentes una resistencia cristiana, íntima contra la pretensión totalitaria del nacionalsocialismo. En su prédica del 20 de julio de 1941 exhortó: «¡Llegar a ser firmes, resistir! En este momento no somos el martillo, sino el yunque. Otros, en su mayoría extraños y renegados, nos martillean, y empleando la violencia quieren plasmar nuevamente a nuestro pueblo, a nosotros mismos y a nuestra juventud y apartarnos del comportamiento recto hacia Dios. ¡Somos yunque y no martillo! ¡Pero mirad finalmente al herrero! Preguntad al herrero y dejad que él os diga: lo que es forjado sobre el yunque obtiene su forma no sólo del martillo, sino también del yunque. El yunque no puede ni necesita repetir los golpes, ¡sólo debe ser sólido, sólo duro! Si es suficientemente tenaz, sólido, duro, entonces el yunque dura más que el martillo, por cuanto también al golpear con fuerza el martillo, el yunque está presente, en tranquila solidez, y servirá todavía mucho tiempo para formar lo que nuevamente será forjado». 

El pueblo alemán, cristianos y no cristianos, había recibido los sermones con gran reconocimiento. Por la documentación encontrada entre los escombros de Berlín sabemos que durante el invierno del 41-42 varios judíos fueron arrestados por la Gestapo por la difusión de los «sermones instigadores» del obispo de Münster. Por estas intervenciones todos pensaban, incluso el obispo, que iba a ser eliminado al cabo de poco. El poder del estado se sintió amenazado y contestado por el Obispo von Galen, por lo que buscó prenderlo y matarlo. Presionó al Obispo conduciendo a 24 sacerdotes y 18 religiosos de su diócesis a los campos de concentración, en los que 10 de ellos murieron.

El jefe de las organizaciones juveniles de las SS publicó esta declaración: «Yo lo llamo el cerdo C.A., es decir, Clemens August. Este alto traidor, traidor del país, este cerdo está libre y se toma la libertad de hablar contra el Führer. Debe morir en la horca». Pero esto no pasó. El “caso Von Galen” fue minuciosamente discutido por el Ministerio de Propaganda y en la Cancillería del partido. Incluso el “delfín” de Hitler, Martin Bormann, quería ahorcarlo. El ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, calificó las palabras de Von Galen de «discurso insolente y provocativo, una puñalada en la espalda del frente de combate», y culpó al obispo de servir de impulso al enemigo, pero aconsejó al Führer que aplazara su ejecución, por razones de oportunidad política. La táctica del régimen era la de no crear mártires, y matarlo hubiera significado ganarse la antipatía de parte de la población, en especial de los soldados del frente. Los nazis aplazaban de este modo «el ajuste de cuentas» con Von Galen para después de la “victoria final”. Entonces, declaró Hitler el 4 de julio de 1942, se ajustarían las cuentas con él «hasta el último céntimo».

 

Este es el testimonio del hermano de Von Galen, el conde Franz: «Aunque no fue encarcelado, mi hermano seguía recibiendo ataques, atropellos e injurias de los enemigos de la Iglesia. Pese a ello se mantuvo erguido y siguió anunciando intrépidamente la verdad. Un día le pregunté qué debíamos hacer si lo arrestaban: “Nada”, fue su respuesta. También san Pablo estuvo encerrado durante muchos años y el Señor no temía que los paganos no fueran convertidos”. Estaba de acuerdo conmigo en que las fuerzas diabólicas se habían puesto manos a la obra, pero aludió también a las palabras consoladoras del Señor: “Las puertas del infierno no prevalecerán sobre la Iglesia”.

Después del final de la guerra, en 1945, se enfrentó claramente a los alia­dos contra los abusos de la potencia de ocupación y el reproche de la culpa colectiva alemana. El Papa Pío XII, que al igual que Von Galen rechazó la tesis de la culpa colectiva alemana, nombró Cardenal al Obispo de Münster por su valerosa intervención, sobre todo contra los métodos de la eutanasia, bajo la dominación del nacionalsocialismo. El Papa quería honrar a través de él a «la otra Alemania». 

A su regreso de Roma como Cardenal, el 16 de marzo de 1946, ante 50 mil personas en la plaza de la catedral, el Obispo Von Galen dijo: «El buen Dios me dio un puesto que me obligó a llamar negro a lo negro y blanco a lo blanco, como se dice en el rito de la consagración episcopal. Me dio un puesto que me hizo ser guía y responsable de centenares y miles de personas que, como yo, consideraban difícil que la verdad de Dios y el derecho, así como la dignidad y los derechos humanos, se dejaran de lado, se atropellaran y se tiraran al suelo. Cuando prose­guimos y permanecemos fieles a nuestras batallas, entonces llegará el día en que todo cuanto ahora se suprime, condenándose a la voluntad a callar, irrumpirá nuevamente, en que la verdad y el derecho serán nuevamente honrados y en que podremos nuevamente trabajar como cristianos por la construcción de una Alemania cristiana (…). Mi derecho y mi tarea consistían en hablar de eso y he hablado por vosotros, por las numerosas personas que aquí están reunidas, por las numerosas personas de nuestra amada patria alemana, y Dios ha bendecido esto. Y vuestro amor y fidelidad, queridos diocesanos, han mantenido alejado también de mí lo que tal vez habría sido mi destino, pero quizás mi más bella ganancia, que yo hubiese recibido la corona del suplicio. Vuestra fidelidad lo ha impedido. El hecho de estar vosotros detrás de mí y la diócesis de Münster eran una unidad inquebrantable y si golpeaban al Obispo toda la población se habría sentido golpeada, es esto lo que me protegió exteriormente, pero también lo que me reforzó interiormente y me ha dado la firme esperanza». 

Seis días después, el 22 de marzo de 1946, el Cardenal murió debido a una perforación del apéndice detectada demasiado tarde. Participaron innumerables personas en el duelo. La población desfiló ante los restos mortales en colas casi interminables en los días siguientes, hasta el entierro  del Obispo de Münster en la iglesia de San Mauricio. No sólo estuvo de luto la «Münster católica». Cartas de condolencia de cristianos evangélicos, judíos sobrevivientes y también no creyentes dan testimonio de que ahí no había muerto inesperadamente un obispo de 68 años, un alemán cualquiera, sino un ser grande de su tiempo. Encontró su última residencia en la catedral de Münster, que en ese momento todavía estaba en ruinas. El procedimiento de beatificación comenzó en 1956 y terminó con el Papa Juan Pablo II en el año 2004.

Como epílogo podríamos simplemente decir que el León de Münster, en defensa de la verdad y la justicia,

nunca fue un can mudo y siempre hizo honor a su divisa:

Nec laudibus nec timore


 

[1] Agricultor y santo aragonés. Murió martirizado a principios del siglo IV. Siervo agrícola de un amo infiel, fue decapitado por éste por no abjurar de su fe cristiana. Recogió su cabeza con las manos y con ella fue caminando tras sus bueyes hasta la tumba de los mártires de Zaragoza, donde fue sepultado. Este detalle aparece en toda la iconografía del santo y es clave del mismo.

[2] Abraham Skorka, Sobre el cielo y la tierra: Las opiniones del Papa Francisco…

[3] En España supimos mucho de actuaciones similares realizadas durante la guerra civil por el bando comunista, en una manifestación más de la igualdad de ambos totalitarismos.

[4] Un plan de eutanasia creado y ejecutado bajo la responsabilidad principal de médicos y enfermeras durante el régimen nazi para eliminar a personas señaladas como enfermos incurables, niños con taras hereditarias o adultos improductivos. Se trasladaba a la gente con la excusa de llevarlas a un sitio donde podrían ser vistos por un especialista, donde podrían tener un tratamiento mejor. A la familia no se le comunicaba este traslado. En realidad, a la familia sólo le llegaba después un comunicado del fallecimiento. En los nuevos centros, los pacientes eran engañados y se les sometía a un supuesto reconocimiento médico. Después pasaban a otra habitación donde pondrían fin a su vida. Fueron los comienzos de las cámaras de gas, un escándalo que hizo levantar las sospechas sobre todo cuando hubo un escape del primer centro. La desconfianza se generalizó. Familias enteras escribían a los hospitales preguntando por su hijo, su sobrino, amigos, etc. La sospecha era tal, que el mismo obispo de Münster, Von Galen, denunció desde el púlpito las desapariciones de pacientes. Se estima que fueron asesinadas sistemáticamente entre 200.000 y 275.000 personas, aunque otras fuentes sitúan la cifra en 70.273 víctimas.

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