Palillos: un guerrillero carlista en La Mancha

Por Alain Martín Molina - Licenciado en Ciencias Políticas y en Antropología Social  

Cuando al atardecer del 29 de septiembre de 1833 el rey Fernando VII falleció en Madrid, pocos podían imaginar que se desencadenaría una guerra de sucesión que azotaría España durante todo el siglo XIX. El rey Felipe V introdujo en España la Ley Sálica francesa en 1713 por la cual las mujeres no podían reinar. Sin embargo, cuando Fernando VII solo tuvo como descendiente a su hija Isabel, publicó la Pragmática Sanción, que abolía la Ley Sálica vigente dando derecho a las mujeres a acceder al trono. Pero fueron muchos los que consideraron que la Pragmática Sanción carecía de valor alegando que el monarca no estaba en condiciones en el momento en que se proclamó o que fue fruto de conspiraciones palaciegas de su esposa María Cristina con el único objetivo de sentar a su pequeña Isabel en el trono español.

Oficialmente, el trono fue ocupado por Isabel II, que dada su minoría de edad gestionaría su madre como regente. Pero muchos fueron los que consideraron que esto era una violación de la Ley Sálica, la que a su parecer prevalecía en el momento de la muerte de Fernando VII. Así, presentaron como pretendiente al trono español a Don Carlos, hermano del fallecido monarca y que lo haría como Carlos V de España. En varios puntos del país se levantaron partidas a favor de Don Carlos y se iniciaron revueltas contra la monarquía establecida liderada por María Cristina.

La Historia enfoca estos levantamientos sobre todo en las Vascongadas, Navarra y el Maestrazgo, lugares donde los carlistas lograron el favor del pueblo y una organización política y militar que permitió una contienda que mantuvo en jaque al país durante siete largos años. Y fueron en estos territorios donde las batallas se libraron y emergieron líderes que han quedado en la Historia de España, como Espartero, Maroto, Zumalacárregui, Miguel Gómez Damas, Diego de León o Isidro Alaix. Pero a pesar de que la Historia no lo ha contemplado en demasía también la guerra carlista se sucedió en otros territorios y con otros líderes al frente. Es el caso de Castilla La Mancha y Vicente Rugero, apodado Palillos.

El dos de octubre, tres días después de la muerte de Fernando VII, el oficial de Correos Manuel María González Moreno, proclama en Talavera de la Reina a Carlos V como nuevo rey de España. Sería la primera ciudad en hacerlo en todo el país. La revuelta popular hizo que los carlistas se hiciesen con el poder en esta localidad. Sin embargo, las tropas liberales no tardaron en recuperar el control de Talavera y dar muerte al propio Manuel así como a su hermano. Pero el proceso ya se había iniciado y se extendió por todo el territorio.

Palillos

Vicente Rugero era natural de Almagro. Desde pequeño mostró una virtud excepcional a la hora de montar a caballo y logró ser un auténtico virtuoso de la doma. Su educación la llevó a cabo su madre, quien le inculcó una férrea disciplina que le vino muy bien cuando entró a formar parte del Ejército de Su Majestad a principios del siglo XIX. Fue en el Ejército cuando pudo explotar sus virtudes como jinete y aprender el manejo de armas de fuego, técnicas de combate, estrategia militar e interpretación de mapas. Para un joven manchego criado en el campo, aquellas cosas eran todo un nuevo mundo por descubrir. Sus habilidades le hicieron ascender a Comandante de Caballería, aunque en el momento de licenciarse lo hizo como Teniente. Y fue a su regreso a su localidad natal de Almagro cuando Don Carlos reclamó el trono español para sí.

Los ideales carlistas estaban en sintonía con el pensamiento de Vicente Rugero, tales como la legitimidad al trono español de un varón encarnado por Don Carlos, la defensa de la tradición y de la religión, en definitiva, un pensamiento político de carácter conservador. Por eso, cuando se enteró de los sucesos acaecidos en Talavera de la Reina, no dudó en iniciar la resistencia carlista en Castilla La Mancha. En el norte, el General Zumalacárregui había optado por una lucha de guerrillas que le había dado el triunfo y Palillos no dudó en llevar a cabo la misma estrategia en La Mancha.

Relación de sacrificados por la Partida de Los Palillos en la villa de Orgaz el día 26 de febrero de 1839.

Relación de sacrificados por la Partida de Los Palillos en la villa de Orgaz el día 26 de febrero de 1839.

Reclutamiento y financiación

Lo primero que hizo fue llevar a cabo una tarea de reclutamiento que permitiese dotar de voluntarios a diferentes partidas por el territorio. Así, comenzó a reclutar por los pueblos de La Mancha a hombres menores de treinta años, fuertes, que supiesen cabalgar bien y que estuviesen acostumbrados a la vida del campo. No debían tener parientes ni amigos, para que no pudiesen ser fácilmente amenazados con el sufrimiento de los suyos por parte del enemigo, en su caso. Cuando se presentaban voluntarios, era el propio Palillos en persona el encargado de interrogarlos a fondo, para evitar la intromisión de posibles espías liberales en sus filas. Cuando se tenía toda la información necesaria de un voluntario, mandaba a alguien a su pueblo de origen para verificar que, efectivamente, lo que había dicho era cierto.

Ecos de la Partida de Palillos en la prensa de la época.

Ecos de la Partida de Palillos en la prensa de la época.

Palillos consideró que era muy importante generar un sentimiento de pertenencia a un colectivo, que pudiesen identificarse los unos a los otros como partes de un mismo equipo. Así, pactó con un sastre de Puerto Lápice la confección de unos uniformes que les diesen la solera que deseaba transmitir. Calañés alto, de pana o de terciopelo, adornado con botones, cintas y plumerito negro. Se vestía marsellés corto con cinco botonaduras de monedas de plata. Calzón corto, de pana o de terciopelo negro, ancha faja que servía para portar el puñal, polainas de cuero y zapatos de una pieza. Los jefes podían lucir boina blanca o sombrero redondo con funda de hule. De esta manera, y provistos de pistola o trabuco, podían cabalgar por las tierras de La Mancha haciéndose distinguir perfectamente como carlistas manchegos.

Una vez que logró esto, Palillos tuvo claro que mantener un comando de guerrilleros también era una empresa que requería dinero. Y así, inició toda una organización para proceder al cobro de tributos mediante extorsiones y amenazas. Cuando seleccionaba una comarca dividía a sus hombres en partidas de treinta o cuarenta jinetes ocupando el territorio a la redonda. Obligaban a los lugareños a aprovisionar de todo lo necesario a cada uno de los hombres a caballo, como bien podía ser comida, ropa, medicinas o armamento. Palillos obligaba a cada casa a pagarle la misma cantidad con la que contribuían al Gobierno de la reina Isabel. Era su manera de equiparar la contienda.

El carlismo manchego de unos líderes

            La partida de Palillos comenzó a hostigar las posiciones de las tropas liberales y llevar a cabo escaramuzas en los pueblos. Pero fue el quince de noviembre de 1833 cuando todo cambió en los planes de Palillos. Sus hombres se habían hecho con el control de la localidad de Alcolea. Pero poco duró su éxito cuando vieron aparecer en el horizonte a las tropas liberales dirigidas por el coronel Tomás Yarto. Palillos comprendió que su partida, que sus carlistas manchegos, no tenían capacidad operativa para enfrentarse directamente a sus enemigos, que les superaban en número, preparación y armamento. Y de esta manera, tuvo que dar la orden de retirada. Comprendió que para lograr el éxito del carlismo en La Mancha, necesitaba más preparación que la que tenía, que era imposible alzarse con una victoria en un enfrentamiento en campo abierto contra las tropas liberales. Por ese motivo, el año 1834 Palillos decidió invertirlo en incrementar sus efectivos y la preparación militar de los voluntarios para convertir a apasionados campesinos manchegos en soldados cualificados para el arte de la guerra.

            Sin embargo, el paso a segundo plano de la partida de Palillos no fue fiel reflejo de la realidad de la situación del carlismo en La Mancha. En diferentes puntos de la geografía manchega aparecieron partidas de hombres que defendían la causa de Don Carlos. Grupos de hombres liderados por cabecillas que, como Palillos, poseían unas cualidades innatas para el liderazgo y la acción. Estas partidas hostigaron incesantemente a los liberales en distintos puntos de la región, obligando al Gobierno de Madrid a enviar a la zona al condecorado Coronel Jorge Flinter, a la vez Comandante General de la línea de la Mancha, para tratar de frenar aquella situación.

            Pero las partidas carlistas se multiplicaban, imitando la estrategia llevada a cabo por Palillos. Y así, a principios de 1834 en los Montes de Toledo Eugenio Ibarba “Barba”, aterrorizó a los pueblos de la zona con su partida carlista. Algo más tarde, en abril de ese mismo año, fue Manuel Adame, “El Locho”, el que causó desconcierto en la Sierra de la Alcudia. La Sierra de Calatrava estuvo dominada por las partidas lideradas por Manuel Muñoz, Laureano Sánchez y Francisco Asenjo, un sargento primero retirado que trajo de cabeza a las tropas liberales de la comarca. Alfonso Campos sembró el terror en las localidades de la Sierra de Alcaraz, hostigando principalmente El Bonillo. Se presentaban voluntarios los desertores, los insatisfechos, los criminales o los perseguidos por la justicia. La crueldad demostrada por muchas de estas partidas y sus líderes en la toma de pueblos y asesinatos sumarios convirtieron en sinónimos de crueldad y terror a líderes carlistas de la zona como Peco, Doroteo, Jara, La Diosa, Revenga, Paulino, Zamarra, Chaleco, el Rubio, el presentado, Orejita o el Arcipreste.      

La alianza

            Las actuaciones de las partidas carlistas de La Mancha no presentaron mayores dolores de cabeza al gobierno liberal de Madrid. Sin embargo, cuando el prestigioso carlista General Miguel Gómez Damas en el año 1836 entró en tierras manchegas con un contingente de seis mil hombres y tomó la localidad de La Roda, el miedo apareció entre los Generales liberales. Diego de León e Isidro Alaix temblaron ante la posibilidad de que las fuerzas de Gómez Damas llegadas desde el norte se pudiesen unir a las de Palillos. Palillos tenía la fijación de aunar las fuerzas manchegas, desperdigadas en distintas partidas por todo el territorio y actuar conjuntamente con el Ejército de Gómez Damas. Cuando Diego de León e Isidro Alaix contemplaron que un poderoso ejército de carlistas manchegos podía atacar Madrid desde el sur, actuaron con determinación.

Miguel Gómez Damas, general carlista. Protagonizó la expedición carlista que recorrió toda la Península Ibérica desde junio a diciembre de 1836

Miguel Gómez Damas, general carlista. Protagonizó la expedición carlista que recorrió toda la Península Ibérica desde junio a diciembre de 1836

            Palillos se había convertido así en el enemigo número uno de los isabelinos, ya que podía aportar a Gómez Damas todo el soporte necesario para actuar al sur de la capital y caer sobre ella. Palillos había formado un ejército carlista manchego capaz de librar y ganar una batalla a los liberales en campo abierto, como demostró el diez de diciembre en una llanura cerca de Talarrubias, donde sus jinetes arrasaron con las fuerzas liberales.

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            Gómez Damas y Ramón Cabrera (General carlista que había impuesto con victorias el carlismo en el Maestrazgo) fueron derrotados en Villarrobledo sin que las fuerzas de Palillos llegasen a tiempo para apoyarlos. Palillos deseaba tomar una importante ciudad para dar un golpe de autoridad, pero fracasó en la toma de Puerto Lápice en septiembre de 1837 y de Ciudad Real en 1838. La alianza entre las tropas de Palillos y las de Gómez Damas nunca llegó a producirse, no haciendo posible un frente carlista al sur de Madrid.

La crueldad   

            La Primera Guerra Carlista en Castilla La Mancha estuvo salpicada de una crueldad por ambos bandos estremecedora. El 25 de febrero de 1838 Palillos entró con sus hombres a la localidad de Calzada de Calatrava y gran parte de la población civil y los pocos efectivos militares que había se refugiaron en la iglesia. Vicente Rugero no dudó en prender fuego al templo dejando que muriesen en las llamas, además de unos pocos soldados, ancianos, mujeres y niños.

            Los sucesos de Calzada de Calatrava fueron contestados por los liberales días después en Valdepeñas, donde tras derrotar a los carlistas en una batalla, los sometieron a unas torturas terribles antes de darles muerte. El General liberal Ramón María Narváez fue el encargado de contestar a la crueldad de Palillos. Y lo hizo atrapando y fusilando en la plaza de Almagro, delante de todo su pueblo, a Francisco Rugero, hermano de Palillos y carlista a su vez. Como no podían atrapar al escurridizo Palillos, optaron por cebarse con sus allegados hasta que cayese en una emboscada tratando de liberar a alguno de los suyos. Fracasaron con su hermano y lo intentaron con Zacarías, su hijo, quien fue asesinado en una contienda en El Hito el ocho de febrero de 1839 bajo orden del Comandante Urrea Portillo.

Derrota de los carlistas en La Mancha, dibujo de Eduardo Sojo. Biblioteca Nacional de España (INVENT/17931 Microfilm)

Derrota de los carlistas en La Mancha, dibujo de Eduardo Sojo. Biblioteca Nacional de España (INVENT/17931 Microfilm)

            Sin embargo, no podían atrapar al gran guerrillero manchego. Ya firmado el Convenio de Vergara que ponía fin a la guerra en el norte, Narváez continuó tratando de ajusticiar a Vicente Rugero. Y para ello, para hacerle salir de su escondrijo, ordenó decapitar a su anciana madre, de ochenta y un años en la Puerta de Granada en Ciudad Real, ante la mirada de una masa de gente escandalizada ante tamaña crueldad.

            Habiendo perdido en la contienda a su hermano, a su hijo y a su madre, y habiendo sido derrotado el Ejército Carlista, Vicente Palillos abandonó la lucha que había prolongado hasta 1840. Cruzó la frontera con Francia y poco después llegaron noticias desde Lyon acerca de su final. Nunca fue apresado y en el recuerdo colectivo, Palillos se convirtió en un temible guerrillero que asoló a los liberales en La Mancha durante la Primera Guerra Carlista. Hoy, el estandarte de su partida puede verse en el Museo de Inválidos de Atocha, en Madrid, bajo el lema “A Don Carlos V, defensor de la religión y la legitimidad” con las siglas A.L.V.D.L.M. significando “A los voluntarios de La Mancha”.


 

Para conocer más puede consultar los siguientes artículos:

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