Manuel García Morente y  la idea de nación

1.-Catedrático por oposición y decano por aclamación

Manuel García Morente y  la idea de nación

Los espíritus mediocres suelen condenar todo aquello que está fuera de su alcance.

(François de La Rochefoucauld (1613-1680)


Si observamos la actitud que muestran muchos de los españoles que actualmente detentan el poder, estaríamos de acuerdo con el señor de La Rochefoucauld: “Los espíritus mediocres suelen condenar todo aquello que está fuera de su alcance” porque explicaría la actitud mezquina que mantienen con muchos españoles ilustres, como por ejemplo, con  el filósofo español, don Manuel García Morente (1886-1942) cuya vida es tan emocionante y llena de matices que ha sido necesario dividirlo  en varias partes.

En esta primera parte se expone su formación y su curriculum académico y profesional. Era hijo de una madre ferviente católica y practicante y de un padre anticlerical volteriano, Gumersindo García Corpas, que se había especializado en París junto a un excelente oftalmólogo con el cual ejerció su profesión varios años -incluso tras su matrimonio- hasta que puso su consulta en Granada. Vivía zambullido en la corriente liberal, laicista, anticlerical, librepensadora e ilustrada. Impulsado por la fascinación que sentía por lo francés y por su ideología laicista, envió a sus hijos a estudiar a Francia; a las dos hijas a un pensionado de religiosas en Anglet (cerca de la frontera española), donde veraneó la familia algunos años y a Manuel al internado del Liceo Nacional de Bayona en el que en 1903 terminó su Bachillerato francés con el máximo galardón, el «Grand Prix»

Cursó la carrera de Filosofía en la Sorbona (París), donde fue alumno de Pierre Boutroux, Frédéric Rauh, Lucien Lévy-Bruhl y, en especial, de Henri Bergson. El diploma de Licenciado en Letras, conseguido en Francia, lo revalidó en España con fecha 24 de marzo de 1905. Pero el título no lo solicitó sino años después, por lo que lleva la fecha de 7 de octubre de 1911. El doctorado lo cursó a continuación, y el título acreditativo de ese grado le fue expedido el 22 de mayo de 1912. Al regresar a España, en 1908, con 22 años, impartió un curso en la Institución Libre de Enseñanza, en la que se había integrado en 1906, y dos años después, becado por la Junta de Ampliación de Estudios, se trasladó a Alemania para completar su formación en las universidades de Berlín, Múnich y Marburgo; en esta última, el neokantismo ejerció sobre él un influjo decisivo a través del magisterio de Hermann Cohen, Paul Natorp y Ernst Cassirer.

En 1912 ganó por oposición la cátedra de Ética siendo el catedrático más joven de su tiempo. Formó parte de la Liga de Educación Política fundada por Ortega y Gasset, con quien había trabado amistad en Alemania y hacia cuya filosofía de la razón vital se orientó progresivamente su propio pensamiento, tras un itinerario intelectual que lo llevó del neokantismo a la fenomenología de Bergson y de Husserl. Desarrolló una notable labor como traductor a lengua castellana de obras de Kant y de fenomenólogos como Brentano, Spengler, Husserl, Rickert y Dilthey, entre otros.

Cuando el profesor Morente va conquistando, a pesar de su juventud, esa autoridad y prestigio necesarios para que la algarabía sea desconocida en el aula, se verifica el acontecimiento trascendental en la vida del hombre, el matrimonio. Van a ser protagonistas en él un libre pensador y una creyente práctica y fervorosa, igual que hizo su padre. Ha buscado para esposa una joven educada por las religiosas de la Asunción. Carmen García del Cid pertenece a una familia creyente, es fervorosísima, cumplidora exacta de sus obligaciones para con Dios y para con la Iglesia. Pero Morente no cede en lo religioso ni aun en esos momentos propicios a concesiones. Hombre de convicciones, tanto para lo erróneo como para lo cierto, mantiene su posición. Pudo vencer la oposición de sus futuros suegros, a los que preocupa el contraste religioso, aun cuando no ignoran las posibles victorias del amor. Hasta el final, aparece el plumero de descreimiento del contrayente: Al párroco de la Concepción le declara que él no cree, a cuyas manifestaciones pone colofón ese sacerdote con una palabra conmiserativa: «¡Desgraciado!». Una vez casado, sigue siendo la Cultura hito de Morente. La Religión está clavada en el pasado.

Rotundo acierto en la elección de esposa, de la que él consideró «como la mujer que deseaba para sí». La esposa ama tanto al hombre bueno que se aniñaba con sus hijas, que llegó al ofrecimiento de su vida, si con ese holocausto volvía el extraviado a la senda verdadera. Ni preguntas, ni alusiones sobre su apartamiento religioso. Sólo la oración. Años después, cuando el esposo ya ve con los ojos del alma, le hace justicia diciendo en el Diario de los Ejercicios: «Era dulce, buena y extremadamente piadosa. No comprendo cómo pudo soportar a su lado a un ente tan repugnante como yo.» Porque ella lo quiso, sus hijas se educaron también en la Asunción. El puesto dejado por esa esposa «entrañablemente» amada, «no fue nunca ocupado por ninguna otra mujer». Ella contribuyó a la plenitud de la gracia. Ante la tumba de la esposa desaparecida hizo Morente la primera invitación al rezo. Aquél «Anda, reza, reza», que su hija mayor con nueve años escuchó emocionada ante la tumba de su madre.

 

En 1930 es nombrado subsecretario de Instrucción Pública y Bellas Artes, siendo ministro Elías Tormo en el gabinete del general Dámaso Berenguer;  Morente, que estuvo alejado de la política que canaliza presencias en comités y en hemiciclos, se vio implicado en responsabilidades de tipo ministerial, por su amistad con el titular de la cartera, quien lo llevó al cargo precitado y por el que tuvo que dimitir. En 1931 fue nombrado, por unanimidad decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Madrid, participando activamente en la reforma universitaria, la dotó de un plan de estudios al que se debe, en buena medida, gran parte del esplendor que adquiriera la Facultad en esa época. Fue “el Decano” por antonomasia de la Facultad de Filosofía y Letras de la entonces Universidad Central. Como conferenciante participó en las que en 1931 se celebraron en Weimar en honor de Goethe, y en 1932 en Roma, Jerusalén y Atenas (donde recibió diversos honores por parte del gobierno griego) en el transcurso del viaje de estudios en crucero por el Mediterráneo, en el que fueron alumnos Julián Marías, Manuel Granell o Carlos Alonso del Real, culminación del curso que había conocido la novedad del nuevo edificio de Filosofía y Letras. En 1934 dará varias conferencias en Argentina y Uruguay.

Zubiri, Ortega y Morente, tres amigos inseparables.

A pesar de ello, un silencio inhibitorio, tácito o consensuado, desde un determinado momento se vino a cerner sobre la persona y actividad magisterial del Profesor García Morente. Quizá esa reserva sea debida al confuso y revuelto ambiente existente en España, especialmente desde la proclamación de la II República que ocultó y continua ocultando a un insigne filósofo apreciado por todas las tendencias políticas antes del 18 de julio de 1936. Un dato muy revelador que confirma esta estima, lo expresaba Acción Española[1]al comentar la amalgama de personalidades que asistieron al acto del ingreso en la Academia de Ciencias Morales y Políticas de esta figura destacada de la Institución Libre de Enseñanza. Allí se congregaron el presidente de la República, don Niceto Alcalá Zamora y el ministro de Instrucción, don Fernando de los Ríos; y, curiosamente, también estaban allí don José Gascón y Marín, ministro del último Gobierno de la Monarquía[2].

En su discurso de ingreso, que luego desarrolló en más capítulos, “Ensayos para el progreso”, García Morente, expuso su tesis de que “el progreso es la realización de los valores por el esfuerzo humano” y por ello propone un doble objetivo en ellos: conseguir una definición esencial del progreso (afirmaba que la creencia en el progreso como mero progresar formal  tiene como consecuencia que el hombre se hace esclavo del progreso, en vez de ser su dueño, su autor y su regidor) y  y hacer ver que la moderna creencia progresista supone una fe ciega y deletérea que requiere una urgente revisión, porque “el progresar mismo ha venido a convertirse en un ideal social, cuyo símbolo es la prisa: una prisa devoradora” [3]. Es decir, evoluciona desde el formalismo moral de Kant en el que lo que es bueno es el hecho mismo de progresar y no tanto lo que se consiga con ese progreso: el valor moral de ese producto conseguido. Cuando García Morente escribe el Ensayo en 1932 todavía se creía en el progreso. Era, como él dice, una idea práctica, un elemento de nuestro pensar habitual’, era de esas notas esenciales del ambiente de la vida moderna, asimilada por cada individuo y hecha evidente. Las ideas de García Morente empiezan a ser consideradas peligrosas por políticamente incorrectas. No cabía dudar del progreso. Hoy, 100 años después de su nacimiento, nuestra sociedad no piensa igual. Ya no es optimista. El presente aterra por cuánto parece arrastrarnos como un autobús sin frenos.[4]

Deseoso de poner al alcance del lector español las aportaciones que él consideraba básicas en el pensamiento universal de su época, acumuló los títulos en la «Biblioteca de la Revista de Occidente», en la que fue patente la influencia de su compañero Ortega y Gasset, a cuyo prestigio tampoco se esquivó él. Como traductor infatigable, puso en manos del público español obras clásicas, antiguas y modernas, de filosofía, de ciencia y de cultura en general. De hecho, sus traducciones de clásicos de la filosofía, como Descartes, Gottfried Leibniz, Kant, Brentano o Husserl, son todavía hoy muy estimadas y utilizadas en el mundo de habla hispana. Para la «Biblioteca de ideas del siglo XX», dirigida por José Ortega y Gasset, Ciencia cultural y ciencia natural, de Rickert; La decadencia de Occidente, de Spengler. Para la colección «Nuevos hechos, nuevas ideas», de Revista de Occidente, textos de von Uesküll, Worringer, Brentano, Leininger, Katz, Pfänder, entre otros. En el curso de 1935 a 1936 publicó semanalmente artículos de prensa, de variado tema y bella factura literaria, primero en el Diario de Madrid y luego en El Sol. 

Y ocurre lo que ya profetizó Donoso Cortés en el Congreso de los Diputados, en la sesión del día 4 de enero de 1849: «¡La libertad se acabó! No resucitará, señores, ni al tercer día, ni al tercer año, ni al tercer siglo, quizá. ¿Os asusta, señores, la tiranía que sufrimos? De poco os asustáis; ¡veréis cosas mayores!» Y esas «cosas mayores» llegaron para España en el estío de 1936, luego de esa reiteración de desgobierno que arranca de la loca intervención de Moret en el contubernio para impedir que don Antonio Maura siguiera gobernando con firmeza y acierto (lo que no logró ninguna de las taifas liberales), y que culminaron en la dominación marxista del año 1931, la que hizo un «ensayo general con todo» de revolución zafia, sangrienta y despojadora en 1934, hecho oneroso éste que debió alertar a los que entonces empuñaban las simbólicas riendas, para, con una ejemplar sanción, acabar con los «contratistas de la tranquilidad pública», que galleaban cuando la cobardía ministerial les facilitaba la acción.

La huída vergonzosa de la tertulia ministerial que presidía el funesto masón Portela[5], facilitó las pretensiones del Frente Popular. Se desencadenó la furia de las masas, fáciles al señuelo de los «hombres de sangre y de venganza», como un español preclaro calificó a los socialistas a poco de iniciar éstos su funesta actuación en el siglo pasado. Habían preparado bien el terreno las inteligencias culpables que predicaron rebeldía a masas sin religión, analfabetas, al «pueblo» estéril para la autodeterminación. Esas inteligencias culpables, políticos, escritores, catedráticos, son las máximas generadoras del infierno español en el que rara fue la víctima que encontró su Virgilio.[6]

El comienzo de la guerra civil supuso la paralización del desarrollo que, a su impulso, la Biblioteca había tenido en la facultad en los últimos años, además de sufrir daños irreparables en su magnífica colección, pues estos libros y los de la Facultad de Derecho que habían sido trasladados allí debido a las algaradas estudiantiles al principio de la guerra, sirvieron de parapeto en puertas y ventanas de la Facultad de Filosofía y Letras que quedó en primera línea de batalla y no disponía, por falta de previsión de los mandos republicanos, ni siquiera de sacos terreros.

Llegados a este punto nos planteamos por qué este intelectual de relieve internacional ha sido cubierto por esa capa de olvido e indiferencia, de modo que no se le ha considerado merecedor de un  reconocimiento en forma de escultura, placa conmemorativa o dedicación de una calle (ahora que tanto hablan de cambio de denominación de calles. Sólo tiene una en su ciudad natal,  Arjonilla y otra en una ciudad de Méjico). Esta falta de consideración se viene produciendo, con reiteración, en personas alejadas de la ideología socialista desde la malhadada ley de Memoria Histórica, que algunos denominan “Memoria Histérica” por la aplicación ahistórica que de la misma hacen –en la actualidad, pretenden quitar la calle hasta al general carlista Tomás Zumalacárregui y de Imaz[7], que ya me dirán qué tuvo que ver con Franco −.

Recordemos que en esos años Morente no era una persona con un perfil que diera motivos para temer nada de la República española. En la época en que se desarrolló un feroz “odium fidei”, causa de atroces e innumerables asesinatos por parte de las izquierdas, no parecía que el profesor pudiera inquietarse, pues era públicamente conocido como agnóstico; de hecho, poco después de morir su madre, siendo un adolescente, dejó de ir a la iglesia: ya decía que no creía. Filosóficamente, su mayor influencia venía del kantismo, como sucedía en España con muchos de los que habían pasado por la Institución Libre de Enseñanza, alguno de los cuales ocupaban puestos relevantes en la joven República.

Era apolítico, y si acaso, sus ideas al respecto podían tener cierta afinidad con las de Ortega y Gasset, con quien le unían bastantes planteamientos y una estrecha amistad. Sin embargo, la defensa de su teoría de los valores lleva implícita la afirmación de los valores religiosos:

“Entre las infinitas creaciones que la vida, obedeciendo a Dios, produjo en el mundo, una de ellas es el hombre, pero en el hombre la vida, sin proponérselo, abrió un postigo por donde el animal humano puede contemplar algo de la luz divina. El hombre, sobre su base animal, atisba los remos extraterrestres del bien y los valores, o de otro modo dicho, la esfera del Espíritu” y esto era peligroso en aquel ambiente, aun cuando su gran valía fuera reconocida por historiadores de ideología tan opuesta  a la suya como Tuñón de Lara[8] quien en La España del s. XX reconocía:

Fue un gran sabio: “Prensa, revistas, vida política agitada, espíritu abierto hacia corrientes de otros países –exclama-… por qué no hablar, sin sonrojarse, de “República de Intelectuales”? Eran los tiempos en que legiones de jóvenes universitarios se formaban bajo la dirección de sabios que habían alcanzado nombradía universal”. Hace una relación de los que representan cada campo del saber y, entre los dedicados a disciplinas históricas y filosóficas, cita solamente a Menéndez Pidal, Sánchez Albornoz, García Morente, Gaos y Zubiri.

Fue un gran filósofo. Así lo califica Carlos Seco[9] en su Historia de España, al llamar esplendorosa la situación de la universidad madrileña de los años 1931 a 1933, porque un grupo selecto de profesores parecen haberse dado cita en dicha universidad y daban indiscutible altura a los estudios de filosofía. Cita a Ortega, Morente, Zaragüeta, Zubiri, Besteiro y Ferrater Mora.

Fue un gran universitario. Así lo testimonia Alberto Jiménez Fraud[10] en su Historia de la universidad española, cuando habla del “sabio, bueno y fervoroso Morente” y añade “gran universitario arrebatado por la muerte.

Pertenece a una generación de profesores, la de 1914, decidida a cambiar las estructuras de la sociedad y las estructuras de la universidad española. La universidad fue la gran pasión de su vida. Quizá por ello, cuando el filósofo, años después, en carta al general Dávila desde el exilio, habla de poder volver a Madrid, todo el objetivo en esta vuelta es “la reconstitución urgente de la enseñanza universitaria.[11]

 Fue un gran profesor. Así lo expone Juan Zaragüeta:[12]  “Dentro y fuera de la universidad, en el amplio círculo nacional y extranjero donde el nombre de Morente era respetado y admirado, no lo era sólo en razón de su cultura vasta y profunda y su maravilloso don de exposición, que hacía de él un profesor y un escritor modelo, sino también en atención a su grandeza de espíritu…,

Y, a pesar del excelente trabajo realizado y del reconocimiento que merecía, es depurado, retirado del decanato y de la cátedra y perseguido con intención de causarle la muerte como veremos en el siguiente artículo.

 

La política está en el aire mismo que respiramos, igual que la presencia o ausencia de Dios.

(Graham Greene)


[1] Nº 4, 1 febrero 1932

[2]Eugenio Vegas Latapié, Memorias políticas, Planeta, Barcelona 1983, pág. 129

[3]Ochenta y seis años después, parecen de plena actualidad dichas tesis.

[4] Idea critica de progreso en Garcia Morente por Mª Lourdes Redondo Redondo pg 191 en Cuadernos de Pensamiento: Homenaje a García Morente.  

[5] Su vida masónica más activa la desarrolló en Barcelona con el nombre simbólico de Voluntad. Perteneció a las logias Fénix y Liberación y promovió la formación de la Gran Logia del Nordeste, de la que sería Gran Maestre. 

[6] Luis Aguirre Prado: García Morente en Temas españoles, nº 169

[7] Tomás de Zumalacárregui y de Imaz,( (Ormáiztegui, Guipúzcoa, 29 de diciembre de 1788 – Cegama, Guipúzcoa, 24 de junio de 1835) Duque de la Victoria y Conde de Zumalacárregui, conocido como Tío Tomás, fue un militar español que llegó a ser general carlista durante la Primera Guerra Carlista.  

[8] Manuel Tuñón de Lara: (1915/09/08 – 1997/01/25) Se crió en el seno de una familia acomodada y de filiación republicana (su tío fue el primer gobernador civil de Cáceres tras la proclamación de la II República). Licenciado en Derecho por la Universidad de Madrid en vísperas de Guerra Civil; dirigente juvenil y militante comunista durante la contienda (director de la Escuela de Cuadros de las Juventudes Socialistas Unificadas desde 1937) Acabó sus estudios de historia en Francia, donde se exilió en 1946. Fue profesor y catedrático n 1964 de Historia de España en la Universidad de Pau (Francia) y corresponsal de Ibérica de Nueva York, dirigida por Victoria Kent, y de la Radio-Universidad de México, dirigida por Max Aub. Es importante conocer esta parte de su biografía para apreciar adecuadamente la importancia de su valoración sobre Morente.

[9] Carlos Seco Serrano (Toledo, 14 de noviembre de 1923) es un historiador español. Su padre, militar, fue fusilado por su apoyo al general Romerales, azañista, en la sublevación de Melilla. Cursó la carrera de Filosofía y Letras en la Universidad Central obteniendo la licenciatura, con premio extraordinario, en 1945. En 1950 se doctoró en Historia con la presentación de la tesis titulada Relaciones diplomáticas entre España y Venecia en la época de Felipe III, logrando la máxima calificación y —de nuevo— el premio extraordinario. Tuvo como maestros a Ciriaco Pérez Bustamante y, sobre todo, a Jesús Pabón. Ha sido catedrático de Historia General de España y de Historia Contenporánea de España en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Barcelona entre 1957 y 1975 y catedrático de Historia Contemporánea de España en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid entre 1975 y 1989. Tras su jubilación, fue nombrado profesor emérito en la misma universidad. También es académico de número de la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona, académico de mérito de la Academia Portuguesa da Historia, colaborador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, director del Índice Histórico Español. En 1977 ingresó como miembro numerario de la Real Academia de la Historia, de la que actualmente es decano y director de su Boletín

[10] Alberto Jiménez Fraud, (4 de febrero de 1883, Málaga-  23 de abril de 1964, Ginebra, Suiza), fue un profesor y pedagogo español, secretario de la Junta para Ampliación de Estudios y primer director de la Residencia de Estudiantes. Exiliado en 1936, tras haber enseñado en Inglaterra, murió en Ginebra.  

[11] GARCIA MORENTE EN LA UNIVERSIDAD DE MADRID por Isabel Gutiérrez Zuloaga pag 43 y ss en Cuadernos de Pensamiento: Homenaje a García Morente. 

[12] Juan Zaragüeta  Bengoechea  1883-1974. Presbítero católico español que desde 1932 se dedicó a la enseñanza de la psicología racional. Se doctoró en Teología en el Seminario Pontificio de Zaragoza. En 1905 se trasladó a Lovaina, en cuyo Instituto Superior de Filosofía hizo la licenciatura y el doctorado en Filosofía. De vuelta a España se hizo cargo en 1908 de la cátedra de Filosofía Superior creada en el Seminario Conciliar de Madrid. Doctorado en Filosofía y Letras en la Universidad de Madrid en 1914, en 1917 fue nombrado profesor numerario de Religión y Moral en la Escuela Superior del Magisterio. En 1932 ingresó en el cuerpo de Catedráticos, primero en la Sección de Pedagogía de la Facultad de Filosofía y Letras, ocupando luego la cátedra de Psicología racional en la sección de Filosofía. Desde 1920 fue miembro de número de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Tras la guerra civil presidió la nueva «Sección de Filosofía y Teología» de la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias, institución en la que participó activamente en la campaña organizada contra el positivismo que se detecta desde 1927. Desde 1947 hasta 1963 fue Director del Instituto «Luis Vives» de Filosofía del CSIC, del que luego fue «Director honorario». Desde 1947 hasta 1963 dirigió también la Revista de Filosofía publicada por ese Instituto del CSIC. «Discípulo entusiasta y constante del Cardenal Mercier, es hoy principal representante de todas sus doctrinas (…) y una de las personalidades de más autoridad y competencia en materias teológicas y filosóficas» DHE 517 Aunque fiel a la escuela de Lovaina, admitió también otras corrientes renovadoras de la escolástica católica, como la fenomenología. A Mercier dedicó su libro Los veinte temas que he cultivado en los cincuenta años de mi labor filosófica (1958).  

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