Manuel García Morente –V-Sacerdote

Manuel García Morente –V-Sacerdote

“La persona humana tiene una necesidad que es aún más profunda, un hambre que es mayor que aquella que el pan puede saciar: es el hambre que posee el corazón humano de la inmensidad de Dios”.

San Juan Pablo II

 


Once meses en la población argentina y una serie de conferencias en ciudades del país que le acogió, dieron como fruto un margen efectivo de beneficios. También las conferencias que impartió en el cercano Uruguay. De modo que le bastaron para reunir suma suficiente a cubrir los gastos del traslado a España y dejar un remanente con que subvenir a un posible período de inactividad en la patria. El viaje le compensó económicamente, pero el cambio que había experimentado su alma, contrario completamente a la ideología de sus contratadores, no le permitieron, a él, tan entregado como profesor, disfrutar dando clase; su ética le disuadió de continuar “nadando entre dos aguas”: no podía ni quería, aunque lo temía, volver a sus ideas de librepensador, pero tampoco podía demostrar su cambio ni contar su secreto maravilloso.

Rechazó la renovación del contrato. Sentía la necesidad de volver a España para, apartándose de su vida anterior, comenzar una nueva etapa. Desde Tucumán escribió al señor obispo de Madrid-Alcalá una carta, que lleva fecha 27 de abril de 1938, a casi dos días del primer aniversario del Hecho Extraordinario. Con toda clase de detalles le daba cuenta de su evolución religiosa, de su deseado propósito de apartarse al claustro y de su anhelo vivísimo de ser sacerdote. Deseaba dedicarse al servicio de otras almas, trabajar «para afianzar en las almas la buena palabra de Dios y de su Iglesia». Seguro estaba de lo acertado de su decisión, que era de orden superior: «Precisamente en el hecho de mi conversión, advertí la prueba evidente de que con ella no ha querido Dios solamente hacerme a mí un beneficio infinito, sino, además, imponerme una obligación, una tarea, una misión que debo cumplir entre mis compatriotas, lacerados hoy por inauditas desgracias. Los pueblecitos de España necesitarán, después de la tremenda conmoción sufrida, oír las palabras de paz, de amor, de esperanza y de consuelo que sólo el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo puede pronunciar. Mi ambición, señor obispo, será quizá excesiva. Pero la voz de Dios ha llegado a sonar clarísima mente en mis oídos, y ella me manda postrarme a vuestras plantas para pedir a V. I, con todas las veras de mi alma, que me ayude con su protección a merecer lo más pronto que sea posible la recepción de las órdenes sagradas y el cargo de dirigir las almas cristianas en alguna aldea de España.» La contestación del obispo de Madrid-Alcalá, simplemente fue: «Emocionadísimo, le espero. Eijo.»

La carta al señor obispo, resumen de su conversión e índice de sus propósitos, la leyó Morente a su familia en el viaje de regreso a España y les asombró absolutamente al tiempo que les produjo un gozo infinito. El barco que los transportaba a España se hallaba en Bahía (Brasil), en donde había de permanecer unas horas. Durante la cena, Morente indicó a los suyos que, una vez acostados los niños, se reunieran con él en el comedor grande. Reunidos, el jefe de familia dijo a aquellas mujeres, ávidas de desentrañar el misterio: «Ya sé que estáis deseando saber cuál es el motivo que nos lleva a España antes de lo pensado; deseáis saber qué es lo que pasa; pues bien; ahora mismo lo vais a saber. Voy a leeros una carta, que le escribí yo hace cosa de un mes al señor obispo de Madrid. En ella está todo explicado. Sólo una cosa quiero pediros: que no me interrumpáis, y que, cuando termine, no me digáis nada, ni hagáis ningún comentario.»

En silencio unánime y absorto, el auditorio. Su hija, que nos da un bellísimo trasunto de esta emotiva escena, dice: «Cuando terminó, nos miró a todos un momento como azorado. Guardó el cuaderno y sencillamente se levantó y se retiró. Quedamos solas, y no sé lo que dijimos entonces. Yo recuerdo que salí a cubierta, y que en la noche sobre el mar lloré con una emoción como pocas veces –sólo una– he vuelto a llorar.»

Llegaron a Vigo el día 27 de junio por la noche, y a la mañana siguiente abrazó a su ilustrísima, que se hallaba en su ciudad natal. Ese día por la tarde hizo confesión general con el prelado. No le dio cuenta del hecho extraordinario. «No me pareció necesario, y el pudor invencible me contuvo irremediablemente.» El 29, en la capilla de Castro, residencia del obispo, recibía de sus manos la Sagrada Comunión. Su segunda Sagrada Comunión.

Al volver a España, Morente siente la necesidad del silencio y la paz monacal. El obispo le manda al Monasterio mercedario de Poyo. Ante sus ojos aún atónitos continuaba mostrando su relieve el nuevo mundo ideológico. Unos días después de su primera visita al Poyo, el señor obispo realizaba otra. Esta vez iba acompañado por el filósofo arrepentido. Unas horas de éste en el convento. Las suficientes para dar escape a su alborozo y disfrutar todo aquello que veía como lo mejor que pudiera Dios proporcionarle. En aquella fugaz visita, ya dio testimonio el visitante de cómo la Gracia obraba con fuerza. Y con ella, la humildad. Una corrección que a una palabra latina mal pronunciada le hiciera un monje acompañante, mereció del filósofo esta contestación: «Ya irá usted viendo, padre, la ignorancia del profesor de la Central. Ahora tendré que armarme de paciencia y de diccionario, pues sólo recuerdo un poco de latín afrancesado

En su claustro, durante nueve meses de estancia, se gestó el hombre nuevo, el caballero cristiano, el profesor apóstol, el sacerdote. Dada la circunstancia de la guerra, que imposibilitaba el ingreso en el seminario de Madrid, solicitaba el converso profesor ser admitido entre los frailes, que lo prepararían. El comentario lo pone el padre Barros: «Evidente que los Mercedarios no podían negarse a recibir un cautivo rescatado, doblemente rescatado». Recuerda Morente con emoción aquellas noches solo, en la soledad del claustro; los coloquios con los monjes, con Dios y consigo mismo.  No cabe duda de que el prudente Obispo de Madrid, Eijo Garay, y su auxiliar García Lahiguera, acertaron plenamente al aconsejarle y proporcionarle su estancia en Poyo y de esa forma logró que los miedos de Morente en Argentina de volver a sus ideas de antes del hecho extraordinario, quedaran totalmente disipadas con ese proceso “concentrado” de “conversión al cristianismo. Allí, siguiendo las directrices del obispo se dedica al estudio de la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino, especialmente, el tratado de la gracia divina.

En el monasterio se estimó al compañero que subía animoso los tramos de la escala de perfección. Acompañado de sus hijas, se acercó al liminar del renunciamiento. Corría el ocho de septiembre, fecha marcada en la mariología. El filósofo, luego de una tierna escena de separación de la familia, pasaba a ocupar su propiedad temporal en la tierra: una celda reducida, abundosa en libros, por cuya ventana podía captar estéticos matices de la ría de Marín. Entraba un compañero circunstancial, que para los monjes no dejó de ser en todo momento don Manuel. Un alma recién despertada que urgía ayudas, una inteligencia que todavía precisaba luces orientadoras, porque en ella se acusaban esporádicos conatos de resistencia. Tras las turbulencias emotivas, de las manifestaciones de contricción de esa su primera jornada en Poyo, sosegó Morente. La punzada del pasado se diluía en la disciplina, piedad y unión con Dios. La trilogía de la depuración. Dice el padre López Vázquez que «Morente, en Poyo, olvidó toda su vida; si algo recordaba era para llorarlo y agradecerlo a Dios, y esto último lo hacía entre sollozos. Cuantas veces algunos religiosos quisieron oír sus explicaciones, otras tantas encontraron a Morente impenetrable; tenía miedo a sí mismo. Un día, en la biblioteca del convento, conversando con un religioso de su confianza, decía: «Padre, pida al Señor que me lleve pronto.»

Vida común con los monjes, participando de sus oraciones y compartiendo sus trabajos. No tardaron en serle agradable ejercicio las durezas de aquel vivir intenso, rudo y sin comodidades. La oración coral era su gozo cotidiano. Quería ser digno de los dones que le otorgaba la Divinidad, merecer su estancia en aquella casa de Dios. «Cuando termina la novena –dice en una carta–, a eso de las ocho y cuarto, ya de noche casi, me quedo solo en la iglesia vacía y es un encanto. También me gusta mucho el caminar por los claustros a oscuras, en el silencio más profundo que se puede imaginar; y si la noche es de luna, como cuando llegué aquí, entonces la emoción es inolvidable”.  

Dos religiosos, el padre Bolaño y el padre Miguélez, fueron sus guías en aquel retiro. Su intervención allegó plenitud vocacional al alma cristiana del antiguo catedrático, que, al alba, dejaba el lecho para darse a la meditación de la mañana y seguir a sus compañeros en los deberes de la Regla. Oración y trabajo a uso tradicional. También llanto y refugio en la Santísima Virgen.

Las lecturas van acopladas a este decisivo giro de su vida. Kant es desalojado definitivamente de aquellos sus compartimentos mentales en donde estuvo aposentado sin límites constrictores. Repele decidido cuanto lleve impulso, siquiera leve, de desvío de la ruta redentora, que tan seguro pisa. La seguridad de Morente está apuntalada de decisiones: «Por lo que a mí respecta, cada día siento más profundo el afán de servir a Dios en el altar, de ayudar a las almas a conocerle y amarle, de procurar la iluminación de los de propagar la santísima y tan consoladora verdad de Cristo, de oponer a las teorías del odio y lucha las sentencias nacidas del más puro amor y a las concepciones de un universo impasible, helado e inhumano, la fe cálida que en todo ve una palpitación de infinito amor y de perfección.»

Capacitándose para su decisión sacerdotal estuvo Morente en el monasterio gallego hasta que, junio de 1939, ya afirmada la paz en la nación española, propició la marcha a Madrid. En la capital esperaba a los suyos un hogar y a él las aulas del Seminario. Por ellas dejaba encargos de orden filosófico y literario. Era firme aquel  su «¡Apártate!» a cuanto pudiera afianzar desviaciones o retardos: «Yo quisiera que me dejaran en paz, por lo menos mientras dura mi preparación para recibir las órdenes sagradas. Luego, cuando ya sea sacerdote, haré por propagar y enseñar la santa doctrina de Nuestro Señor Jesucristo todo lo que sea necesario y quiera Dios que haga. Pero ahora deseo y necesito paz. Es verdad, debo decir, que la tengo; después de todo, un artículo y una conferencia no son para sacarme de mis casillas.»

Ha dicho Bergson con acierto: «En mi concepto, el filósofo es, ante todo, un hombre que está siempre pronto, cualquiera que sea su edad, a rehacerse estudiando» Morente, exégeta de la doctrina bergsoniana, confirma este aserto de su filósofo preferido, desde los albores de su vida en el Seminario. Al ingresar, se sometió a un examen de «universa philosophia». Fue también este examen una demostración de regreso, una rectificación de sus errores pasados. Extraordinario el efecto producido en el Tribunal por sus aserciones. Incluso fue abrazado con entusiasmo por un anciano examinador que se mostraba receloso de la efectividad de la reacción morentiana.

Pasaron con rapidez sus intermitentes dubitaciones. Al ingresar en el Seminario, la energía de Morente potenciaba su volición. El catedrático, el ex subsecretario de Instrucción Pública, retrocedía jerárquicamente a la categoría de alumno. Cuantas incomodidades y penurias lo rodearon, «las soportó sin la menor queja y hasta con agrado». Con anterioridad a su ingreso en el Seminario lo reintegraron a su cátedra, permitiéndole el obispo la salida cotidiana para desempeñarla. A diario, de nueve a once, el seminarista se trocaba en catedrático para dar su clase. Cuando regresaba desaparecía el profesor de Ética y se recobraba al seminarista que se situaba en las filas de sus condiscípulos y ocupaba un puesto cualquiera en el comedor, en la capilla, en las aulas.

Los domingos también tenía autorización para acudir junto a sus hijas (la pequeña también ingresará, – al igual que una tía, hermana del filósofo – como monja en la Ascensión) y comía con ellas y con los otros familiares, de él tan queridos. Lenitivos a una vida de renunciamiento, y que se continuaban en exclusividad en el Seminario, en donde se le autorizó para tener en su habitación una estufa eléctrica, alfombra y diversas estanterías. No por esto, dejaba de ser un número más en el conjunto de seminaristas. Realizó los estudios de Teología mediante dispensa pontificia en cuanto a la brevedad de los cursos, en el seminario de Madrid Cada trimestre se sometía a examen extraordinario. «En sus exámenes –aclara el Rector– obtuvo la segunda nota o notable. No la primera, porque le fallaba el hábito y justeza en los términos, en que le aventajaban sus compañeros». Sentíase acuciado por alcanzar rápido el sacerdocio para proseguir estudiando Teología.

Presentó el seminarista-profesor los primeros frutos de su nueva dirección en el resonante sermón de la Purísima, que pronunció en 1940, por deferencia de sus compañeros del quinto curso de Sagrada Teología, ya que era costumbre sortearlo entre ellos anualmente. Él que ya ha alcanzado el Diaconado, no pudo acallar su preocupación; él tan dueño de la palabra, que ha tenido pendientes de las clásicas partes de su oración a los auditorios más diversos, se sentía invadido ahora por un complejo de inferioridad.

El sermón fue una pieza meditada, considerada en sus elementos y bien conformada en su desarrollo. Contadas veces un orador sagrado, a no ser en el torneo de elocuencia y sabiduría de las Conferencias Cuaresmales, despertó la expectación que se generaba en torno a Morente. Sobre la avidez del auditorio, las palabras del exordio comenzaron a abrir surcos de atención, luego de complacencia, finalmente de admiración. En el sermón, uno de tantos períodos significativos parecía testimoniar su caso: «Y no hay mayor desgracia para un hombre que el apartamiento, desconocimiento y desvío de su vocación divina. Como no hay mayor ventura que la de reconocer, aceptar y gozosamente ejecutar –con plena libertad del albedrío– la vocación sobrenatural que Dios le ha señalado. A veces tarda el alma en percibir y acatar su vocación divina, y tarda por propia culpa, porque desoye voluntariamente la voz de Dios, y con sutil ceguera de soberbia mundanal piensa ser el propio dueño de su destino en vez de entregarse sumisamente al llamamiento de la Divinidad. Pues bien; la vocación sobrenatural de María fue singular y única: la de ser Madre de Dios. Desde toda la eternidad, María estaba designada para ser Madre de Dios. A esa vocación divina, a ese llamamiento, no vaciló María un solo instante en responder.» Rozó su caso, frustrando con humildad que el yo tomase cuerpo. Cuando terminó su sermón, suplicó al Rector que le señalase los errores observados en la pieza. Resistióse la suprema autoridad del Seminario, y ante la insistencia de Morente, le indicó que algunas frases no se mantenían en puridad teológica. Prometió enmienda el corregido y reiteró al Rector su anhelo de corrección, su ansia de perfectibilidad.

Se ordenó de tonsura el 6 de octubre de 1940, de subdiácono el 27, de diácono, el 24 de noviembre y de presbítero, el 21 de diciembre. Con celeridad había recorrido el camino hacia Dios. Poco más de cuatro años le bastaron. Su maravillosa experiencia le había hecho comprender que lo que creía indiferencia de Dios ante su sufrimiento, responde a un profundo respeto por la libertad del hombre. Morente se hallaba angustiado por resolver el gran problema que acosaba su espíritu: aunar la libertad y la obediencia, sentir la vida como propia y al tiempo reconocer que uno es dependiente de otras realidades que son distintas, pero no ajenas, al propio destino. La solución más clara y neta de este problema radica en reconocer la realidad de la condición humana, en saber aceptarse uno mismo como un ser finito y limitado. Y, llegando a esta reflexión de la consciencia de su nimiedad, aceptó con humildad a Dios. Había aceptado a Dios. “El acto más propio y verdaderamente humano –decía– es la aceptación de la voluntad de Dios”. La palabra que resume esta etapa es “identificación“. Unión -no unidad- con Dios en la identificación con su voluntad. Querer libremente, lo que Él quiera”[1]. He ahí el ápice supremo de la condición humana.”

Celebraría su  primera Misa en la capilla del Colegio de la Asunción (aquel en que estudiaron, primero su esposa y luego sus dos hijas) el día 1 de enero de 1941, asistido por don Daniel García Hughes, profesor del Seminario y canónigo, y don José María de la Higuera, director espiritual de ese centro docente. Otro profesor del Seminario, don Ramiro López Gallego, fue el encargado de la predicación. Acontecimiento sobresaliente de la vida religiosa, académica y social de Madrid, esta primera Misa de un misacantano de fuste, antiguo descreído que, por la filosofía y el dolor, llegaba al altar para consagrarse de por vida a su servicio. La unción del celebrante llegó a grados de emoción insuperables cuando dio la comunión a sus dos hijas. Su acusado temblor requirió la ayuda de uno de los asistentes, que hubo de sostenerle el brazo para que pudiera efectuarlo.

En esta etapa pronunció dos conferencias importantes: La razón y la fe en santo Tomás de Aquino y El clasicismo de santo Tomás de Aquino con ocasión de su festividad (entonces el 7 de marzo) en dos años consecutivos (1940, 1941) en la Universidad de Valladolid. Más aún, piensa en “convertir” el pensamiento filosófico moderno. Pero, como hubiera sido esa conversión? ¿Qué habría ocurrido si no hubiera muerto repentinamente y tan pronto, siete años después de su conversión, y solo dos de sacerdote, a los 56 años de edad? Muchos estudiosos lo etiquetan como “tomista”, al menos en su sentido amplio. Estudió y conoció la doctrina teológica de santo Tomás con el trasfondo de su pensamiento filosófico. Todos reconocen y alaban la “honradez” humana e intelectual de Morente, luego, habrá que creerle cuando se llama tomista. Morente había concebido una “filosofía”, un “nuevo proyecto metafísico- ético”, que él llamaba “abierto” a la realidad, a la trascendencia (Dios, vida eterna), a la fe cristiana y a la mística sobrenatural.

En Morente hay también una conversión paulatina de su pensamiento y de su modo de expresión, de su lenguaje; evolución que duró hasta el final de su vida.  Experimentó una conversión en su lenguaje escrito y lógicamente en el hablado. El significante de no pocas palabras: “razón, laico, analogía,  ser, fe, gracia, Dios, Jesucristo, Virgen, Padre, Hijo, etc.,”, usadas por Morente, es el mismo antes y después de su conversión, pero su significado es totalmente distinto. En el Poyo, al iniciarse en el estudio de la filosofía de santo Tomás, realizó el descubrimiento de la “analogía del ser”, que le maravilló. Es el grado máximo de abstracción, pues “ente/ ser” designa algo común o lo mas propio a todo lo existente desde el átomo hasta Dios, prescindiendo de la materialidad, figura, número, etc.[2],

Fiel a su teoría del Caballero español, Morente, se halló en condiciones de ponderar el concepto de Hispanidad desde el momento en que se impregnó de catolicismo, al discernir dos sentidos en la Hispanidad; uno, concreto, referencia a las naciones de raíz española, y otro, abstracto, referencia a aquello por lo cual lo español es español, esencia de Hispanidad. Personifica esta esencia de lo español en el Caballero de la mano en el pecho que vio en toda su serenidad el cretense que soñaba cabe el Tajo. Caballero español, con todas las cualidades de exaltación y sobriedad que hicieron de la raza española un conjunto especial diferenciable en el universal concierto. Afirmación de espiritualidad, con engarce en su concreción: «…la Historia de España es como un lento proceso de propia depuración, como un continuo ejercicio ascético encomendado a perfeccionar en la actuación temporal cierto ser colectivo, cierto modo de ser humano típico y peculiar».

A mediados de noviembre de 1942 se agravó su dolencia del aparato digestivo, crónica en él. Exceso de trabajo y penuria de descanso la exacerbaron. Se preconizó la intervención quirúrgica. Para ello estaba bien preparado el enfermo, quien días antes hizo ejercicios espirituales en Chamartín. Los dirigió el padre Sánchez Robles, S. I., el que afirma que comprobó la fe de Morente, quedando «plenamente convencido de la sinceridad de su conversión». Se realizó la operación con buen resultado. Al recobrarse de los efectos anestésicos el paciente, sus exclamaciones denotaban la obsesión: «Dios mío, os amo, os amo… ¡Cuánto os amo, Dios mío!». Euforia del resultado o inmediata reanudación de tareas. Por breves días. Estaba próximo a tener efectividad el deseo de Morente de reunirse con el Amado. A primeros de diciembre tuvo que guardar cama de nuevo. No cesaba de escucharse el silbo del Pastor…

En sus preparativos de la fiesta de la Concepción le sorprendió la muerte. El día siete, por la mañana, le hallaron exánime en su lecho. Sólo la ayuda de Dios tuvo en el tránsito. La ciencia certificó fallecimiento por embolia cerebral. Con ornamentos sacerdotales abandonó lo terreno el profesor a quien fue dado el prodigio, el caballero que, en opinión de Marañón,

«estuvo siempre, aun en los momentos en que menos lo pareciera, en inminencia de derramarse hacia Dios».[3]


[1] Todoli (1987)   

[2] M. Guerra, El enigma del hombre, Eunsa, Pamplona 19993, 93-110). 

[3]  Luis Aguirre Prado: “García Morente” Temas españoles, nº 169

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