Historia

El hombre que fue ángel

El anarquista Melchor representa el ideal de pureza, humanista y no violento, partidario de la educación de las masas y de la sociedad para que las cosas caigan por su propio peso. Sin pretenderlo, cercano a lo que llegará a defender Julián Besteiro, el líder socialista y de la UGT.

 “Se puede morir por las ideas, nunca matar”  (Melchor Rodríguez)

Son palabras de un anarquista que, nombrado director general de prisiones en noviembre de 1936, detuvo, aun a riesgo de su vida, las sacas de presos indefensos que realizaron milicianos de izquierdas bajo la dirección del comunista Santiago Carrillo, como consejero de Orden Público de la Junta de Defensa de Madrid. Lo traemos en recuerdo de los miles de asesinados por el Frente Popular.

Nunca he entendido el reconocimiento, casi como si fueran héroes, que las izquierdas dan a muchos de sus personajes. Entrarían en ese grupo: Ferrer Guardia, un fanático asesino, o más bien inductor de asesinatos, con pujos de pedagogo (algunos de sus métodos no eran despreciables, pero su objetivo era formar una generación de terroristas); Mateo Morral, instrumento, tonto útil, en el atentado de la calle Mayor de Madrid que produjo una tremenda carnicería; Durruti, otro del mismo estilo; Prieto, uno de los demagogos más irresponsables y catastróficos del primer tercio del siglo XX, uno de los principales causantes del derrumbe de la república desde 1934 y muy probablemente inductor y desde luego encubridor en el asesinato de Calvo Sotelo; Azaña, buen escritor pero también demagogo, con ideas simples y harto ilusorias, obcecado en demoler el catolicismo y las tradiciones españolas, encauzando a ese fin a las izquierdas revolucionarias… para verse él arrastrado por ellas; Negrín, identificado con la causa soviética en España, corrupto y corruptor, expoliador de cuantos bienes públicos o privados se ponían a su alcance; La Pasionaria y Margarita Nelken, dos auténticas arpías, de fraseología hueca pero por demás agresiva, incitadoras de las peores violencias; el asesino comunista Fernando Macarro del Castillo, alias “Marcos Ana”,[1] Carrillo, el héroe de Paracuellos y héroe también del gobierno de Zapatero, que con tanto calor le homenajeó no hace tanto y en cuyo honor mandó retirar la estatua de Franco de los Nuevos Ministerios… [2]

No piensen que es cosa pasada. Rodrigo Lanza especie de héroe incomprendido, otra víctima de un sistema que tiene en personajes como Bódalo o Alfon otros mártires ilustres de la represión policial del Estado. Así se presentan ellos, sus colectivos, sus entornos antisistema convencidos de que ellos portan una verdad que admite incluso el uso de la violencia. En legítima defensa, dicen. Pero Lanza está detenido por el asesinato en Zaragoza de Víctor Laínez que iba desarmado. Este okupa de origen chileno y nacionalidad española ya pasó nueve años en la cárcel por dejar tetrapléjico a un guardia urbano en Barcelona, a pesar de lo cual, él y los mencionados anteriormente, siempre fueron presentados en no pocos medios y desde demasiados partidos como víctimas de la represión y no como responsables de delitos juzgados en los tribunales. Sin embargo, lo más llamativo es que esa marginalidad ha contado con la complicidad de algunos partidos y  de dirigentes como Pablo Iglesias, Ada Colau o Alberto Garzón, entre otros nombres ilustres (?) de la política española.

Tras morir Laínez, la probablemente segunda víctima de Lanza, el declarado amante del movimiento mapuche, convencido de que la violencia es una herramienta válida para defenderse de la represión, nadie en Podemos ni en la izquierda más radical ha levantado la voz en defensa del vilmente asesinado. Se trata de dejar fuera del modelo la perversión del ser humano y su latente lado oscuro; seres despreciables que representan no la marginalidad en sí, sino su consecuencia, a saber, la delincuencia. “Si la izquierda empieza a convertir a los pistoleros en héroes está jodida”, asegura Ascanio Cavallo[3]. Bueno pues en ello estaban y continúan. La flamante alcaldesa de Madrid quiere levantarles un monumento a individuos de las MVR y otros del mismo jaez como los que asesinaron a Calvo Sotelo, mientras a este inocente, asesinado según amenazó la Pasionaria en pleno Parlamento, quieren quitarle el humilde homenaje de haber dado su nombre a un grupo escolar.

Víctor Laínez,, una víctima más de la violencia de las izquierdas

Siempre he planteado que en esta actitud tienen responsabilidad las propias derechas por no presentar, desde el primer momento, batalla dialéctica en defensa de sus héroes, ideales y tradiciones; por el contrario, ha venido manteniendo una actitud temerosa y pusilánime dejando hacer “a estos perroflautas”, llegando al punto de cancelar la presentación del libro “Los héroes del Alcázar” [4] por presiones de IU que vociferaba que “se homenajeaba a los golpistas del 36”. No tuvieron valor para enfrentarse dialécticamente con ellos y defender a estos sí, grandes héroes, a los cuales sus antecesores ideológicos pretendieron no dejar uno vivo.

Decía que nunca he entendido los laureles que las izquierdas conceden a sus afines más bárbaros, pero todavía entiendo menos que en sus memoriales y homenajes no figure ninguno aceptable. ¿Será que a estos los consideran fachas por no haber practicado sus salvajes principios destructivos? ¿Será que en sus filas no tenían estos verdaderos héroes?.

 

Si que los tenían pero quizá les  abochorna o les es incomprensible su bonhomía y decencia y por eso les ocultan y no reciben ningún homenaje. Un ejemplo claro lo tenemos en la persona de MELCHOR RODRÍGUEZ GARCÍA al que por sus acciones se le dio el nombre de El ángel rojo, apodo que le puso uno de los que salvó, el general Alberto Martín-Artajo, aunque a Melchor no le hizo demasiada gracia, decía que había tenido «muy mala guasa» con el motecito.

Así que con permiso de Kiko Méndez-Monasterio utilizamos el que él utiliza en La Gaceta: El hombre que fue ángel.  ¿Quién fue? Melchor Rodríguez,  un trianero nacido en 1893 que a sus trece años ya se ganaba la vida trabajando de calderero. En su adolescencia intentó labrarse camino en el mundo del toreo y abandonó su casa para recorrer diversas ferias y capeas con mejor o peor suerte. Nada menos que “El Cossío” (la enciclopedia taurina por antonomasia) contiene una referencia a su persona y es citado como único diestro que combinó el toreo con la política. Toreó en varias plazas cada vez de más categoría hasta llegar a la de Madrid donde sufrió una grave cogida en agosto de 1918 que le obligó a retirarse en 1920.  Se trasladó a Madrid, donde comenzó a trabajar como chapista hacia 1921, año en que se afilió a la (U.G.T.), pero atraído por los movimientos de lucha obrera de la capital, se afilió a la Agrupación Anarquista de la Región Centro tan recién fundada que tenía el carné nº 3. Allí comenzó su lucha en favor de los derechos de los reclusos, incluso de aquellos de ideología contraria a la suya, lo que le costó la prisión en innumerables ocasiones durante la monarquía y la República.

Sufrió la prisión en más de treinta ocasiones. Su ficha policial estaba subrayada con la advertencia “Peligroso”, a pesar de que la mayor parte de las detenciones eran por delitos de imprenta o por la ley de Orden Público, cumplía las penas en la cárcel Modelo de Madrid donde le llamaban por ello el Decano. Allí se da cuenta del desamparo de los presos y de sus familias, sabe de sus problemas y soledades, de sus desesperos, sin poder trabajar y obligando a los familiares a buscar recursos para el penado. En el sindicato, Melchor habla, recolecta, dirige campañas. La organización no debe dejar desamparados a los suyos, jamás los luchadores deben dudar del apoyo de los demás, más afortunados con la libertad. Frente a los marxistas, doctrinarios de escuela, propagandistas en tajos y círculos, los anarquistas predican también en las cárceles. Todos los reclusos pueden ser ganados para la lucha, no hay clases en la liberación. La redención es la palabra clave. Tal y como recibió el testigo, en una cárcel, los presos políticos y sociales son su misión. A ella se dedica, nombrado por la CNT responsable nacional del Comité pro-presos.

La cárcel y la calle le enseñaron lo que no aprendió en la escuela, pero Melchor estudia porque junto con los presos, “las ideas” serán parte fundamental en su vida, empeño en el que se formará leyendo por las noches, robando horas al sueño y los fines de semana. Informado de los movimientos y las corrientes, Melchor se alinea en los que creen fundamentalmente en la bondad del ser humano, afirma que “las personas elegirán lo correcto una vez que tengan la educación suficiente. La cultura es necesaria para darse cuenta de los problemas del mundo y cómo solucionarlos”.

Algunos dicen que estas experiencias le motivaron a asumir como misión, (en cuanto tuvo oportunidad política), el compromiso de ayudar a los reclusos, a que se respetasen sus derechos. Su actitud tan especial y distinta no fue solo por sus vivencias, otros las han tenido y han salido de ellas como perros rabiosos. Este individuo no. Él practicaba lo que las izquierdas tanto predican, pero no practican: los derechos humanos, por lo que algunos califican su actuación como “anarquismo humanista”, de modo que tal y como recibió el testigo, en una cárcel, los presos políticos y sociales son su misión. A ella se dedica, nombrado por la CNT responsable nacional del Comité pro-presos.

Melchor observa el desborde en julio del 36. La furia anda desatada, sin control el odio. Algunas personas que encuentra por la calle, con terror en la mirada, le piden avales, cualquier papel que les acredite como afectos. Y él se los firma como valedor, viendo ya la marca de los excesos, la violencia mordiendo el corazón de todos. Melchor tiene en la mente una idea y para eso necesita una tapadera. Nada mejor que incautar un palacio, la aristocracia huida o escondida. Conoce uno, porque está cerca de Lavapiés y de la calle Amparo donde vive. Habla de ello con Celedonio Pérez y algunos compañeros del grupo Los Libertos. Así que en la tarde del 23 de julio Melchor, junto con Celedonio Pérez, Luis Jiménez y otros miembros del citado grupo, armados con unos viejos máuseres, se presentan en la puerta del palacio del marqués de Viana, en la céntrica calle del Duque de Rivas. El marqués, Teobaldo Saavedra, se encuentra con Alfonso XIII en Roma, y la duquesa de Peñaranda, su mujer, ha conseguido refugiarse en la embajada de Rumanía. Salvador Urieta, el mayordomo de los marqueses, les enseña el edificio temblando. Sin embargo, no tiene nada que temer. Ni él, su familia, ni ninguno de los criados, el jardinero y María, el ama de llaves. No habrá refugio más seguro para ellos en todo Madrid. Tampoco se tocará ninguna de las obras de arte del palacio. Desde el primer momento, Melchor y Celedonio realizarán un inventario, que mandarán luego, por correo diplomático, a su dueño en Roma. El palacio del marqués de Viana será el único que no sufrirá ninguna merma, tal y como dará fe el propio marqués al final de la contienda.

Melchor y Celedonio hacen una nueva distribución del palacio: algunas salas quedan a su disposición, así como las habitaciones más cercanas a la puerta, para proteger continente y contenido. El palacio es refugio de muchísimas personas, entre ellos curas, militares, falangistas, funcionarios de prisiones, industriales, patronos. Melchor sella carteles escritos a máquina que coloca en la fachada, en los que hace constar que aquel palacio ha sido incautado para museo del pueblo y centro cultural. Y se da a extender infinidad de avales, salvoconductos y documentos que sirven a personas y personalidades de distinta condición social, muchas sospechosas de apoyar la rebelión de los militares de Mola y Franco, para que puedan salvar su vida y enseres. Cientos de personas resuelven sus problemas con sólo enseñar el documento –con nombre auténtico o supuesto- firmado y sellado por Melchor. Un documento que se convierte en un retrato dedicado, fotografía suya que, junto con un poema sobre la anarquía, reproduce por cientos el fotógrafo Espiga. Muchas personas de derechas llaman al número de teléfono del palacio, insertado en los avales, para que acuda en su auxilio por registros o detenciones. En aquellos primeros meses, de julio a octubre, salva decenas de vidas. Conforme pasan los días se ha corrido la voz: en el palacio de Viana un responsable, de solvencia antifascista, con sentimientos humanos, se dedica a amparar a las personas perseguidas que recurren a él en demanda de protección. Las visitas al palacio se multiplican; todo el mundo acude en busca de avales o que libere a familiares detenidos en las checas. Rescata a centenares de personas de una muerte  segura en el caos mortal de aquellos días.[5]

Melchor Rodríguez, en el centro, junto al coronel Casado (i) (Editorial Almuzara)

Tras las terribles “sacas” de presos de los días 6, 7 y 8 de noviembre de 1936 en las que numerosos presos fueron sacados de las prisiones de Madrid y fusilados en Paracuellos, es nombrado Inspector General de Prisiones de Madrid por el ministro de Justicia, Juan García Oliver. Esa misma noche (10/11/1936) se persona en las prisiones y logra evitar tres nuevas sacas y parar a varios autobuses cargados de presos que, seguramente habrían acabado del mismo modo. Expulsa a los comités de las cárceles, aplicando la legalidad republicana. No dudó en defender la vida de sus enemigos acérrimos en contra de las salvajadas de sus propios partidarios.

Llevaba tan solo quince días en el cargo, cuando recibe la noticia de que una nueva saca había terminado con 21 presos fusilados. Durante cuatro días intentó detener los fusilamientos, pero las presiones de los comunistas para que estos prosiguiesen habían terminado por desesperarle; el PCE, a través de Santiago Carrillo, ejecutaba las instrucciones de Koltsov y Orlov, los hombres del Kremlin en Madrid. La magnitud de las matanzas no era ignorada por ninguno de los miembros de la Junta de Defensa, de modo que Melchor Rodríguez dimitió el día 14 del puesto que ocupaba al frente de las instituciones penitenciarias.

Sin embargo, el cuerpo diplomático, el presidente del Tribunal Supremo, Mariano Gómez González[6] y varios sectores republicanos y anarquistas le presionaron para que aceptara su nuevo nombramiento como Delegado de Prisiones de la República con poderes plenipotenciarios del Ministro de Justicia. Así lo hizo el 4 de diciembre y se mantuvo en el cargo hasta marzo de 1937. Su primera decisión fue prohibir los traslados de presos entre las 7 de la tarde y las 7 de la mañana. La expresión (traslado de presos) era un eufemismo de la época para denominar los numerosos asesinatos de reclusos que habían sido puestos en libertad poco tiempo antes, lo que solía suceder aprovechando la oscuridad de la noche. También restituye la autoridad de los funcionarios de prisiones, como responsables de la seguridad de aquellos. Su decidida defensa de la vida de los presos, significó un enfrentamiento con los responsables de orden público de la Junta de Defensa de Madrid, en la que, Santiago Carrillo primero y José Cazorla después, con la inestimable ayuda de Serrano Poncela, obedecían los consejos de los asesores soviéticos de limpieza de la retaguardia. Esta actuación le valió a Melchor muchas críticas por parte de los comunistas y acusaciones de ayudar a la quinta columna, lo que significaba ser traidor a sus principios.

En la mañana del seis de diciembre de 1936, dos días después de su nombramiento, tiene lugar un hecho por el que Melchor pasará a la historia de la Guerra Civil. Un bombardeo de la aviación franquista sobre Guadalajara causó un elevado número de víctimas en el barrio obrero de la Estación. En venganza, por la tarde un grupo de milicianos asaltó la prisión provincial asesinando a 282 presos considerados no afectos a la República, la práctica totalidad por razones políticas y religiosas (sólo uno logró salvarse al esconderse en una leñera).

Dos días después la historia estuvo a punto de repetirse en Alcalá. Tras un bombardeo con víctimas, varios milicianos se dirigen a la prisión, en la calle de Santo Tomás, con la pretensión de ajusticiar a los presos políticos aquí recluidos y que habían sido evacuados de la cárcel Modelo de Madrid el 16 de noviembre. En total 1.532 reclusos. Muy preocupado por la situación, el alcalde de Alcalá telefonea al director de la prisión, Antonio Fernández Moreno, para informarle de esta circunstancia. Fernández Moreno telefonea a su vez al Delegado Especial de Prisiones, nuestro personaje, quien esa misma mañana le había insistido al director de la prisión de Alcalá que donde primero se defiende la República es en las cárceles, debiendo asegurarse la justicia y el imperio de la ley. El director no puede contactar con él porque se encontraba ya camino de Alcalá.

Entre tanto, los milicianos armados llegan hasta el despacho del director, invadiendo el vestíbulo de entrada, las oficinas y el patio. Los guardias de la prisión se suman a los milicianos, dejando sin protección el director y los funcionarios del penal. Exigen al director la apertura de las celdas para llevarse a los presos, a lo que éste, bajito de cuerpo pero grande de alma, según palabras de Rafael Luca de Tena, se niega a entregarlos, lo que hace que la situación se tense progresivamente. En ese momento, enviado por el general Pozas, hace acto de presencia el capitán Madroñero, de milicias, que intenta que los asaltantes depongan su actitud, sin ningún éxito.

Estando así la situación llega Melchor Rodríguez, acompañado de su secretario, Juan Batista, el conductor, Paquito Pando, y dos guardias civiles de escolta, Rexach y Jesús González. A duras penas consigue abrirse paso hasta el despacho del director y da orden de que los presos permanezcan encerrados en la galería y que los funcionarios no abandonen sus puestos. Inmediatamente se enfrenta a las descontroladas masas y a los milicianos que reconoce como miembros de la División de El Campesino, que no dudan en insultar y acusarle de fascista por proteger a los presos, le amenazan de muerte, llegando a encañonarle en varios ocasiones. En un momento concreto, cuando la situación había alcanzado uno de los instantes más dramáticos, se enfrenta con los asaltantes con la amenaza de que si le matan y penetran en las galerías se iban a tener que enfrentar con los presos, ya que había dado la orden de armarlos, lo que desconcierta a los milicianos, que demandan una respuesta del comandante Coca, de la división de El Campesino, que observaba la situación sin intervenir. Se trataba de un “farol” que afortunadamente le salió bien ya que en realidad las órdenes que había dado a Batista es que si era arrollado, la escolta disparase al aire y protegiese a los funcionarios.

Tras un largo enfrentamiento dialéctico repleto de insultos, amenazas y empujones, tres horas después Coca decide abandonar la prisión y, con él, los milicianos. Así lo recordaría años más tarde el propio protagonista: “¡Qué momentos más terribles aquellos! (…) Qué batalla más larga tuve que librar hasta lograr sacar al exterior a todos los asaltantes haciéndoles desistir de sus feroces propósitos. Y todo ello ante el tembloroso espanto de mi escolta, que, aterrados y sin saber qué hacer, se limitaron a presenciar aquel drama”. Ante la posibilidad de que se registre un nuevo ataque, pasadas las ocho de la tarde, Melchor Rodríguez telefonea al general Pozas, quien se lava las manos respondiéndole que la protección de los presos era responsabilidad del comandante de Milicias, que como ya vimos, no había movido un dedo. Desoyendo los consejos de sus acompañantes, decide dirigirse a San Felipe, con el fin de exigir a Coca la seguridad de los reclusos. Allí se recrudece el enfrentamiento entre ambos, llegando a enzarzarse en golpes y zarandeos. Ante el cariz que estaba tomando el enfrentamiento, Melchor Rodríguez decide retirarse y dirigirse al Ayuntamiento, donde mantiene una charla con el alcalde, algunos concejales y representantes políticos y sindicales, haciéndoles responsables de lo que les pudiese suceder a los reclusos. Del Ayuntamiento regresa a la prisión, recorriendo las galerías e infundiendo tranquilidad a los presos.

Pablo Iglesias, líde de Podemos, con Carrillo uno de los responsables de Paracuellos

Una vez asegurada la situación, ya de madrugada y después de casi siete horas, pone rumbo a Madrid, donde recibe una orden tajante de hacer acto de presencia en el Comité Regional de la CNT. Allí tiene que explicar su actuación que a punto ha estado de provocar una batalla con los comunistas. Al día siguiente regresa a Alcalá, acompañado del embajador de Chile, Aurelio Núñez Morgado. Los presos le obsequian con un avión de madera con su nombre en la figura del piloto y el de Batista en la del copiloto. Raimundo Fernández Cuesta, camuflado con el nombre de Ramón Hernández Cueto, en nombre de los presos le ofreció el reconocimiento y la gratitud de todos ellos por haber salvado la vida de muchas personas, algunas de las cuales dieron después testimonio del humanitarismo de Rodríguez García (p.e. los militares Agustín Muñoz Grandes y Valentín Galarza, Serrano Súñer -que luego formaría parte de los gobiernos de Franco-, Martín Artajo y Peña Boeuf; el Dr. Mariano Gómez Ulla, los hermanos Rafael, Cayetano, Ramón y Daniel Luca de Tena, el futbolista Ricardo Zamora y los falangistas Rafael Sánchez Mazas, y el ya mencionado Raimundo Fernández-Cuesta, entre otros). Gracias a su actuación, Melchor consiguió salvar a los 1.532 presos allí encerrados.

Al asegurar el orden en las cárceles, devolvió la dignidad a la justicia. Bajo su mandato mejoraron las condiciones de los 11.200 reclusos de Madrid y su provincia. Creó una oficina de información, el hospital penitenciario y mejoró el rancho de los detenidos. Asimismo, acompañó a cientos de detenidos en los traslados a cárceles de Valencia y Alicante. Su labor no pasaba inadvertida para todos aquellos que consideraban que no debía darse ninguna facilidad al enemigo, algunos entre los propios libertarios. Muy pronto tuvo que sortear un sinfín de peligros y penalidades y arriesgar varias veces su propia vida en el empeño. Hasta doce veces estuvo a punto de morir en la contienda, como él mismo contó de su propio puño y letra en algunos de los documentos que se conservan en el archivo del Instituto de Historia Social de Amsterdam. De ellas, hubo media docena de intentos de asesinato, y aunque Melchor siempre calló los nombres o los responsables de esos intentos de eliminación, no es difícil adivinar que la mayoría provenían de las filas comunistas. Su enfrentamiento con el PCE continuó con José Cazorla al frente de la Consejería de Orden Público de la Junta de Defensa. En abril de 1937 denunció la existencia de checas estalinistas bajo órdenes directas de aquél. Fue con motivo de tener que rescatar de las manos de los comunistas al sobrino de Sánchez Roca, secretario de García Oliver en el Ministerio de Justicia y aunque Melchor ya había sido cesado por García Oliver, la polémica entre la CNT y el PCE  fue tan dura que Largo Caballero liquidó la Junta de Defensa.

Su labor de protección a los amenazados y perseguidos, prosiguió tras su cese de delegado de Prisiones al ser nombrado concejal de Cementerios del ayuntamiento madrileño en representación de la FAI. Desde ese puesto auxilió a las familias de los fallecidos para que pudieran enterrar con dignidad a los muertos y poder visitar sus tumbas, amplió las zonas de sepulturas y resolvió el problema de los enterramientos de los refugiados muertos en las embajadas. Ayudó en lo que pudo a escritores y artistas y autorizó que su amigo Serafín Álvarez Quintero pudiera ser enterrado con una cruz en la primavera de 1938. Aunque supo de las intenciones del coronel Segismundo Casado –al que le unía una buena amistad- para dar su golpe y crear el Consejo Nacional de Defensa al que fue invitado, Melchor no jugó un papel activo en él. Fue nombrado alcalde de Madrid en los últimos días de la guerra, siendo el encargado de traspasar los poderes a los nacionales cuando se rindió Madrid, el 28 de marzo de 1939 y aunque cayó en manos de los comunistas, como otros concejales, se salvó in extremis del fusilamiento[7].

Melchor representa el ideal de pureza, humanista y no violento, partidario de la educación de las masas y de la sociedad para que las cosas caigan por su propio peso. Sin pretenderlo, cercano a lo que llegará a defender Julián Besteiro, el líder socialista y de la UGT, pero en ese momento, minoritario en el campo sindical, donde las tesis que triunfan apuestan por lo contrario. Un incomprendido, especialmente por los comunistas, no solo en la terrible época en que se desarrollaron los hechos. Años después, en una entrevista Santiago Carrillo, recuerda que “algunos” de los suyos pensaron que estaba protegiendo a la quinta columna, pero concede como de pasada y con cierto desprecio que a lo mejor era un altruista, «un rara avis en aquella guerra terrible». Sí, “rara avis” especialmente para él y los suyos, tan partidarios de las purgas estalinistas.

Madrid, 15 de febrero de 1972. En el camposanto de San Justo, una multitud se agolpa en torno a una fosa junto a la que se ha depositado un féretro que contiene el cuerpo de Melchor. En el aire sereno resuena un Padrenuestro. Lo dirige Javier Martín Artajo, hermano de Alberto (el antiguo ministro de Exteriores de Franco en los años cuarenta) y diputado conservador él mismo en el parlamento republicano, primero, y procurador en Cortes, más tarde. Vestido con una corbata roja y negra, los colores de la anarquía, cumplía así Martín Artajo su parte del pacto con el finado, a cambio de que éste besase el crucifijo en el lecho de muerte.

Decenas de personas secundaron la oración; otros muchos permanecieron en silencio, con la cabeza baja. Terminada la plegaria, Ricardo Horcajada, correligionario de Rodríguez, se acercó hasta el ataúd, cubriéndolo con los colores de la CNT. Alguien atacó entonces los acordes de la Varsoviana o A las barricadas, el himno anarcosindicalista de la guerra civil española. Hacía treinta y tres años que no se oía en Madrid y vivía el general Franco, pero nadie movió un músculo y todos, ambos grupos, se comportaron con el respeto que merecía el finado. Al féretro se le dio tierra y unos y otros, los que pocos minutos antes rezaban el padrenuestro y los que acababan de entonar “A las barricadas” salieron, si no hermanados, sí juntos, del cementerio, por amor y admiración al hombre, al cual

Sus enemigos comunistas jamás le perdonarían, y hablarían de él abiertamente como de un “traidor”, “traición” que consistía en haber impedido sus matanzas.


[1]El 17 de noviembre de 1962, las autoridades belgas le denegaron la concesión del estatuto de refugiado recién salido de la cárcel en España. Se le denegó la solicitud “a la vista de los documentos probatorios de los crímenes cometidos en Alcalá de Henares durante la guerra civil”.

[2] Pio Moa: “Héroes de la Izquierda”( Aparecido en Epoca) Tomado de laverdadofende.blog/2013/01/07/heroes-de-la-izquierda/

[3] Ascanio Cavallo (nacido el 10 de abril de 1957  en Santiago de Chile) es periodista de profesión, tiene una destacada trayectoria como columnista, escritor, académico, analista político y consultor. Es miembro de número de la Academia Chilena de la Lengua.

[4] Cospedal, presionada por IU, ordena  cancelar la presentación del libro ‘Los héroes del Alcázar’.  El Museo del Ejército iba a acoger el acto que según el partido de Garzón “homenajeaba a los golpistas del 36” L. RODRÍGUEZ Miércoles, 14 de diciembre de 2016. https://www.elplural.com/politica/cospedal-presionada-por-iu-ordena-cancelar-la-presentacion-del-libro-los-heroes-del-alcazar_97465102

[5]Alfonso Domingo: ”Melchor Rodríguez y Los Libertos” 3179223.pdf. 6 – octubre 2008

[6] Mariano Gómez González (18831951), jurista español fue presidente del Tribunal Supremo durante la Guerra Civil. Hombre de profundas convicciones religiosas, de ideología liberal y partidario del republicanismo, manifestó su oposición a la dictadura del general Miguel Primo de Rivera. Su compromiso con las instituciones de la República española, le empujó a presidir personalmente, sin nombrar un delegado, el primer Tribunal Especial aprobado por el gobierno después de que se produjera por motivos políticos una matanza de presos de cárcel Modelo de Madrid el 23 de agosto de 1936. Con esta decisión el Presidente del Tribunal Supremo logró salvar la vida a un considerable número de opositores al bando republicano, sin embargo la decisión de presidir el Tribunal Especial fue una de las causas por las que fue estigmatizado después del triunfo del bando nacionalista. Mariano Gómez González también rechazó la oferta de encabezar de un gobierno alternativo en Madrid después de que se trasladara el gobierno republicano a Valencia. En el mes de noviembre de aquel año, se inició el traslado del Tribunal Supremo a la capital levantina debido a los avances del bando sublevado aunque se mantuvo una sección delegada en Madrid. En el mes de octubre de 1937 el Tribunal Supremo junto al gobierno y el grueso de la administración fueron evacuados de nuevo, en esta ocasión a Barcelona. En el mes de enero de 1939, al producirse la ocupación de ésta por el bando nacional, Mariano Gómez González tuvo que exiliarse en Francia y posteriormente en Buenos Aires, ciudad en la que falleció en 1951.

[7] Manuel Vicente Sánchez Moltó, Cronista Oficial de Alcalá de Henares. https://www.alcalahoy.es/2016/12/31/la-historia-del-anarquista-que-que-salvo-de-la-muerta-a-1-532-presos-de-la-carcel-de-alcala/

 

La Junta de Defensa de Madrid y los Asesores soviéticos.

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