Opinion

Unamuno versus Urkullu, Homs, Tardá & Company.

España es una nación que ya balbuceaba como Hispania y en las Etimologías nada menos, en el siglo VI y que con las glosas emilianenses, en los siglos X y XI, que eran pequeñas anotaciones al margen del texto latino que iban tomando cuerpo, consolidándose esos vagidos como un idioma diferente del latín.

El 18 de septiembre de 1932, en plena II república, se discutió en las Cortes el problema del idioma oficial de España y su convivencia con las lenguas regionales. Don Miguel de Unamuno y Jugo, el eterno Rector de Salamanca, en un memorable discurso, defendió “el derecho y el deber de todo ciudadano español de conocer el castellano, sin que se pueda imponer ni prohibir el uso de ningún otro”. Don Miguel, en su discurso, habló en vasco, en gallego, en catalán y en lemosín, pidiendo a las regiones que impusieran su espíritu a España, en castellano.

Cuarenta y seis años después, el artículo 3º de nuestra constitución de 1978, estableció literalmente:

  1. El castellano es la lengua española oficial del Estado. Todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho de usarla.
  2. Las demás lenguas españolas serán también oficiales en las respectivas Comunidades Autónomas de acuerdo con sus Estatutos.
  3. La riqueza de las distintas modalidades lingüísticas de España, es un patrimonio cultural que será objeto de especial respeto y protección.

Han pasado 38 años desde 1978 y 84 años desde 1932 y siguen vigentes tanto nuestra Constitución como las palabras de don Miguel. Ambas son coherentes en una nación que ya balbuceaba como Hispania y en las Etimologías nada menos, en el siglo VI y que con las glosas emilianenses, en los siglos X y XI, que eran pequeñas anotaciones al margen del texto latino -descubiertas por el sagaz Gómez Moreno en 1911, más de mil y remitidas a Menéndez Pidal– iban tomando cuerpo, consolidándose esos vagidos como un idioma diferente del latín. El tiempo le dio la razón, al idioma que nacía, por activa y por pasiva, prevaleciendo sin intervenciones bastardas ni mostrencas, ni zurcidos desesperados, ni tubos de oxígeno, ni el boca a boca para hacerle vivir, que puñetera falta le hacían los encarnizamientos,  por mor de sus propias características y virtudes de viabilidad y vitalidad, mientras otros –por identitarios que fuesen- que lo habían intentado, se quedaban atrás, rezagados y sin el florido porvenir que le aguardaba al castellano.

La Constitución la voté afirmativo y lo hice sin exhibirlo en camiseta, ni ropa interior alguna. Estoy plenamente de acuerdo con la postura del eterno e inmortal Rector de Salamanca –de Bilbao nada menos– que sabía latín, además de griego y practicaba un perfecto castellano y otras tantas cosas españolas de calado. Me fío de su sabiduría proverbial y contrastada, y lo haré forever.

No puedo decir lo mismo de un patético e impertinente Tardá, filólogo de catalán –catedrático- de ERC, eso sí,  ni de un Urkullu, maestro nacional, del PNV, con mando en plaza, por más que sea de Baracaldo y engole la voz cursimente, ni de una Carmen Forcadell, filóloga inmolativa, por más que sea de ERC, de un Carles Puigdemont, el de CDC, el del crecepelo de éxito, el periodista huido de la filología catalana, como tantos que piensan en el día de mañana, o de un Oriol Junqueras, muy licenciado en Historia moderna y contemporánea, que prescinde de la anterior y la del entorno, como si nada y mira para otro lado sin rubor, a la vez que pone las manos egipciacamente para la cuestación, ni de un Mas –Artur Padraguín– el economista para sí y sus allegados. Entre todos no juntan un conocimiento medianamente llevadero y atisbativo, de lo que supone el ámbito compulsivo de la ley, la justicia, la constitución, la jurisprudencia, la judicatura, el tercer poder y su peso gravitacional en limpio y sobre todo y ostentosamente, del principio general de que la ignorancia de la ley –ni su rechazo personal- no exime de su cumplimiento.

No me extraña que cometan delitos, infracciones, imprudencias temerarias, conduzcan por la izquierda, ni que se lo hagan encima de las alfombras o de lo más regado, aunque para no incurrir en estas cosas ni perpetrar otras, no hace falta saberse el código penal, sino que bastan unas nociones de ética elemental, prudencia y buena vecindad y eso cualquier presidente de comunidad de vecinos, o administrador de fincas se lo pueden soplar.

Para jugar a cualquier cosa –incluidos el parchís y la oca- hay que saber unos mínimos sobre el reglamento. El único que podría poner coto a ese desmadre, aunque sólo de oídas, Homs, no tiene aspecto de que lo suyo fuese el derecho constitucional ni las generales de la ley y sí el partido político, como medio de vida –de la cuna a la tumba– por duplicado, oiga y a un solo efecto. Suena así el hombre, lo siento y sin duda es la causa por la que dice las mayores tonterías, como para hacernos reír. Pero, así como a nosotros la administración nos recuerda -en forma de agencia tributéibol- que somos mortales y nos sacude el temperamento, sin andarse con chiquitas, a estos propios hay que darles badana cuando berrean. Es lo justo y así lo exigimos los del montón. Pagamos, ergo tenemos derecho a ver como se les administra taza y media, aunque sea a pescozones.

Es culpa de la ley electoral, no me cabe duda y de las normas que rigen la democracia interna de los partidos, que son modificables por definición, lo que no pasa con la Constitución. No se exigen los mínimos básicos de sacarosa ni de cacao, procedentes de la Guinea española. Nos encontramos lo que hemos promovido y mantenido, pese a que canta que se mata. La ignorancia y la mentecatez. Eso no es democracia, es manga ancha y déjame estar. Se fomenta el intrusismo, la suplantación y cosas así y se estimula el amateurismo y el bricolaje intelectual, como quedó en evidencia con la diputada Chamosa. Chamosísmo sin ilustrar a todas horas. Cualquiera vale para hacer leyes, para administrar los impuestos que se nos ordeñan con vigor inusitado y violencia doméstica, y para proyectar aeropuertos en donde sea. Mangas y capirotes. Es grotesco. De vez en cuando, viene bien asistir a un auto de fe.

¿Qué tiene que ocurrir para sentarse a planificar y hacer las cosas debidamente y como manda la lógica más elemental? ¿Qué nos pongamos todos los españoles unas camisetitas con mensaje? ¿Quién está interesado en que esta cuchipanda siga por esos derroteros? ¿Por qué algo tan elemental tiene que ser rogado?

¿Quo usque tándem abutere, Catilina, patientia nostra?

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