Análisis

La personalización en el marco de la posmodernidad

Decía Nicolás Gómez Dávila que la sociedad moderna no merece un castigo, sino que ella misma es el castigo. El castigo, en este caso, es el caos, del que nadie sale beneficiado a largo plazo, pero a cuyos golosos principios nadie está dispuesto a renunciar.

Sin duda, una de las ideas-fuerza de la posmodernidad, y que es a la vez causa y consecuencia de la deriva moral generalizada que se observa en las sociedades mal llamadas “avanzadas”, es la que el sociólogo francés Gilles Lipovetsky, en su sublime obra “La era del vacío” (1986) denomina como “personalización”.  Este concepto, efectivamente, significa en este contexto lo que a todos nos viene a la mente: una adaptación de “algo” a la idiosincrasia o necesidades de la persona.

Como resultado y residuo la ética personalista de la que han bebido las democracias constitucionalistas posbélicas, ha irrumpido la idea que ubica el centro de gravedad de la vida terrena, individual y social, en la persona. Si bien esta tendencia tiene orígenes mucho más antiguos, concretamente a partir de la quiebra de la Christianitas, desde mediados del siglo XX ha adquirido un nuevo ímpetu, sobre la base de un supuesto re-descubrimiento de la “dignidad humana”.

La posmodernidad, en este sentido, es una hipertrofia de la idea de persona, por cuanto trata de poner al sujeto como centro de la acción y de la experiencia. Todo lo que la persona hace, dice o siente se considera como una prolongación de su identidad, y ello tiene consecuencias variopintas en función del ámbito al que se aplique.

Para empezar, en el campo de las ideas, la posmodernidad parte de la base de que la realidad es una construcción personal del sujeto, a diferencia del pensamiento clásico, que demuestra que la realidad es una evidencia objetiva que el ser humano aprehende por medio de sus atributos sensibles. Esto implica borrar la diferencia entre la idea y la persona. Al ser la persona la creadora de la idea, pretender tachar esa idea de falsa o errónea, se interpreta como un ataque personal. Por eso, el concepto moderno de tolerancia identifica el respeto a las ideas con el respeto a la persona. Desde este prisma, cualquier censura intelectual es automáticamente identificada con una censura personal.  Este ha sido el humus ideológico de los llamados “derechos de la personalidad”, una personalidad desbocada, en permanente expansión sobre el principio de la espontaneidad, del “ser uno mismo”, del culto al buen humor y a la informalidad. La mediocridad y la indiferencia se disfrazan de moderación, y el error se blanquea con el desenfoque de la idea de dignidad. Por otra parte, la época posmoderna es la época de los fans. Puesto que cada persona es república independiente, autora y creadora de sí misma, de sus sentimientos, de su realidad, de sus ideas, etc., en el momento en que esos sentimientos y esa realidad e ideas fabricadas caen especialmente simpáticas a un determinado colectivo, ha nacido el ídolo. Estamos hablando, paradójicamente, de una objetivación de lo subjetivo: lo que yo pienso es verdad en tanto en cuanto es mío. Expresado a la inversa, las propias ideas se convierten, pues, en objetos-sujeto, prolongaciones de la identidad individual, y nunca agentes externos expuestos a nuestro conocimiento objetivo.

Psicológicamente, esta personalización es deudora del freudismo. Las corrientes vitalista y naturalista, que elogian la espontaneidad, la distensión, la informalidad, tienen mucho que ver con la idea freudiana acerca del papel opresor de la tradición, los convencionalismos y los condicionamientos familiares y sociales. En definitiva, con la influencia de la tradición y el pasado en una conciencia de la que se pretende hacer tabla rasa.

En el ámbito de la polis, la consecuencia directa de la personalización es la supeditación del bien común al bien individual. El individuo es sujeto de derechos que la sociedad está obligada a satisfacer, mientras que el individuo no debe ya nada a la sociedad, salva la referencia lockeana al respeto del orden público (que no tiene nada que ver con el bien común en sentido clásico). El individuo es sagrado en sí mismo, por si mismo, y no hay razón superior en la comunidad política, fuera de la excepcionalidad, para cercenarle sus derechos. La importancia de la vida terrenal crece de manera proporcional al endiosamiento del hombre. Este enfoque explica, por ejemplo, la oposición incondicional a la pena de muerte, y la pérdida del rol retributivo de las penas civiles. Por último, como la familia (o lo que queda de ella) crece  ajena a la sociedad, tampoco los padres tienen ya la obligación de educar rectamente a sus hijos por imperativo del bien común. La educación de la prole se reduce así a una mera tarea egoísta y comunitarista.

Por lo que respecta a la pedagogía, las consecuencias también son funestas. La mentalidad posmoderna tiene serias dificultades para aprehender la realidad de un modo general desde el exterior. Para el correcto aprendizaje en clave posmoderna, todo debe subjetivarse, la persona debe “sumergirse”, participar, en lo que está aprendiendo. De aquí la idolatría del learning by doing y otros eslóganes pedagógicos contemporáneos. Como consecuencia de lo anterior, se censura la crítica de parte de aquellas personas que no cumplen con esos parámetros de participación en la realidad. Así, no se puede opinar de los homosexuales si no se es homosexual; de las mujeres, si no se es mujer; los sacerdotes no tienen competencia para aconsejar a matrimonios porque no están casados; y un largo etcétera. En definitiva, el propio concepto de magisterio queda fuertemente dañado: el maestro ha dejado de ser el puente entre el discípulo y la verdad, y ahora su función se ciñe a la “escucha activa”, la “detección de necesidades”, el fomento del “trabajo cooperativo”, etc. La enseñanza como eje de la traditio, en este caso la del conocimiento aprendido por las generaciones anteriores, corre serio riesgo bajo esta antropología educativa.

En cuanto a la ética y el juicio moral, se hipertrofia el papel de las circunstancias y los condicionamientos del sujeto, en perjuicio de la valoración moralmente objetiva del acto. La filosofía natural siempre ha tomado en cuenta las circunstancias y condicionantes como posibles moduladores de la gravedad de las acciones, pero nunca llegando al extremo posmoderno de des-culpabilizar alegremente al individuo por razón de “no poder actuar de otra manera”. El concepto de “fuerza mayor” que actuaba como exculpatorio en la filosofía moral clásica se ha ductilizado y expandido a consideraciones de índole psicológica y subjetiva. Hay una tendencia preocupante al determinismo psicológico como herramienta para la justificación moral; el vicio fácilmente se identifica con la enfermedad.  Por último, no podemos olvidar que la personalización ética es profundamente kantiana: la acción moralmente buena nace del auto-imperativo interior de la conciencia individual (conciencia subjetiva y autónoma, por supuesto), y no de ningún orden moral objetivo al que adherir el intelecto y la voluntad para alcanzar la virtud.

En el ámbito teológico, las actividades humanas dejan de ser Ad Maior Dei Gloriam, para convertirse en mecanismos tecnificados de satisfacción de necesidades meramente humanas. Es el reino de las causas segundas, ascendidas a dedo a la categoría de causas primeras. El fin de la economía es el bienestar terreno del hombre; el fin de la política es la convivencia pacífica; el fin del Estado es atender a las demandas sociales de cualquier tipo; el fin del Derecho es salvaguardar la equivalencia en la pugna contrapuesta de intereses; la filosofía y teología clásicas dejan paso a la fenomenología sociológica y personalista. En el campo de la virtud de la fe, ésta se transmite a través de la vivencia personal y el testimonialismo, entendido como un foco excesivo en el apostolado a través de la explicación de la propia vivencia religiosa, en detrimento de la razón teológica (el papel de la Gracia, la oración, el cultivo de las virtudes, las prácticas ascéticas tradicionales), con el correspondiente riesgo de convertir la fe en un asunto sentimental y de índole psicologista, en cuyo caso habríamos rebasado el umbral del modernismo condenado por la Iglesia.

Toda esta aberración filosófica no está exenta de graves contradicciones. Una muy destacable, es que, mientras que la personalización desecha lo abstracto y general para perderse en los particularismos individualistas, por otro crea ghettos sociológicos a los que trata como unidades monolíticas: los millenials, los LGTBI, los jóvenes, la tercera edad, las mujeres, etc, determinando a las personas en base a un solo atributo concreto (orientación sexual, edad).

Otra contradicción no menor es la que resulta la traslación de la anarquía individual a la sociedad. La posmodernidad es una máquina de creación de conciencias impulsivas y desbocadas, pero al mismo tiempo necesita que el ejercicio de los derechos de unos no perjudiquen a los de los demás. En este sentido, se promociona el sexo libre y el placer sin límite, pero se pretende que la libido se contenga cuando la deshonesta propuesta recibe negativa; suprime la disciplina en las aulas para luego perseguir la violencia en las mismas; trata de inculcar el esfuerzo (al menos los denominados “conservadores”), pero al mismo tiempo se proponen vehículos de enriquecimiento fácil con medios inmorales; defiende la tolerancia, pero no tolera a quien la entiende de modo diferente; muere por restringir el ejercicio de la patria potestad en pos de la autonomía del niño, pero se lamenta de la delincuencia juvenil, de la precocidad de los crímenes, y de la ineficacia de la legislación de menores…

Desde luego, no pueden pedirse peras al olmo. De lo irracional no puede salir nada coherente, en el sentido objetivo de la palabra, si bien creemos haber dejado claro que la posmodernidad personalista tiene su coherencia interna propia, en tanto que es un sistema integral: tiene su ética, teología, derecho, pedagogía, psicología y teoría social propios. Las contradicciones anteriores son, por tanto, más un resultado de la falta de racionalidad del sistema, que de su inconsistencia interdisciplinar. Decía Nicolás Gómez Dávila que la sociedad moderna no merece un castigo, sino que ella misma es el castigo. El castigo, en este caso, es el caos, del que nadie sale beneficiado a largo plazo, pero a cuyos golosos principios nadie está dispuesto a renunciar.

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Javier de Miguel

Javier de Miguel

Javier de Miguel (Granada, 1984), actualmente residente en Gerona, casado y padre de cuatro hijos. Es licenciado en Administración y Dirección de Empresas por la Universidad Ramon Llull, y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por el Centro de Estudios Financieros. Actualmente cursa los grados de Derecho y Sociología en la UNED. A su carrera profesional como asesor fiscal (desde 2007) une una década de estudios privados sobre la Doctrina Social de la Iglesia, especialmente aquellos relativos a la filosofía y organización económica en clave cristianas, especialmente en lo que compete a la refutación de las tesis liberales, tanto en el campo teórico como praxeológico. También acostumbra al estudio asiduo de las infiltraciones de la filosofía moderna en otros campos distintos de la economía, como la Teología, el Derecho, la política y la pedagogía.
En el ámbito de colaboraciones editoriales, es articulista colaborador de las revistas Verbo y Reino de Valencia.

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