Análisis

Una intelectualidad católica para el siglo XXI

La economía, la política, la sociología o el derecho, como ciencias humanas, no tienen ningún otro fundamento diferente del que le otorgan las ciencias que estudian al ser humano y su desarrollo: antropología, historia, y sobre todo, filosofía.

En su brillante artículo, titulado La barbarie del especialismo, defendía Ortega y Gasset la tesis de la decadencia contemporánea de la figura del sabio, pues el rápido avance de la ciencia y la técnica habidos desde el siglo XVIII, había progresivamente encasillado al llamado hombre de ciencia en su limitada parcela de conocimiento. En otras palabras, la ciencia había alcanzado tal grado de desarrollo que vidas enteras podían ser dedicadas, sin descanso, al estudio de parcelas tremendamente pequeñas del conocimiento, ya no de una ciencia en particular (biología, física, química), sino incluso de una pequeñísima parcela de esas ciencias.

Cierto es que cada época tiene sus desequilibrios, y el mencionado es propio de la nuestra, un factor colateral al desarrollo de la ciencia, y su existencia no lo deslegitima, por sí mismo. Diferente cuestión es que se haya perdido conciencia acerca de este fenómeno, y el grado de voluntad que quiera aplicarse para intentar compensarlo.

Al desarrollo de las ciencias empíricas cabe añadir otro factor, que es el desarrollo, y también surgimiento, de lo que tradicionalmente se denominaban ciencias humanas o morales. La economía ha alcanzado elevadas cotas de academicismo; el problema social originado por el primer capitalismo dio origen a la sociología; el Derecho moderno, lejos de alcanzar la simplicidad que pretendían las codificaciones ilustradas, se ha vuelto complejo a causa de su servilismo al leviatán hobbesiano, que abandonó definitivamente la naturaleza y la costumbre como fuentes del Derecho, para concebir una hiper-regulación de la vida social, que lo ha hecho prácticamente inabarcable en su totalidad para el común de los mortales.

Y al margen de todo lo anterior, pero sin perder relación con ello, el mundo académico (especialmente la Universidad), ha rechazado su vocación de transmisora de la verdad, para convertirse en un engranaje más del sistema productivo global, en el que lo que realmente interesa es formar profesionales especializados para su acceso al mercado laboral. En un artículo anterior probábamos que el mercado laboral cada vez más rechazará al no-especializado, pero no es menos cierto que la función de la Universidad no se consume en ese objetivo, máxime si partimos de la base de que la especialización no es incompatible con el saber global.

El pos-mercado o la fase delicuescente del capitalismo

La cuestión, de hecho, arranca de más atrás: existe un desprecio generalizado por las humanidades desde los primeros grados de enseñanza: se ignora que la informática, la  robótica o la ecología, tan de moda ahora en los currículos escolares más vanguardistas, no tienen sentido ni explicación por sí mismas, sino el que les dan las ciencias que les sirven de base (matemáticas, física, biología, química, etc). De la misma manera, y esto cuesta aún más de comprender por el weltanschauung moderno, la economía, la política, la sociología o el derecho, como ciencias humanas, no tienen ningún otro fundamento diferente del que le otorgan las ciencias que estudian al ser humano y su desarrollo: antropología, historia, y sobre todo, filosofía. Así, no es posible tener un conocimiento profundo en las citadas materias, sin unos ciertos conocimientos de las disciplinas que les sirven de base. O lo que es incluso más grave, no es posible tener una concepción recta de las mismas sin una filosofía y antropología rectas. Si por la primera afirmación anterior queda refutado el especialismo definido al modo orteguiano, por la segunda queda refutado el enciclopedismo entendido al modo ilustrado, es decir, racionalista y materalista.

Él ámbito católico no está exento de todas estas contaminaciones, a las cuales habría que añadir las siguientes, todas ellas obstáculos para rehabilitar un verdadero concepto de la intelectualidad católica:

  • La primera, que el católico debe, por todos los medios, superar los condicionamientos ideológicos, conscientes o inconscientes. Gonzalo Fernández de la Mora, en su obra homónima, profetizó el crepúsculo de las ideologías. Y tenía razón, pero solo en una pequeña parte, concretamente la que se refiera a que las ideologías están dejando de ser la causa eficiente de las movilizaciones sociales. Pero erró en el sentido de que hoy día las ideologías siguen muy presentes como herramienta de dominación social, aunque con formatos y medios de difusión muy diferentes a los clásicos. Y esto afecta tanto al liberalismo como al socialismo, en sus múltiples ramificaciones (personalismo, neoconismo o libertarianismo en el primer caso, o feminismo e ideología de género, en el segundo).
  • La segunda, el católico debe superar la mentalidad sectaria, también y especialmente el sectarismo intra-eclesial. Hay que transmitir la idea de que se puede ser rectamente católico y al mismo tiempo anti-clerical, en el sentido de disponer de libertad para criticar, si es necesario, siempre dentro de los límites de la prudencia, y evitando el escándalo, aquello que de circunstancial, o incluso negativo, hay en la Iglesia. El católico es receptor de una Tradición, y es a ella a la que se le debe obediencia por sí misma, incluida la propia Iglesia. También pienso (aunque entiendo que pueda ser discutible), que no es positiva para la intelectualidad católica la adscripción monolítica a determinadas escuelas de pensamiento o teología, pues si bien todas ellas tienen o han tenido en sus filas a grandes Santos, no hay que confundir santidad con infalibilidad doctrinal en aspectos no zanjados por el Magisterio. La Iglesia tiene muchos santos y doctores con diversos carismas como para crear “partidos” alrededor de uno o varios de ellos.
  • La tercera, asumir el engaño del falso intelectualismo de la era cibernética. Un intelectual católico es alguien que, sin perjuicio de especializarse en temas concretos, tiene sólidos conocimientos en todas las ramas de la teología y la filosofía católicas, y capacidad para aplicarlos a las disciplinas terrenas, de las cuales ha de tener, al menos, ciertos fundamentos. Eso no se consigue sino con años de estudio y formación, y no por la mera presencia asidua en redes sociales, donde abunda la mentira, e incluso en grupos católicos, la inexactitud y, a veces, confusión doctrinal. Lo único que garantiza una formación íntegramente católica es la lectura de las clásicas obras que nos han dejado nuestros antepasados hermanos en la fe. Como dije antes, doctores tiene la Iglesia…
  • La última, rehabilitar, de una vez por todas, el pensamiento clásico, sobre la base de Santo Tomás de Aquino, que posteriormente ha sido analizado y desarrollado por otras escuelas, como la de los maestros salmantinos del Siglo de Oro, conforme a la conocida exhortación de León XIII, Aeterni Patris. Y sobre todo, desconfiar a priori, como siempre hizo, por cierto, la Santa Madre de Iglesia, de todo aire de novedad, personalismos, nuevos paradigmas y demás titulares mediáticos. De esta desconfianza eclesial, sabemos que causó sufrimientos a muchos santos que en su época despertaron sospechas de “reformadores”, cosa que a los ojos de hoy, y desde el prisma puramente humano, nos puede parecer injusta, pero era necesaria y sabia, bien para mantener a salvo la ortodoxia católica, y a la vez sirvió como instrumento de Dios para mortificación de quienes la padecieron, tal como nos demuestran sus hagiografías. Hoy, con el rebaño abandonado por una parte de los pastores, sin el auxilio del Index, y con la peste de la libertad de expresión desbocada por todos los confines del orbe, el intelectual católico ha de refugiarse de la tormenta en los puertos seguros que representan nuestros más egregios clásicos cristianos, y huir de toda sospecha de positivismo y novedad, pero no como una nueva forma de puritanismo, sino como aprehensión del consejo que siempre ha dado la Iglesia, y tener muy presente la última proposición condenada por el Syllabus: El Romano Pontífice puede y debe reconciliarse y transigir con el progreso, con el liberalismo y con la moderna civilización. Y siguiendo la absoluta claridad de León XIII, No se puede aprobar en los escritos de los católicos un lenguaje que, inspirándose en un espíritu de malsanas novedades, parece ridiculizar la piedad de los fieles y que habla de orden nuevo, de nueva vida cristiana, de nuevas doctrinas de la Iglesia, de nuevas necesidades del alma cristiana, de nueva vocación social del clero, de nuevo humanismo cristiano y de otras cosas del mismo género. ¡Lejos del amor a las novedades! Exhortaba San Pío X a las órdenes Religiosas, en Quam singulari. Quiera Dios que nos lo apliquemos todos los fieles católicos.

Concluimos con el genial Balmes, que afirma que me convencí de que dudar de todo es carecer de lo más preciso de la razón humana, que es el sentido común. El católico no es, ni un racionalista ilustrado, que duda de todo, hasta de su propia existencia, ni un sectario fideísta que no es capaz de explicar su fe desde la objetividad, para escarnio por parte del descreído. Una auténtica intelectualidad católica para este siglo es, más que nunca, en un mundo en el que nada se puede dar por supuesto, un ejercicio de recomposición mental todo el edificio del pensamiento católico, para, con el ineludible auxilio de la Gracia, mostrarlo en su integridad y su bella armonía, que es un medio más que Dios pone a nuestro alcance para la conversión de las almas.

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Javier de Miguel

Javier de Miguel

Javier de Miguel (Granada, 1984), actualmente residente en Gerona, casado y padre de cuatro hijos. Es licenciado en Administración y Dirección de Empresas por la Universidad Ramon Llull, y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por el Centro de Estudios Financieros. Actualmente cursa los grados de Derecho y Sociología en la UNED. A su carrera profesional como asesor fiscal (desde 2007) une una década de estudios privados sobre la Doctrina Social de la Iglesia, especialmente aquellos relativos a la filosofía y organización económica en clave cristianas, especialmente en lo que compete a la refutación de las tesis liberales, tanto en el campo teórico como praxeológico. También acostumbra al estudio asiduo de las infiltraciones de la filosofía moderna en otros campos distintos de la economía, como la Teología, el Derecho, la política y la pedagogía.
En el ámbito de colaboraciones editoriales, es articulista colaborador de las revistas Verbo y Reino de Valencia.

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