Opinion

“Los católicos estamos bien integrados”, ¿contra Dios?

Cardenal Blázquez
 Si el cardenal Blázquez mostrase un ápice de lógica cristiana y no se manifestase corrompido democráticamente, ni se presentase políticamente manejado y convertido al sistema, no defendería el liberalismo ni sus principios ateos y materialistas acordes con el comunismo.

Con  dolorosa perplejidad y pasmo releo el texto del  Discurso inaugural del cardenal Ricardo Blázquez Pérez, arzobispo de Valladolid y presidente de la Conferencia Episcopal Española, el 19 de noviembre en la 112ª Asamblea Plenaria (19-23 de noviembre de 2018), en que se proclama colaborador expreso y eficaz de este periodo democrático que ha sustituido la voluntad de Dios manifestada en los Mandamientos de su Santa Ley y recogida en las Leyes del Régimen anterior que se detesta, por una Constitución sin Dios, Ley de Leyes consensuadas por la voluntad humana de la mitad más uno sin Dios y frecuentemente directamente contra Él.

Se cumplen-dijo- cuarenta años de nuestra Constitución, que selló un consenso entre todos los españoles, al terminar el régimen anterior. A la inquietud sucedió la esperanza, con la generosidad de todos hemos vivido un largo periodo de paz… La Iglesia, en vías de renovación por el Concilio Vaticano II, colaboró eficazmente en aquel singular periodo de nuestra historia. Los católicos estamos satisfechos de haber prestado la ayuda que estaba en nuestras manos, nos sentimos bien integrados en el sistema democrático y es nuestra intención continuar participando, desde nuestra identidad, en la justicia, la solidaridad, la paz, la convivencia y la esperanza de nuestra sociedad” (¡).

¿Qué es eso de que “Los católicos estamos satisfechos de haber prestado la ayuda que estaba en nuestras manos, nos sentimos bien integrados en el sistema democrático”?  ¿Qué católicos, con qué obispos, pueden estar “satisfechos” de haber prestado la ayuda que estaba en sus manos a la Transición desde una España confesionalmente católica con demostrados frutos de vida religiosa a esta España apóstata descristianizada? ¿Qué católicos, con qué clase de obispos pueden sentirse “bien integrados” en un sistema democrático demoníaco usurpador del poder y la voluntad de Dios que en cada recitación del Padre Nuestro pedimos: “Hágase tu voluntad así en el cielo como en la tierra”? ¡En la tierra! ¡Aquí en España! ¿No lo rezan ellos, esos católicos y esos obispos, así?

Y V.I., y sus obispos que asienten a su discurso, y los católicos a que se refiere, ¿se sienten “satisfechos” porque aquí, en la tierra, en España la voluntad que se cumpla no sea la de Dios sino la del pueblo soberano con la vigente Constitución atea, raíz y causa del aborto, del divorcio, de la blasfemia y las profanaciones, de todas las leyes inicuas contra la ley natural, en una palabra, de la apostasía reinante en nuestra Patria?, e incluso se congratula por haber propiciado, respaldado, votado esta Constitución atea y  aconfesional, y aún continúa hoy presumiendo de sus propias jactancias por su prestado apoyo y ayuda a su establecimiento, “como monumento señero de nuestra historia, expresión de la magnanimidad de todos, convergencia de las legítimas diferencias.”

Verdaderamente la actitud equidistante de la CEE con los grandes problemas nacionales, está en consonancia con su postura incongruente de lo católico con lo políticamente correcto, que forma ya parte del problema de España y no de solución.

Si el cardenal Blázquez mostrase un ápice de lógica cristiana y no se manifestase corrompido democráticamente, como casi todos sus correligionarios de la CEE, ni se presentase políticamente manejado y convertido al sistema (que muchos llaman demoníaco), no defendería el liberalismo ni sus principios ateos y materialistas acordes con el comunismo, y mucho menos afirmaría: “Se cumplen cuarenta años de nuestra Constitución, que selló un consenso entre todos los españoles, al terminar el régimen anterior”. ¿De qué “consenso entre todos los españoles” nos habla? ¿Del que existe hoy mismo con las autonomías? ¿Qué ha mejorado la transición democrática de estos cuarenta años constitucionales, a la España recuperada de la persecución religiosa y floreciente de los otros cuarenta años de Franco?

Blázquez y sus muchachos de la CEE –salvas algunas excepciones- tratando de servir a dos señores -a Dios así no lo sirven- se complacen con una democracia nacida de una Constitución que ha roto XIV siglos de permanencia en España de su Unidad Católica y está a punto de romper su Unidad Territorial.

Exige reconocimiento Mons. Blázquez de que “La Iglesia, en vías de renovación por el Concilio Vaticano II, colaboró eficazmente en aquel singular periodo de nuestra historia”. Satisfacción de balance. Colaboró eficazmente, eso sí, con los políticos y con Pablo VI para la transición del Orden Público confesional a su descristianización. A la vista están los resultados de su autodemolición. Periodo en el que por su colaboración eficaz y expresa, se comenzó la secularización del clero, el vaciado de seminarios y noviciados, la desaparición de la juventud en nuestros templos, el decadente libertinaje, la pornografía, el adulterio, la vaporización de los Sacramentos, la descomposición de la familia cristiana, la pederastia tapada y ejercida por cierta jerarquía, amén de la creciente actitud anticatólica y anticlerical aflorada, ya hoy, de forma abierta y sin miramientos, blasfemando y profanando templos, quitando y demoliendo Cruces, amenazando reiteradamente como en el 36 con un odio desmesurado, que Mons. Reig un día antes, el 18 de noviembre, en Paracuellos, advertía, actos de cristianofobia promovidos por los que retrotraen  los hechos de la  España roja republicana.

Cuando en los años de la mal llamada Transición, porque fue una verdadera ruptura, la CEE consideró inconveniente, al igual que hoy, crear una fuerza política confesional católica, sin prever el vaciado pavoroso que sufriría el pueblo católico español de valores esenciales al permitir los inicuos “productos” que construiría y ha construido la democracia. Pensaron que bastaba con que existieran las fuerzas inspiradas por el humanismo cristiano, lo que ha desembocado, tras los 40 años del proceso democrático tan ponderado por V.I., que cual péndulo de relojero, se pasase de los valores irrenunciables del cristianismo, base nuestra civilización, cultura y religiosidad, a una apostasía rabiosa que campea a sus anchas en toda nuestra geografía. Y ello ha sido posible porque los pastores disfrazados de lobos y en dejación desleal a los valores católicos, han considerado inútil defender durante estos años, de insoportable trivialidad, los baluartes morales que han ido entregando sin lucha e impidiendo que los católicos unamos a la política el sermón de la Montaña.

Monseñor, permítame recordarle que un lobo disfrazado de pastor, es la persona que al no querer presentarse tal cual es y mostrar lo que verdaderamente representa, simula de forma desleal y engañosa su propia condición, bien por miedo o cobardía, bien por dignificarse o por identificarse con lo políticamente correcto, aparentando lo que no es, y, lo que es aún peor, tapando la existencia una justicia divina de la que no se puede escapar.

Ante su satisfacción de haber prestado la ayuda y colaboración al advenimiento de la Democracia, a la Constitución y por su intención inquebrantable de continuar participando en el asentamiento de su artículo 16, queda emplazado a explicar públicamente al pueblo católico español, si su ordenación sacerdotal y consiguientemente su presidencia episcopal están inspiradas por el liberalismo Locke o por la enclica “Libertas Praestantissimun” de León XIII, y por tanto reconozca si el liberalismo es o no pecado. No se salga V.I. y los suyos por la tangente tratando de engañarnos como aquel pobre hidalgo que, no habiendo comido, salía a la calle con un palillo entre los dientes para que los viandantes creyeran que estaba saciado. ¡No más cuentos!

Conviértanse al Reino de Dios a tiempo, Sres. Obispos del Parlamento episcopal. Recuerden que de la justicia divina nadie democráticamente satisfecho que no busque primeramente el Reino de Dios y su justicia podrá escapar. Se lo dicen, con palabra de Dios, otros muchos católicos españoles no satisfechos con esta Democracia. Dios en la Constitución, los seglares y sacerdotes católicos españoles tenemos la obligación de recuperar, con los cuatro obispos que queden fieles al pastoreo del Reino de Cristo, prescindiendo de conferencias episcopales que nos disuadan en la formación de un partido católico que nos represente en la lucha por reconquistar para España los valores católicos perdidos y restaurar el Reinado Social de Nuestro Señor Jesucristo.

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