Análisis Opinion

Tradición o muerte

Se comienza por propugnar, en el ámbito público, la “sana democracia”, el “capitalismo con rostro humano”, la “laicidad positiva”, los católicos como “animadores de la democracia”, la “santa levadura”, y se acaba aceptando, ya en el fuero interno, el divorcio, el adulterio, la sodomía, la democracia como fundamento del orden social, la especulación y la usura.

Si por algo se caracteriza la sociedad moderna, es por su soberbio rechazo a lo recibido, a lo experimentado, a lo heredado.          La modernidad es, pues, la anti-tradición. Pero, ¿qué es la modernidad?

En primer lugar, hay que decir que la modernidad es un todo integral: la modernidad no es divisible, como bien defiende el profesor Danilo Castellano. A diferencia de lo que sostiene el catolicismo conservador y personalista, no hay una modernidad buena y una modernidad mala, una que surja de la tradición cristiana y otra de la tradición laicista, anticlerical, feminista, etc. al modo maniqueo.

La modernidad es, ante todo, una cosmovisión, igual que lo es la Cristiandad. Esta comparación de los opuestos nos puede ayudar a entender mejor lo que representa la modernidad. Así, si la Cristiandad era la religión informando toda la vida privada y social (liturgia, fiestas civiles, tradiciones populares, lenguaje, educación de la prole, roles domésticos, sensus fidei) ,la modernidad no es más que Cristo relegado de la vida social. La Cristiandad es la vida del “adiós”, “si Dios quiere”, “vaya con Dios”, “Ave Maria Purísima”, “adéu siau” (bella expresión catalana de despedida, similar al “vaya con Dios”), las procesiones de Corpus, los rosarios junto al fuego, las consagraciones al Sagrado Corazón; mientras que la modernidad es  el “salud”, “ojalá”, “hasta luego”, el culto a la novedad, a los “nuevos paradigmas”, las “mentes abiertas”, al “empoderadamiento” y el “coaching”, etc.

Y pocos se dan cuenta de que se empieza por apartar a Cristo de las instituciones (tesis católico-liberal-personalista-neocon), y se acaba por arrinconarlo en el corazón (si es que no se le aparta también de allí), porque la vida social del cristiano se reduce a un simple comunitarismo clerical sin repercusión social. Se comienza por propugnar, en el ámbito público, la “sana democracia”, el “capitalismo con rostro humano”, la “laicidad positiva”, los católicos como “animadores de la democracia”, la “santa levadura”, y se acaba aceptando, ya en el fuero interno, el divorcio, el adulterio, la sodomía, la democracia como fundamento del orden social, la especulación y la usura. En el mejor de los casos, puede que el que así piensa no obraría en consecuencia (de momento), pero ¿qué sentido tiene querer que se permita a los demás lo que no se quiere para uno mismo? ¿Qué concepto de libertad sostiene se razonamiento?. Es un mal síntoma.

Volviendo al asunto de la modernidad como anti-tradición, hay que decir que este rechazo de la tradición se manifiesta en todos los ámbitos: en el político, y aplicado al caso de España, el constitucionalismo ha querido aprovechar la histórica unidad de España para construir su fetiche de unidad posmoderna en base a un Estado jacobino, apartando el elemento esencial que permite esa unidad: la religión católica, y sustituyéndolo por un consenso fundado en una serie de regulaciones de tipo administrativo que establecen un determinado modelo político.

En el ámbito internacional, la repulsión de la modernidad por la tradición se manifiesta en la enfermiza tendencia al globalismo: aniquilar lo local, los particularismos, con el pretexto de la lucha contra el etnocentrismo. Con ese pretexto hemos pasado de los vestidos típicos regionales al tsunami de los pantalones vaqueros; de la gastronomía local al McDonald’s; de la música en lengua vernácula al imperio musical anglófono; de las lenguas nacionales y regionales, al inglés, a la vez que se machaca el latín en la propia Iglesia, como símbolo de otros tiempos que casi nadie quiere recordar, por anti-modernos, y por representar lo que de universal tenía la Cristiandad. ¿Cuál es el problema, entonces? Que la Cristiandad era a la vez universal y local, es decir, respetaba las tradiciones locales, porque la unidad estaba en lo esencial. En cambio, la modernidad quiso, y quiere, la uniformidad en todos los niveles, sabiendo que la pérdida de la riqueza de lo local es debilidad para resistir ante la avalancha de lo global.

Y por otro lado, sorprendentemente, emerge el nacionalismo, es decir, el amor desordenado por lo propio, que en muchos casos no se ama por heredado sino por re-construido por la generación nacionalista. El nacionalista es, por fuerza, moderno, porque el nacionalismo surge del pensamiento romántico subjetivista rebotado del racionalismo ilustrado, es decir, del jacobinismo político automatizado, y que, por supuesto, también es moderno. Por tanto, vemos que el padre modernidad engendra multitud de hijos, algunos de ellos enfrentados en lucha fratricida, pero todos ellos igual de torcidos en cuanto a sus principios elementales.

La modernidad anti-tradicional alcanza cotas elevadas en el culto al american way of life, a la neo-nación, sin más historia ni tradición que las luces dieciochistas, del “hombre-hecho-a-sí-mismo”, orgullo de americanistas e hijo del Evangelio de la prosperidad calvinista, y que no ha servido más que para crear un “hombre-encerrado-en-sí-mismo”, desvinculado y aislado en una sociedad ultra-materialista.

Sin perjuicio del principio práctico y lógico de que rechazar la tradición condena a repetir los errores del pasado, hemos de darnos cuenta de que, en muchas ocasiones, cuando censuramos y nos indignamos por lo de fuera, posiblemente no hemos mirado primero adentro: nuestra familia, nuestro entorno, y nosotros mismos. La tradición comienza en casa. El hogar cristiano es la primera Christianitas Minor. Hace falta una tradición, cálida y hogareña, pero a la vez recia y austera. Imprimir carácter en los jóvenes, enseñando la suavidad firme y bella de la verdad en todos los ámbitos de la vida. Ser tradicional (y vivir como tal) implica tener una visión del mundo completamente diversa a la de nuestros tiempos. Es necesario agudizar el olfato para, sin caer en el escrúpulo, detectar allá donde algo está contaminado por la modernidad desarraigante, y saber detectar nuestras incongruencias personales, que son muchas. Lenguaje, aficiones, organización familiar, etc, deben ser revisadas.

Muchas veces me han insinuado lo siguiente: ¿Acaso, como español, tiene que gustarme más escuchar a Manolo Escobar que a Katie Perry? ¿Me han de obligar a vestir con prendas fabricadas en empresas familiares más allá de la moda vaquera? ¿estoy obligado a conocer el pensamiento tradicional hispánico antes que a autores liberales y/o extranjeros?. Mi respuesta siempre es la misma: efectivamente, a nadie se le puede obligar a determinadas cosas, pero el gusto por los extranjerismos, el mimetismo en las aficiones y distracciones, la indiferencia, o incluso, el desprecio por lo propio, por lo local, son muy mal síntoma. Hay que pensar qué significan en nuestra vida todas esas pequeñas elecciones: o bien no se ama lo propio porque no se conoce, o bien estamos fascinados por el tsunami moderno y su Weltsanchauung, o, muy probablemente, las dos cosas. Porque, si no, acabamos pensando como vivimos. Y eso tiene consecuencias, que a menudo, son desconocidas o infravaloradas.

Obras son amores, y no buenas razones. No tiene sentido razonar como tradicional (que, en sí,  ya es mucho, para los tiempos que corren), si se vive al son del mundo. No se trata ahora de hacer un examen de conciencia, pero hay que plantearse si ¿nos consideramos tradicionales y…? ¿sucumbimos voluntariamente al ritmo frenético de consumismo? ¿tenemos aficiones poco sobrias y banales, incluso vulgares? ¿somos poco prudentes y vivimos pendientes de las novedades de todo tipo, aunque no sean pecaminosas? ¿desconocemos, olvidamos o despreciamos nuestra auténtica tradición, la de la tierra que ha visto nacer o crecer a cada uno? ¿nos complacemos en lo estéril, absurdo o mundano? ¿somos conscientes de los principios en que se asienta el mundo en que vivimos, y los riesgos que entraña para nuestra salvación y la de quienes están a nuestro cargo?…

En resumen: como católicos y españoles, no existe más opción que defender la unidad católica de la Nación, porque, como dijo Menéndez Pelayo, “esa es nuestra grandeza y nuestra unidad; no tenemos otra. El día en que acabe de perderse, España volverá al cantonalismo de los arévacos y de los vetones o de los reyes de taifas. A este término vamos caminando más o menos apresuradamente, y ciego será quien no lo vea”. Y la Tradición no se defiende solamente estudiando doctrinas, o coleccionando libros de autores clásicos. La unidad católica comienza en los núcleos más esenciales de la sociedad. Y, por supuesto, empieza con nuestra unidad de vida.

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Javier de Miguel

Javier de Miguel

Javier de Miguel (Granada, 1984), actualmente residente en Gerona, casado y padre de cuatro hijos. Es licenciado en Administración y Dirección de Empresas por la Universidad Ramon Llull, y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por el Centro de Estudios Financieros. Actualmente cursa los grados de Derecho y Sociología en la UNED. A su carrera profesional como asesor fiscal (desde 2007) une una década de estudios privados sobre la Doctrina Social de la Iglesia, especialmente aquellos relativos a la filosofía y organización económica en clave cristianas, especialmente en lo que compete a la refutación de las tesis liberales, tanto en el campo teórico como praxeológico. También acostumbra al estudio asiduo de las infiltraciones de la filosofía moderna en otros campos distintos de la economía, como la Teología, el Derecho, la política y la pedagogía.
En el ámbito de colaboraciones editoriales, es articulista colaborador de las revistas Verbo y Reino de Valencia.

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