Análisis

Los errores sociales de la teología de la liberación

No es posible la marxistización de la teología, simplemente porque la marxistización de la teología es la demolición de la teología.

En este año 2019 se cumplen 35 de la publicación de la Instrucción Libertatis Nuntius, de la Congregación para la Doctrina de la Fe, documento destacado de entre los que la Iglesia emitió condenando determinados errores de la denominada “Teología de la Liberación”. Al mismo tiempo, el año pasado se cumplieron 200 del nacimiento de Karl Marx, y 50 del famoso mayo del 68, que se considera (no sin razón aunque también con matices), un producto del marxismo contemporáneo.

Puesto que los errores sociales de los que hablaremos afectan de lleno a la Doctrina Social de la Iglesia, y al ser ésta una parte de la teología moral, dichos errores no se justifican si no es porque en ellos subyacen errores de bulto en lo teológico que, lógicamente, se traducen en graves distorsiones acerca de la cuestión social y las recetas para resolver los problemas sociales.

Sus errores teológicos podrían compendiarse en los siguientes:

  • Los liberacionistas son conscientes de que es imposible hacer teología del marxismo, con lo que propugnan “marxistizar” la teología. No se puede hacer teología del marxismo, pero sí “marxistizar” la teología. Incluso que si Marx levantara ahora la cabeza, se haría cristiano liberacionista (Bermudo).
  • No obstante, lo que ellos denominan “marxistización” de la teología es también imposible, sencillamente porque su “teología” no es tal, sino un invento político-pragmático al servicio de la revolución. No hay “logos”, pues todo se reduce a la praxis. A Dios no se le conoce por los medios tradicionales, sino a través de la acción que transforma el mundo. No hay que interpretar el sistema desde Dios, sino a Dios desde el sistema (Castillo).
  • La Creación de Dios es imperfecta y está llamada a ser perfeccionada por el hombre a través de la lucha por conseguir la liberación del pobre (Boff, Gutiérrez).
  • La Iglesia no es universal, sólo lo es a nivel de clase. Será universal cuando se alcance la plena liberación. La Iglesia actual es una estructura filo-burguesa que constituye un estorbo a la liberación.
  • La Iglesia, pese a haber sido la instauradora de la caridad a nivel institucional, no se habría ocupado lo suficiente de los pobres, por cuanto no ha incluido su lucha como un aspecto esencial, dogmático, en la teología.
  • Pecar es abandonar la opción fundamental a favor de los pobres. Rechazan principios morales básicos y los limitan a la eficacia de la acción liberadora. Pecar es ser conservador, ya no digamos tradicionalista.

Después de lo dicho, podrá comprenderse perfectamente que no es posible la marxistización de la teología, simplemente porque la marxistización de la teología es la demolición de la teología, su negación en sus principios esenciales. Y no es de extrañar que Joseph Ratzinger, en alocución de 1985, afirmara que el sistema marxista «manipula a la Iglesia para la destrucción de la Iglesia misma».

Como no puede ser de otra manera, este frondoso cúmulo de herejías, e incluso blasfemias, no podía dar lugar sino a una profunda desviación en cuanto a su doctrina social. Como introducción al tema, valga recordar que, igual que ha ocurrido con otros movimientos, como el propio primer marxismo, o el feminismo, su génesis responde a unas determinadas circunstancias sociales que son innegables en cuanto a sus hechos. El problema es que estas teorías revolucionarias, como parten de una antropología torcida, si bien tienen parte de verdad en sus diagnósticos, yerran en las causas  y tanto o más en las recetas a aplicar.

En el caso de la TL, estos errores sociales se concretan en lo siguiente:

  • La reforma de las estructuras como panacea de la cuestión social: son las estructuras (incluida la Iglesia jerárquica) las que condicionan irreversiblemente los pecados del hombre, de manera que destruyéndolas e instaurando otras, se evitará el pecado (o al menos, lo que ellos denominan como tal). La Iglesia nunca ha negado la existencia de auténticas “estructuras de pecado”; pero ello no implica, en primer lugar, que las estructuras difuminen o eliminen totalmente la responsabilidad individual de los actos pecaminosos; y en segundo lugar, que esas mismas estructuras no han surgido ex nihilo, sino que son obra de los hombres, y si son pecaminosas, no es más que por causa de los pecados individuales de sus responsables. Así, dicen los liberacionistas, para luchar contra el pecado, no habría que convertir, pues, a las sociedades a la Verdad de Cristo, sino convertir el sistema en otro, concretamente el inspirado por la ideología marxista, como parte del motor evolutivo de la historia humana que culminará con la absoluta perfección de la Creación, superando incluso el pecado original. El grave error, como muestra la historia, es que tras una revolución sin un fundamento moral, sin conversión, los abusos reaparecerán con otro cartel.
  • Del marxismo, afirman los liberacionistas, solamente toman el método de análisis, y no la antropología atea y materialista (sólo faltaría). Pero la realidad de este planteamiento, como la propia Iglesia ha recordado (Pío XI y Pío XII, entre otros), es que el método y la filosofía son inseparables, de manera que la TL ha acabado por devenir una “teología” atea o semi-atea, y desde luego, totalmente materialista, por cuanto olvidan el horizonte de la liberación auténtica, que es la del pecado, y la sustituyen por una liberación puramente terrena y material.
  • Historicismo y progresismo social: No cabe una salvación no plasmada en la historia de los hombres en la tierra. La realidad es lo histórico. Hablar de la otra vida es frenar la revolución, al modo como Marx consideraba la religión como opio del pueblo. La TL evita esta problemática marxista matizando que es la religión tradicional la que actúa como sedante, y no la espiritualidad en sí. Eso sí, manipulándola y convirtiéndola en algo que nada tiene que ver con el cristianismo.
  • La TL borra la distinción entre Iglesia y mundo. El fruto de la labor social del cristiano ya no depende de la Gracia, los sacramentos, etc, sino de su praxis liberadora. Ya no hay más ortodoxia, sino ortopraxis. Y a la pregunta acerca de cómo saber si actuamos bien o mal, si no conocemos lo que está bien ni lo que está mal a través del “logos”, la respuesta, totalmente maquiavélica, es que obramos bien en cuanto contribuimos a liberar en el sentido marxista. Hay que abandonar el plano de los principios éticos abstractos para situarnos en el plano de la eficacia política (Gutiérrez).
  • La cuestión social es, para ellos, puramente económica-sociológica: esta proposición ya fue condenada por León XIII en Graves de Communi, afirmando que, “ante todo es una cuestión moral y religiosa que debe ser tratada sobre todo según la regla de las costumbres y de la religión”. Costumbres y religión que son precisamente el opio que entorpece el liberacionismo.
  • El trabajo: el TL, como marxista, tiene la misma perspectiva que Marx, que a su vez es la misma que la de las sociedades opulentas: el trabajo sin mira sobrenatural. Tanto el liberalismo como el marxismo, realmente, odian el trabajo: el hombre es, simplemente, lo que produce. Solamente la recta doctrina cristiana ha puesto el trabajo en el lugar moral que le corresponde, porque solamente la Iglesia lo ha definido como un fruto de la libertad moral del hombre para su perfeccionamiento y el del mundo, y no como una mera acción materialista calculada en clave racionalista y productivista.
  • La desobediencia como llamado general: La TL se mueve en lo conflictual, lo dialéctico, porque cree en el enfrentamiento como herramienta de progreso histórico. Cree en el triunfo definitivo, pero no en el que promete Jesucristo, sino en el triunfo de las propias fuerzas humanas en su afán reformador, olvidando, como dice el P. Ureña, S.J., en una bella frase, que «el cristiano no espera construir lo perfecto y definitivo, sino que ha de saber entregarse plenamente a la transformación histórica de la sociedad imbuido en la paciencia de la cruz». El liberacionismo no es cristiano porque desespera de la eficacia de la oración. “Ya no hay camino” (Gutiérrez).

La TL es, sin duda, una infiltración marxista en la religión católica, pero no cabe olvidar que este marxismo no es hijo sino del mismo racionalismo que dio a luz a la ideología liberal-burguesa; sí, aquella que los liberacionistas pretenden destruir. No se entiende el marxismo sin entender toda la cadena evolutiva en la filosofía que nos retrotrae a Lutero: en definitiva, sin entender la modernidad. Y en el ámbito teológico, sin entender el modernismo, que es el desenvolvimiento paralelo de la modernidad dentro de la Iglesia. El modernismo social liberacionista es, pues, la desembocadura natural del modernismo teológico. Si se terrenalizan las verdades de fe, ¿cómo no se va a terrenalizar la doctrina social? Bernard Dumont pone de manifiesto la «escasa distinción entre el modernismo teólogico, el modernismo social (o democratismo cristiano, el de don Romolo Murri en Italia, de los abbés démocrates, los curas demócratas en Francia, y poco después de Marc Sangnier con su movimiento le Sillon), el americanismo (el modernismo aplicado al campo pastoral y misionero, condenado por Leon XIII), el ecumenismo sincretista a partir del Congreso de Chicago (1898), y por último el progresismo. Y tampoco tiene fundamento la distinción social entre los modernistas y los otros católicos liberales. En suma: el modernista es el liberal-católico militante, cualquiera que sea el campo donde actúa».

A la TL parece preocuparle sobremanera el problema último de Hispanoamérica Pero ese problema no es, en sí, ni el capitalismo, ni los burgueses, ni la tiranía ni la opresión, ni la pobreza. El problema último de Hispanoamérica es que renegó de su hispanidad y se entregó en manos de masones y burgueses liberales,  esperando que su revolución les haría libres, y les hizo esclavos. Para que ahora venga el liberacionismo  a “liberar” justamente con las mismas recetas que originaron el problema.

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Javier de Miguel

Javier de Miguel

Javier de Miguel (Granada, 1984), actualmente residente en Gerona, casado y padre de cuatro hijos. Es licenciado en Administración y Dirección de Empresas por la Universidad Ramon Llull, y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por el Centro de Estudios Financieros. Actualmente cursa los grados de Derecho y Sociología en la UNED. A su carrera profesional como asesor fiscal (desde 2007) une una década de estudios privados sobre la Doctrina Social de la Iglesia, especialmente aquellos relativos a la filosofía y organización económica en clave cristianas, especialmente en lo que compete a la refutación de las tesis liberales, tanto en el campo teórico como praxeológico. También acostumbra al estudio asiduo de las infiltraciones de la filosofía moderna en otros campos distintos de la economía, como la Teología, el Derecho, la política y la pedagogía.
En el ámbito de colaboraciones editoriales, es articulista colaborador de las revistas Verbo y Reino de Valencia.

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