Historia

Unidos al Sagrado Corazón de Jesús desde la conversión de Recaredo (589)

La unidad política y social de España ha estado desde siempre vinculada a la unidad religiosa alrededor de la fe católica.

Reproducimos el texto de la ponencia de nuestro colaborador, Javier de Miguel, dictada en las XXX Jornadas para la Reconquista de la Unidad Católica de Zaragoza.


Queridos amigos, público y organizadores de estas 30ª jornadas por la reconquista de la unidad católica de España: muchas gracias por la invitación, es un placer contar con su compañía en este lugar mariano, tan señalado para la Hispanidad, y además en el mes de Maria.

Queridos amigos, voy a decir algo que es una obviedad para todos los que estamos aquí, pero que al mismo tiempo es un grito que debe clamarse por doquier, porque forma parte de la historia más olvidada de España: y es que la unidad política y social de España ha estado desde siempre vinculada a la unidad religiosa alrededor de la fe católica. La conversión de Recaredo, en el año 589, marca el pistoletazo de salida de esa identificación entre unidad y catolicidad que marca el ethos hispánico. Porque España tiene un ethos, y es inseparable del ethos católico. España no está unida por un contrato social, ni por una decisión de la llamada soberanía popular o nacional, ni siquiera por una constitución escrita, como dicen los patriotas liberales. España está unida por una constitución no escrita, que es el Evangelio de Cristo y su Verdad revelada. Y su tradición está indisolublemente unida a la fe y la tradición cristianas. Por ella y en honor a ella se expulsó al enemigo infiel, musulmán y judío. Por ella y en honor a ella se evangelizó América y se construyó un imperio bajo el orden espiritual católico. Como bien recuerda Menéndez Pelayo,

Sin un mismo Dios, sin un mismo altar, sin unos mismos sacrificios; sin juzgarse todos hijos del mismo Padre y regenerados por un sacramento común; sin ver visible sobre sus cabezas la protección de lo alto; sin sentirla cada día en su hijos, en su casa, en el circuito de su heredad, en la plaza del municipio nativo; sin creer que este mismo favor del cielo, que vierte el tesoro de la lluvia sobre sus campos, bendice también el lazo jurídico que él establece con sus hermanos y consagra con el óleo de la justicia la potestad que él delega para el bien de la comunidad; y rodea con el cíngulo de la fortaleza al guerrero que lidia contra el enemigo de la fe o el invasor extraño, ¿qué pueblo habrá grande y fuerte? ¿Qué pueblo osará arrojarse con fe y aliento de juventud al torrente de los siglos?

Esta unidad se la dio a España el cristianismo. La Iglesia nos educó a sus pechos con sus mártires y confesores, con sus Padres, con el régimen admirable de sus concilios. Por ella fuimos nación, y gran nación, en vez de muchedumbre de gentes colecticias, nacidas para presa de la tenaz porfía de cualquier vecino codicioso. No elaboraron nuestra unidad el hierro de la conquista ni la sabiduría de los legisladores; la hicieron los dos apóstoles y los siete varones apostólicos; la regaron con su sangre el diácono Lorenzo, los atletas del circo de Tarragona, las vírgenes Eulalia y Engracia, las innumerables legiones de mártires cesaraugustanos”.

Queridos amigos: tenemos el inmenso gozo de pertenecer a una Nación con una misión que la historia ha mostrado como providencial, donde lo temporal ha sido iluminado con lo espiritual, en una armonía siempre perfectible, pero intachable en sus principios. Porque, las demás naciones católicas, aun siéndolo, tienen una historia diferente, y por tanto, no vinculan necesariamente su unidad política a su unidad religiosa.

La ruptura de la unidad religiosa de Europa propició  el advenimiento de la denominada Leyenda Negra, consolidada durante el apogeo liberal del S.XIX que, teniendo como causa primera el ataque al Imperio como forma política, tiene como fundamento último el deseo de destruir la civilización cristiana de la cual España fue mensajera y custodia. Así, la Christianitas Maior, que fue la Europa medieval, quedó quebrada, siendo las Españas su continuidad natural, como Christianitas Minor. Asimismo, y después de muchos avances y retrocesos, queda finalmente quebrada la unidad católica de España durante el siglo XIX por el perverso y continuo hacer de las oligarquías de masones y demás liberales, con la ayuda de los enemigos exteriores de España, de manera que los defensores de la unidad católica sobrevivieron como clara minoría, hasta nuestros días.

Concretamente, se cumplen 30 años del inicio de estas jornadas. No ha cambiado demasiado España en ese tiempo, por mucho que pueda parecer. España seguía entonces, y sigue ahora, lastrada por graves lacras, de las que, sin duda, la más nefasta sea la apostasía colectiva que refleja nuestro ordenamiento jurídico y político, desde sus más altas instituciones, como son la Monarquía parlamentaria o la Constitución, instituciones fraguadas por el contubernio de liberales, socialistas y democristianos, al cual, desgraciadamente, tampoco se opuso sino una minoría de la Iglesia en España.

El pensamiento moderno lleva necesariamente a la demolición de España. No es casual la situación en la que nos encontramos. Cuando se ha pretendido construir España con otros cimientos, no se ha conseguido sino destruir los vínculos naturales que han vertebrado España. No nos engañemos: ni la sana laicidad, ni la separación entre Iglesia y Estado, devolverán los derechos de Dios, sumo legislador, y de la Iglesia, profanados por el liberalismo y el socialismo. Estas tesis de nuevo cuño, no son sino subterfugios para esconder, a menudo, respetos humanos y deseos de conformarse con el mundo. El bien común prima sobre el individual, no existe el derecho al error. Un cristiano no puede querer la fe para sí, y el derecho al error para los demás: eso es faltar a la caridad. Ningún derecho subjetivo ni ninguna falsa concepción de la dignidad humana pueden excluir la consideración que el gobierno de la res pública debe por justicia a la religión verdadera. Amigos: La hispanidad no tiene cabida en los edificios filosóficos de la modernidad, concretamente en el liberalismo, sea de izquierdas –socialismo- o de derechas, que, bien de forma frontal en ocasiones,  y replegándose en otras cuando la sociedad reacciona, ha ido socavando los principios que nos dieron nuestra identidad. En esa dialéctica progresismo-conservadurismo, en esa doble velocidad de la revolución, es el terreno donde se ha movido la historia de los últimos 200 años de España.

Dada esa particular vinculación de España como esencia con su unidad religiosa, la teología del Sagrado Corazón de Jesús tiene una especial relevancia para todo español.  La divina figura del Corazón de Cristo ardiendo de amor y sangrando por nuestros pecados es un llamado continuo a instaurarlo todo en Cristo, lema del recordado papa San Pío X. Este mandato tiene especial importancia para una Nación que, como hemos dicho, nació de la unidad católica de los reinos y la posterior defensa de la agresión del enemigo infiel que deseaba someternos.

El 17 de junio de 1689 (100 años después del inicio del reinado de los Borbones con Enrique IV en 1589, y 100 años antes de la nefasta Revolución Francesa), tiene lugar la aparición del Corazón de Jesús a Santa Margarita María de Alacoque. Cristo pide en esta visión la consagración del rey al Sagrado Corazón de Jesús y la consagración de Francia a través de su rey, en ese entonces Luis XIV, quien reinó de 1661 a 1715. Luis XIV será informado del deseo del Cielo, sin embargo, se negará a cumplir esa petición, según queda de manifiesto por lo que Jesús comunicó a Sor Lucía en la aparición que ella misma relata a su obispo en una carta fechada el 29 de agosto de 1931. “Mira el Corazón que tanto ha amado a los hombres… en vez de gratitud, de gran parte de ellos yo no recibo sino ingratitud” (revelación a Sta Margarita María de Alacoque).

¿Qué nos enseña la Iglesia acerca del Sagrado Corazón de Jesús? ese Corazón que se nos presenta como el signo sensible de su amor, Jesús entero recapitulado en su Corazón Sagrado, al igual que todas las cosas son recapituladas en Jesús.

Existe abundante documentación pontificia acerca de esta devoción.

– Pío VI, en su bula de 1794, “Auctorem fidei”, defendió con su autoridad este aspecto de la devoción contra las calumnias jansenistas vertidas en el Sínodo de Pistoya, que cayeron en herejía al despreciar la humanidad de Jesús.

S.S. León XIII promulgó, el 25 de mayo de 1899, la encíclica “Annum Sacrum”, en la que recomienda la práctica de la devoción al Sagrado Corazón, y algunos de sus sucesores hicieron lo propio, en especial Pío XI, en su encíclica “Miserentissimus Redemptor”, del 8 mayo de 1928, y Pío XII, en sus encíclicas “Summi Pontificatus”, del 20 de octubre de 1939, “Mystici Corporis”, del 29 de junio de 1943 y “Haurietis Aquas”, del 15 de mayo de 1956. Esta última contiene una exposición integral del culto y la devoción al Sagrado Corazón y debe convertirse en lectura indispensable para quien desee conocer a fondo la posición pontificia al respecto. El Concilio Vaticano II, 1962-1965, hace referencia al Corazón de Cristo en varios documentos. Finalmente, el Papa Juan Pablo II incluyó el tema como parte del Catecismo de la Iglesia Católica, en 1992. Algunas sentencias destacables de los Papas acerca de esta devoción son:

(León XIII)

“La grandeza de este poder y la inmensidad infinita de este reino, están confirmados plenamente por las palabras de Jesucristo a los Apóstoles: «Se me ha dado todo poder en el Cielo y en la tierra.» (Mt 28:18). Si todo poder ha sido dado a Cristo, se deduce necesariamente que su imperio debe ser soberano, absoluto, independiente de la voluntad de cualquier otro ser, de suerte que ningún poder no pueda equipararse al suyo. Y puesto que este imperio le ha sido dado en el cielo y sobre la tierra, se requiere que ambos le estén sometidos.

PÍO XI

No es de dudar, venerables hermanos, sino que de esta devoción santamente establecida y mandada a toda la Iglesia, muchos y preclaros bienes sobrevendrán no sólo a los individuos, sino a la sociedad sagrada, a la civil y a la doméstica, ya que nuestro mismo Redentor prometió a Santa Margarita María «que todos aquellos que con esta devoción honraran su Corazón, serían colmados con gracias celestiales».
Pío XII.

De la propagación y del arraigo cada día mayor del culto al Sagrado Corazón de Jesús —derivados no sólo de la consagración del género humano, hecha al declinar el pasado siglo, sino también de la institución de la fiesta de Jesucristo Rey, creada por nuestro inmediato predecesor, de feliz memoria — han brotado innumerables bienes para los fieles como un impetuoso río que alegra la ciudad de Dios (Sal 45,5) Pío XII.

el culto más intenso al Sacratísimo Corazón de Jesús, de que hoy gozamos, han encaminado muchas almas a la contemplación más profunda de las inescrutables riquezas de Cristo que se guardan en la Iglesia.

Innumerables son, en efecto, las riquezas celestiales que el culto tributado al Sagrado Corazón infunde en las almas: las purifica, las llena de consuelos sobrenaturales y las mueve a alcanzar las virtudes todas

La Iglesia siempre ha tenido y tiene en tan grande estima el culto del Sacratísimo Corazón de Jesús: lo fomenta y propaga entre todos los cristianos, y lo defiende, además, enérgicamente contra las acusaciones del naturalismo y del sentimentalismo

Miserentissimus Redemptor: «¿No están acaso contenidos en esta forma de devoción el compendio de toda la religión y aun la norma de vida más perfecta, puesto que constituye el medio más suave de encaminar las almas al profundo conocimiento de Cristo Señor nuestro y el medio más eficaz que las mueve a amarle con más ardor y a imitarle con mayor fidelidad y eficacia?

«Es innata al Sagrado Corazón», observaba nuestro predecesor León XIII, de f. m., «la cualidad de ser símbolo e imagen expresiva de la infinita caridad de Jesucristo, que nos incita a devolverle amor por amor» [16].

Se distinguieron por haber establecido y promovido cada vez más este culto al Corazón Sacratísimo de Jesús: san Buenaventura, san Alberto Magno, santa Gertrudis, santa Catalina de Siena, el beato Enrique Suso, san Pedro Canisio y san Francisco de Sales. San Juan Eudes es el autor del primer oficio litúrgico en honor del Sagrado Corazón de Jesús, cuya fiesta solemne se celebró por primera vez, con el beneplácito de muchos Obispos de Francia, el 20 de octubre de 1672.

Pero entre todos los promotores de esta excelsa devoción merece un puesto especial Santa Margarita María Alacoque, porque su celo, iluminado y ayudado por el de su director espiritual —el beato Claudio de la Colombiere—, consiguió que este culto, ya tan difundido, haya alcanzado el desarrollo que hoy suscita la admiración de los fieles cristianos, y que, por sus características de amor y reparación, se distingue de todas las demás formas de la piedad cristiana [98].

 Pío XII la definió como “La más completa profesión de la religión cristiana”.

 Queridos amigos, hemos hecho un recorrido somerísimo por la esencia católica de la unidad de España, y hemos visto los principales fundamentos teológicos de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, a cuya consagración de España se cumplen 100 años. Si bien la generalización de esta devoción, a raíz de las revelaciones a Santa Margarita María, es muy posterior a la consecución de la unidad católica de España, sus fundamentos teológicos encajan perfectamente con esa idea de hermandad patriótica en la fe que ha caracterizado e imprimido carácter a los pueblos hispánicos. Porque la devoción al Sagrado Corazón de Jesús no hace sino refrendar una verdad de fe: por ser la católica una religión encarnada, al ser Dios mismo quien se encarna, las realidades temporales no quedan al margen del dominio divino. “Yo soy Rey”, dijo Cristo a Pilatos. Cristo es Rey de las realidades temporales porque Cristo es Dios mismo hecho carne para recordarnos que lo creado también se diviniza por el inmenso amor de Dios. Luego el hombre no puede dar la espalda a ese reinado de Cristo, que no es de este mundo, en el sentido de que no proviene de él, sino del Cielo, pero que sí se manifiesta en el mundo.

Por eso la tradición cristiana emplea el término “Reinado de Cristo”, y existe tal conexión entre la devoción al Sagrado Corazón de Jesús y el reinado social de Jesucristo.

Lamentablemente, existen hoy en día numerosas herejías e ideologías que atacan gravemente esta conexión, pretendiendo amputar lo espiritual de las realidades temporales. Todo este conjunto de ideas, surgido de los principales enemigos de la Iglesia, que son la protesta, la cábala y la logia, puede sintetizarse en los siguientes:

Así, tenemos el liberalismo: sí, el liberalismo, en sus diferentes grados, sigue siendo pecado, como dijera Sardá y Salvany. Sigue siendo pecado porque lo ha sido desde sus orígenes y nunca ha dejado de serlo. El pérfido afán por el egoísmo  y la libertad sin freno, representadas en economía por Adam Smith y en derecho por Immanuel Kant, por mucho que se haya intentado, sin éxito, suavizar por los llamados (y condenados) “católicos liberales”, no es más que el non serviam diabólico, la versión corregida y actualizada del pecado original, el error invadiendo el orbe.

No menos perversas son sus desviaciones, incluso edulcoradas, y desgraciadamente asumidas por amplísimas capas de católicos de todas condiciones, como son:

  • Personalismo: el personalismo no es más que el error acerca de la persona, y de la naturaleza y el alcance de la dignidad humana. Como dijo León XIII en Quod Apostolici Muneris, “la igualdad de los hombres consiste en que todos, por haberles cabido en suerte la misma naturaleza, son llamados a la misma altísima dignidad de hijos de Dios”. Todos estamos llamados a la dignidad de hijos de Dios; pero no todos somos actualmente igual de dignos. La dignidad ontológica nos la da la naturaleza, racional, pero cuando obramos contra la razón, es decir, cuando pecamos, nuestra dignidad moral decae. Por eso no cabe subsumir dentro del concepto de dignidad humana, el derecho al error que propugna el liberalismo, ni todas las que los papas denominaron “libertades de perdición”. Y mucho menos cabe decir que la dignidad humana prima sobre el bien común. Como dijo Charles de Koninck en su célebre obra contra los personalistas, brilla más la bondad divina en un orden de criaturas racionales que en una sola persona como tal. Queridos amigos, esto no es socialismo ni colectivismo: es reconocer que lo perfecto universal es más perfecto que lo perfecto individual. Así, es faltar a la caridad el querer la perfección personal, y desechar o dejar al libre arbitrio de los hombres la perfección del orden social. La persona no es un mero individuo encerrado en sí, cuya naturaleza racional se reduzca a la naturaleza sensible que tiene por objeto el bien privado. Cristo debe reinar, por el bien de todos. Y eso vale infinitamente más que cualquier sucedáneo de dignidad individual.
  • Comunitarismo: Consecuencia directa de este personalismo, el comunitarismo es el error acerca de la misión social del cristiano. El comunitarismo, muy difundido en el mundo católico anglosajón, si bien no endiosa la individualidad del sujeto como lo hace el personalismo puro, cree erróneamente que el Reinado de Cristo termina en la familia y en general en los círculos más próximos del individuo. Se limita a defender su libertad religiosa y el derecho a ejercer la objeción de conciencia contra las leyes inicuas. Estas reivindicaciones, si bien son legítimas como un primer paso en medio de Estados profundamente anticristianos, no debe ser ni mucho menos el último. No debemos cejar en nuestro empeño de instaurarlo todo en Cristo, como recordó San Pío X.
  • Americanismo: padre del anterior comunitarismo es el americanismo, condenado también por la Iglesia, aunque más silenciado en los últimos tiempos, y consistente en considerar como satisfactoria la posición de una Iglesia en un Estado libre, donde todas las confesiones, incluso el ateísmo más radical, conviven en un marco regulatorio de tolerancia.
  • Socialismo: en el lado aparentemente opuesto al liberalismo, qué podemos decir del socialismo, que sin embargo fue culminación y desembocadura de ese liberalismo especialmente desde el advenimiento de la Revolución Rusa, como bien advirtieron ilustres personajes españoles de la época, como don Francisco Franco y don Luis Carrero Blanco. Definido por la Iglesia como intrínsecamente perverso, es la profunda negación de la naturaleza humana en lo espiritual y lo social. Negando la religión con su materalismo feroz, y las sociedades naturales con su estatalismo desbocado y corrupto, ha sido fuente de innumerables males, solamente comparables a los males causados por la herejía de Lutero y el pensamiento iluminado racionalista y liberal.
  • Modernismo: aunque también muy silenciado en los últimos decenios, fue profusamente condenado por San Pío X como “sentina de todas las herejías”, y en el fondo es la raíz de estos y otros males aquí descritos somerísimamente. Tiene ramificaciones en lo teológico y lo social, y se ha mostrado como destructor del pensamiento católico tradicional, y a día de hoy, más de cien años después de su condena formal, es posiblemente el enemigo más potente que se ubica en las entrañas de la Iglesia misma
  • Mentalidad protestante: Es la raíz de todo el pensar moderno y subjetivo, de la separación entre Dios y el ser. Es la negación de la tradición tomista. El Estado moderno surgido de Westfalia fue una primera globalización, que destruyó las viejas comunidades políticas populares. Es la encarnación de la enemistad del mundo con Cristo, después de siglos de sometimiento público a la Revelación y la autoridad eclesiástica.

En definitiva, queridos amigos, todo lo que representa la modernidad es el principal enemigo del Reinado de Cristo. Porque no hay que olvidar que la modernidad es, ante todo, una cosmovisión, igual que lo es la Cristiandad. Esta comparación de los opuestos nos puede ayudar a entender mejor lo que representa la modernidad. Así, si la Cristiandad era la religión informando toda la vida privada y social (liturgia, fiestas civiles, tradiciones populares, lenguaje, educación de la prole, roles domésticos, sensus fidei) ,la modernidad no es más que Cristo relegado de la vida social. La Cristiandad es la vida del “adiós”, “si Dios quiere”, “vaya con Dios”, “Ave Maria Purísima”, “adéu siau” (bella expresión catalana de despedida, similar al “vaya con Dios”), las procesiones de Corpus, los rosarios junto al fuego, las consagraciones al Sagrado Corazón; mientras que la modernidad es  el “salud”, “ojalá”, “hasta luego”, el culto a la novedad, a los “nuevos paradigmas”, las “mentes abiertas”, al “empoderadamiento” y el “coaching”.

Y pocos se dan cuenta de que se empieza por apartar a Cristo de las instituciones, y se acaba por arrinconarlo en el corazón, porque la vida social del cristiano se reduce a un simple comunitarismo clerical sin repercusión social. Se comienza por propugnar, en el ámbito público, la “sana democracia”, el “capitalismo con rostro humano”, la “laicidad positiva”, los católicos como “animadores de la democracia”, la “santa levadura”, y se acaba aceptando, ya en el fuero interno, el divorcio, el adulterio, la sodomía, la democracia como fundamento del orden social, la especulación y la usura. En el mejor de los casos, puede que el que así piensa no obraría en consecuencia (de momento), pero ¿qué sentido tiene querer que se permita a los demás lo que no se quiere para uno mismo? ¿Qué concepto de libertad sostiene ese razonamiento?

Este rechazo de la tradición se manifiesta en todos los ámbitos: en el político, y aplicado al caso de España, el constitucionalismo ha querido aprovechar la histórica unidad de España para construir su fetiche de unidad posmoderna en base a un Estado jacobino, apartando el elemento esencial que permite esa unidad: la religión católica, y sustituyéndolo por un consenso fundado en una serie de regulaciones de tipo administrativo que establecen un determinado modelo político, sustentadas en un cúmulo de principios totalmente extraños a nuestra idiosincrasia histórica.

En el ámbito internacional, la repulsión de la modernidad por la tradición se manifiesta en la enfermiza tendencia al globalismo: aniquilar lo local, los particularismos, con el pretexto de la lucha contra el etnocentrismo. Con ese pretexto hemos pasado de los vestidos típicos regionales al tsunami de los pantalones vaqueros; de la gastronomía local al McDonald’s; de la música en lengua vernácula al imperio musical anglófono; de las lenguas nacionales y regionales, al inglés, a la vez que se machaca al latín en la propia Iglesia, como símbolo de otros tiempos que casi nadie quiere recordar, por anti-modernos, y por representar lo que de universal tenía la Cristiandad. Pero si la Cristiandad era algo parecido a lo que hoy se entiende por “global” ¿Cuál es la diferencia, entonces? Que la Cristiandad era a la vez universal y local, es decir, respetaba las tradiciones locales, porque la unidad estaba en lo esencial. En cambio, la modernidad quiso, y quiere, la uniformidad en todos los niveles, sabiendo que la pérdida de la riqueza de lo local es debilidad para resistir ante la avalancha de lo global.

Queridos amigos, todos los que nos reunimos hoy aquí estamos comprometidos con la restauración de la unidad católica en España y el Reinado Social de Jesucristo, del cual es símbolo su Sagrado Corazón. Pero tengamos una cosa clara: El hogar cristiano es la primera Christianitas Minor. Hace falta una tradición, cálida y hogareña, pero a la vez recia y austera. Imprimir carácter en los jóvenes, enseñando la suavidad firme y bella de la verdad en todos los ámbitos de la vida. Ser tradicional (y vivir como tal) implica tener una visión del mundo completamente diversa a la de nuestros tiempos. Es necesario agudizar el olfato para, sin caer en el escrúpulo, detectar allá donde algo está contaminado por la modernidad desarraigante, y saber detectar nuestras incongruencias personales, que son muchas. Lenguaje, aficiones, organización familiar, etc, deben ser revisadas.

No tiene sentido razonar como tradicional si se vive al son del mundo. No se trata ahora de hacer un examen de conciencia, pero hay que plantearse si ¿nos consideramos tradicionales y…? ¿sucumbimos voluntariamente al ritmo frenético de consumismo? ¿tenemos aficiones poco sobrias y banales, incluso vulgares? ¿somos poco prudentes y vivimos pendientes de las novedades de todo tipo, aunque no sean pecaminosas?¿desconocemos, olvidamos o despreciamos nuestra auténtica tradición, la de la tierra que ha visto nacer o crecer a cada uno? ¿nos complacemos en lo estéril, absurdo o mundano? ¿somos conscientes de los principios en que se asienta el mundo en que vivimos, y los riesgos que entraña para nuestra salvación y la de quienes están a nuestro cargo?…

En resumen: como católicos y españoles, no existe más opción que defender la unidad católica de la Nación, porque, como dijo Menéndez Pelayo, “esa es nuestra grandeza y nuestra unidad; no tenemos otra. El día en que acabe de perderse, España volverá al cantonalismo de los arévacos y de los vetones o de los reyes de taifas. A este término vamos caminando más o menos apresuradamente, y ciego será quien no lo vea”. Y la Tradición no se defiende solamente estudiando doctrinas, o coleccionando libros de autores clásicos. La unidad católica comienza en los núcleos más esenciales de la sociedad. Y, por supuesto, empieza con nuestra unidad de vida.

Hoy, sin dejar de aspirar a un nuevo Reinado de Cristo en España, hemos de comenzar por construir nuestras Christianitas Minor en cada uno de los hogares cristianos. Eso comportará, sí, renuncias, incomprensiones, rechazos y marginaciones. Pero la nueva España católica sólo puede reconstruirse desde la familia, célula que Dios ha querido como esencial de la sociedad.

¡Viva Cristo Rey! ¡Arriba España! Muchas gracias.

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Javier de Miguel

Javier de Miguel

Javier de Miguel (Granada, 1984), actualmente residente en Gerona, casado y padre de cuatro hijos. Es licenciado en Administración y Dirección de Empresas por la Universidad Ramon Llull, y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por el Centro de Estudios Financieros. Actualmente cursa los grados de Derecho y Sociología en la UNED. A su carrera profesional como asesor fiscal (desde 2007) une una década de estudios privados sobre la Doctrina Social de la Iglesia, especialmente aquellos relativos a la filosofía y organización económica en clave cristianas, especialmente en lo que compete a la refutación de las tesis liberales, tanto en el campo teórico como praxeológico. También acostumbra al estudio asiduo de las infiltraciones de la filosofía moderna en otros campos distintos de la economía, como la Teología, el Derecho, la política y la pedagogía.
En el ámbito de colaboraciones editoriales, es articulista colaborador de las revistas Verbo y Reino de Valencia.

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