Análisis

Ecologismo: Un engaño para los católicos

Mientras se vierten todas las culpas del daño al medio ambiente sobre la familia y la procreación, pocos reparan en la incidencia sobre el mismo del espíritu consumista del mundo occidental capitalista.

ECOLOGISMO: UN ENGAÑO PARA LOS CATÓLICOS.

Recientemente, el Responsable de Ecología Integral de Madrid en la Fundación Pablo VI, Carlos Jesús Delgado declaró, en un conocido medio de comunicación, lo siguiente: «Está en nuestras raíces como cristianos la custodia del entorno y del ser humano por igual» y «La Comisión de ecología nació con la vocación de aunar voluntades y llevar a la sociedad una conversión del alma que escuche a la Madre Tierra».

Estas citas son un botón de muestra de que existe un intento de “adecuar” el lenguaje ecologista “oficial” al pensamiento cristiano, adoptando frases y conceptos de manera indiscriminada, algunos de los cuales tienen incidencia directa sobre el edificio filosófico y teológico cristiano.

Así, parece el lenguaje cristiano haber empleado el pretexto del ecologismo como instrumento para introducir la idea de “ecología humana”, muy presente sobre todo en Laudato Si  (algo que entiendo como un sucedáneo del derecho natural en clave personalista), concepto que, expuesto sin más matices, además de teóricamente inconsistente, es prácticamente inútil. Porque la sociedad posmoderna se asienta sobre la idea de libertad como autodeterminación, de manera que muy difícilmente podrá interiorizarse esa idea de “ecología humana”, mientras no se asuma que la libertad tiene más límites que la propia voluntad humana, y porque, en el fondo, muy en el fondo, de ese ambiguo y extraño concepto, subyace el intento de justificar la existencia de una naturaleza humana que sería un freno a esa auto-determinación. Por tanto, hablar de “ecología humana”, por bienintencionado que sea, de poco sirve si antes no se han afirmado determinadas verdades naturales y de fe que lo sustenten.

¿Qué mal causa a la mente cristiana el hecho de secundar estas corrientes ecologistas? A mi juicio, hay tres consecuencias inmediatas: La primera, que ese ecologismo empedernido aleja la solución del propio problema del medio ambiente, pues éste solamente será respetado en su justo término cuando haya un auténtico vuelco en los criterios morales de actuación, y no por simple “sensibilización” o coaching extrínsecos. Luego es prioritario atacar la causa, y no su consecuencia, pues mientras no se sane la hemorragia de la inmoralidad reinante en nuestro tiempo, de poco o nada servirá poner tiritas sobre la herida; en segundo lugar, porque el enfoque obsesivo hacia la ecología nos desvía del verdadero problema de fondo: la apostasía colectiva que ha resultado en el reino del libertinaje. Y, en tercer lugar, porque este ecologismo, de la manera que es defendido y difundido por la mayor parte de los organismos auto-denominados “ecologistas”, tiene como resultado para los cristianos, una grave alteración de la antropología y la teología tradicionales, que tiende a confundir a no pocas mentes deslumbradas por el seguimiento del lenguaje “oficialista”, y deseosas de demostrar que la fe tiene con el mundo más puntos en común de lo que muchos piensan.

Pues no. Ni eso. Ni siquiera el asunto del ecologismo (en términos amplios), encaja con la manera correcta de entender el cuidado de la Creación en clave cristiana. Más bien al contrario: genera graves ambigüedades de tipo antropológico, cristológico y escatológico, cuando no auténticas herejías y errores filosóficos como los que hemos podido apreciar en la cita que antecede a estas líneas.

Por supuesto, no entraremos ahora a censurar las evidentes aberraciones de los activistas ecologistas, que abogan por la drástica reducción de la natalidad (vía aborto y anticoncepción), o por considerar al ser humano como la peor desgracia del mundo y desear su extinción (¿desearán la suya propia también?). Lo que nos interesa ahora es la manera como, de forma taimada y subrepticia, los principios que sustentan esas aberraciones, calan en el pensamiento católico biempensante y bienintencionado, pero poco formado.

Para empezar, el ecologismo desenfocado lleva fácilmente al panteísmo o, como poco, a visiones desenfocadas acerca del papel del hombre y de Dios en la Creación. Dicho de otra manera, si no lleva directamente a la herejía, abre las puertas a ella y asienta una praxis indebidamente motivada, de manera que aunque el fin (el cuidado del medio ambiente) pueda, en el corto plazo, coincidir con el pensamiento cristiano, al estar incorrectamente fundamentado, ese paralelismo no tarda en dirigir el pensamiento con rumbos divergentes.

El panteísmo, infiltrado en la fe católica, tiene serias consecuencias, por ejemplo, en la Cristología: la religión católica es una religión encarnada. Cristo, Dios-hecho-hombre, es, además de un potente argumento apologético en el plano natural, la verdad de la relación entre lo finito y lo infinito en el plano sobrenatural. Por eso se dice que Dios-Hijo (y no Dios-Padre) reina sobre las realidades terrenas, porque Él fue quien asumió en una sola persona dos naturalezas, la finita y la infinita. Dios encarnado aleja los fantasmas del deísmo (desconexión entre el Creador y lo creado) y del panteísmo (confusión – que no unión- entre Dios y lo creado).  Y precisamente de panteísmo tiene mucho el neo-ecologismo. Cuesta leer textos de activistas ecologistas católicos que no yerren gravemente acerca del orden de la Creación y de la posición del hombre en la misma. Criterios que ignoran el carácter del hombre como culminación de la Creación, hecho a imagen y semejanza de Dios, según nos ha sido revelado, por considerarlo presuntuoso. El igualitarismo democrático filo-panteísta parece haberse extendido también al exterior del género humano y a la interpretación del Génesis. Olvidando que el hombre está en la cima de la Creación porque Dios le ha otorgado, por Gracia, una naturaleza racional cuyo obrar recto corresponde a su propio fin. Por tanto, no es una cuestión de superioridad entendida al modo democrático, sino una distinción, una jerarquía de orden natural que conlleva una serie de obligaciones. No es casual que los mismos que demonizan la posición del hombre en la Creación, demonicen también el resto de autoridades naturales (paterfamilias, maestro, monarca, papado, etc).

Por ejemplo, mucho se oye sobre los derechos de los animales, y muchos se indignan cuando decimos que los animales no tienen derechos (pues no son criaturas racionales capacitadas para cumplir respectivas obligaciones, ni siquiera potencialmente), pero la realidad es esa: los animales no tienen derechos. Es el hombre quien tiene derecho a usar de la Creación, y obligaciones para con ella, que no son más que una parte de los deberes para con Dios. De modo que no es en absoluto descabellado concluir que el panteísmo deriva fácilmente en el socialismo, pues si todo se confunde y nada se distingue, si el mundo es un todo uniforme sin jerarquía metafísica alguna, también es de esperar que se rechace igualmente la jerarquía terrena, pues se disuelven las causas que los justifican, y que se reducen, a lo sumo, a la voluntad popular.

A este respecto, son especialmente útiles las aportaciones de Augusto Nicolás, autor de los grandiosos Estudios filosóficos sobre el Cristianismo, en su obra Del protestantismo y de todas las herejías en su relación con el socialismo. En esta obra, dedica un capítulo a diagnosticar las desviaciones teológicas que se derivan de una concepción errónea de la distinción clásica entre lo natural y lo sobrenatural. El punto clave aquí es comprender adecuadamente el Misterio de la Encarnación. Dice Nicolás, “el Verbo se hizo carne […] en el seno de María, del propio modo, por decirlo así, se hace nuestra carne de una manera particular, incorporando en nosotros la suya, y uniéndonos por ella a su divinidad sin absorbernos en ella, a fin de que nuestra unión con Él sea tanto más íntima y tanto más profunda, cuanto más recíproca es por la distinción misma”. De esa manera “siendo el dogma de la Encarnación la única solución de la unión sin confusión de lo Infinito y lo finito, […], el dogma cristiano de la Encarnación es el dogma social por excelencia”. El resto de disquisiciones acerca de las relaciones entre panteísmo y socialismo, somerísimamente introducidas aquí, también son dignas de atenta lectura.

Por todo lo anterior, cuando el ecologismo y sus derivaciones prácticas en la vida cotidiana (por ejemplo, el vegetarianismo o, el veganismo), se practican por motivos no objetivos (por ejemplo, una prescripción médica), sino ideológicos o sentimentales, son contrarias a la razón. Y no solamente eso, sino que son una puerta abierta a la infiltración de todas esas ideas perniciosas.

Dicho esto, no quiero dejar pasar un fenómeno curioso: mientras se vierten todas las culpas del daño al medio ambiente sobre la familia y la procreación, pocos reparan en la incidencia sobre el mismo del espíritu consumista del mundo occidental capitalista. Todos dicen: “Debe usted reciclar, por el bien del planeta”; “debe usted tener menos hijos”. Pero pocos dicen: “Debe usted consumir menos, por el bien del planeta: consuma solamente lo que necesite”. ¿Qué es objetivamente mejor, tener menos hijos o consumir menos? No hay que tener hijos, pero en cambio todos quieren pensiones, servicios públicos y un elevado nivel de vida. En definitiva, que la vaca siga dando leche, pero sin nadie que la alimente ni la ordeñe.

Volviendo al eje central de estas líneas, el ecologismo, como todo –“ismo” aplicado a una realidad meramente terrena, comporta siempre una connotación ideológica. Y tiene su propia tendencia a elevarse a un falso nivel sobrenatural. Es decir, a convertirse en una religión.  Y en el campo político, en un arma arrojadiza. Mientras que la denominada “derecha” liberal, en su afán individualista y lucro-céntrico, tiende a hacer oídos sordos a cualquier consideración medioambiental, pues el medio ambiente es una mercancía más con la que obtener beneficio en el corto plazo, la izquierda “progresista”, emplea el ecologismo como arma arrojadiza a favor del feminismo (la liberación de la maternidad es también una liberación para el medio ambiente) y el neo-comunismo (la propiedad burguesa como elemento destructor del entorno). Y lo cierto es que, respecto de la Creación, el hombre no es ni enemigo (progresismo ecologista) ni dueño (liberalismo), sino parte y a la vez custodio de la obra de Dios, y de su uso conforme al fin para la que fue creada, que fue sustentar lo y darle una cobertura a sus necesidades vitales rectamente ordenadas, y a través de ella, dar a conocer a Dios, como nos recuerda San Pablo.

Para ir concluyendo: la Iglesia parece sentir que ha perdido su sitio en la sociedad. Pero el caso es que no lo va a re-encontrar alineándose acríticamente con movimientos fundados en principios endebles. La Iglesia resurgirá como luz del mundo cuando, valorando y profundizando en su preciosa y secular doctrina, sepa pasar por encima de los lenguajes oficiales y los eslóganes populistas del momento (inmigración, ecologismo, etc.), y sepa poner en sus justos términos esas tendencias extremistas que, por exceso o por defecto, desfiguran el pensamiento contemporáneo. No se trata de configurar una “ecología católica”, sino de predicar a Cristo, y de aflorar, desde los medios  clásicos del cristiano, la Revelación directa y la Tradición, los fundamentos naturales de los principios en cuestión (en este caso, el cuidado del medio ambiente). Y lo demás vendrá por añadidura. Pero eso no se consigue, a mi juicio, con neologismos y neo-filosofías alineados con el pensamiento dominante, incluso aunque no se secunden todas sus consecuencias.

Pero precisamente porque el árbol malo no puede dar frutos buenos, debemos todos desechar esa tendencia inconsciente a dejar que sean las categorías conceptuales del mundo las que lleven la iniciativa de las construcciones teoréticas que después la Iglesia “adopta” o “bautiza”. Debemos parar ese clericalismo, que yo denomino “inverso”, y que fue definido por Augusto del Noce, de tratar de “bautizar” todos los constructos filosóficos que vienen de fuera, aun cuando aparenten auspiciar causas (al menos nominalmente) nobles, como en principio parecían las ideas de  “derechos humanos”, personalismo, la libertad religiosa, y ahora… el ecologismo. En definitiva, y empleando un símil a tono con el tema, las tan manidas “semillas de verdad” no han de servir para que la Iglesia las tome del vecino y las plante en su jardín, sino para que, con el abono de la sana doctrina que la Iglesia debe proporcionar, esa semilla que encierra el futuro árbol, acabe por crecer sana y recta en el jardín del mundo, para mayor Gloria de Dios y para la salvación de las almas.

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Javier de Miguel

Javier de Miguel

Javier de Miguel (Granada, 1984), actualmente residente en Gerona, casado y padre de cuatro hijos. Es licenciado en Administración y Dirección de Empresas por la Universidad Ramon Llull, y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por el Centro de Estudios Financieros. Actualmente cursa los grados de Derecho y Sociología en la UNED. A su carrera profesional como asesor fiscal (desde 2007) une una década de estudios privados sobre la Doctrina Social de la Iglesia, especialmente aquellos relativos a la filosofía y organización económica en clave cristianas, especialmente en lo que compete a la refutación de las tesis liberales, tanto en el campo teórico como praxeológico. También acostumbra al estudio asiduo de las infiltraciones de la filosofía moderna en otros campos distintos de la economía, como la Teología, el Derecho, la política y la pedagogía.
En el ámbito de colaboraciones editoriales, es articulista colaborador de las revistas Verbo y Reino de Valencia.

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