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La radicalidad moderada y la vacuidad de la Lliga Democrática

La número dos de Manuel Valls en el consistorio barcelonés, Eva Parera, impulsora de Lliga Democràtica.
Desengañémonos, no existe el catalanismo moderado. Nunca ha existido. Sólo se ha mostrado en fase de moderación cuando el Estado  era fuerte o no estaba arraigado en las masas.

Comprender Cataluña es especialmente complicado para un catalán. Ser arte y parte de procesos psicológicos complejos, por sus sinergias colectivas, no ayuda lo más mínimo. Mientras que los titulares sobre el juicio a los golpistas se iban sucediendo semana tras semana, tras las bambalinas se ha estado cociendo una poción mágica que ha de “salvar Cataluña”. Aunque, ciertamente, los ingredientes y la receta hacen recelar de que el plato llegue en condiciones a la codiciada mesa de unas más que probables elecciones anticipadas en Cataluña.

La panacea en cuestión se llama Lliga Democrática y es un engendro elaborado por una parte de la burguesía catalana egoísta (¿pleonasmo?). La guinda visible es Eva Perera, experta trepadora que ha pasado por Unión Democrática, segunda en la lista de Manuel Valls para ahora pretende liderar “el catalanismo moderado”. Pero los cocineros del pastel son otros; gentes que en sus atalayas (como el atontolinado Valls) han perdido el sentido de la realidad política hasta llegar a afirmar que, tras el último ciclo electoral, el nacionalismo ya está derrotado. Ahora se trataría, según los mandamases de los fogones internos de las cloacas de la sociedad catalana, de incorporarlos de nuevo al redil del catalanismo. Este aprisco ya contaría, intentan hacernos creer, con una base de más de 200.000 votantes catalanistas huérfanos de partido.



Pero los cocineros del pastel son otros; gentes que en sus atalayas han perdido el sentido de la realidad política hasta llegar a afirmar que, tras el último ciclo electoral, el nacionalismo ya está derrotado.

La estrategia de erigir de nuevo el putrefacto “pal de paller” del primer pujolismo, es una dèria (locura) de calibre. Proponemos varias reflexiones para sostener esta afirmación.

-Ciertamente al pueblo catalán cada siglo más o menos, le encanta acercarse al abismo, pero nunca lanzarse a él. Hay un poso “conservador” en nuestra psiqué colectiva que nos advierte constantemente que eso de pasar hambre no es cosa buena (por ello, hemos desarrollado el ansia por trabajar, producir y ganar pasta). De ahí que, la última intentona separatista, haya sido clasificada por sus protagonistas -una vez sentados en el banquillo- como un órdago, una ilusión, no iba en serio, … no lo hicimos (aunque “ho tornaríem a fer”), … Por otro, muchos nacionalistas han caído en la obsesión de demostrar quién la tiene más grande … sus ansias de independentismo. El primero que simplemente duda o pestañea ante la imposibilidad de llegar a la Tierra Prometida, es acusado de “botifler” y fascista. Da igual que haya estado toda su vida militando en ERC. Por lo tanto, hay una primera tensión sin resolver entre aburguesamiento genético del catalán medio y su imperiosa necesidad de saltar al monte (siempre y cuando se llegue por autopista): radicalidad moderada.

El primero que simplemente duda o pestañea ante la imposibilidad de llegar a la Tierra Prometida, es acusado de “botifler” y fascista. Da igual que haya estado toda su vida militando en ERC.

-Por otro lado, y como continuación lógica del estado psíquico descrito, el nacionalismo independentista ha entrado en barrena esquizoide. Por un lado, tenemos la lucha cainita para demostrar quién es más pura sangre. Hasta ERC es acusada de flaquear y ser un intrumento españolista del CNI. Y de ello se aprovechan los buitres leonados de JuntsxCatalunya (Puigdemont y adláteres) para intentar sobrevivir picoteando carnaza sobre las testas de los de Junqueras.  Pero por otra parte, Artur Mas, a modo de Leonardo Dicaprio en “El Renacido”, ya cuenta con los dedos de las manos el final de su inhabilitación pública. Esta puede coincidir, por días, con las próximas elecciones autonómicas anticipadas. Mas se ha lanzado de nuevo al coso político, como torero sin coleta pues cada vez está más clavo y desgastado. Pero sus mensajes son inequívocos: “todavía no hay consensos suficientes para la independencia … aunque somos independentistas”; radicalidad moderada. Quim Torra, navegando entre las aguas turbulentas de su propio partido lanza mensajes tanto a favor de la declaración de independencia unilateral, como le suplica a Pedro Sánchez que le escuche y le envíe unos cuantos dineros para paliar la ruina de una Autonomía paralizada: radicalidad moderada.



Artur Mas, a modo de Leonardo Dicaprio en “El Renacido”, ya cuenta con los dedos de las manos el final de su inhabilitación pública.

-La CUP es caso aparte. En reciente asamblea en Celrà (Gerona), antaño epicentro del carlismo más reaccionario y españolista, se han bajado los pantalones traicionado sus propios emblemáticos principios revolucionarios. Lo más ha sido aprobar que los candidatos pueden repetir mandato (convirtiéndose así, por fin, en casta). Leyendo las conclusiones del Congreso de los llamados anticapitalistas (en realidad, pro-comunistas), nos topamos de nuevo con una galopante paranoia crítica. Parte de las conclusiones se podrían clasificar de “destroyers” y antisistema. Otras, por el contrario, llaman a la cooperación con las instituciones: radicalidad moderada.

La Lliga Democrática nace (o renace, porque retomar el epíteto de la “Lliga” es toda una declaración de principios) en esta marejada de radicalismo moderado. Todo el independentismo ha entendido, aunque sea instintivamente, que no se puede dejar de ser radical a la par que se debe acaparar el voto de los más moderados e indecisos. Esta nueva Lliga, tiene visos de acabar como la Lliga Regionalista; como su versión en la Segunda República de la Lliga Catalana o como la Lliga liberal Catalana (fundada en 1979 para acaparar el voto del catalanismo moderado en la transición). Las tres “Lligues” sucumbieron en el desastre electoral más absoluto.

Puede que nos equivoquemos en nuestros pronósticos y no nos dolerán prendas en reconocerlo, pero creemos que la Lliga Democrática de Eva Perera y los que se esconden detrás, está condenada al fracaso. Y si llegaran a obtener representación en el parlamento regional, da igual. Su propia idiosincrasia catalanista le llevaría a ruborizarse pactar con el PP o Ciudadanos. Sólo podrían ser camelados y acaramelados por el PSC para utilizar el catalanismo moderado como una estrategia de aproximación a su modelo federalista, antesala del “independentismo constitucional”. Desengañémonos, no existe el catalanismo moderado. Nunca ha existido. Sólo se ha mostrado en fase de moderación cuando el Estado  era fuerte o no estaba arraigado en las masas. Pero esa es una mascarada harto conocida. El catalanismo mal llamado moderado es como la cabra que tira al monte: las primeras cotas son nacionalistas, las siguientes soberanistas y las últimas independentistas.

La Lliga Democrática, en lo alto de su carcomido “Pal de paller”, ha clamado en el desierto que nace para poder reintegrar a los separatistas en el catalanismo amaestrado y domeñado. Y cómo bien señalaba un digital conocido de todos, hay que decir: “¿Dar una salida al separatismo? Que se la busquen ellos solitos”. De momento, la Lliga Democrática que algunos pretendían que viera la luz pública a bombo y platillo una vez que Societat Civil Catalana solucionara su crisis interna, ha nacido flemática. Los medios la han acogido con frialdad, especialmente los separatistas. En este corral se puede ser un radical moderado, pero no un moderado que beba los vientos por los votos independentistas.

Javier Barraycoa. Este artículo se publicó primero en Ahora Información: La radicalidad moderada y la vacuidad de la Lliga Democrática

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