Análisis

La revolución sexual: una revolución mortal

Por eso la sociedad actual no es capaz de comprender por qué el simple consentimiento no avala cualquier comportamiento sexual. Porque no entiende que, por encima la voluntad está la razón, y que la razón ha de estar orientada a la naturaleza si se persigue el fin de la verdadera felicidad.

La revolución sexual ha sido un tópico constante desde mediados del siglo XX, en la corriente denominada neo-marxismo, que se ha sintetizado como un traslado del objeto marxista (la liberación), del ámbito puramente social (lucha de clases), a otros ámbitos, como el de las relaciones familiares y la del propio individuo, dentro de las cuales ésta se incardina. El auge del cientifismo, del psicoanálisis como herramienta supuestamente ilustrativa del papel de las denominadas “represiones” y de una laxación moral vertiginosa, dieron lugar al advenimiento de numerosos teóricos de esta denominada “revolución” venérea.

En este caldo de cultivo destacó especialmente la obra de Wilhelm Reich, “La revolución sexual”. Una de las tesis que más habitualmente destilan los teóricos como Reich es considerar que cuanto más libre, intensa y variada sea la actividad sexual de las personas, mayor será su grado de satisfacción vital y más sereno y pacífico se convertirá su carácter. Y que la represión sexual ha sido el arma tradicional del poder conservador para mantener su estatus, luego la liberación integral del hombre pasa inevitablemente por su “liberación” sexual.

Por un lado, la finalidad última de mantener al hombre satisfecho y pacífico puede ser interpretada de varias maneras. Cabría una interpretación utópica, que considera que con ello desaparecerán graves males sociales, como la violencia física o sexual o la prostitución, y otra más maquiavélica, por la cual esa satisfacción se traduce en inacción para rebelarse contra los abusos del poder establecido. Pero lo cierto es que este enfoque, como todo materialismo, ignora un principio esencial acerca de la naturaleza humana: que lo material, la mera pulsión, solamente satisface en el cortísimo plazo, y además lo hace de forma incompleta, pues ignora los gozos espirituales y en definitiva, trata al hombre como un animal en celo que debe cumplir su función sexual como una necesidad vital. Es ignorar que el hombre dispone de una razón que tiene la capacidad de orientar su voluntad. No es de extrañar, pues, con esta filosofía, que proliferen las ideologías ecologistas que igualan al hombre con el resto de la naturaleza, o que se desprecie la vida humana en determinadas etapas. Aunque de hecho, y de un modo u otro, el materialismo la desprecia en todas ellas, porque al reducir a la persona a un mero objeto, arrasa con su propia condición, y la convierte en un medio más para la satisfacción de las pulsiones más primarias. Y no solamente al prójimo: la destrucción comienza por uno mismo. Por eso la sociedad actual no es capaz de comprender por qué el simple consentimiento no avala cualquier comportamiento sexual. Porque no entiende que, por encima la voluntad está la razón, y que la razón ha de estar orientada a la naturaleza si se persigue el fin de la verdadera felicidad.

Por otro lado, no se entiende en base a qué afirma Reich que al poder dominante le interesa mantener a la sociedad literalmente atrofiada y reprimida sexualmente, si según él, es la abstinencia (o lo que él considera como tal, que sería la sexualidad ordenada a la naturaleza), lo que generaliza las neurosis y hace a los individuos más agresivos e insociables. Más bien parece que Reich, con esta contradicción, está actuando inconscientemente como profeta: precisamente son el libertinaje sexual y la inundación de la sociedad con toda clase de perversiones, los que, actuando como una droga, están permitiendo que el poder establecido no tema por las revueltas de sus siervos. Y es que el actuar conforme a la naturaleza lo único que genera es vicio, que es el mejor aliado de la indiferencia vital. Porque el vicio, sea del tipo que sea, genera en el hombre un microcosmos de auto-satisfacción  momentánea que lo aísla de la realidad exterior e interior, y por tanto, le hace insensible ante lo que le rodea.

Prueba de lo anterior es que, a mayores grados de ingeniería social, mayor es la dosis de perversión sexual que se inocula en la sociedad. Pero el precio que se paga es muy alto: la absoluta disolución, como un azucarillo, de la sociedad en las pulsiones de los individuos que la componen.

La revolución sexual comenzó por atacar el matrimonio natural, considerado el “eje del mal” contra la liberación sexual, de manera que, primero se esterilizó a los matrimonios con los anticonceptivos en pos de una mayor libertad y “planificación”, que se consideraban unánimemente como un bien para el matrimonio (¡Un bien, privar al matrimonio de su fin primario!), para después destruirlos con el divorcio, y finalmente destruir los efectos no deseados de la actividad sexual desenfrenada (tanto las enfermedades venéreas como los embarazos indeseados). Un vez alcanzado este fin, se trataba de extender la actividad sexual más allá de las personas de sexo opuesto, para que, una vez la moral había dejado de ser una barrera a la promiscuidad, dejara de serlo la biología. Y en este último tramo se vislumbra ya la posibilidad de que la relación sexual deje de tener lugar, de manera normalizada,  entre personas, para ampliarla a animales y robots.

Para todo ello, llama la atención que incluso se siguen empleando las mismas tácticas que las que enunciaban los teóricos de hace medio siglo. Una de ellas es la utilización de los medios de comunicación para la introducción de la temática sexual, en un principio en clave aparentemente científica, a fin de emplear un enfoque teóricamente neutro y la reputación de los profesionales médicos, para la ruptura de determinados tabúes. (Los lectores de más edad recordarán los programas de TVE sobre esta temática, en los años 80 y 90). Después, con la generalización de la pornografía, se estimula perversamente la imaginación a fin de que el hombre descubra nuevos deseos y pretensiones sexuales cada vez más degeneradas. Por otra parte, la machacona falacia de que “el cuerpo nos pertenece”, introduce la idea de que cualquier decisión que se tome con respecto  a nuestro cuerpo será inocua, o aún más, será buena únicamente por el hecho de haber surgido de nuestra voluntad.

No obstante, las consecuencias de semejante desvarío también son las esperadas. Hace poco leíamos que uno de los adalides de la revolución sexual, Dinamarca, está implementando planes para reducir el número de divorcios. Y es que, por mucho que se empeñen, incluso aunque sea desde la estrecha óptica del provecho político, a la sociedad le resulta necesaria la estabilidad que aporta la familia verdadera. La libertad negativa ha funcionado, y funciona, muy bien como eslogan. Pero a la larga solamente trae caos e infelicidad. La naturaleza siempre emerge, dice el adagio, pero el problema radica en que las víctimas y los daños generados no son de fácil reparación. El problema más inmediato de una hipotética restauración de la naturaleza sexual humana  será “bajar del carro” a la sociedad que gustosamente ha secundado durante décadas las insistentes sugerencias perversas, enfrascándose en una mortal, aunque aparentemente placentera, dinámica de perversión cada vez más sofisticada.

Desde luego, no podrá decirse que el diablo ha estado ocioso durante estas décadas. Sabiendo que la última batalla será por la familia, y sabiendo que puede quedarle poco tiempo, la situación parece que dista de revertirse.

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Javier de Miguel

Javier de Miguel

Javier de Miguel (Granada, 1984), actualmente residente en Gerona, casado y padre de cuatro hijos. Es licenciado en Administración y Dirección de Empresas por la Universidad Ramon Llull, y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por el Centro de Estudios Financieros. Actualmente cursa los grados de Derecho y Sociología en la UNED. A su carrera profesional como asesor fiscal (desde 2007) une una década de estudios privados sobre la Doctrina Social de la Iglesia, especialmente aquellos relativos a la filosofía y organización económica en clave cristianas, especialmente en lo que compete a la refutación de las tesis liberales, tanto en el campo teórico como praxeológico. También acostumbra al estudio asiduo de las infiltraciones de la filosofía moderna en otros campos distintos de la economía, como la Teología, el Derecho, la política y la pedagogía.
En el ámbito de colaboraciones editoriales, es articulista colaborador de las revistas Verbo y Reino de Valencia.

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