Análisis

Del adjetivo «católico» en la vida social

Es importante que, a la vez que cuidamos escrupulosamente nuestra coherencia de vida, no ocultemos artificiosamente nuestra condición de católicos en el mundo que nos rodea, muy especialmente el profesional.

Cuando nos movemos en el ámbito del mundo del estudio y la praxis de las disciplinas sociales, no es infrecuente que las ideologías estén muy presentes, tanto en la formulación de los principios, como en la definición de las líneas de actuación.

A menudo, además, se buscan soluciones que cuenten con una aceptabilidad general o un determinado grado de consenso, pensando que la decisión tomada por muchos, en un contexto pluralista, será la mejor de las posibles. A esta ética dialógica, que trueca la verdad que renuncia a buscar, por el consenso público, y que ha alcanzado grandes cotas de predicamento gracias a figuras como Habermas, se opone frontalmente el pensamiento católico, que en cuestiones sociales, y a efectos de lo que nos interesa tratar aquí, se asienta en tres principios:

  • Dios es sumo legislador.
  • Por causa del pecado original, todas las realidades temporales se encuentran caídas, oscurecidas e imposibilitadas, por sus propias fuerzas, para alcanzar sus respectivos fines, y para ello necesitan ser redimidas
  • Santo Tomás recuerda no hay acto deliberado que sea moralmente indiferente.

La combinación de estos principios nos lleva a concluir que las soluciones de orden moral a los problemas de las ciencias sociales, son justamente soluciones católicas. Es muy importante decirlo: no es lo mismo ser un abogado, un economista, un profesor, un médico católico, etc., (y actuar en consecuencia) que no serlo. No se debe apartar el bien de su divina fuente.

Una vez hecha esta introducción, cuya tesis hemos dejado conscientemente a medias, cabe traer a colación el asunto, muchas veces espinoso, del modo de afrontar las cuestiones prácticas, particularmente las que generan debate público. Un cúmulo importante de católicos considera que las cuestiones sociales son, de suyo, de índole práctica, y por tanto, opinables. Se comete un doble error cuando así se habla: el primero, que es el clásico error liberal, consiste en considerar que las disciplinas humanas son independientes del juicio moral, porque no encierran cuestiones de tipo objetivo, siendo soberana la razón humana, y estando estas disciplinas sometidas a normas puramente humanas (aunque divinizadas, en el fondo): en economía, manda el libre mercado; en derecho, la ley positiva, en política, el juego ideológico, etc. Y el segundo es que, aun asumiendo la dimensión moral de estas disciplinas, se enmarca casi toda su praxis en el ámbito de lo opinable, por entender que la práctica es esencialmente subjetiva en cuanto a la aplicación de los principios. Se puede responder a esta última objeción retomando la sentencia de Santo Tomás acera de los actos deliberados. Podemos así concluir que el acto, en su concreción práctica, si es deliberado, está sometido a un juicio moral, y el modo de realizar los actos buenos, al de la virtud de la prudencia. Y muchas posturas de las consideradas opinables, en realidad no lo son, en cuanto encierran juicios prudenciales que pueden llegar a tener cierta objetividad, desde el momento en que puede apreciarse con nitidez que no conducen a su perfección.

Por tanto, la diferencia está en que las cuestiones prácticas no sean opinables por el hecho de ser prácticas, sino que pueden y deben ser enjuiciadas a la luz de la virtud de la prudencia. Otra cosa es que de ella no siempre se puedan extraer máximas morales por tratarse de una virtud de orden práctico, y no siempre sea dable a la inteligencia humana conocer las distintas consecuencias de las diversas formas de actuación, lo cual requeriría un cierto conocimiento antecedente, que solamente posee Dios, y del cual la experiencia humana tan sólo puede trazar un imperfecto esbozo. Pero lo que aquí importa es tratar de enunciar una serie de criterios que permitan establecer cuándo una cuestión es opinable:

  • En primer lugar, dicha cuestión no debe contradecir la ley natural ni divina. La contrariedad directa con ella frena cualquier análisis ulterior.
  • En segundo lugar, debe tratarse de una materia de suyo opinable, es decir, que dentro de su licitud moral, exista un abanico de opciones sobre las que el Magisterio no se haya manifestado voluntariamente, o bien lo haya hecho dejando claramente arbitrio a la libertad del pensamiento humano. Esta es la verdadera interpretación de la máxima agustiniana “en lo esencial, unidad, en lo dudoso, libertad, y en todo caridad”. Y, de hecho, cuando el Magisterio censura una determinada postura, realmente nos está remitiendo al postulado anterior, pues una teoría anatematizada por la Iglesia lo es precisamente por su contrariedad con la ley divina, aunque esa contrariedad no sea tan evidente como en otros casos (por ejemplo, el precepto que prohíbe matar al inocente).
  • Y en tercer lugar, que la decisión práctica, salvos los dos puntos anteriores, pase el juicio de la virtud de la prudencia. Ya que, ante cuestiones que cumplen los dos puntos anteriores, en ocasiones se toman decisiones que claman contra la prudencia, para lo que comúnmente se denomina “el arbitrio de buen varón”.

Por poner un ejemplo práctico del campo al que pertenezco, la economía: no sería opinable la idea de que la economía quede al margen de la moral (postulado primero); tampoco lo sería la doctrina del libre mercado, por haber sido claramente condenada por el Magisterio (postulado segundo); y, por último, no sería opinable la postura favorable a elevar la presión fiscal mientras se despilfarran recursos en partidas inútiles, pues la prudencia manda atender al orden en la gestión de aquello que es común.

Por ende, serán opinables aquellas cuestiones que, siendo todas ellas conformes con la ley de Dios, y no estando ninguna de ellas censurada por el Magisterio, respondan a unos estándares razonables de prudencia. Sensu contrario, ni las posturas tomadas con imprudencia notoria, ni las condenadas por el Magisterio, ni las que contravengan la Ley de Dios, ni por supuesto la combinación de dos o más de ellas, entran dentro del campo de lo opinable. Y en consecuencia el católico debe asumir respecto de ellas una postura crítica, huyendo de la contaminación cartesiana de la “realidad pensada”, que, en atención a las múltiples maneras de pensar, acaba deviniendo en una subjetividad creciente en los juicios. Aquí, el adjetivo “católico” ha de jugar el papel de orientar la razón para dar criterio en los asuntos temporales, superando cualitativamente el tópico de la mera opinión.

Volvamos ahora a la tesis aparcada anteriormente: la “catolicidad” como distintivo de nuestras labores profesionales. Si bien es posible el apostolado a través del trabajo en cualquier disciplina, aquellas más directamente relacionadas con lo humano y lo social, sirven a la vez de testimonio sobre la verdad de las mismas. Porque, para el cristiano, las dicotomías ideológicas no tienen sentido. Los medios solamente son válidos si sirven adecuadamente a los fines, y en cambio, todas las ideologías se caracterizan por la fijación como fin de lo que es únicamente un medio, luego no son válidas para el cristiano. De ahí que, frente a la filosofía cristiana, las ideologías produzcan una esclerotización de la mente, y más temprano que tarde, una ofuscación de la razón, por cuanto ésta adquiere el hábito del discurrir distorsionado, y desmonta todo espíritu crítico, tan necesario en la época uniformista en que nos encontramos.

La filosofía cristiana no se configura así como una más de las múltiples escuelas filosóficas, sino como el estudio de la realidad del hombre y el mundo desde la Redención de Cristo. Y lo mismo ocurre con todas las disciplinas humanas y que, por tanto, beben de la filosofía a la hora de determinas sus fundamentos.

Pero, si la Redención de Cristo es una realidad teológica, ¿implica eso que todas las ciencias humanas están supeditadas a la teología? La respuesta es afirmativa. Como acertadísimamente formula Donoso Cortés, de su tesis acerca de que toda diferencia humana es una diferencia teológica, no puede sino inferirse la grandiosa sentencia conforme a la cual “La teología, por lo mismo que es la ciencia de Dios, es el océano que contiene y abarca todas las ciencias, así como Dios es el océano que contiene y abarca todas las cosas”.

Asimismo, prosigue Donoso, no se debe olvidar que el adjetivo católico significa “universal; y lo es en todos los sentidos y bajo todos los aspectos: es universal porque abarca todas las verdades; lo es porque abarca todo lo que todas las verdades contienen; lo es porque por su naturaleza está destinada a dilatarse por todos los espacios y a prolongarse por todos los tiempos; lo es en su Dios y lo es en sus dogmas”.

Precisamente la encarnación del Verbo es la prueba más clara de que Dios también se ocupa de las realidades terrenas, para cuya redención murió en cruz.  La realidad del pecado original impide considerar que cualquier disciplina humana pueda ser tenida al margen, no ya de la moral, como sí estaría dispuesto a aceptar un liberal conservador, sino tampoco de la teología en conjunto, como ya no tantos cristianos aceptan.

Más concretamente dirigido a la política, afirma Donoso que “Posee la verdad política el que conoce las leyes a que están sujetos los gobiernos; posee la verdad social el que conoce las leyes a que están sujetas las sociedades humanas; conoce estas leyes el que conoce a Dios; conoce a Dios el que oye lo que Él afirma de sí y cree lo mismo que oye. La teología es la ciencia que tiene por objeto esas afirmaciones. De donde se sigue que toda afirmación relativa a Dios, o, lo que es lo mismo, que toda verdad política o social se convierte forzosamente en una verdad teológica.”[1]

Las filosofías, asumidas por muchos cristianos, que bajo la apariencia del binomio libertad-responsabilidad, muestran la libertad como auto-determinación, han contribuido notablemente a emborronar un principio que, de suyo, es totalmente evidente: Si Dios lo ha creado todo ex nihilo, su realeza se ha de extender a todo. Y Cristo, que es Dios encarnado, es el Rey de las cosas encarnadas. No puede ser de otra manera.

Y si “nos has hecho para Ti”[2], todas nuestras acciones, pensamientos y afectos sólo alcanzan su plenitud en Aquél para el que hemos sido hechos. Luego perdemos el tiempo cuando, como católicos, pretendemos construir grandes teorías abstractas acerca de las cuestiones sociales, sobre el sustento de principios que no respondan plenamente a los anteriormente enunciados.

Cabe recordar que la preeminencia de Dios como fin último del hombre no conduce a la inactividad humana, ni a la mera resignación[3], tal como censuran injustificada y odiosamente los enemigos de la fe. Al contrario, Dios nos urge para la salvación de nuestra alma a hacer, con su Gracia, todo lo que esté en nuestra mano para colaborar en su redención. El teo-centrismo no priva el pensamiento, sino que lo perfecciona y lo hace más eficaz a su verdadero fin. La filosofía cristiana tiende a hacer el razonamiento simple y sencillo en la forma, y a la vez tremendamente profundo en el fondo, con esa ligereza y suavidad que le otorga la posesión de la verdad. Y esa simpleza (que no simplificación), debe extenderse a nuestra propia vida. En cambio, los argumentos rebuscados y difícilmente inteligibles son propios del racionalismo moderno, así como de quien, en la práctica, busca justificarse en su propia infidelidad o incoherencia.

La gran diferencia es que todo lo que el cristiano hace, no lo hace al modo del mundo, sino con los ojos de Dios. Flaco favor hace a la Iglesia el católico ideólogo, porque la ideología es sinónimo de mundanidad. Todos los católicos, somos, en cierta medida, teólogos, pues nuestro obrar ha de mostrar a Dios tal como es; y eso precisamente es la teología: el conocimiento de Dios. Por eso es importante que, a la vez que cuidamos escrupulosamente nuestra coherencia de vida, no ocultemos artificiosamente nuestra condición de católicos en el mundo que nos rodea, muy especialmente el profesional. No nos ha de resultar indiferente que nos traten como un abogado, un economista, un profesor, un historiador… más, sino que hemos de labrarnos un prestigio profesional y moral, pero siempre haciendo ver que todos esos bienes que emanan de nosotros lo son en cuanto somos de Dios. Si bien de nada sirve una etiqueta sin contenido, de bien poco vale para el apostolado que se nos considere “buenas personas”, sin más. El católico es diferente porque la sangre de su Redentor ha cambiado su vida y le ha dado un sentido sobrenatural y pleno. Esto, que a los ojos del mundo, que no atina más que a juzgar “buenas” o “malas” personas, con criterios muchas veces discutibles, tiene poco de evidente, es lo que nuestro apostolado ha de tratar de descubrir. Y por supuesto que hay una economía católica, un derecho católico, una pedagogía católica. Somos universales y estamos llamados a redimir el mundo en todas sus facetas. Cristiano es nuestro nombre y católico nuestro apellido.


[1]  Todas las citas de Donoso Cortés corresponden a su “Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo”

[2] San Agustín, “Confesiones”

[3] Resignación cristiana, que, según explica el P. Royo Marín, es de suyo laudable, pero no deja de ser una imperfección, por cuanto es la unión con Cristo en la Cruz la manera excelente de abrazar las inconveniencias de la vida.

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Javier de Miguel

Javier de Miguel

Javier de Miguel (Granada, 1984), actualmente residente en Gerona, casado y padre de cuatro hijos. Es licenciado en Administración y Dirección de Empresas por la Universidad Ramon Llull, y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por el Centro de Estudios Financieros. Actualmente cursa los grados de Derecho y Sociología en la UNED. A su carrera profesional como asesor fiscal (desde 2007) une una década de estudios privados sobre la Doctrina Social de la Iglesia, especialmente aquellos relativos a la filosofía y organización económica en clave cristianas, especialmente en lo que compete a la refutación de las tesis liberales, tanto en el campo teórico como praxeológico. También acostumbra al estudio asiduo de las infiltraciones de la filosofía moderna en otros campos distintos de la economía, como la Teología, el Derecho, la política y la pedagogía.
En el ámbito de colaboraciones editoriales, es articulista colaborador de las revistas Verbo y Reino de Valencia.

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