Cultura

Una historia de las guerras civiles españolas innecesaria

Mark Lawrence compara la Primera Guerra Carlista, con el conflicto de 1936-1939 desde una óptica completamente desacertada

 

El historiador británico Mark Lawrence es el autor de  «Las guerras civiles españolas. Una historia comparada de la Primera Guerra Carlista y el conflicto de 1936-1939», un ensayo que Alianza Editorial pone al alcance de los interesados en la historia de España. Sin duda, lo mejor del libro es su planteamiento innovador, pues no conocemos otro trabajo de esta envergadura en el que se comparen la Primera Guerra Carlista y la Guerra Civil del 36; sin embargo, lamentamos que dicho planteamiento sea lo único digno de elogio en la obra, pues si bien es más que sugerente el comparar dos levantamientos que se enfrentaron contra la revolución, sin embargo el desarrollo de la obra es más que defectuoso.

En el prólogo el propio Lawrence ya reconoce que para la preparación de su libro sólo ha consultado fondos de las bibliotecas mexicanas y británicas, sin embargo resulta curioso que centrándose en dos conflictos desarrollados en España, ninguna referencia haga a los amplios fondos bibliográficos que se encuentran tanto en instituciones públicas españolas, como privadas.

«Las guerras civiles españolas» parte de una concepción ideológica errada al calificar al régimen establecido tras la guerra del 36, como repugnante dictadura, y al valorar positivamente el régimen liberal del siglo XIX, que supuso la destrucción de cualquier residuo de libertades civiles. Sin duda alguna, el autor carece de la suficiente formación en los temas españoles, pues llega a afirmar que «España tenía menos símbolos de unidad nacional, y aún hoy en día su himno sigue sin letra», olvidando que la religión católica, y la monarquía hispana, han sido a lo largo de la historia símbolos de la verdadera unidad nacional, por lo que hasta el siglo XIX, de entre los estados europeos, sólo España puede presumir de una verdadera unidad nacional, y de contar con un proyecto nacional que convirtió a la Hispanidad en un exitoso proyecto global.

Para el autor el movimiento carlista únicamente estaba empapado de «ideales y batallas románticas» olvidando el rico poso doctrinal, e intelectual, que todavía hoy sigue nutriendo a los movimientos contrarrevolucionarios europeos. Al gran Carlos V lo llega a calificar de fanático, mediocre y carente de visión, y aunque llega a reconocer el mérito de personalidades como Jaime Balmes, Donoso Cortés, o Cándido Nocedal, sin embargo se equivoca al considerar que hasta Vázquez de Mella el carlismo no estableció el principio de la legitimidad como un conjunto de valores, y acciones, y no como una mera cuestión de sucesión legítima (el autor parece no conocer la exigencia de la legitimidad de ejercicio ya formulada por la princesa de Beira, segunda esposa de Carlos V).

Con respecto a la Guerra Civil del 36, resulta más patente el carácter ideológico de la obra, por cuanto llega a calificar a Largo Caballero como organizador pragmático y elemento no comprometido ideológicamente, desconociendo que el terrible socialista fue conocido como el «Lenin español» por su odio, y por su empeño en enfrentar a los españoles en un cruenta guerra civil, siendo doblemente traidor al partido socialista, por cuanto colaboró con la dictadura de Primo de Rivera (perteneció al Consejo de Estado), y entregó el PSOE a los comunistas ya declarada la guerra del 36.

Es evidente que Lawrence realizara una lectura histórica interesada de parte, por cuanto afirma, desconociendo el pucherazo electoral, que los candidatos republicanos arrasaron en las elecciones del 14 de abril del 31, olvidando que dichas elecciones fueron municipales, y que a nivel nacional ganaron las listas monárquicas; e igualmente, pasa por alto que el socialismo sólo estaba interesado en reconocer los resultados electorales si los mismos le beneficiaban, motivo por el que en 1934 dieron un olvidado, y fracasado, golpe de estado, al no estar dispuestos a aceptar la victoria electoral de las derechas. La obra hace abstracción absoluta de los hechos históricos, olvidando que el régimen del Frente Popular del 36 no fue un régimen democrático, por cuanto nunca dio voz a los disidentes, y en todo momento estuvo controlado por sanguinarios izquierdistas entregados al capricho revolucionario.

Como otros autores izquierdistas, Lawrence trata de justificar la violencia del bando republicano en la supuesta justa respuesta a la violencia de la derecha, así llega a afirmar que «en las zonas en que fracasó la rebelión militar de 1936, las atrocidades cometidas por los izquierdistas eran a menudo una forma de venganza en respuesta a las noticias horripilantes que les llegaban y a los bombardeos indiscriminados», olvidándose que la violencia de los republicanos empezó en mayo de 1931 con la quema de iglesias y la persecución de los católicos, y continuó con el fracasado golpe de estado de 1934. Esta justificación de la violencia republicana es constante a lo largo de la obra, pues a los supuestos saqueos llevados a cabo por las tropas nacionales los cataloga como bandolerismo, y a los reales saqueos de las tropas republicanas los califica de bandolerismo social.

No obstante todo lo anterior, hay que reconocer que el autor no cae en el falso mito de Guernica, ya que reconoce que «la localidad […] era de importancia estratégica por sus comunicaciones y sus tres fábricas de armas, lo que la hacía un objetivo militar legítimo», aunque bien es cierto que cae en la exageración a la hora de reconocer el número de víctimas que supuso el bombardeo de la población vasca, y  trata de comparar el efecto propagandístico del bombardeo con la ejecución de la María Griñó (madre del general Cabrera) en la primera Guerra Carlista.

De toda la obra resulta evidente que el autor no ha sabido interpretar los motivos que llevaron a los españoles a alzarse en ambas contiendas, pues lo cierto es que ambas guerras los españoles trataron de frenar los avances revolucionarios, si bien en la primera la hidra revolucionaria adoptó las formas del liberalismo político, y en la guerra del 36 adoptó la forma del comunismo criminal. Igualmente, resulta sorprendente como se puede introducir la perspectiva de género en nuestros dos desgraciados conflictos civiles, pues el autor llega a afirmar que «la causa de ambas guerras civiles fue en parte una cuestión de género. En la Primera Guerra Carlista estuvo relacionada con lo que los rebeldes consideraron una usurpación femenina del poder […] aunque la cuestión de género no fue tan directa en el caso de la monarquía de la década de 1930, la abdicación de Alfonso XIII en 1931 fue ciertamente consecuencia de su exagerada masculinidad, la cual le llevó a hacer unos alardes militaristas que tuvieron unos resultados que fueron desastrosos en Marruecos, así como para la constitución española». Con esta perspectiva es evidente que el autor se sorprende por el amplio apoyo de las mujeres al levantamiento nacional, pues aunque constata que más de medio millón de mujeres apoyaron a los nacionales en la retaguardia (hospitales, asistencia social, educación), sin embargo no llega a entender que ni en la España del XIX, ni en la del 36, la España verdadera vivía en un patriarcado, como ahora nos quieren obligar a pensar, sino que en un país mariano como España era imposible entender la cultura, la sociedad, y la política, sin considerar la importancia que hasta la llegada de las ideas revolucionarias tuvieron siempre las mujeres.

El autor demuestra en numerosas ocasiones su falta de lecturas, pues según sostiene hasta la década de 1980 los historiadores hicieron poco caso a la importancia de la religión en ambos conflictos; evidentemente, una rápida lectura de los autores clásicos (Aparisi y Guijarro, los Nocedad, Donoso Cortes, Vázquez de Mella, e incluso Menéndez Pelayo) le hubiera demostrado que el estudio del factor religiosa siempre fue tenido en consideración, aunque es verdad que dicho factor nunca fue apoyado por los autores revolucionarios, pues claro esta que, para la izquierda, si la verdad derrumba su tesis, es más fácil ocultar la verdad, que cambiar de tesis. Desde esta perspectiva resulta obligado que el autor justifique el anticlericalismo como una consecuencia lógica de los supuestos defensores de la libertad, pero ante la injustificada matanza de católicos Lawrence solo puede inventarse la historia al referir que en «ambas guerras civiles, los gobiernos intentaron contener los excesos anticlericales de los militantes más exaltados», sin que hasta la fecha conozcamos esfuerzos significativos de los gobiernos liberales para impedir el genocidio católica que se desarrolló en ambas contiendas civiles.

De cualquier forma sería suficiente referir que la ausencia de toda referencia a la masonería hace imposible tener en consideración la tesis mantenida por Mark Lawrance, quién evidentemente sabe encontrar lugares comunes en ambas contiendas, olvidándose que en todo guerra civil (afecte al país que afecte) es fácil encontrar patrones comunes, pues por desgracia no es infrecuente en la historia de la humanidad que hermanos se alcen contra hermanos, y en caso de conflictos civiles siempre quedan heridas abiertas difíciles de reparar (basta con ver la actual historia de Estados Unidos para comprobar como el rescoldo de cualquier conflicto civil permanece encendido a pesar del paso del tiempo).

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