Análisis

¿Somos dueños de nuestras propias decisiones?

Foto: Pixabay
(Reflexiones ante un mundo digital cambiante)

Cada vez más, las decisiones que nos afectan no solo no las tomamos nosotros, ni tan siquiera las toman otros seres humanos. Hemos delegado a las máquinas, más concretamente, a ordenadores, a algoritmos de inteligencia artificial asuntos de tanto calado como si se nos concede o no una hipoteca, la prioridad para recibir atención médica, y no hablemos ya de sistemas de multas automáticas, sistemas de búsqueda de pareja e incluso de los algoritmos precrimen que pueden determinar con un porcentaje de acierto altísimo quien va a convertirse en un delincuente (y dónde y cómo lo hará)

Si lo analizamos, nos deja confusos, algo originado en la adicción del ser humano a decidir. Es algo que hacemos de contínuo: desde que nos levantamos y nos duchamos, eligiendo el agua más o menos fría o el tipo de gel, y mientras vamos pensando que nos vamos a tomar un café con leche, con más café que leche, con mucho azúcar y muy caliente en una taza de cristal pero no de porcelana. Parece claro que queramos individualizar nuestras decisiones, personalizarlas, algo que rompe con el concepto de decisión automatizada. Todo nuestro día está lleno de micro actos de elección, pequeños, minúsculos como los apuntadas o más intensos… ¿le pediremos a Purita que se case con nosotros? ¿Estudiaremos económicas o administración de empresas? ¿Debo cambiar de trabajo?

Pero no hay confusión posible sino relación directa: ese mismo estado de decisión continua provocó que el ser humano desde su origen se apoyara en herramientas para que le ayudaran en la selección de alternativas. Podríamos incluso hablar de un viaje paralelo entre personas y computación; desde los momentos en que las tribus primitivas se dieron cuenta de que necesitaban contar para realizar trueques, e incluso para, conociendo cuantas bayas, cuantos huevos, cuanta carne consumía la aldea, cuántos niños necesitaban taparse con pieles, cuantos maderos se empleaban en cada hoguera de cada noche, poder así dividir el trabajo y mejorar su cotidianidad, se fueron configurando instrumentos cada vez más precisos, inventando símbolos para reflejar las cantidades, los números, y nos dotamos de técnicas cada vez más eficaces para manipularlos. Y esto fue una evolución lenta pero constante, poco más o menos así desde el origen de los tiempos hasta que en el siglo XX empezó a acelerarse el ciclo de las invenciones, pasando los artificios tecnológicos a estar presentes en nuestras vidas de forma cada vez mayor, no ya como en una progresión aritmética, sino geométrica.

Y de igual manera que cuando creemos tener llena una botella de piedras aún podemos meter dentro pequeños guijarros, y luego arena, y aun después agua, cuando creíamos en la década de los 90 que toda ayuda para el ciudadano, para el empresario, para el gobernante, ya estaba definida y que el resto quedaba a la buena gestión de los conocimientos propios y nuestro sentido común, llegaron las aplicaciones de inteligencia artificial. Y de la mano, la intensificación de los medios tecnológicos en la vida cotidiana de los ciudadanos, lo que vino a provocar que aun aquellas decisiones que creemos que tomamos en persona de forma libre e independiente, son, de forma consciente o inconsciente, influidas por el uso creciente de la tecnología. No precisa mucha explicación, pensemos que, para tomar decisiones, necesitamos información. Antaño, nos fiábamos de nuestra memoria y nos apoyábamos en las experiencias de los mayores y amigos. Hoy, ávidos de información, vivimos una nueva transformación social, al pasar de la era industrial a la era de la información, lo que provoca que nos aislemos de nuestro entorno tradicional, incluso de nosotros mismos, y ávidos de información inmediata la consumamos a gran escala de los medios de información y de internet, preferentemente de redes sociales. Y sí, obtenemos mucha más información que antes. Mucha, correcta o incorrecta, profunda o superficial, pero siempre nos resulta insuficiente, haciéndonos desear aún más y más información. Y no nos damos cuenta de que lo que recibimos en realidad no es información sino datos, datos al aluvión que nos sepultan, que llegan deformados o falseados y que por tanto nos provocan esa intoxicación tan conocida que nos adormece, que nos hace vivir un mundo falso, a una cómoda distancia del horror digerible para las primeras generaciones que han vivido en paz durante toda su vida. Lo que a diario llega a nuestros sentidos de los informativos y de la red reprime de nuestra mente individual y comunitaria. E impiden que le demos la dimensión real. Recordemos cuantas veces se ha dado más importancia a un hecho local grave pero poco significativo cuantitativamente, como un niño que recibe una paliza en su colegio, mientras que noticias como una amputación masiva a piernas de niños por un grupo integrista pasan totalmente desapercibidos.

No, no hemos cambiado nosotros. No ha cambiado nuestra sociedad. Ha cambiado todo el proceso de toma de decisiones, individual y, aquí quería llegar, colectiva. Quedan planteadas en el ambiente dos preguntas. ¿Es en realidad fácil manipular a gran escala esa materia prima que nutre el pensamiento de nuestra sociedad? Y, quizá más importante: Qui prodest?

Por Juan V. Oltra | Profesor de la Universidad Politécnica de Valencia

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