Opinion

¿El ocaso del bien?

«Los verdaderos problemas de la Iglesia no radican en la disminución del número de miembros, sino en la pérdida de la fe»

Por Luis Javier Pérez Langa | Analista político | Valencia


Inmersos como vivimos en un cambio de época, que no en una época de cambios, parece como si, de continuo, se nos exigiera un esfuerzo permanente, no tanto para entender hacia donde nos encaminamos —cosa que, en verdad, nadie sabe, por muchos indicios o sospechas clarividentes que se alberguen o crean vislumbrarse— sino, más bien, para aceptar el asedio de una realidad que se va consumando y con la que no tenemos otro remedio que convivir, lo mismo si nos gusta como si no.

Muchos son los motivos para sostener esta afirmación, pero solo una razón puede explicarlos todos. Hoy en día, el hombre, en una mayoría dominante, esto es, que domina, sobresale y prevalece, vive no ya de espaldas a Dios, pues eso sería tanto como reconocer que se limita a ignorarlo, sino, más bien, el hombre vive como si Dios no existiera. Peor aún, como si no necesitase de Dios, desdén que, de suyo, alimenta la petulante vanagloria de una autosuficiencia insaciable. El hombre se ha empeñado en ser el centro, la medida de todas las cosas, y vive «como si el mundo hubiese de durar siempre como hasta aquí», que decía Papini. Esta corriente de pensamiento, nada ilustrado, pero harto impío, va imponiéndose en una sociedad tan secularizada como inficionada de protestantismo. Por el momento, se permite   —condescendencia cicatera— que cada uno en la intimidad de su casa, crea en Dios, pero sin molestar ni interferir en la conciencia de los demás. Con este efugio, los no creyentes, aspiran a adueñarse de la vida pública, y se relamen en su afán por enervar unas conciencias a las que, con obtuso e inane empeño, se empecinan en tiranizar hacia el vacío de la nada materialista. No se quieren enterar nuestros nuevos caudillos. La conciencia es el cobijo certero de un Dios personal que nos ama; la quintaesencia del ser humano, aquello que nos capacita para discernir el bien del mal de un modo inefable. Esta ciudadela del espíritu, que es la conciencia, precisamente porque es donde Dios nos habita, jamás podrá ser vencida; no obstante, así lo prefiere Dios, siempre permanece expuesta para ser traicionada.

Quizá por esto, desde hace algún tiempo, la Iglesia habla de la nueva evangelización. Una nueva evangelización que, de manera ineludible —se insiste en ello—, ha de correr a cargo de los laicos, mejor incluso que del clero propiamente dicho. A sabiendas de no ser original, soy de los que piensa que no hay mejor testimonio que el que se transmite con el ejemplo, de palabra y de obra. Una de tantas veces, al referirse a los peligros que amenazan nuestro día a día, Benedicto XVI no duda en señalar que «los verdaderos problemas de la Iglesia no radican en la disminución del número de miembros, sino en la pérdida de la fe. La crisis se origina en la difuminación de la conciencia cristiana, en la tibieza en la oración y las celebraciones litúrgicas, en el descuido de la misión». Y propone, como eficaz revulsivo frente a semejantes liviandades insidiosas, «conservar la palabra de Dios en su grandeza y pureza frente a todo intento de acomodación y dilución». Tal vez, podría decirse, con otras palabras, que es preferible ser pocos pero firmes en la fe —la nueva semilla que ha de dar fruto—, que muchos pero con una mayoría conformada por tibios. Lo de muchos, claro está, es una forma de hablar. Según las últimas encuestas, quién sabe si ya obsoletas, de un sesenta y nueve por ciento de españoles que se declaran católicos, solo un veintiuno por ciento practica y profesa su religión. Y en este último porcentaje, no nos engañemos, también moran tibios.

Precisamente en este contexto, cuando a tenor de las elecciones generales celebradas en España el pasado mes de abril, nos aventuramos a averiguar hacia donde se encaminó el voto católico, descubrimos, con horror, que el voto católico anda de lo más disperso que pueda imaginarse; abarca, como dicen los cursis, todo el espectro político. Hay católicos que votan Podemos, católicos que votan PSOE, católicos que votan Ciudadanos y católicos que votan incluso PP y VOX. Abro paréntesis. Dos recados para aquellos que poco menos se rasgaron las vestiduras con motivo de la llegada de VOX al Parlamento. En España, desde las elecciones generales que ganó la UCD de Adolfo Suárez en junio de 1977, y hasta las de abril de este año 2019, siempre ha habido extrema izquierda en el Parlamento. Y la sigue habiendo tras las generales de noviembre. Se conoce que la extrema izquierda no horripila igual que la extrema derecha, ¿por qué?, ¿en qué es mejor? Además, si se tomaran la molestia de documentarse, en lugar de repetir consignas descalificadoras, estos ñoños mojigatos sabrían que VOX tiene de extrema derecha lo que ellos mismos de impecables dechados demócratas en los que inspirarse. Cierro paréntesis.

En cualquier caso, no se trata solo de analizar el voto católico, tan repartido, tan perdido, conviene pensar también, es necesario, en los mal llamados aunque correctamente denominados políticos católicos. Los cito así porque, para su desgracia y la nuestra, son eso, en este orden. Nada que ver con los católicos metidos en política, que además de un bien escaso, son otra cosa. Que nos lo digan a nosotros. Para clarificar —si alguien lo precisa— este aparente juego de palabras, traigo a colación un discurso del papa Francisco. Fue el pasado 4 de marzo. En dicho discurso, cita el Papa a san Óscar Arnulfo Romero: «Para ser buen político no se necesita ser cristiano, pero el cristiano metido en actividad política tiene obligación de confesar su fe. Y si en eso surgiera en este campo un conflicto entre la lealtad a su fe y la lealtad a la organización, el cristiano verdadero debe preferir su fe y demostrar que su lucha por la justicia es por la justicia del Reino de Dios, y no otra justicia».

Lo que reza para los católicos que militan y ostentan cargos en cualquier partido político, rezará también, digo yo, para los católicos que se acercan a las urnas cada cuatro años, y, como cualquier otro votante, dejan de ser súbditos, siquiera durante un buen número de horas seguidas a lo largo del día electoral, para convertirse en soberanos, en terminología de Jouvenel. De unos y de otros sería interesante conocer su parecer acerca de la información que publicó ABC en su edición del pasado 16 de mayo. En ella, el Observatorio para la Libertad Religiosa y de Conciencia (OLRC), una asociación civil, señala a Podemos, PSOE e Izquierda Unida como los ocupantes del podio entre los partidos políticos que más atacan el derecho a la libertad religiosa, un derecho fundamental reconocido por todos los tratados internacionales. De los doscientos casos registrados, ciento treinta y tres se han dirigido contra los cristianos (de ellos, ciento nueve a católicos). ¿En qué medida afectan estos datos a los católicos que tienen cargos, militan, o, simplemente, votan a estos partidos? ¿Van a poner de su parte cuanto esté en sus manos para que el partido de sus amores deje de mostrar aversión hacia su fe y la respete? ¿Dimitirán de sus cargos, abandonarán la militancia o renunciarán a votarlos, si persiste esta actitud tan sectaria, discriminatoria y antidemocrática de la que presumen con la anuencia cobarde de una prensa que siempre mira hacia otra parte? Recordemos que el doctor Sánchez y el muchacho de Lenin acordaron en octubre de 2018 —medio año antes de las elecciones generales de abril, y más de un año antes de las de noviembre— eliminar del Código Penal las ofensas a los sentimientos religiosos por considerarlos «delitos medievales».

Resulta asombroso asomarse despacio a este escenario que Dios, en su sabiduría, nos permite contemplar. Apenas si entendemos nada y, todavía así, tratamos de seguir adelante, nos afanamos por poner de nuestra parte para que el bien prevalezca; hasta seremos capaces de asumir como propio cualquier logro que consigamos, por pequeño, que no insignificante que sea; cuando, en verdad, así lo creemos, todo es obra de Dios. Y es que sabemos que Dios no nos necesita. No obstante, perseveramos; de todos modos, perseveraremos, pues nuestro anhelo no es de este mundo. Y es por esto que no podemos perder. Y es por esto que vencemos siempre. «En el mundo tendréis luchas», nos dice Cristo, «pero tened valor: yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33).

Como hombres, nos estremece el silencio de Dios, nos conturba. Como creyentes, en cambio, nos sabemos en sus manos, y nos dejamos guiar por Él. Cuando, en mi modesto entender, reflexiono acerca de la historia del carlismo y medito en su decurso, apenas puedo evitar que truenen en mi cabeza las palabras de Jesús amonestando a Pedro en el huerto de Getsemaní por hacer uso de la espada: «¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? Él me mandaría enseguida más de doce legiones de ángeles» (Mt 26, 53). ¿Aflige a Dios, me atrevo a preguntar, que unos pocos hombres y mujeres funden su ideario político en su fe viva «en Dios Creador, Señor y Legislador tanto de los individuos como de las sociedades; en la Realeza de Jesucristo, fundamento de toda legítima autoridad, y en la Iglesia católica, por Él fundada, única verdadera»? Cierto es que no podemos ser más que nuestro Maestro. Tampoco podemos esperar otro destino mejor que el suyo. No lo hay mejor, ¿verdad? Amparémonos, pues, en la exhortación paternal que nos recuerda san Pablo: «porque el Señor reprende a los que ama y castiga a sus hijos preferidos» (Heb 12, 6). Amén.

Por Luis Javier Pérez Langa

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