Análisis

El verdadero desarrollo humano

Frente al paradigma del Desarrollo humano sostenible actual existe un modelo plural y complejo enraizado en nuestra historia: aquel fundado en esas “primeras verdades” que nos habla de solidaridad, de humildad, de sacrificio, de respeto, de tradición.

Por SERGIO FERNÁNDEZ (Doctor en Sociología y Política Social)

El progreso todo lo puede. Podemos tener de todo, aspiramos al éxito instantáneo, nos educan en usar y tirar sistemáticamente; e incluso hemos creado una “etiqueta ecológica” para lavar nuestra conciencia. Podemos ser lo que queramos, elegir entre mil ofertas; eso sí, siempre que estén a la moda de lo políticamente correcto. Pero sabemos que todo tiene un precio, y el progreso o se paga o nos lo hacen pagar.

Encontramos problemas medioambientales casi irreversibles que el llamado cambio climático demuestra cada día (de la subida de temperaturas a la pérdida acelerada de la biodiversidad), fracturas sociales persistentes entre ricos y pobres del mundo (traducidas en enormes e imparables flujos migratorios hacia el denominado “primer mundo”), desigualdades injustas y crecientes en las comunidades supuestamente más avanzadas, una grave crisis demográfica en Occidente ante la destrucción de la institución familiar (como referente vital y como realidad social), situaciones conflictivas y excluyentes (nuevas adicciones, soledad de los mayores, violencia intrafamiliar), o la pérdida progresiva de derechos laborales ante un ciudadano convertido en productor flexible y consumidor compulsivo. Un catálogo de efectos negativos que demuestra los resultados o los límites del moderno Desarrollo, con indudables avances materiales (y especialmente tecnológicos) pero con muy pocos ascendentes morales en determinadas ocasiones. Ganamos unas cosas y perdemos otras; es cuestión de valorar qué lado de la balanza merece la pena, nos dicen. Y las elites político-económicas de la sociedad occidental, u occidentalizada, parecen apostar por el primer plato de dicha balanza, dejando atrás las “primeras verdades” que nos hacían comprender el error, sacrificarnos por los demás y vivir con menos de lo que el marketing nos dice que necesitamos cada día.

Tenemos más que nunca y vivimos más que nunca. Crece el comercio electrónico y aumenta la esperanza de vida; se reduce en ciertos países la pobreza y los avances biotecnológicos sorprenden cada día; poseemos teléfonos inteligentes súper avanzados y miles de placeres a precios módicos; viajamos barato por medio mundo y nos interconectamos con personas de países antes casi desconocidos. Estos son hechos incontestables, estos son algunos de los grandes hitos de la Globalización. Pero a veces vendemos nuestra alma al Diablo. Las desigualdades persisten (cuando no crecen), muchas personas sienten solas y deprimidas (cuando más interconectados estamos), los conflictos emergen o se enquistan (en política y geopolítica), la exclusión social adquiere nuevas formas (de los prejuicios al discurso de odio), los derechos se cuestionan (de la libertad de expresión a la protección laboral), el clima empeora y la biodiversidad se reduce (pese a la expansión de la conciencia medioambiental) y nuestra herencia se olvida ante los prometidos quince minutos de gloria que señaló Andy Warhol.

La opinión pública se estremece ante islas gigantes del plástico surcando océanos, montañas de basura que arden sin control, riadas salvajes que se llevan todo por delante, cambios en el clima que no se recuerdan, se urbaniza sin control y las grandes ciudades se expanden hasta el horizonte, crisis ecológicas que presentan cada vez más impacto. Los medios de comunicación alertan sobre migraciones masivas que cruzan continentes, formas de violencia contra la mujer o contra los padres cada vez más intensas, conflictos identitarios entre países y colectivos que creíamos superados, nuevas adicciones y ludopatías sin freno, regiones enteras que sufren la más severa despoblación, crisis socioeconómicas que se repiten y afectan a los de siempre. Lo natural se pierde poco a poco, en nuestro medio ambiente y en nuestro medio social.

Todo acto tiene una consecuencia; y lo aprendemos por las buenas o por las malas. En esta vida nada sale gratis, y especialmente los logros que hemos alcanzado. El nivel de vida crece, pero paralelamente la basura aumenta; la esperanza de vida se dispara, pero el envejecimiento de las sociedades pone en peligro jubilaciones; el consumo nos hace más felices, pero explota a más gente y a más lugares; la movilidad para viajar y residir se amplía, pero a costa de los ecosistemas. Actos y efectos de los que somos directamente responsables, perdiendo por el camino ese sentido común tan natural (del respeto a la solidaridad), y desaparecen paisajes únicos (salvajes o rurales), palabras hermosas (ligadas a profesiones antiguas), costumbres históricas (de nuestro folclore), prácticas armoniosas (del juego en la calle a las reuniones de barrio).

Pero la realidad supera, casi siempre, a la ficción. Y frente al paradigma del Desarrollo humano sostenible actual (del consenso sobre la Agenda 2030 a la construcción mediática de Greta Thunberg) existe un modelo plural y complejo enraizado en nuestra historia: aquel fundado en esas “primeras verdades” (la familia, la comunidad, la soberanía) y que nos habla de solidaridad, de humildad, de sacrificio, de respeto, de tradición. Términos a veces olvidados pero muy necesarios para recordar cómo mantener los logros obtenidos (en ciencia y cultura, en tecnología y bienestar) y cómo actualizar la herencia más auténtica (material y espiritual). El sentido común siempre regresa para aleccionarnos, cuando menos lo esperamos, para dar sentido a las soluciones técnicas posibles: avanzar conociendo nuestros límites, crecer siempre con más igualdad, valorar lo más sencillo y auténtico, parar para descansar y relajarse, aceptar el fracaso y el error, recuperar el mérito y el esfuerzo, y progresar, en suma, equilibrando tradición y modernidad.

Lo correcto es lo correcto, aunque no lo haga nadie. Lo que está mal está mal, aunque todo el mundo se equivoque al respecto”, nos enseñaba Chesterton en All Things Considered. Y el correcto Desarrollo lo podemos saber, aunque desde el poder no se quiera que se sepa en este tiempo presente.

 

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