Opinion

Argentina, el peronismo, y el retorno que el mundialismo no llega a comprender

Buenos Aires (Foto: Pixabay)
El retorno del peronismo tiene base cultural en la imagen de su fundador, y ahora se afianza en este esquema de dependencia.

Volverán mejores. Dicen haber aprendido, durante estos cuatro años, que aquello que los hizo perder contacto con la gente ya lo han asimilado y procesado. Así prometió el peronismo retornar al poder y la gente le ha crecido. Se trata de un movimiento político que desde hace más de setenta años alterna la estructura estatal asumiendo la gobernanza y dejándola, y –casi siempre- agrietando la sociedad.

¿Qué ha pasado para que la Argentina recaiga en ese movimiento –ahora devenido izquierdista-, tras los años de un gobierno de centro liderado por el Presidente Mauricio Macri? Pues varias cosas han sucedido. Todas tienen que ver con la necesidad de las personas de eludir cualquier tipo de sacrificio.

El consultor y coach autor del best seller “Los Siete Hábitos de las Personas Altamente Efectivas”, Stephen Covey, escribió que “todos debemos pasar por dos tipos de dolor: el dolor del sacrificio o el dolor del arrepentimiento”. Claramente, la Argentina se dirige al segundo.

Éste, porque les escribo desde la Argentina, es un país donde las riquezas naturales abundan. Se generan alimentos para dar de comer a 400 millones de personas. La gente tiene la posibilidad de estudiar en un sistema gratuito y laico. Nuestros profesionales todavía son requeridos en muchos lugares del mundo y nuestros ejecutivos también, por nuestra capacidad de resiliencia. Es decir, aprovechar cada crisis para afrontarla, generar adaptabilidad, superarla y poder enseñar a los demás cómo no pasar por ese trago amargo.

Pero el caso es que se ha creado, desde la política –y el peronismo tuvo mucho que ver con ello- un sistema prebendario para que las personas obtengan una asistencia estatal en caso de no tener ingresos asegurados. Ese sistema se sostiene con el pago de impuestos de quienes no lo reciben. Pero lo más problemático es que muchos han entendido que no era para “la emergencia” transitoria y han adherido al sistema evitando el trabajo formal, porque al no estar registrado en la seguridad social pueden obtener la notoria asistencia estatal. Y desde la política se ha generado una distribución de esas dádivas construyendo dependencia de la persona que recibe hacia el que lo da. Es decir, dependencia del pobre o del empobrecido hacia el político de turno. Un cóctel explosivo.

Años de desintegración

Claro que no se llega a esto de la noche a la mañana. Los años noventa, con la presidencia de Carlos Menem (peronista) se sentaron las bases para la situación actual. Se hicieron reformas educativas que eliminaron la educación industrial, donde se les enseñaba a los alumnos en escuelas técnicas sobre cómo poder ser productivos en las empresas. Se descentralizó la Educación, que hasta entonces era de resorte de política nacional y se la transfirió a las provincias.

Luego llegó la crisis del 2001, con otro signo político en el poder –la centroizquierdista Alianza por el Trabajo, la Justicia y la Educación- y recrudecieron los indicadores negativos de desocupación, siempre con dos cifras, y con ellos las luchas sociales de personas que llevaban a modo de protesta su disconformidad a las calles. Cortaban rutas, autopistas y accesos a los sectores de producción. Se acentuaron los problemas con más generación de pobreza, lo cual fue el caldo de cultivo ideal para la dispensa de los políticos con diversos formatos: cajas de comida repartida por el Estado, consolidación de comedores asistenciales en los barrios, planes de pago mensual para gente sin empleo. Para muchos una red necesaria de contención. Para pocos, la consolidación del sistema que llegó para quedarse.

Desde entonces, ese esquema de construcción de poder creció y se desarrolló. Porque encontraron –desde el peronismo- una manera efectiva de fidelizar el voto electoral a través de la dádiva. Y desde entonces eso está presente, sin que se haya desmantelado. En una población de 45 millones de habitantes, se considera que 8 millones generan riquezas a través de su actividad particular y pago de impuestos. Mientras, 21 millones de personas dependen de una paga en diferentes formatos –empleo, jubilaciones y pensiones, ayuda social y subsidios- del Estado.

Macri no pudo (¿alguien podrá?)

El retorno del peronismo tiene base cultural en la imagen de su fundador, y ahora se afianza en este esquema de dependencia. Y en el menor apego de los argentinos al sacrificio. La nuestra es una sociedad que con el correr de los años ha dejado de educar de manera adecuada y conveniente. Aquí ya no se enseña a pensar sino cómo pensar.



Las reformas que el país requiere no pueden dar resultados de bonanza de manera inmediata, requieren tiempo. Y ese es el gran obstáculo al que todo político con buenas intenciones se enfrenta. Porque encausar la Argentina conlleva reformas serias y profundas en tres planos: tributaria, previsional, laboral. Por dar un ejemplo, hoy los impuestos totales que paga una pequeña y mediana empresa llegan al absurdo de superar los ingresos reales que genera. De tal manera que no puede dar nuevo empleo y tampoco despedir, por el alto costo laboral existente. Y el sistema previsional ya cuenta con 1,5 activo por cada 1 pasivo y la brecha se va achicando peligrosamente con tendencia a la paridad.

Todos estos puntos explican, en líneas generales, por qué ha vuelto el peronismo al Gobierno. Porque el sacrificio que se requiere muy pocos están dispuestos a practicarlo, y porque mientras haya políticos que distribuyan el dinero del Estado de manera clientelar y a su conveniencia, siempre habrá dependencia y subordinación.

Por MATÍAS FRATI – Director de El Guardián MDP y ADNempresario.com 

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