Cultura

La sociedad tradicional y sus enemigos

Guillermo Escolar Editor publica la última obra de José Miguel Gambra

Da gusto encontrarse en las librerías un ensayo que actualiza desde la mayor de las ortodoxias el pensamiento carlista, y con ello trasmite a las nuevas generaciones el legado del tradicionalismo hispano.

Como no podía ser de otro modo, la excelente pluma de José Miguel Gambra nos plantea en su nueva obra, “la sociedad tradicional y sus enemigos” el cómo y el por qué de reconstruir la sociedad tradicional, y nos descubre magistralmente el camino que hemos de recorrer si hablamos de “liberar” al hombre perdido en las ideas revolucionarias.

Gambra nos recuerda que la sociedad no es un accidente, es una necesidad, pues sin sociedad no hay humanidad, y a la par, es imposible entender la humanidad sin sociedad. La sociedad forma parte de las cosas naturales, y no de las cosas artificiales que la libertad humana permite hacer o no hacer.

En este sentido, el autor nos recuerda que las nuevas filosofías no sólo se han olvidado del contacto con la realidad, sino que también se han olvidado de los grandes principios que han acompañado el pensar de la humanidad desde sus albores. Toda sociedad tiene un orden, una organización y una jerarquía, y en contra de lo defendido por las doctrinas materialistas, y economicistas, lo que define a una sociedad no son tantos sus elementos y bienes materiales, sino sus elementos inmateriales, así una sociedad no es una acumulación de individuos, sino una acumulación de almas unidas por unos sentimientos, unos principios, y una historia común, historia que se puede construir, pero no se puede olvidar.

Gambra sabe poner el dedo en la llaga, y constata que nuestra actual sociedad, incluso la que defiende con más ahínco el tradicionalismo, está contaminada por el liberalismo, ya que la concepción social mayoritaria es percibir la sociedad como un club en el que el pago de una cuota (impuestos) permite pensar que tenemos derecho a unos determinados servicios, y que los mismos dependen únicamente de la voluntad de los socios, sin condicionantes naturales o sociales; en este sentido es oportuno contraponer las dos concepciones del bien común defendidas por las doctrinas revolucionarias, ya sea el liberalismo, o el totalitarismo; así para el primero el bien común consiste en una instrumentalización de la sociedad para el bien propio, mientras que para el totalitarismo el bien común consiste en la instrumentalización del individuo al servicio del estado.

La lectura de la “sociedad tradicional y sus enemigos” pone en evidencia lo difícil que resulta defender en una cultura individualista como la presente que la clave de la sociedad tradicional es la armonía social, y la común aceptación del derecho natural; efectivamente, para el rampante individualismo todo argumentación política y jurídica gira en torno al interés personal, por lo que cualquier idea que llame al bien común resulta extraña, dado que los grandes problemas del estado moderno son precisamente el relativismo, la libertad absoluta y el determinismo.

La libertad defendida por la revolución es nominalmente una libertad absoluta, que por eso mismo es contraria a la libertad misma y a la dignidad del ser humano, pues no es una libertad concreta y conforme a la ley natural, sino una ficción de libertad. En defensa de esta libertad falsaria salen los medios de comunicación, que tratan de inocular en el hombre un falso concepto de libertad capaz de domesticar los ánimos. No deja de ser curioso que frente a la libertad artística defendida en otros momentos en que la sociedad vivía conforme a la ley natural, ahora se imponga la censura tutelada por el feminismo, el marxismo, y el capitalismo. Ahora lo políticamente correcto nos impone como tenemos que actuar, cuantos hijos podemos tener, qué coche debemos usar, como hemos de mantener relaciones sexuales, y se impone el homosexualismo como pauta de conducta, y la degeneración sexual como bien supremo. La nueva sociedad, heredera de la revolución protestante, desprecia la verdadera libertad del ser humano, y lo hace bajo falsos ropajes de liberación.

En este sentido es clarividente que José Miguel Gambra relate la alta contaminación del individuo por parte de las teorías liberales, entendiendo el liberalismo en su sentido amplio, inclusivo de todas las corrientes ideológicas emanadas del mismo, y que encuentran su origen en el protestantismo. Actualmente pocos son los capaces de discernir que entre el individuo y el estado existen numerosas sociedades intermedias en las que residen la verdadera libertad, y el acatamiento a la ley natural. No es opción válida la de aquellos que huyendo justamente del estado se recluyen en posturas individualistas, tratando de configurar familias lo más independientes con respecto al poder del estado, pero sin atreverse a dar la batalla social y política para recuperar los cuerpos sociales intermedios.

El ensayo que hoy traemos a nuestras páginas demuestra como la democracia, como forma de gobierno, es una gran falacia, pues hoy el opresivo poder estatal ha sido acaparado por parte de individuos, o grupos de presión, que legislan y gobiernan enteramente según su voluntad personal. Podríamos decir que los actuales sistemas democráticos son una gran farsa que en realidad ocultan un sistema despótico y totalitario, donde el individuo no es libre, sino esclavo inconsciente. De rey prometido por la revolución, la persona ha sido sometida a la esclavitud. Hoy pocos se atreven a discrepar de las leyes, hoy ni Fuentevojunas, ni alcaldes de Zalamea son posibles.

La gran conclusión de Gambra es que el poder no ha de ser necesariamente único e ilimitado; es necesario que defendamos un poder socialmente distribuido para luchar contra cualquier clase de estatismo, ya sea el totalitarismo, o el despotismo democrático.

Datos del libro:

Título: La sociedad tradicional y sus enemigos.

Autor: José Miguel Gambra Gutiérrez

Editorial: Guillermo Escolar Editor, Madrid, 2019

Páginas: 240

PVP: 15,00 €

ISBN: 978-84-17134-69-3

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