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Cataluña: De la (auténtica) libertad cristiana. Lo que es clericalismo (y lo que no)

Pretender que en política todo es opinable es defender, en última instancia, que política y moral son independientes, lo cual a su vez es caer en el liberalismo más repetida y contundentemente condenado por la propia Iglesia.

El recurrente tópico del seny catalán ha pasado a mejor vida. Pero ya no en su sentido más terreno, sino también referido a las mentes de aquellos a quienes se les habría de suponer una mayor capacidad de discernimiento, como son los católicos, especialmente aquellos más formados y que más teóricamente cuidan su coherencia de vida.

En Cataluña, hace tiempo que se ha perdido el norte, eso no se puede dudar, y no es mi cometido ahora demostrar esto, porque la evidencia es la mejor prueba, y porque a donde voy es a otro tema, más espinoso, y de más calado histórico. Y es el asunto de la posición del católico ante los regímenes políticos, y el modo de discernir la licitud del apoyo en conciencia de los partidos y movimientos políticos, en este caso, y por la parte que me toca, referido al manido “conflicto” catalán.

In necessariis unitas, in dubiis libertas, in ómnibus caritas: es el lema de San Agustín que tan repetidamente manosean los católicos neocones catalanes que pretenden vestir de neutralidad y, a la vez, comunión con la Iglesia, el movimiento independentista.

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Pero quienes así razonan, ignoran, u olvidan, dos detalles de suma importancia:

  • Que quienes están poniendo el umbral de lo opinable (in dubiis), son ellos, y por tanto, en base a criterios subjetivos, cayendo, por tanto, en una falacia de premisa falsa (en lo opinable, libertad; como la política es pura ciencia mundana –premisa falsa-, es opinable: ergo, en política, libertad). Y no solamente no son opinables los principios del derecho público cristiano. También en cuestiones concretas, como la secesión de un territorio, la Iglesia se ha pronunciado en bastantes ocasiones acerca de los criterios que deben presidir el juicio acerca de su legitimidad.
  • Que, en última instancia toda discusión humana mínimamente trascendente es, en el fondo, un asunto religioso. Aquí es donde salta la acusación de clericalismo, el descalificativo favorito del círculo del catolicismo conservador aggiornado y personalista. Conviene una profunda reflexión acerca de lo que significa realmente el clericalismo, a saber:
    • En primer lugar, el término clerical hace referencia a la Iglesia, no a la religión en general. No existe el clericalismo respecto de la religión. Esto, en su ámbito más profundo, obedece a que nada de lo humano escapa a lo religioso, sencillamente porque es teológicamente imposible. Cualquier valoración acerca de los problemas del hombre, que exceda lo meramente práctico o instrumental, conlleva necesariamente la confrontación de cosmovisiones, antropologías diferentes, no siempre opuestas, pero sí diferenciadas, cuando menos, en puntos concretos.
    • Se obvia con bastante frecuencia otro tipo de clericalismo, este mucho más próximo a su acepción real, que es la adhesión acrítica a las manifestaciones eclesiales en asuntos que escapan a su competencia, y que, por tanto, no tienen la categoría de Magisterio. Esos asuntos, no son precisamente la economía o la política, como dirán los liberales, sino aquellos asuntos humanos que verdaderamente no tienen implicaciones morales.
    • También se obvia que utilizar a la Iglesia para fines mundanos, como la independencia catalana es un ejemplo de auténtico clericalismo. La Iglesia al servicio del poder es clericalismo, y no al revés.
    • Por último, también está la interesante acepción de clericalismo, ideada por Augusto del Noce, conforme a la cual es clericalismo todo intento de “bautizar” las doctrinas que nacen al margen del cristianismo, y lo que es más importante, con elementos esenciales opuestos a él. En esta corriente se enmarcan los personalistas de diversos grados, y su defensa del ethos de 1789 como fundamento para una hipotética “Nueva Cristiandad” (tesis de Maritain), que sustituya al ethos de la Cristiandad clásica, que es el Reinado de Jesucristo.

Dicho lo anterior, hay que reiterar que se equivoca de medio a medio quien considera que ejercer la libertad cristiana es dejar al criterio de cada uno, cuestiones temporales, como la política, incluso de índole práctica. En el fondo, y en la superficie, es catolicismo liberal auténtico. Es el ethos de 1789 proyectado sobre las deformadas conciencias católicas.

Así, las verdaderas cuestiones que un católico verdaderamente no clerical se debe preguntar, ante el advenimiento de cualquier ideología, son:

  • ¿Qué derechos tendrá Dios y la Iglesia con el régimen que se propone? ¿Se respetará la religión, la competencia de los padres en la educación de sus hijos, la familia natural, el bien común y el orden social? ¿o, por el contrario, saldremos del fuego para caer en las brasas?
  • ¿Sobre qué principios se fundamenta el movimiento? Odio, desobediencia, “ni oblit ni perdó” (ni olvido ni perdón), ¿son principios que pueda un cristiano secundar sin pecar?
  • ¿Qué virtudes adornan a los adalides del sistema propuesto? ¿son personas avaladas por su espíritu de servicio, honestidad y vigilancia por el progreso material y moral de la sociedad? ¿O son, al menos, tan corruptos como aquellos contra quienes se rebelan por acusarles de robar al pueblo, y por tanto, co-autores del latrocinio?
  • ¿Cuáles son los males materiales y morales que se crean como consecuencia del advenimiento del nuevo sistema?

Estas preguntas, y no el encogimiento de hombros, son las que deben emanar de la conciencia del cristiano. Y vuelvo a reiterarlo, para que se entienda: que la Iglesia juzgue positiva o negativamente un determinado régimen no es clericalismo, como dicen los católicos neo-con con vestiduras de teólogos aggiornados. Porque lo que se juzga no es el modo práctico de organizar el Estado, sino los principios que lo rigen. Se confunden aquí los principios con el ejercicio práctico de los mismos. Al contrario, es un discernimiento que la Iglesia, como Madre y Maestra, ha de proponer a los fieles como resultado de un análisis a la luz de los principios de la Escritura, la Tradición y el Magisterio.

El listón del clericalismo está desubicado, diría que invertido, como si ello hubiese de ser indicativo de prudencia. Y, en realidad, de lo que es indicativo, en primer lugar, es de falta de formación teológica y eclesiológica, sin duda influida por el nefasto personalismo  que ha corrompido el pensamiento social tradicional de la Iglesia. Y, en segundo lugar, es indicativo de una grave contradicción, como demuestra el hecho de que nadie tilda de clericales a los pastores que, día sí y día también, suben al púlpito a arengar a sus decadentes y envejecidas masas de fieles, para ponerse al servicio de los ideales del “procés”. En definitiva, de grave confusión de conceptos e inversión de las ideas.

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De un católico se espera más. No la mediocridad y equidistancia de quienes renuncian consciente o inconscientemente a emitir un juicio de valor, con la excusa de la libertad de los hijos de Dios. No. Esa no es la libertad por la que Cristo murió en la Cruz. Esa no es la libertad que han predicado los Papas y los Santos, y nuestros antepasados derramaron su sangre. La verdadera libertad es discernimiento del bien a través de la conciencia recta y formada, para guiar la voluntad en su elección, con base a criterios objetivos. Encogerse de hombros no es que sea de ignorantes: es que es de traidores, de apóstatas tácitos, en definitiva, de colaboradores necesarios de la miseria moral y espiritual que no cesa de acosarnos por causa precisamente de esa apostasía, de ese respeto humano hipertrofiado.

En definitiva, la desorientación generalizada del católico le lleva, por un lado, a secularizar aquello que compete al bien común, y a la vez, a clericalizar, por un lado, lo que, pese a provenir de la Iglesia, es simple opinión privada de los pastores, y por otro, a hacer partícipe a la Iglesia de las deletéreas aspiraciones sediciosas. Hemos de aprender, de una vez por todas, que es la materia del argumento, y no su origen, lo que de dan al mismo el carácter secular o clerical. Pretender que en política todo es opinable es defender, en última instancia, que política y moral son independientes, lo cual a su vez es caer en el liberalismo más repetida y contundentemente condenado por la propia Iglesia. Non possumus.

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