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24-7: ¿Quién acarrea con nuestro hedonismo consumista?

Para que una masa “descanse” consumiendo, es necesario que otra masa descanse menos, cobre menos por el mismo trabajo, o ambas cosas.

La globalización capitalista lleva años imponiendo la denominada cultura de 24-7 (24 horas al día y 7 días a la semana). El consumo ya no es solamente un fenómeno sin limitaciones desde el punto de vista geográfico, sino también se ha convertido en un fenómeno sin horarios ni limitaciones temporales: en definitiva, un fenómeno “eterno” (entiéndase la acepción del término). Y es “eterno” como un dios, porque el dios de la sociedad moderna es el consumo. Recientemente, el diario El País (https://elpais.com/elpais/2019/01/25/opinion/1548426890_793113.html?id_externo_rsoc=FB_CM&fbclid=IwAR0IQw_DMXzh9NrH7fNQ7Qy7Rept8rHkLr1jXQBqVRBAabg2QhPxKKclI1A) se hacía eco de este fenómeno, aunque desde un enfoque claramente insuficiente, pero que aporta pinceladas útiles para analizar el problema. Hasta el punto de haberme inspirado en su título para el de este artículo.

Las revelaciones de Fátima desvelaron que el pecado que más almas arrastraba al infierno era el de la carne. Desde luego, en 1917 el sistema de consumo no tenía ningún parecido con el actual, pero lo que está claro es que, en estos casi 102 años, no hay indicios de que el pecado de la carne haya retrocedido en nuestras sociedades occidentales y ultra-modernas, y por el contrario, se ha incrementado exponencialmente, lo que podríamos denominar “pecado del metal”, o lo que es lo mismo, la avaricia y todas las actitudes torcidas que lleva aparejada: materialismo, consumo impulsivo, afán de atesoramiento, etc. Ni unos ni otros pecados son nuevos, pero es indiscutible que se encuentran formidablemente catalizados por el entorno socio-económico, hasta el punto de que en muchos productos, el erotismo es inseparable de la incitación al consumo. De manera que, junto al pecado de la carne, convendría meditar en qué medida los pecados del metal y el consumo coadyuvan a la condenación de muchas almas.

El afán por el consumo inmediato, tiranizado por la pasión por la posesión y la ostentación que desatan las modas, no solamente tiene consecuencias en el ámbito individual y familiar. Por el contrario, una sociedad que fundamenta sus hábitos de consumo, que son inculcados desde la más tierna edad, en un materialismo inmediato (que ya no es el materialismo clásico de quien sabe esperar la “recompensa”, malo, pero menos), tiene graves repercusiones en el ámbito social. La propia  economía, dejada a los impulsos de las “leyes” de oferta y demanda, se adapta al prototipo de consumidor que el mismo sistema económico ha diseñado. Las consecuencias son múltiples y graves:  Incremento de la demanda de puestos de trabajo a cubrir en días festivos, precarización de las condiciones laborales, o disminución de los salarios en los sectores de gran distribución, especialmente aquellos que sirven a domicilio, pues la entrega inmediata tiene un coste objetivo elevado , pero que no puede ser repercutido íntegramente al cliente so pena de que la relación producto-precio pierda atractivo, y por tanto debe ser repercutido indirectamente rebajando los costes de producción-distribución.

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En el caso del modelo productivo español, la estacionalidad de gran parte del Producto Interior Bruto no hace sino empeorar esta tendencia global. No es nada difícil pasear por lugares turísticos cualquier domingo o festivo para ver, de manera sistemática, establecimientos de cualquier tipo con horario completo. Y, en las ciudades, esta tendencia, iniciada por las grandes superficies, fue secundada por determinados comercios, generalmente regentados por personas de culturas ajenas, hasta el punto de obligar a muchos pequeños negocios a adaptarse, con gran sacrificio del cuerpo y del alma, a estos tiránicos horarios. Desde luego, la aglomeración de población en las ciudades favorece este fenómeno, pues solamente pueden mantenerse semejantes estructuras de distribución cuando los clientes potenciales son muchos y se encuentran muy próximos entre sí. En el caso español, y aun siendo objeto de estudio más detallado, creo que la caótica transición campo-ciudad acaecida desde mediados del siglo XX, ha traído consigo no pocas de las miserias que sufrimos hoy.

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Pero, más allá de particularidades, que nadie se engañe: si bien la causa primera de estos excesos es la idolatría del laissez faire por parte de las autoridades que deberían velar por el bien común, la causa última es la misma que la de la prostitución o las drogas: la clientela. En este sentido, la secularización de la sociedad ha contribuido a perder el sentido del feriado. Hoy el festivo es simplemente un objeto de descanso del cuerpo en su sentido más vulgar, o un paréntesis para practicar las más tiránicas compulsiones de las voluntades desbocadas, que en la semana laboral deben ser reprimidas por cuestiones básicas de “orden”. Y por tanto, es un concepto variable y adaptable a las propias apetencias, y sin ningún componente comunitario. No se descansa cuando todos descansan, y porque todos descansan, sino que el consumismo continúa ejerciéndose a todas horas y en cualquier lugar, gracias a los sistemas de distribución que las grandes corporaciones han puesto al servicio de dichas pulsiones. Es más, ya no hay descanso sin consumo; o mejor dicho, el descanso es el consumo. Por tanto, para que una masa “descanse” consumiendo, es necesario que otra masa descanse menos, cobre menos por el mismo trabajo, o ambas cosas. Incluso usted, trabajador, posiblemente forme parte del grupo de los que trabajan horas extra para poder dar servicio a quienes consumen de manera aleatoria e ilimitada, mientras desea que llegue su esperado y breve descanso para tiranizar a otra masa de personas con sus idénticas pautas de consumo.

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Obviamente, el camino al que conduce todo esto es el más puro caos. Los caprichos de la voluntad son infinitos y exponenciales, y en algún momento o lugar, alguien ha de ver, sistemáticamente, insatisfechas sus demandas. Suerte para el capitalismo que existe el aborto y la robotización, para que al menos los pocos que quedemos seamos más “libres” para consumir sin que nuestra conciencia nos atice con la idea de estar tiranizando a un robot.  La economía así entendida no es más que una máquina de complacencia, que debe adaptarse a la velocidad y ritmo de las necesidades que él mismo crea, por supuesto sin importar la moralidad de los medios empleados y los fines perseguidos. En esas estamos, y no hay indicios, por ahora, de cambio de tendencia.

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