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Carta a Isaac Asimov

“No lo aclaraste lo suficiente y, dada la estupidez humana, la acción o inacción se entendió física, sin darse cuenta de que, como decía Platón, el hombre está formado de cuerpo y espíritu”

Por Claudio Aldaz Riera | Aprendiz de escritor | Murcia


Isaac Asimov que estás en el cielo. Querido Isaac, perdona que te tutee, pero pienso que las muchas horas que he pasado leyendo tu obra me lo permite. Te escribo, siento decirlo, no para alabar tus escritos, sino para quejarme de ellos. Como abogado que he sido, considero que se debe dar al acusado la oportunidad de defenderse, por lo que te voy a explicar los motivos y espero tu defensa.

El otro día llamé por el móvil, un artilugio que ignoro si has llegado a conocer, a una compañía telefónica, su nombre no importa, pues todas son iguales, mi intención era muy simple: dar de baja al modem, otro aparatejo nuevo que nos permite conectar con Internet, desde donde estás supongo que ya sabrás lo que es todo esto por lo que huelga explicártelo. Marqué el número y me contestó, una voz armoniosa, dulce, convincente como el canto de las sirenas de los mitos griegos, que susurraba:

-Ha llamado Uds. al servicio de atención al cliente de la compañía en este momento nuestros operadores están todos ocupados, le rogamos se mantenga a la escucha.

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Como persona educada, mantuve el teléfono pegado al oído, pensando: vaya un robot, son razonables terminaremos enseguida. Mientras escuchaba una musiquilla que supongo no pagará derechos de autor por lo mala que era. Al cabo de unos tres o cuatro minutos se cortó la música y me preparé para explicar mi problema, pero la misma seductora voz dijo:

-Lo sentimos, pero todos nuestros operadores continúan ocupados, por favor manténgase a la escucha. En breves momentos le atenderemos.

Los breves momentos se convierten en quince minutos y por fin escuché la misma voz que decía:

-Servicio de atención al cliente. Si quiere dar de alta alguna nueva línea, marque uno; si es por una avería, marque dos; por cualquier otra causa marque tres.

Aquí comenzó mi calvario, miré los pequeños números de mi teléfono y procuré marcar el tres. He dicho procuré, pues no lo conseguí y por lo que me dicen los demás no soy el único, así que de nuevo oí la misma voz que decía:

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-Perdón, no lo entiendo. Si quiere dar de alta alguna nueva línea, marque uno; si es por una avería, marque dos; por cualquier otra causa marque tres.

Tras intentarlo por tercera vez y soltar unos cuantos tacos, la voz que no ha perdido la compostura ni por un momento, cambia su tono y adopta uno condescendiente con la ignorancia ajena, se nota de tal modo su desprecio que te deja hecho unos zorros.

-Por favor diga en voz alta, uno, si quiere dar de alta alguna nueva línea; dos, si es por una avería; tres, si es por cualquier otra causa. Sumido en la más honda de las depresiones musité:

-Tres.

Y cuando pensaba que por fin había acertado, la voz, que ya no me parecía tan melodiosa, ni tan dulce, repitió:

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-Perdón, no le entiendo. Por favor diga en voz alta, uno, si quiere dar de alta alguna nueva línea; dos, si es por una avería; tres, si es por cualquier otra causa.

Ya no pude más y chillé, aquello fue un auténtico aullido, que ni Tarzán, en sus mejores tiempos hubiera igualado:

-Tres, c…

La voz inconmovible pronunció mi sentencia.

-Perdón, no le entiendo. Por favor diga en voz alta, uno, si quiere dar de alta alguna nueva línea; dos, si es por una avería; tres, si es por cualquier otra causa.

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Medité unos momentos que aproveché para tomarme un tranquilizante y con voz contenida, pese a la ira que me iba invadiendo, pero perfectamente audible, pronuncié en un español perfecto:

-Tres. Por fin había acertado, una voz de ser humano dijo: -Le comunico que para su seguridad esta conversación puede ser grabada. Me llamo Mari-Pili, ¿En qué puedo ayudarle? Sin comprender de qué seguridad me hablaba, pero ya respirando a gusto al pensar que la tortura había terminado, contesté:

– Deseo que me den de baja un modem.

– De acuerdo me da su D.N. I y el número del modem.

Se lo di, que iba a hacer.

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– Muchas gracias, le ruego espere un momento, mientras tanto, atienda los consejos de mi compañera.

Pensando sobre qué demonios me iban van a aconsejar, mi educación, había ido a colegio de los de palmeta, en los que el profesor mantenía su autoridad y te enseñaba a comportarte a base de palmetazos en la mano, hizo que no maldijera, escuché:

-Buenos días me llamo Mari-Juani. Tenemos en oferta un sistema de modem que le sale por diez euros al mes.

– Señorita, no me interesa, precisamente quiero dar de baja mi modem. – contesté educadamente.

– Entonces le interesará nuestro servicio de Internet, por sólo 30 euros al mes.

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– Señorita el mío vale quince. – le repliqué atónito ante la esplendidez de su oferta.

– Nuestro servicio de ADSL, le da TV, Internet y teléfono por sólo setenta euros al mes – continuó como si nada.

– ¿Te da todos los partidos del Madrid? – pregunté sabiendo que no lo hacían.

– No, pero tenemos unos canales de películas y documentales muy buenos.

– Gracias, no me interesa.

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– Ésta no la podrá rechazar – continúa

– Pero ¿Es que no tiene piedad? – murmuré, pero para que te oiga, pues estoy a punto de salirme de mis casillas. Como si hablaras con una pared, ella a lo suyo.

-Nuestro servicio de telefonía móvil por diez céntimos minutos es insuperable.

Ya no aguanto más, el mío vale seis. En un último intento de no salirme de mis casillas, ruego, casi suplico:

-No me ofrezca nada, lo único que deseo es dar de baja mi modem.

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Con la esperanza de que se calle y te den de baja el modem, dejas el teléfono sobre la mesa y mientras te bebes tu cerveza, escuchas su murmullo, pues sabes que ya no hablas con una pared, sino con un muro, ella va a seguir dándole a la sin hueso hasta que termine su repertorio. De vez en cuando, coges el teléfono y decía:

-No me interesa.

Por fin escuchas la primera voz:

– Señor, ya hemos cursado su petición, pero tiene que confirmarla.

– ¿Cómo? – grité desesperado. ¿Qué tengo qué?

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– Que confirmarla por correo electrónico, – te dice tan pancha como si fuera lo más natural.

– No tengo.

– Entonces por correo postal.

– ¿No puedo confirmarlo ahora mismo? – pregunté en un último intento de no decir lo que me pasaba por la cabeza.

– Imposible, son las reglas de la compañía.

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Es entonces cuando vuelves a tu primera idea, ya se lo has comunicado a la oficina donde te diste de alta, lo mejor es hacer lo que pensabas y que tus amigos te han dicho que no debes hacer para no entrar en no sé qué libro negro y dices:

-Las reglas de la compañía, ¿no?, pues mire, las mías son las de dar al banco la orden de que no atiendan ningún recibo de ella.

– Lo demandaremos, contesta amenazando tan pancha.

– Pues muy bien – contesto -, háganlo, pero no pago.

Y cuelgo dándome el gustazo de dejarla con la palabra en la boca. En ese momento escuché una voz que me hablaba, sé quién es, pero no entiendo lo que dice.

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– ¿Qué que tiene que ver la idiotez de las personas contigo Isaac? Pues mucho – Perdóname querido lector, pero no te comprendo. – esta vez la voz ha sido perfectamente audible.

– ¿Qué no me comprendes? Te lo explicaré, tú formulaste las leyes sobre la robótica ¿No?

– Tuve ese honor. – Y la primera decía, y cito textualmente: – Un robot no puede hacer daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño.

– Buena memoria, así es. – contesta la voz.

– Pues ahí lo tienes – digo muy convencido. – ¿Qué tengo? – pregunta extrañada la voz.

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– No lo aclaraste lo suficiente y, dada la estupidez humana, la acción o inacción se entendió física, sin darse cuenta de que, como decía Platón, el hombre está formado de cuerpo y espíritu y el mío me lo han dejado hecho polvo. ¿He escuchado un porrazo, querido Isaac? ¿Te has caído? ¿Isaac no respondes? Presumo que tu moral (ergo espíritu), ha sufrido el mismo colapso nervioso que la mía, por lo que me despido de ti hasta otra, con un ruego, por favor haz algo.

Afectuosamente,

Híspalo.

 

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