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Análisis

La verdadera “Unión” Europea

La UE no buscan una verdadera unión de naciones, sino un consorcio de modelos políticos liberales y materialistas unidos por la conveniencia temporal.

Incluso los europeístas más fieles se están dando cuenta de que el llamado “proceso de integración europea”, cuya gran abanderada reciente era la moneda única (esa que según el señor Rodrigo Rato nos iba a llevar “al nivel de vida de Alemania”), se ha tornado en una especie de pesadilla incluso para aquellos que más tenazmente soñaron con ella. Los denominados “euro-escépticos” ganan cotas de poder, mientras que se desmoronan, por el peso de la propia podredumbre que soportan, los clásicos argumentos de la necesidad de un “poder arbitral supra-nacional” para la convivencia pacífica, la “fraternidad” entre los europeos (la fraternidad al estilo 1789, se entiende), el “mercado común”, la “unión política”, etc.

A todo esto, cabe anticipar que, como resulta de la evidencia de los hechos, los arquitectos de la UE no buscan una verdadera unión de naciones, sino un consorcio de modelos políticos liberales y materialistas unidos por la conveniencia temporal. Y esa teoría no está destinada más que al fracaso, porque, mal que le pese al pensamiento liberal, a las naciones no las unen los intereses comerciales, ni financieros, menos aún los políticos, que son si cabe más volubles, y en todo caso, son meros contratos de conveniencia sin ninguna raigambre. Por el contrario, como recuerdan, entre otros muchos autores católicos de posicionamientos tan diversos como Menéndez y Pelayo o José Antonio Primo de Rivera, las naciones se sustentan en valores morales, espirituales, en aquellas ideas que transportan al hombre a lo más elevado a lo que su naturaleza le permite aspirar, que es la bienaventuranza eterna, cuya búsqueda se encarna en los asuntos sociales y temporales, en el principio de subordinación de la política al bien común. Dicho de otra manera (pues podría parecer que la idea de subordinación responde a una dialéctica entre política y bien común), la política debe reformularse en su esencia, corrompida y desfigurada por el ethos de 1789, y volver a ser lo que el Profesor Ayuso denominó como “oficio del alma”.

El bien común, pues, cabe recordar que no es más que la proyección de aquél bien que, por naturaleza, es común a todos los hombres en cuanto que comparten una misma naturaleza, y que debe ser perseguido mediante el ejercicio del poder por parte del gobernante, delegado de Dios. Y es que, de acuerdo con el derecho natural y cristiano, las sociedades tienen una cierta subjetividad, de manera que puede establecerse que, aunque sea por analogía, existe el pecado en el ámbito de lo social: son las denominadas “estructuras de pecado”. Puede decirse sin imprudencia que la Unión Europea es una de ellas.

Por supuesto, el ideario liberal sobre el que se cimenta la UE pasa por encima de todas estas consideraciones, y solamente sirve al interés particular, o mejor dicho, al interés común, pero no de la comunidad política, sino de las oligarquías que le han dado vida. Pero es más; no solamente es un supuesto ingenuo intento de construir una unidad sobre los cimientos del barro: la Unión Europea contemporánea, tal como está desarrollada (y también concebida, pues no olvidemos que uno de sus gérmenes fue la nefasta democracia cristiana), ha devenido una auténtica máquina de guerra contra la concepción natural y recta de la política, la economía y el derecho, y no ha sido sino un catalizador de las perversas políticas liberales de sus Estados, que ha arrasado con lo que de católico quedaba en las naciones que tradicionalmente lo eran.

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Además, hay que tener muy en cuenta que no existe, ni ha existido nunca, una Europa cristiana, y mucho menos, como se dice a veces, “judeocristiana”. Europa nació dividida en materia religiosa, porque es resultado de la Paz de Westfalia, que representa el agotamiento de la Cristiandad (la verdadera “Europa”), contra la herejía diabólica luterana. Por tanto, para recuperar las tan manidas “raíces cristianas de Europa” (como se dice en los ambientes neo con), hay que retroceder a las fronteras donde llegaron las armas hispánicas, y a los principios que las auspiciaron.

No debemos obviar, no obstante, que bajo el paraguas del “euro-escepticismo” se amalgaman movimientos de muy diversa índole, algunos de ellos con principios no siempre compatibles con un gobierno de acuerdo con las exigencias del bien común, y por tanto, cabe discernir bien entre lo que es una noble y legítima resistencia a los principios antes enunciados, y lo que es un burdo retorno al simple nacionalismo romántico y pagano. Pero, más allá de distingos, se puede afirmar que el fenómeno del euroescepticismo tiene en común un mensaje de resistencia, un mensaje de que, por un lado, el gobierno recto de las naciones es competencia de cada una de ellas; y por otro, de que la impudicia con que se están manipulando las “instituciones” europeas en aras a los intereses económicos, financieros y políticos de las elites mundiales, está empezando a rebosar el vaso de la paciencia de determinados sectores sociales.

Decía Nicolás Gómez Dávila que la sociedad moderna no merece un castigo, sino que ella misma es el castigo: en este caso, el castigo a nuestra debilidad, a nuestra apostasía colectiva, a la renuncia a la Tradición política que presidió Europa, y de la cual las Españas fueron abanderadas hasta que el estiércol liberal hizo acto de presencia, recogiendo la herencia de Lutero.

¿Quién necesita una Unión Europea? ¿Quién necesita un árbitro supra-nacional? Las naciones católicas hace tiempo que teníamos ese problema resuelto: la Unión Europea, la Cristiandad; el árbitro supra-nacional, el papado. Y todo ello, con un lema común: Ad maiorem Dei Gloriam. No se trata de construir el cielo en la Tierra, sino de preparar a los súbditos para el Cielo. Allí sí que alcanzaremos, Dios mediante, la verdadera unión: la comunión de los Santos.

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