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Stat Crux

La función del Valle no es la de adaptar el cristianismo al mundo, ni siquiera la de adaptar el mundo al cristianismo; su función es la de mantener un contramundo en el mundo.

Por Juan Oltra

Un coro unísono de voces recias se eleva hasta el Señor en sacrificio de alabanza, como incienso agradable al Cielo. Allí, en una sencilla y sobria capilla, escondidos al amparo del Altísimo, lejos del mundo, unos cuantos monjes ─de edades diversas, pero todos ceñidos con la armadura de sus votos─ combaten diariamente, hora tras hora, las sacras batallas que el Señor les ha reservado. La serena alegría de sus rostros, el armónico diapasón de su habla, la firmeza inquebrantable de sus vidas, entregadas de modo absoluto y completo, son testimonio vivo y fecundo de la santa tradición monástica que gracias a su oración y penitencia se renueva y perpetúa: aplacando la justa ira de Dios; amándoLe por aquéllos que Le desprecian o ignoran; alcanzándonos incontables gracias a los que aún formamos filas en la Iglesia militante o en la purgante.

Sin embargo, y por desgracia, al pensar en la Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, máxime tras el revuelo mediático y el acoso partidista de que ha sido objeto, lo primero que al español medio le viene a la mente es el nombre del Gral. Franco. Sin duda, ha sido éste un astuto golpe del Malo. Y frente a la propaganda insidiosa de unos tiránicos profanadores, a veces se ha alzado una especie de chulería fanfarrona, desprovista de toda profundidad y de toda visión sobrenatural, que ha reducido la Abadía y la Basílica a simples comparsas; a mera excusa para esparcir consignas de signo propagandístico contrario.

No sabemos durante cuánto tiempo estará el Valle fuera del foco morboso de las oligarquías mediáticas y de la sociedad masificada a la que modelan a su antojo. Humanamente, podemos barruntar que poco. Pero sí podemos estar seguros de que los enemigos del Señor tratarán de seguir camuflando sus intenciones últimas mediante siniestros discursos ideológicos y mil farsas y excusas legalistas. Pero no lo olvidemos: lo que pretenden es combatir a la Iglesia. Y a España, por cuanto ha sido multisecularmente una hija fiel suya. Quieren hacer tambalear el Arca de Salvación. Y para ello no dudarán en violar templos, profanar tumbas o demoler cruces. No olvidemos ─insisto─ cuál es su objetivo. Escapemos, pues, de toda tentación de hacer de ese bendito lugar un arma arrojadiza, y defendámoslo de verdad. No caigamos en sus trampas.

Es por todo ello que hoy quisiera compartir desde estas líneas algunos de los retazos espirituales que se graban a fuego en mi alma cada vez que me retiro en ese hontanar de oración, que es habitado por hombres justos y sabios; soldados de Jesucristo que sostienen siempre enhiesta la espada de la más estricta ortodoxia católica, y que viven empapados de caridad y misericordia. Hombres santos que, pese a las injurias y vejaciones de esta sociedad que desprecia cuanto no entiende, y pese a la anuencia e incluso aplauso de las jerarquías ─ ¡Ay, cómo afeamos el divino rostro de la Iglesia con nuestras humanas miserias! ─ resiste gallardamente los embates huracanados de los «dominadores de este mundo tenebroso».

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Y así, bajo los brazos redentores de la Cruz, un armonioso silencio impone firme y suavemente su paz. Pero son una paz y un silencio radicalmente distintos de los que proclama hipócritamente nuestra época. Silencio ordenado, melódico y divino. Silencio orante, como el del Cordero pascual antes de ser inmolado. Silencio atronador en que rompe en cantos de gloria la Palabra sin palabras de Dios; silencio perfecto, a cuyo solo contacto se desenmascara la falsedad del caótico y babélico griterío de la anti-civilización moderna, cuyo ininterrumpido ruido oculta, paradójicamente, el peor de los silencios: el silencio apóstata de un mundo pretendidamente alejado de Dios en todo; pretendidamente independiente y secularizado en todo. Frente a tal silencio cobarde y lamerón, adulador de cualquier potestad mundana, pareciese como si el pétreo silencio del Valle ─en su inconmovible solemnidad granítica─ proclamase a cada instante: «¡Abrid las puertas a Cristo! ¡Paso al Rey triunfante! ¡Bendecid a la Roca que nos salva!» Y su paz no es sino una paz de milicia; la paz que da el santo servicio al Señor de los Ejércitos celestiales, que es a fin de cuentas la única paz verdadera: la paz de Cristo, en el Reino de Cristo.

Allí, ya sea en postración adorante ante Jesús sacramentado, reinante en el sagrario y en el Santo Sacrificio de la Misa, que es cuidada y elevada hasta en el más mínimo de los detalles, o salmodiando en compañía de los santos Ángeles, todo habla de la grandeza y constante presencia del Dios vivo y verdadero. Por eso el Valle es signo y testimonio de esperanza. Pero de la esperanza auténtica: no del acostumbrado optimismo evasivo y bobalicón de nuestros días, sino de la esperanza que nos recuerda que se desplomarán una tras otra las columnas bastardas de este Occidente perverso y pervertidor; que caerán ─vacíos y vencidos─ sus mitos y mentiras, y serán reducidos a cenizas los ídolos erguidos sobre la sombra oscura de la traición. Que la obra bárbara e impía de la Revolución palidecerá hasta desvanecerse ante el triunfo del Rey de reyes. Porque Suya es la victoria siempre. Porque Su santo brazo dispersa a los soberbios. Porque «stat Crux dum volvitur orbis».

Y es que del Valle puede decirse aquello que un insigne reaccionario dijese de toda nuestra Santa madre Iglesia: «su función no es la de adaptar el cristianismo al mundo, ni siquiera la de adaptar el mundo al cristianismo; su función es la de mantener un contramundo en el mundo». Porque en pocos lugares como en este apartado cenobio se combate a Satán con tanto denuedo y eficacia. Y sus secuaces lo saben.

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