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Entendiendo bien el principio de subsidiariedad

El principio de subsidiariedad es el motivo por el que una sociedad libre, ordenada espontáneamente y guiada por la Verdad no puede suponer ninguna clase de ideal revolucionario.

Últimamente se habla, con frecuencia, acerca del principio de subsidiariedad. Aunque el asunto sea concerniente a la política, no se da, precisamente, en torno a debates político-económicos en torno a lo que no deja de ser una definición de la Doctrina Social de la Iglesia.

Todo vino a raíz de la crisis de los llamados “refugiados” (en realidad, una invasión islámica amparada por las élites globalistas, con la eurocracia inclusive). A la hora de sostener la oposición del Grupo del Visegrado a este tipo de inmigración, se invocaba a la “subsidiariedad”.

La Comisión Europea empezó a imponer cuotas de reparto, llegando a amenazar con intervenciones o suspensiones de “derecho de voto” en cámara euro-parlamentaria a Estados como el húngaro y el polaco, por tan solo negarse a aceptar las mismas.

En otras palabras, se pedía a la eurocracia la no injerencia en lo que no dejaba de ser un asunto interno de cada Estado miembro de eso que más bien se está convirtiendo en la Unión Europea de Repúblicas Socialistas Soviéticas (UERSS).

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Eso sí, no servirá este artículo para profundizar sobre cuestiones migratorias, sino para procurar, desde mi más humilde punto de vista, contribuir a una mayor y mejor comprensión de lo que estipuló San Juan Pablo II, en Centesimus Annus, de la siguiente manera:

“Una estructura social de orden superior no debe interferir en la vida interna de un grupo social de orden inferior, privándola de sus competencias, sino que más bien debe sostenerla en caso de necesidad y ayudarla a coordinar su acción con la de los demás componentes sociales, con miras al bien común”.

El anterior párrafo-cita viene a ser la formulación de una regla (recordemos que las encíclicas y otros textos eclesiásticos no buscan, ni más ni menos, nada más que una orientación moral para tantos marcos morales de actuación como podamos considerar) que a día de hoy se incumple.

La sociedad, a día de hoy, solo tiene notoriedad, por el mero hecho de que “se vive en sociedad” y siguen dándose innumerables actos y acciones de convivencia e interacción entre los distintos miembros de la misma (vida social, familiar o laboral, principalmente).

No obstante, progresivamente, se procura su máximo estrangulamiento, desgraciadamente, en una fase bastante avanzada. Se busca reducir al individuo a una mera cifra (en base a una mentalidad atomística), a algo anulado, totalmente manipulable por el Estado, sin nada intermedio.

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El orden tradicional cristiano permitía al individuo (ya fuera como tal, como estudiante, como creyente, como trabajador…) recurrir a la unidad de orden consecutivamente superior al mismo que pudiera ayudarle, asistirle o responder ante su inquietud: comunidades, iglesias, gremios, asociaciones…

En cambio, a día de hoy, los cuerpos intermedios, prácticamente, no existen. Salvo excepciones, la práctica religiosa cae en picado; los gremios son meros lobbies izquierdistas en contra de la economía de mercado; y muchas asociaciones están tomadas por la partitocracia o por el marxismo.

De hecho, se busca acabar tanto con la última unidad de resistencia frente al totalitarismo del burócrata de turno (la unidad familiar) como con el sustento moral, social y espiritual que vino a hacer posible ese orden natural cristiano previamente mencionado.

Sabido es que se busca reemplazar al Dios trascendental y espiritual por una hegemonía absoluta (territorial y política) del Estado. Incluso se articula una especie de “falsa religión” que facilite el tributo a semejante entidad problemática (“falsos beatos”, ideologías determinadas, etc.).

Ante ello, siendo conscientes de que el Estado es una entidad totalmente artificial, contraria a la naturaleza, y resultado de esa gestación revolucionaria que tuvo lugar, en Francia, en el año 1789, conviene hacerse un replanteamiento contrarrevolucionario.

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Para ello, no conviene caer en esa trampa relativista, materialista y contractualista que, al prescindir de fundamentos morales de cualquier clase, acaba allanando el camilo al estatismo en cualquiera de sus modalidades. La contrarrevolución llama a replantearse el principio de subsidiariedad.

No es cuestión, en el presente ensayo, de hacer disertaciones y divagaciones sobre distintas corrientes de pensamiento que pueden tener conclusiones similares en la mayor de sus proporciones (tampoco sobre propuestas de actualización intelectual).

La reivindicación no puede ser, parcial, incompleta o sesgada (que conste que no se procura una homogeneidad de criterio lo más intransigente y ortodoxa posible). No es cuestión de limitarse a gritar «con mis hijos no» o «competencia fiscal sí».

Conviene que de manera aguerrida, con la razón (y el argumento) y el procurar del alcance de la Verdad, la sociedad reivindique todo ese poder que progresivamente le está restando el artificio revolucionario que nos permite hablar de estatismo, en temas políticos.

Es cuestión, por ejemplo, de que las familias puedan prosperar y educar a sus hijos libremente, de que haya comunidades unidas, de que las iglesias vuelvan a ser vivas en práctica y profesión de fe, y de que haya asociaciones de libre adscripción que permitan la mutua asistencia entre trabajadores.

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Para ello, hay que tener en cuenta una serie de principios y cuestiones: la libertad (conferida por Dios con la idea de hacer el bien y encontrarle) y la propiedad (sin la cual, ese individuo pueda disfrutar de ese don de concesión divina, sin perjuicio de deber moral evangelizador alguno).

Así pues, ya concluyendo, el principio de subsidiariedad es el motivo por el que una sociedad libre, ordenada espontáneamente y guiada por la Verdad no puede suponer ninguna clase de ideal revolucionario (como anotación: cuestionar artificios revolucionarios no es oponerse a la regla per se).

Artículo publicado en la Revista Reino de Valencia número 122.


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