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Opinión

El contubernio comunista contra Venezuela

Solo el fervor religioso, la disciplina militar y el amor por los principios tradicionales puede oponerse a la red de intrigas que encarna el contubernio.

Por Manuel De La Cruz

Libramos una lucha espiritual contra la barbarie. Partiendo de esta tesis, planteo abordar a Venezuela como el campo de batalla y experimentación social del ala izquierda de las élites globales.

No será el clamor de mi sangre la que haga posicionarme con tanta rotundidad sobre la cuestión venezolana, no, es la necesidad de denunciar uno de los episodios geopolíticos más importantes de la edad contemporánea luego de la segunda guerra mundial.

Debemos definir al proceso de barbarie que destruye a Venezuela como contubernio comunista. Para dar con la significación de tal nomenclatura es menester una breve reseña historiográfica.

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Tras la toma del Reichstag, el mundo sufrió un tenso equilibrio de poderes denominado guerra fría, cuya promesa de mutua destrucción redirigió la estrategia de ambos bandos hacia la política del desgaste.

La historia oficial reseña como, el derrumbe del muro de Berlín visibiliza el colapso del mundo soviético. Craso error. Los historiadores de nuestro tiempo han caído en una estrechez de miras abominable. La derrota económica no es más que una batalla perdida en el trayecto de una dilatada guerra filosófica.

Tal y como los hechos lo atestiguan, el entramado criminal que reptaba a los pies del Politburó, se reinventó con tal de mantener intactos su privilegios y seguir acumulando poder. Si las condiciones económicas de Eurasia eran insatisfactorias para continuar con la revolución, esta, una y universal, tendría que trasladar su centro de poder a otras latitudes.

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El hemisferio occidental debía ser inoculado con el virus ideológico. La trágica experiencia cubana aleccionó a los poderes comunistas internacionales sobre la utilidad de asediar paulatinamente a la capital del bloque contrario. Tres países, fueron seleccionados por la komitern para replicar el régimen de terror soviético. Venezuela, Chile y Argentina.

La prioridad, lejos de lo que pudiera reseñar la opinión popular, estaba encabezada por Venezuela. País increíblemente próspero, con una situación geográfica excepcional desde la perspectiva militar, y con los recursos energéticos y mineros suficientes para emprender un proyecto de industrialización con fines bélicos.

La educación venezolana, rica en calidad pero igual de abundante en taras doctrinarias, permitía el florecimiento de una peligrosa curiosidad ideológica: terreno fértil para terroristas del pensamiento.

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Por todo ello, los piratas de hoz y martillo elaboraron sendos planes para la toma de Caracas, siendo La Habana la cabeza de playa para dicha invasión. Desde luego, fallaron.

A pesar de la benevolencia con que las ideas de Fidel Castro eran acogidas por la socialdemocracia criolla, el componente militar se convirtió en un impenetrable muro de contención. Allí en donde la institución militar ha desarrollado una sólida doctrina patriótica, se ha detenido la infección marxista. Decidido estuvo en la Conferencia Tricontinental de 1966.

Los batallones de cazadores, unidades de contrainsurgencia, se encargaron de derrotar a los mercenarios cubanos que arribaron en 1967 a las costas de Barelovento. Los invasores de Castro y sus aliados venezolanos fueron derrotados en el campo de batalla. Sin embargo, estos capítulos de gloria tan solo lograron aplazar el colosal golpe que décadas después sufriría Venezuela.

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Los poderes fácticos y la intelectualidad socialista decidieron que la guerrilla abandonara las montañas y volviera a las aulas universitarias, convirtiendo a la educación en el fúsil más dañino de la revolución.

Chile cayó, y tras una alborada libertaria, las fuerzas armadas de aquél país restauraron el orden. Argentina se perdió entre guerras intestinas y un enfermizo personalismo con pocos beneficiados pero sí muchos dolientes.

Regresamos a la caída del muro. Mientras el sueño soviético se derrumbaba, en la América Hispana los movimientos insurgentes, progresistas, guerrilleros, comunistas y demás ralea izquierdista se juntaban para remontar su propio sendero.

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Fidel Castro recluta a Lula Da Silva y, fundando juntos el Foro de Sao Paulo en 1990, preparan una segunda invasión contra Venezuela.

La llegada del chavismo al poder no es en ningún caso improvisada ni representa un hito electoral. No es causa, sino consecuencia de una política sanguinaria y rastrera de pactos y acercamientos entre las élites caducas y la insurgencia comunista. Al saberse al borde del colapso, la dirigencia partidista capitula ante los revolucionarios, con la condición de preservar sus sempiternos privilegios. Así, la vorágine comunista se abrió paso con el aval de la intelectualidad traidora.

Tras dos décadas de tiranía, los analistas carecen de la perspicacia en unos casos, de la valentía en otros, para denunciar el carácter simbiótico que chavismo, narcotráfico y oposición comparten. Yo le llamo contubernio comunista.

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Un contubernio implica el grado más compromisorio de cohabitación política. No se trata de un mero entendimiento inter pares, mucho menos de una alianza circunstancial. Es el resultado de diferentes movimientos conspiratorios que con toda alevosía asumieron la complicidad criminal como nexo de fidelidad.

Se dice, no sin razón, que en Venezuela existe una sociedad de cómplices. Indagando sobre la ilegitimidad tanto de origen como de ejercicio que adolecen todas las facciones, se puede constatar que los voceros prominentes tanto del chavismo como de la oposición pertenecen a una misma logia, de carácter comunista.

El papel de los rojos estriba en administrar las cuotas de represión y terror necesarias para la consumación de un régimen totalitario: torturan, exilan y asesinan cualquier forma real de disidencia. Mientras tanto, el gremio de actores que integra la Coordinadora Democrática, la MUD, el Frente Amplio o la Asamblea Nacional, es irrelevante el título; se encarga de suministrar a la ciudadanía con el peor de todos los alicientes mentales. Sobredosis de esperanza.

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Ambos tentáculos de un mismo monstruo tartárico simulan pugnas y reyertas, que sirven para localizar y suprimir a los auténticos disidentes. El socialismo mantuano de Capriles, López, Aveledo, Guaidó y demás operadores políticos sostiene al socialismo bolivariano. Ambas fuerzas fraternizan como partes de un todo, de un proyecto revolucionario continental capaz de opacar el ego desmedido de los pigmeos intelectuales.

La explicación a la esterilidad e inoperancia de toda oposición oficial, recae en su carácter conspirador. Los líderes que presentan ante la opinión pública, no son más que espejismos sintéticos, que no obedecen a ninguna organicidad. No tienen porqué.

Aquí la ancianidad tutora se puede identificar con el hermanamiento entre José Vicente Rangel, Alí Rodríguez Araque, Teodoro Petkoff, Américo Martín, Fidel Castro y Henry Ramos Allup; con una institución castrense pútrida e infectada hasta el tuétano por el germen marxista. Sus pupilos son profetas de la salida electoral.

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Partidos, medios de comunicación, banca, alta burguesía, jesuitas, guerrilla, narcotráfico y casta militar. Todos en ayuntamiento penoso, vulgar y tiránico para perpetuar un sistema con criterio socialista lo suficientemente flexible como para resistir sus propias contradicciones. Maduro, el parapeto mugroso, no termina de caer. ¡Claro! Nadie, aparte de la voluntad nacional, pretende su derrota.

La gran logia soviética disfruta de una opulencia indescriptible, al tiempo que conquista a Caracas como base de operaciones para comunizar al hemisferio occidental. Mientras la miseria es explotada como mecanismo de control, las riquezas de Venezuela financian la propaganda liberticida que azota a la civilización.

El discurso clasista es falaz. En tiempos de revolución, la alta burguesía es la primera en pactar con los comandantes rojos. Tanto en Rusia como en Cuba, los banqueros elevaron las banderas proletarias. ¿Por qué? El temor a la jauría bermeja les hace entregarse a la subversión. Solo el fervor religioso, la disciplina militar y el amor por los principios tradicionales puede oponerse a la red de intrigas que encarna el contubernio.

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Como adelanté, la revolución socialista en Venezuela es el acontecimiento geopolítico más importante del siglo pasado tras la segunda guerra mundial. La fusión de las clases políticas nacionales con la subversión continental, permitió el surgimiento de nuevos bloques de poder articulados en torno a Rusia, China, Turquía e Irán. Las viejas y nuevas autocracias están alineadas, el Bloque Euroasiático es hoy el principal peligro que amenaza a Occidente.

Desde Caracas incendian al mundo hispano. Es un fuego revolucionario que devora toda ilusión de certidumbre. Entronó a comandantes revolucionarios en todo el continente por la vía electoral, y ahora, a través de la insurgencia callejera pretenden derribar a todo aquél que se oponga.

Quizá, nuestro complejo de inferioridad como venezolanos explique la miopía que afecta a la intelectualidad local. Nos negamos a entender la trascendencia que tiene el país, al haber sido por muchos años el principal fanal de orden, cultura, y prosperidad en la región tras los Estados Unidos de América. Ni hablar de la responsabilidad histórica que tuvimos, como custodios de la reserva petrolera más extensa del orbe.

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Corrijo, es ingenuo creer en la existencia de tal ceguera intelectual. Los agentes del contubernio comunista, desde sus fundaciones, centros de estudios y think tanks, nos han obligado a masticar la idea de que, en Venezuela ocurre un ocasional problema de gobernanza y nada más, que esto no es socialismo, y que a la postre, podremos derrocar al terror comunista mediante el pacifismo democrático.

Para los infinitos tantos doctos en la arena política y fetichistas de las etiquetas, definiré formalmente al régimen de fuerza que secuestra al país.

El gobierno de Venezuela no existe, realmente tras los pomposos títulos que se adjudican los comisarios políticos, no hay ni una pizca de soberanía o sentido de lo nacional.

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En Venezuela impera una tiranía trasnacional, de criterio comunista que goza del ejercicio totalitario del poder. Dicho grupo infame, es el ala izquierda del globalismo. Llámese foro de Sao Paulo, Grupo de Puebla, quinta internacional, komitern o como sea: tal como apunta Plinio Corrêa de Oliveira la revolución es universal, una, total, dominante y procesiva.

Strictu sensu, esta poliarquía maligna recibiría el nombre de oligarquía, siendo la dominación ejercida por un grupo colegiado de criminales. Sin embargo, el carácter tiránico trasciende al número de decisores cuando es únicamente la fuerza el origen de su poder.

Si la tiranía comunista es caracterizada por el rostro formal de la represión, Cabello, Padrino-López y compañía; necesitamos un término más amplio que englobe también el proceso de cohabitación voluntaria y jubilosa por parte de los operadores políticos democráticos.

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La fórmula contubernio comunista resume y expresa la sumisión pérfida con que la clase política activamente rapiñó y empobreció a Venezuela. Es la conspiración activa contra la Patria. El grito de victoria de los castristas aquí firmantes, que briosos se entregan a los brazos del narco, el fundamentalismo islámico y la revolución marxista.

Este artículo se publicó inicialmente en culturapolitica.net

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